Soñó una mujer sin rostro de la que enamorarse y salió a buscarla entre la gente de las plazas, en los bancos de los parques, en los rincones de los cafés donde se esconde la gente solitaria. Todas las mujeres con las que se topaba tenían ojos, y cejas y boca, y ninguna, nunca, salió a su encuentro con un rostro vacío que, paradójicamente, él pudiera identificar. Por eso no la reconoció cuando se cruzó con ella la primera vez ni cuando, un tiempo después, sus conversaciones fueron una rutina necesaria; no la reconoció cuando se saludaban con un beso en la mejilla, ni cuando el recuerdo de ella se le colaba en la mente sin avisar. No la reconoció porque él esperaba encontrarla algún día y ella llevaba ya mucho tiempo allí.
Categoría: Relatos
Hambre
Leyó: Tengo hambre de besos.
Cerró el libro, cerró los ojos y se cocinó un recuerdo para matar la suya.
El beso
Se le acercó y ella sintió el arrastre suave y firme de su mirada, como el de la maroma que ayuda a atracar el barco. Le retiró un mechón de pelo de la frente y entrelazó sus dedos con el cabello de su sien y ella se recostó un poco en la palma de su mano, abierta y acogedora, y cerró los ojos dejándose llevar. Sintió los labios de él sobre su boca, primero un leve contacto y luego la carne suave y tibia, abandonada a su propio latido. Así estuvieron una vida entera, sin tiempo ni distancia, sin conciencia de su propia existencia y, al abrir los ojos de nuevo, ninguno de los dos era ya la misma persona que era antes de aquel beso.
Muletas
Dijo que su marido tenía Alzheimer. Nadie le preguntó por qué llegaba tarde, pero ella, para justificar su tardanza, dijo que su marido tenía Alzheimer.
Cuando tenía veinte años se casó con él para salir de casa de sus padres; cuando tomaba café con sus amigas, él y los maridos de ellas eran su diversión entre cuchicheos y risitas; cuando los niños eran pequeños su marido era el monstruo vengador de las travesuras; cuando tenía que comprometerse con algo, mejor su marido que ella no entendía de esas cosas; cuando había que pagar las facturas, su marido era el fracasado que nunca pudo darle el nivel de vida que ella se merecía… Y ahora, que ya no podía reprocharle nada porque él ya ni siquiera la conocía, ahora, que una chica rumana se ocupaba de cuidarlo durante 24 horas al día, ella, por fin, era su víctima indiscutible. ¿Por qué, si no, la miraban con esa cara de lástima cuando la gente lo sabía?
Evolución
Creía, como en lo antiguo, que, con cada foto que hacía, robaba el alma de todo lo que fotografiaba y por eso erraba por ahí, cámara en mano, para llenarse del alma de las cosas o la gente; pero creía también, que, con cada disparo, un poquito de la suya, un atisbo de luz de sus ojos se perdía por el visor. Por eso andaba trastabillándose y dando tumbos, entornando los ojos para no errar el paso, un poquito árbol, un poquito pájaro y un poquito niño o mendigo cada vez. Cada vez un poquito más camaleón y cada vez un poquito más ciega.
La troje del alma
Me miro y mi corazón es como una casa añosa con una troje llena de trastos que, en algún momento, fueron imprescindibles para una vida acogedora en ella; trastos olvidados, cubiertos de polvo y telarañas que, sin embargo, fueron la esencia de la vida allí y han dejado su huella entre aquellas paredes; una troje que es una tentación para los ojos nuevos de un niño.
No soy viejo aún, pero tengo memoria y trastos viejos en el alma… Y tú has venido a removerlo todo, a curiosearlo todo con esos ojos de niño, esos ojos llenos de deseo de saber, de ilusión por la novedad; has venido a desempolvar trastos que te parecen útiles, a desperezar sentimientos que, de tan escondidos, ya había olvidado en el rincón más profundo…
(De las memorias de Ismael Blanco)
Como un pescado
A nadie le extrañó. Tenía los párpados sin pestañas y los ojos acuosos como los pescados, y, si te daba la mano, te quedaba en la piel un tacto frío y viscoso y casi la dejabas resbalar y caer, como los peces recién sacados del agua. Nunca demostró sangre caliente en las venas, su familia y sus empleados sabían lo distante que podía ser, su falta de empatía y su capacidad para humillar sin inmutarse; sus amigos, no, porque, simplemente, nunca los tuvo. Por eso, a nadie le extrañó que apareciera en la playa una madrugada, después de varios días desaparecido, boca arriba y con la barriga hinchada como los peces muertos y con un arpón de pescar atunes clavado en el corazón. Que, mira por donde, resulta que corazón si tenía.
