Metamorfosis

Se le anudaron de nuevo las rodillas y hasta levantar los pies del suelo se le hizo una tarea tan pesada como si fuera empujando el mundo a base de riñones él sólo. Pensó si la tensión le estaría dando guerra otra vez, quizás la pastilla de la mañana se estuviera quedando corta, y lo que le cortaba la respiración con un nudo fuera sólo la crónica de una muerte anunciada. Ya lo sabía, ya, que aquellas discusiones le dejaban sin fuerzas, que, según su madre, uno no tiene que aguantarse con todo, y que, según su padre, cada vez aguanta uno menos y así nos va. El que se come las uñas se alimenta de miedos escuchó cuando un listillo recién llegado se le quedó mirando con los ojos clavados en aquellas manos de dedos achatados, sembrados de padrastros, doloridos alrededor de las uñas ninguneadas a base de mordiscos.

Se miró al espejo con esfuerzo, como si tuviera que levantarse en peso para conseguir verse de cuerpo entero en la luna vertical. Como si se tratara de otro, miró al frente con detenimiento, tratando de conocer al hombre que tenía enfrente, alicaído, cansado, con los hombros encogidos, y no sintió el menor afecto por él. Se tocó los bordes de los dedos con los pulgares, como si reconociera al tacto un objeto familiar, se miró las uñas y recordó la maldita frase. Se metió los dedos en la boca, a puñados, y empezó a comerse los miedos con fruición, hasta el empacho, por última vez. El sabor de la sangre le avisó del final, miró de nuevo la imagen del espejo y pudo ver al hombre más erguido, con derecho a respirar y mirar de frente; le gustó aquella mirada que, al instante, hizo suya y se supo capaz de pelear, de rebelarse, de vivir.

La casita de la bruja

IMG_4670

 

La casa es tan pequeña que, a poco que pase algo de tiempo, ojo no vaya la enredadera a comerse la fachada, de tan frondosa como está, aunque parece recortarse un poco para dejar sitio a la bruja, que todo el día dale que te pego vigilando la puerta para que nada ni nadie entre o salga al descuido. Hasta la puerta separa, que se abre a la mitad para que la casa no se invada o se vacíe de golpe. No hubo nunca geranios en el balcón, que a la bruja le asusta tanto color y tanta alegría, no vaya a ser que luego se amustien o le roben las flores y la dejen suspirando por el rojo reventón; el cactus no, el cactus es otra cosa, crece y crece en la bota rota y nadie lo toca ni se le acerca.

Que no quiere la bruja vida social, que las vecinas son todas unas cotillas y andan todo el día con que si entra o con que  si sale, con que si gruñe o se ríe, a saber de qué. Que no quiere ella que conozcan que, en las noches de luna llena, ella ríe y  baila hasta el amanecer y luego se duerme abrazadita a aquel hombre que llega siempre descalzo, preguntando por sus botas.


IMG_4672

Obsesivo compulsivo

NECROLÓGICA:

Ha muerto Don Luis García Valdés a la edad de 37 años, víctima de un desgraciado accidente. Sus amigos ruegan una oración por el eterno descanso de su alma. Descanse en paz.

SUS AMIGOS:

-¡Te digo que no se cayó!. Sebastián levanta la voz, cierra los puños y adelanta un poco la barbilla cuando insiste.

-¿Qué quieres decir?.

-Luis no era un suicida; era un cachondo. Tenía un gran sentido del humor, muy suyo, eso sí, pero un cachondo al fin y al cabo. O se cayó o le empujaron; lo malo es que eso no lo sabremos jamás…

LUIS

Luis está en los andenes del Metro de Bilbao, distraído, caminando despacio mientras se mira los pies. Ha llegado sólo y se entretiene en leer los carteles publicitarios mientras espera los ocho minutos que quedan para que llegue el próximo tren. Se detiene, los pies separados y las manos en los bolsillos, y repara en el andén de enfrente, que tiene un reborde con un texto pintado con pintura reflectante: «Prohibido acceder a las vías bajo multa de hasta 6000 euros». De pronto, el mismo impulso que le ha llevado, desde que tiene memoria, a entrar en el fútbol sin pagar, a pisar el césped junto al cartel que lo prohibe, o a circular por la autovía a 180 km/hora, se apodera de él. Un ligero temblor en la punta de los dedos le anuncia lo inevitable. Seis mil euros, seis mil euros, seis mil euros. Su mirada machaquea desde el andén al anuncio luminoso del próximo tren. Seis mil euros… el tren se adivina ya en el túnel y algunas personas empiezan a colocarse junto a la banda antideslizante del suelo.

