El lápiz

El lápiz no obedeció. Volvió la mano y miró la punta para ver si se había roto, pero estaba intacta. Había escrito la A y la M y la O, pero la R, no. Volvió a escribir en el renglón siguiente y el lápiz se volvió a parar en el mismo sitio. Y la tercera, y la cuarta vez. “AMO”, leyó para sí, y se estremeció. Miró a su alrededor y vio las cosas de él dispersas por la habitación; “AMO”, pensó, y tragó saliva con dificultad. Las paredes se movieron hacia ella y temió ahogarse. Se levantó movida por un resorte y corrió hacia la ventana como un asmático, y así estuvo unos minutos, la cabeza afuera,  hasta que el aire fresco le devolvió la conciencia. Buscó entonces las llaves de casa y las dejó sobre la cama, junto a la hoja de papel escrito, recogió el lápiz y salió a la calle con lo puesto, hacia la libertad.

Querer y no querer

Yo no quiero envejecer contigo, yo no quiero planes ni rutinas que me cosan al dobladillo del tiempo. Yo no quiero despertar a tu lado cada día ni darte un beso franquiciado cuando sales por la puerta.  Yo quiero besarte siempre como si fuera el primer beso y darte un abrazo como si fuera la última vez. Yo quiero… yo te quiero cerca y lejos, siempre y nunca. Yo me quiero, contigo y sin ti.

En el lugar de otro

He conocido a una mujer. Nunca pensé que un día estaría escribiendo esto, Isabel. Incluso yo me he sorprendido al darme cuenta de que tengo ojos para alguien que no eres tú, quizás ya ha pasado suficiente tiempo para ser yo de nuevo; yo mismo, sin tu circunstancia.

¡Qué triste destino el de aquel que viene a ocupar el puesto que otro ha dejado, el hijo que nace cuando otro hijo ha muerto y nunca deja de ser el otro para los que lloraron su muerte, la mujer que llega a un corazón destrozado por la huella que otra mujer dejó en él y ha de luchar, sin saberlo, con la desconfianza y con el dolor que todo lo asola, el amigo que empieza a serlo y te ofrece una mano tendida cuando tienes el recuerdo de un amigo traidor…! ¡Qué injusta es la vida con los que llegan a la tuya después de una batalla!

Ella no sabe nada aún de mí porque no sabe nada de ti, ni de mi amor incondicional, ni de mi dolor inconmensurable. Ella no sabe que llega a ocupar el lugar de otra, las ruinas que otra dejó para ella. Ella no sabe de su triste destino ni de la baza injusta que la vida iba a jugarle conmigo. Ella es inocente en mi vida y yo no me siento culpable en la suya. Probablemente esa sea ya la única vida que se nos permitirá vivir.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Agonía

La vida tiene estas cosas; yo me siento hundido en un pozo de amargura y soledad y tú, tú no lo sabes. Podrías pensarlo, eso sí; podrías haber pensado que, de seguir así, llegaría un momento en el que yo acabaría renunciando, en el que tu desidia me obligaría a tomar una decisión… que no he tomado. Ni siquiera de eso he sido capaz, Isabel, tan solo me he dejado caer. Definitivamente. Me torturo pensando que, en realidad, no te importo, que esto es lo que tú querías, que ahora estoy en el sitio donde tú me colocaste. Quizás me equivoque y tan solo se trate de que estamos en órbitas diferentes, condenados a no encontrarnos nunca…

Fíjate que yo ya te he sacado de mi tiempo y tú ni siquiera te has dado cuenta. Pordios! ¿cómo es posible que yo te haya amputado de mi vida y todo siga igual a mi alrededor?

Todo igual a mi alrededor… Todo igual. Mientras yo me siento morir.

(De las memorias de Ismael Blanco)

Añoranza

Te espero. Nadie puede comprender; nadie puede saber hasta qué punto necesito tus caricias, el dulce tacto de tu piel, tus manos tibias sobre mis curvas, tu aliento cálido que me envuelve mientras, más que mirarme, me imaginas como tú quieres que sea…

… No has vuelto, amor, y yo apenas puedo recordar tus ojos; voy languideciendo en esta soledad y en este frío pero, a veces, me parece evocar la caricia de tus manos y me sobresalta el latido de mi corazón de serrín.

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Conversaciones con Woody

-Conocí una vez a un tipo al que le daba miedo que lo quisieran…, él no lo sabía, claro, pero, cada vez que alguien le quería, a él le entraban unas ansias terribles por alejarse, por esfumarse, por volverse transparente. En realidad le daba tanto miedo, que, ante cualquier muestra de afecto, él se tornaba insensible; aparentemente insensible. Su psiquiatra decía que era el miedo a que dejaran de quererle lo que le hacía comportarse de una forma tan esquiva; que rechazaba el afecto por si lo perdía después. El tipo era capaz de emocionarse viendo caer una hoja de un árbol y, sin embargo, parecía de corcho cuando se trataba de su corazón.