Amigos
En la escuela había un muchacho cojitranco que, como suele ocurrir, dio en ser el blanco de los ataques de los más cerriles. Una de las veces yo fui testigo de los abusos, le increpaban, valentones por ser mayoría y sentirse más fuertes, y se reían de él imitando su cojera. Yo tuve miedo, hubiera deseado ser transparente en esos momentos, tuve miedo de que le dejaran a él y empezaran a reírse de mí, y tuve miedo, también, de que llegaran a las manos conmigo si intentaba defenderlo. Entonces y ahora sé que el miedo fue lo que me inmovilizó como una estatua de sal, supongo que yo era tan poco importante para ellos que ni siquiera me tuvieron en cuenta, y él no reclamó mi ayuda. Cuando se marcharon me acerqué y le ofrecí compartir mi merienda, y este gesto, amistoso pero cobarde, fue suficiente para que me mirara como si yo fuera su salvador.
Esta escena se quedó grabada en mi memoria toda la vida, el deseo de humillar de ellos, su soledad resignada y mi cobardía. Durante años, a partir de entonces, nos sentamos como compañeros en el mismo pupitre y nos seguimos viendo como amigos después, cuando nos fuimos los dos a la ciudad para estudiar carreras diferentes, y, cada día, desde entonces, no he podido quitarme ese sabor amargo, la conciencia de no saberme digno de su amistad.
(De las memorias de Ismael Blanco)
El hotelito
El hotelito ardió como una tea cuando llevaba abierto casi dos años y el dueño, que lo compró recién reformado sin saber que antes había sido una casa de putas, estaba totalmente arruinado. Lo sospechó después, cuando los clientes empezaron a anular las reservas al poco de llegar, quejándose de un penetrante olor a chicle y desinfectante que parecía desprenderse de las paredes, o cuando un joven matrimonio le comentó que su hijo de pocos años estaba aterrorizado por los golpes y los gritos que llegaban de la habitación de al lado y que, sin embargo, estaba vacía y ellos mismos habrían jurado que oían a un hombre jadear, o cuando una embarazada que vomitaba con todos los olores le explicó que no podía entrar en su habitación porque tenía un olor soso como el semen. Al fin lo supo con certeza una mañana en que llegó una joven con el acento áspero de los países del este y la mirada más triste que nunca pudo imaginar en unos enormes ojos del color de la miel y le contó que ella había vivido allí engañada y contra su voluntad hasta que una noche en la que no le quedaba nada más que perder, decidió arriesgar su vida y acudir a la policía.
Y supo también entonces que no cabía más dolor ni más amargura entre aquellas paredes disfrazadas tan grotescamente de hotelito rural y, a sabiendas de que el seguro se echaría para atrás, le entregó a la muchacha el barril de gasolina y, agarrados de la mano, encendieron la cerilla entre los dos.
De cuando niño
Los fines de semana mi padre era más mío, si cabe, que el resto de los días. Recuerdo que solía hacer pan en casa. Yo apoyaba los brazos en la mesa de la cocina y asentaba la barbilla sobre ellos para no perderme ni un detalle, me gustaba verle hundiendo los dedos, aquellos dedos tan largos, en la masa redonda y espolvorear harina por encima. Sin decirnos nada, llegaba un momento, al final, en el que mi padre, como si de pronto se diera cuenta de que yo estaba allí, me miraba, me sonreía y, con una mirada cómplice, moviendo levemente la cabeza, me invitaba a amasar yo también. Yo me afanaba, casi tenía que empinarme para llegar bien, y él me dejaba hacer unos minutos, hasta que yo me miraba las dos manos, abiertas y pringadas de masa y él me ayudaba a quitármela de los dedos.
Mi padre hacía y decía cosas que los padres de los demás nunca habrían imaginado siquiera y yo viví aquellos años como si fuera el dueño de un secreto que sólo él y yo conocíamos. Después, durante toda mi vida después de aquellos domingos de panadero, cada vez que parto un trozo de pan reciente, vuelvo a tener 8 o 9 años y mi padre sigue siendo más mi padre que nunca, incluso ahora, que ya no está.
(De las memorias de Ismael Blanco)
