Diario de Pepín. Día 76

Por las mañanas, como madrugamos mucho, apenas hay gente en la calle. Luego ya sí, luego nos cruzamos con gente que se nota que va a algún sitio, que no está paseando. Van casi todos solos, deprisa, y como pensando en algo para adentro. Y, un poco más tarde aún, ya se ve mucha gente joven, dos o tres de cada vez, que van hablando deprisa y en voz alta; y la mayoría sonríe.

Yo me fijo en estas cosas porque, dependiendo de quién, a veces, alguien se para a decirle algo a mamá sobre mí, y me acaricia y  nos saluda a los dos. Está la chica que coloca las mesas en la terraza del bar, casi todos los días a la misma hora, que me dice cosas; y el pescadero, que nos dice buenos días porque mi primera parada para hacer pis es en la hierba de enfrente de la pescadería; y luego un señor que todas las mañanas está limpiando unas puertas de cristal en un bloque de pisos –que, aunque hay poca luz, como siempre limpia los mismos cristales y de la misma manera, yo creo que no necesita ver – y mamá y él se saludan aunque no se conocen –bueno, no se conocían al principio, ahora ya sí-; y hay una chica que vemos unos cuantos días seguidos y luego ya no la vemos y siempre se para conmigo y me quiere mucho y me dice que ella tiene un perro como yo, pero en grande. Esta mañana la hemos visto y le ha contado a mamá que está trabajando de noche y por eso nos ve por la mañana, cuando vuelve a su casa, y, claro, los días que no nos cruzamos con ella es porque trabaja de día. Yo creo que esa chica debe ser amiga de mamá, porque una cosa es cruzarse con nosotros y otra muy diferente es que nos cuente cosas. Amiga mía sí que es. ¡Cómo no va a ser amiga mía si me quiere mucho y nos ha contado que su perro, el que es como yo, pero en grande, se llama Pepe!

Amigos

En la escuela había un muchacho cojitranco que, como suele ocurrir, dio en ser el blanco de los ataques de los más cerriles. Una de las veces yo fui testigo de los abusos, le increpaban, valentones por ser mayoría y sentirse más fuertes, y se reían de él imitando su cojera. Yo tuve miedo, hubiera deseado ser transparente en esos momentos, tuve miedo de que le dejaran a él y empezaran a reírse de mí, y tuve miedo, también, de que llegaran a las manos conmigo si intentaba defenderlo. Entonces y ahora sé que el miedo fue lo que me inmovilizó como una estatua de sal, supongo que yo era tan poco importante para ellos que ni siquiera me tuvieron en cuenta, y él no reclamó mi ayuda. Cuando se marcharon me acerqué y le ofrecí compartir mi merienda, y este gesto, amistoso pero cobarde, fue suficiente para que me mirara como si yo fuera su salvador.

Esta escena se quedó grabada en mi memoria toda la vida, el deseo de humillar de ellos, su soledad resignada y mi cobardía. Durante años, a partir de entonces, nos sentamos como compañeros en el mismo pupitre y nos seguimos viendo como amigos después, cuando nos fuimos los dos a la ciudad para estudiar carreras diferentes, y, cada día, desde entonces, no he podido quitarme ese sabor amargo, la conciencia de no saberme digno de su amistad.

(De las memorias de Ismael Blanco)