-Y ¿consiguió resolverlo con el tiempo?

-Bueno… aún voy al psiquiatra.

Todavía

A ti ya no te quiero y a ella no la quiero todavía…  Las guerras me desgastan, mis propias  guerras donde yo soy a la vez el que ataca y el que se defiende, donde soy, inevitablemente, el vencido y a la vez y después de muchas agonías, más que el vencedor soy solo un superviviente. Sí, a duras penas, pero siempre sobrevivo. He sobrevivido al hecho de alejarme de ti y he vencido porque, aun así, no te he olvidado. Ni he podido ni he querido olvidarte. Me palpo el alma y las cicatrices están aún tiernas y duelen un poco, pero cada vez se harán más duras y más rígidas y dolerán menos. Solo es cuestión de tiempo.

Ya no te quiero, es cierto. Era mejor para los dos e imprescindible para mí desde que te fuiste que dejara de quererte. La vida no acaba porque un amor termine, me lo dije tantas veces que acabé creyéndolo y así fue. Ahora ella, y yo mismo, esperamos pacientemente mi recuperación, nos vamos acercando al camino como niños que están aprendiendo a andar, tambaleantes y con miedo a caer, de volver a caer, pero con la curiosidad infinita de lo que podamos encontrarnos.

Nunca leerás estas líneas, pero necesitaba escribirlas; ya me conoces, pienso, pienso… pero, hasta que no escribo, no tomo verdaderamente conciencia. Pues bien, es cierto, a ti ya no te quiero y a ella no la quiero todavía. Todavía.

(De las memorias de Ismael Blanco)

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Certeza

Me di cuenta cuando te eché de menos y tu ausencia me dolía y me apagaba el ánimo; me di cuenta cuando me vi esperando el momento de volver a verte y me demoraba en tu recuerdo, en el sonido de tu voz o en una caricia tuya. Pero eso sólo fue la brisa ligera de una mañana soleada; la certeza llegó como un huracán que todo lo arrasa. Cuando los dos nos abandonamos al silencio sin que el silencio fuera un vacío que todo lo ocupa, cuando los dos callamos porque ninguna voz era necesaria y ninguno se sintió de más…, entonces fue cuando me di cuenta de que la magia existía por encima de la voluntad y del tiempo y de la distancia; por encima de nuestra conciencia, por encima, incluso, de nosotros mismos.

Invierno

Hace frío y el aliento dibuja volutas  que se desvanecen poco a poco a esta hora de la mañana. Ella es pequeña, menuda, y pliega y despliega un mapa de la ciudad mientras le mira a él, mucho más alto que ella y tan joven como ella, y le niega algo con la voz y con el gesto.

-¡Que no; que te digo que no, que no puede ser!

Él no responde; mientras ella habla comienza a desabrocharse el abrigo y se lo saca de encima, la sujeta suavemente por los hombros con ambas manos, la gira hasta que ella le da la espalda y le coloca el abrigo sobre el suyo. Ella sigue diciendo que no, pero se deja hacer.

Sigo caminando y les siento muy cerca detrás de mí; la escucho diciendo que hace muchísimo frío para ir así –imagino que mueve la cabeza de un lado a otro, negando aún- y él, muy tranquilo, responde que le basta con abrigarse el cuello. Me adelantan al momento, ella con el abrigo de él hasta los tobillos –¡es tan pequeña! – y él, con jersey y una gruesa bufanda anudada bajo la barbilla. Todavía le pasa un brazo por los hombros mientras caminan, muy deprisa y muy apretados, e, intermitentemente, vuelve su cabeza hacia ella y se agacha un poco para besarla en la frente.

Les veo alejarse, ajenos a mí y al resto del mundo, mientras la memoria y la ternura juegan al escondite en mi piel.

Incertidumbre

Confío en que ella lo sepa; que sepa que yo la quiero y que siempre estaré a su lado. Es tan difícil conocer la distancia exacta, la distancia a la que debo estar para no invadirla y para no arriesgarme a perderla, tampoco. Para no acercarme ni alejarme demasiado… Y, mientras tanto, esperar… pero, ¿esperar, qué? A veces, hasta yo olvido que la verdadera generosidad es estar ahí sin que nadie lo diga, sin que ella tenga que pedirlo, y, sí, en realidad, eso hago, solo que hasta los espíritus más entrenados en luchar contra la adversidad, hasta los más recios y avezados tienen momentos de flaqueza, momentos en que darías tu vida por una sonrisa o por una caricia para poder seguir.

(De las memorias de Ismael Blanco)