Locura de amor.

Cómo no iba a amarla, si nunca me pidió que la dejara libre. Como no iba a amarla, si cada día lucía su traje más brillante para mí y me regalaba lo mejor de sí misma sin esperar nada a cambio, sin exigir una caricia o un gesto de ternura. Ni siquiera ahora, cuando me ahogo en el remordimiento y el alcohol, puedo olvidar sus ojos, esos ojos siempre tan abiertos, y esa mirada que me traspasaba el alma.

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Artrosis

Voy algo gastado ya. Voy y vengo como puedo con mis tres piernas y la que me nació en el nogal del huerto es la única que no me duele, que la quiero ya más que a las mías propias, que sólo hicieron el mérito de nacer conmigo y, a base de doblar y desdoblar, se pasan el día chirriando, mientras que ésta otra se aguanta las ganas de adelantarme y echar a correr, ella que puede, y se queda a mi lado, sumisa y ordenada, uno dos, unos dos… Por eso, cuando la siento algo cansada, dejo de trajinar de un lado para otro, y me vuelvo al almacén, y la dejo apoyada contra el quicio de la puerta, y me llego hasta la silla del nieto, y me pongo a ensoñar en medio de la nada y del tiempo que voy tomando prestado con falsas promesas de devolución. Y, a veces, me quedo traspuesto y vuelvo a buscar nidos y a coger moras, y madre me riñe porque llego con las rodillas desolladas. Aún ahora, las rodillas desolladas.

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Quizás mañana…

“Quizás mañana…” pensó, pero lo hizo con tanta intensidad que casi escuchó su pensamiento. Luego miró a su alrededor por si entraba algún vecino en el portal y la veía así, como cada día a la misma hora, y cerró con parsimonia la portezuela del buzón. Parpadeó con fuerza para agotar las lágrimas, enderezó la figura y salió a la calle como una autómata, con sus zapatitos de tacón y su gabardina verde anudada a la cintura,  y con ese dolor que cada día le estrujaba el pecho, henchido de desesperanza.

Problema de conciencia

Su conciencia no podía soportarlo; a pesar de la disciplina de partido, a pesar del compromiso personal con su íntimo amigo, el Presidente, no podía sentirse responsable de tanto atropello,  de tanta miseria, de tanto dolor,  y rechazó la cartera que le ofrecía. Y le pidió a su amigo que, por decoro, él también se marchara.

Identidad

20 de enero

Hoy me he mirado al espejo por primera vez y no me he reconocido. Los médicos dicen que todo va muy bien y es verdad que dolores, apenas tengo. Pero tengo la cara hinchada y como de cartón. Lo peor son las pesadillas; sería mejor no dormir que dormirme reviviendo la explosión y el olor a carne quemada y verme las manos cubiertas de trozos de piel que se desprenden de mi cara.

15 de febrero

Llevo unos días en casa. Si no fuera por Alicia, me vendría abajo. Los niños llegarán hoy. Estoy asustado, muy asustado. Sólo Alicia me mantiene unido al mundo que tuve.

1 de marzo

Salgo a la calle y me veo reflejado en los escaparates y no me reconozco. Me miro en el  espejo cada mañana y no sé quién está al otro lado. A veces me levanto de madrugada, agitado por una pesadilla, la misma pesadilla de siempre, y me miro en el espejo del lavabo y no sé quién soy. El hombre del carnet de identidad ya no existe, el hombre de las fotos familiares no soy yo. Tengo que volverme hacia la cama para ver a Alicia dormida y darme cuenta de que debo ser yo porque ella es mi mujer y está conmigo.

10 de marzo

Hoy volvía de la calle, y decidí entrar en casa saludando a voces, llamando a mis hijos. Desde que volvieron a casa, me he dado cuenta de que mi voz les tranquiliza, supongo que la recuerdan y les permite identificarme. En seguida escuché el revuelo de los niños al oírme y esperé en el hall con los brazos abiertos, pero cuando apareció Mateo, en el fondo del pasillo, se frenó en seco y se quedó apoyado en la pared, mirándome con curiosidad y con desconfianza. “Soy papá” le dije, con los brazos desmayados, pero él se volvió al salón mirándome de reojo. Alicia le quitó importancia, me besó delante de ellos, “para que se acostumbren, dijo”, me abrazó y los dos preparamos la cena; pero yo no pude probar bocado.

20 de marzo

Alicia es como una polvorilla, la explosión acabó con mi rostro y con su pasividad. Ahora destila energía y entusiasmo, supongo que para compensar los miedos de todos nosotros. Alicia me da seguridad; es el puente entre mi pasado y mi futuro, entre el antes y el después de aquello.