El corazón de Luis está desbocado y un sudor frío resbala por su espalda. El tren avanza aún, lejos de la distancia de frenado. Mientras se lanza a las vías, Luis sonríe pensando cómo van a ser capaces de cobrarle los seis mil euros de multa.

 

Café

Estuvo a punto de volverse, movido por un impulso. El aroma del café que el camarero acababa de servirle desapareció cuando aquel perfume le envolvió por la espalda, como si ella, ella, aguardara pacientemente detrás y le tocara el hombro para llamar su atención.

La cucharilla removiendo el azúcar era ya el perfume mismo, el olor que el perfume dejaba en su piel, el olor de sus ojos tímidos e inmensos, de sus silencios acogedores  y de sus charlas interminables, el olor de sus gestos, de sus abrazos, de la huella en sus sábanas; el olor de su memoria…

Respiró hondo, todo lo que pudo; apuró el café de un trago y salió despacio hacia su vida.

cropped-sam_1179.jpg

Los silencios

Lo peor de todo siempre han sido los silencios. El silencio de papá y mamá, que casi nunca hablaban y, por supuesto, nunca me susurraron al oído; el de aquella niña con trenzas y calcetines blancos que me miraba y me miraba y me sonreía, pero nunca me dijo que sí; el de Juan, cuando le pregunté si estaba enamorado de mi novia de entonces, que poco después dejó de ser mi novia y se casó con él; el del hijo puta de mi jefe en mi primer trabajo, que me despidió sin una palabra…; el del bebé, que nació sin llanto, y sin voz, y sin vida, y aún me despierta cada noche desde la habitación de al lado de mi mente, por donde también vaga sin rumbo su madre, desde entonces; y me mira a veces, y me grita con el más desgarrador de los silencios.

Alzheimer

Lleva el bastón en avanzadilla, tambaleante como sus propios pasos, segura solo la mano izquierda, que apoya sobre él, mientras busca con la derecha el respaldo de la silla donde va a sentarse. Me mira un momento con ojos como canicas, inexpresivos y brillantes, que en seguida enfocan lejos, detrás de mí y detrás de todo.

Está. Permanece callada, como a la espera de no se sabe qué, con las manos sarmentosas sobre la mesa, la alianza estrangulando el dedo, y los surcos como de rastrillo en la tez morena. Se deja llevar y responde, obediente, cuando percibe el tono interrogante de los otros,  aunque en seguida notas la fatiga que la invade, la falta de interés.

-¿Cuántos años tienes?

– ¡Uy, muchos…!

-Pero, ¿cuántos tienes? ¿En qué año naciste? ¿Qué día naciste?

Por un momento, los ojos cristalinos parpadean y se mueven al unísono de un lado a otro, buscando algo, la respuesta a tanto interrogante, y, al cabo de unos segundos me mira a mí, tranquila ya, y responde:

-No sé, yo era muy pequeña entonces, y no me acuerdo.

El principio de las cosas.

Ya de chica, cuando su abuela la llevaba al parque, no paraba quieta ni un momento, correteaba con el bolsito colgando, el bolso con forma de perro que le trajeron los Reyes Magos hacía dos años, cuando era tan pequeña que pensó que era un perrito de verdad y lo llamaba y le ofrecía golosinas sin que el perro se inmutara, hasta que, una mañana, al cabo de seis o siete días sin respuesta, vio que el animal tenía la panza abierta y mamá metía allí su merienda para la guardería. Debió ser la primera vez que se dio cuenta de que nada es lo que parece.