23 de marzo

Me besó. Alicia me cogió la cara entre las manos, me besó y me pidió que nos fuéramos a la cama. Bueno, se lo pidió a Carlos, no a mí, porque dijo “Llévame a la cama, Carlos”. Y no pestañeó. Y yo enmudecí, y me dejé llevar de la mano hasta la cama. Por la mañana también me besó y me llamó Carlos delante de los niños, “para que se acostumbren” volvió a decir, y Mateo y su hermano sonrieron mientras se comían los cereales. Parece un camino sin retorno, y yo estoy perdido, entre el pasado de Andrés y el futuro de Carlos.

Libre

Se durmió soñando que él también podía volar, flexionó las piernas y pegó los brazos al cuerpo para coger impulso y en seguida se vio volando sobre los tejados y sobre las cabezas que recorrían las calles como cagaditas de mosca deslizándose por las aceras. Voló sobre su casa, lentamente. A través de las ventanas abiertas del estío le llegaron la voz airada de su padre, el puñetazo en la mesa y el estallido de la botella contra la pared. Y el silencio de su madre. Llenó los pulmones de un aire limpio y nuevo y se sintió inmensamente libre. Por eso decidió volver.

Brindis

Levantó una copa de vino y, mirando a la familia, mintió al brindar por todos ellos. Y mintió también al desear que su bebé recién nacido se pareciera a cualquiera de ellos. Su padre, tan temeroso de Dios que siempre tenía el infierno en los ojos y en la boca; su madre, tan temerosa de su padre, que ni siquiera levantaba la mirada en su presencia, y sus hermanos, tan reprimidos siempre, tan mermados…

Alzó la copa de nuevo y deseó, casi gritando, que su hijo jamás, jamás, sintiera miedo. Todos lo miraron como alucinados y él, por primera vez en su vida, se sintió un héroe.

Futuro imperfecto

Hay quien piensa que Isaías es un hombre torpe, pero él, con una opinión más generosa de sí mismo, se considera un hombre sin suerte. Por eso, ya en el colegio, si tenía la ocurrencia de copiar en los exámenes, siempre lo pillaban, y su falta de fortuna o de habilidad, según se mire, traspasaba los límites de la intimidad y se instalaba en el punto de mira de sus aviesos compañeros. Por eso también, cuando se enamoró por primera vez lo hizo de la novia de su mejor -y único, todo hay que decirlo-, amigo; y por esa misma falta de fortuna o de habilidad en el manejo de su vida, cuando encontró trabajo, lo destinaron, casi de inmediato, a 800 km de casa, y, a los pocos  día de abandonarlo porque ya había llegado al límite de sus fuerzas, se enteró por la prensa local de que su empresa, necesitada de viabilidad a corto y medio plazo, negociaría ventajosos despidos para liberarse de cargas laborales.

Aparte de estos asuntos sin importancia, Isaías siempre se ponía en la cola que menos avanzaba o acertaba a pisar la hoja resbaladiza sobre el suelo mojado; cosas así. ¿A quién iba a extrañarle que, desesperado e incapaz de atisbar un futuro menos pesimista, decidiera suicidarse? ¿Y, a quién podía sorprenderle que se pusiera al tren… en una vía muerta?

No sé si tú sabes

Y nunca le recordaba lo que no se podía contar, como si él mismo ya lo hubiera olvidado o como si nunca hubiera ocurrido. Hace años, cuando ella se encontraba con su mirada, no podía menos de pensar “yo sé que tú sabes…”, y una corriente eléctrica le recorría la espina dorsal, como una amenaza, pero, poco a poco, él había comenzado a tener pequeñas lagunas, pequeños olvidos, distracciones sin importancia que fueron a más, y a ella le parecía, por eso, cada vez más adorable. Era tan dócil, tan resignado, tomando su medicina, que se preguntaba si él no lo habría sabido siempre, pero…verle así la hacía tan feliz…

Clausura

Las veo salir de su clausura, siempre de dos en dos, con sus caras redondas asomadas a la ventana blanca de su toca negra, bajo un hábito negro también, del que solo asoman unos pies bailarines que, se me antoja, juegan al escondite esquivando las sayas. Me gusta pensar que una de ellas es la que sabe adonde van y la otra la que sabe lo que tendrán que hacer cuando lleguen, dondequiera que sea; y por eso necesitan ir juntas. También por la mañana, cuando aún las calles están desiertas, salen de a dos y, con las bolsas de basura en la mano, atraviesan la calle hasta los contenedores, bulliciosas y sonrientes, vestiditas totalmente de blanco, juguetonas como dos niñas que se escaparan en camisón.

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