Por eso, se dejaba rodear de palomas en la plaza, y las oseaba para que se alejaran volando, no fuera a ser que tampoco fueran palomas, y se pasmaba, aguantando en cuclillas sobre la hilera de hormigas, tan pequeñas y tan ordenadas, medio ocultas bajo cargas tambaleantes, y levantaba luego la vista para reconocerse de nuevo entre gente que pasaba sin mirar a ninguna parte, sin ver palomas, ni hormigas, ni niñas que querían tocarlo todo y mirarlo todo y aprenderlo todo.

SETUBAL 6

Músicos

Vivir de la música no entraba en mis planes; en realidad, nadie que haya nacido en mi barrio debería hacer planes de futuro, porque ese futuro casi nunca llega.

El caso es que, cada mañana, cargamos el viejo acordeón heredado del abuelo y los vasos de refresco para las monedas y nos vamos hasta el centro de la ciudad. Trabajamos hasta mediodía y por la tarde todos los días que queremos o, más bien, todos los días que no llueve o no hace demasiado frío. Los turistas nos miran con curiosidad, muchos se paran y nos sacan fotos; en realidad, no sé si se detienen a escuchar o porque les gusta vernos tan concentrados en la tarea. Nosotros vamos a lo nuestro y no miramos a nadie, nos hemos dado cuenta de que son más generosos así, si, simplemente, nos dejamos observar, como los peces en las peceras.

La verdad es que me gusta esto, a veces me gusta tanto que se me olvida que soy un perro.

GENTE 2 EN BYN

Cocinillas.

Como pudo se empinó y alcanzó el libro de la estantería. La última vez que mamá buscó en él una receta lo colocó en la balda de abajo y ahí llevaba ya más de tres meses.  Le picó la curiosidad para ver si ella sería capaz de cocinar algo para papá y para mamá, bueno, y también para Quique, aunque no parecía que Quique fuera capaz de comerse cualquier cosa que nadie fuera capaz de cocinar, a no ser esos purés asquerosos con aspecto de caca. Hojeando, hojeando, se fijó en una receta que tenía una llamativa etiqueta con la palabra “Muy fácil” y una enigmática palabra que no conocía, “papillote”.

Leyó con atención y entonces se dio cuenta. De cuando en cuando, mamá andaba por casa con la cabeza envuelta en papel de aluminio, apareciendo después con un aspecto completamente cambiado. Eso era, mamá se hacía la cabeza al papillote, seguramente esa era la razón de que mamá fuera capaz de adivinar todo lo que pensaban o podían pensar papá, ella misma o Quique; incluso Sixto, el gato, parecía previsible para el cerebro “al papillote” de mamá.

De nuevo, al cabo de unos días, mamá salió del baño con la cabeza brillante y plateada. Ella le preguntó y mamá dijo que se teñía el pelo, pero ella sabía que eso sólo era una disculpa.

Confesión

Anduve mala, y por eso estuve unos días sin venir; que no falto yo si no es por algo así, que yo te soy de ley, aunque nunca lo creyeras. No es solo la obligación, Damián, es que siempre pienso que madre ha de revolverse en esta tumba desde lo tuyo, tener que estar aquí los dos, por los siglos de los siglos, menos mal que, después de tantos años, de padre y madre no quedarían más que los huesos cuando tú llegaste.

Que te hiciera unas sopas al revés, me había dicho muchas veces, desde la primera vez que me vio los moratones, cuando estaba en estado del primero; que te hiciera unas sopas al revés, que lo nuestro no tenía solución, tú siempre bebiendo y haciéndome hijos y yo aguantando los palos sin rechistar. Eran otros tiempos, Damián, si hubiera sido ahora, si me hubiera pillado ahora con 20 años y con este genio, tarde te iba yo a aguantar lo que te aguanté. Tienes que entenderlo, que me abrieras a mí la carne a correazos no tiene perdón, pero, a los hijos…. Mejor no tener padre que tenerte a ti. No, Damián, no me arrepiento, Dios sabe que no me arrepiento, y voy a venir a decírtelo todos los días, hasta que también me metan a mí en esta tumba.

IMG_5316