Diario de Pepín. Día 104

Notas es un abusón maleducado. Y porque mamá no me deja decir palabrotas, porque, si no, lo llamaría de otra manera. Y no es que Notas sea un perro muy grande, los hay mucho más grandes en el parque y nunca tengo problemas con ellos, como Nieve, Chico o Cayetana; es que Notas solo se mete conmigo porque soy pequeño y sabe que me puede. Y  luego llega el grandullón que va siempre con él, que todo lo que tiene de grande lo tiene de tonto, y le sigue el juego y le ayuda y, claro, dos perros persiguiéndome por el parque a todo correr y Notas poniéndome los colmillos en la barriga cuando me alcanzan, es demasiado para mí. ¡Que mira que con los otros jugamos a que nos mordemos, pero sin hacernos daño… Que estos son unos salvajes! La mamá de Notas le riñe mucho y lo sujeta, pero, al momento, otra vez. Los otros papás dicen que es que es muy dominante, pero no es verdad, lo que es, es muy miserable; que hay que ser muy miserable para demostrar que eres poderoso solo con los más débiles, que con los otros no se mete. Y muy cobarde, también.

Por eso mamá y yo vamos tranquilamente al parque, y, si llegan Notas y el otro, esperamos a ver qué tal respiran, y cinco  minutos después ya nos hemos ido porque no hay quien los aguante. Dice mamá que eso que me pasa a mí pasa también en los colegios, y, en general, en la vida. Pues vaya vida de mierda para los más débiles, pienso yo.

Amigos

En la escuela había un muchacho cojitranco que, como suele ocurrir, dio en ser el blanco de los ataques de los más cerriles. Una de las veces yo fui testigo de los abusos, le increpaban, valentones por ser mayoría y sentirse más fuertes, y se reían de él imitando su cojera. Yo tuve miedo, hubiera deseado ser transparente en esos momentos, tuve miedo de que le dejaran a él y empezaran a reírse de mí, y tuve miedo, también, de que llegaran a las manos conmigo si intentaba defenderlo. Entonces y ahora sé que el miedo fue lo que me inmovilizó como una estatua de sal, supongo que yo era tan poco importante para ellos que ni siquiera me tuvieron en cuenta, y él no reclamó mi ayuda. Cuando se marcharon me acerqué y le ofrecí compartir mi merienda, y este gesto, amistoso pero cobarde, fue suficiente para que me mirara como si yo fuera su salvador.

Esta escena se quedó grabada en mi memoria toda la vida, el deseo de humillar de ellos, su soledad resignada y mi cobardía. Durante años, a partir de entonces, nos sentamos como compañeros en el mismo pupitre y nos seguimos viendo como amigos después, cuando nos fuimos los dos a la ciudad para estudiar carreras diferentes, y, cada día, desde entonces, no he podido quitarme ese sabor amargo, la conciencia de no saberme digno de su amistad.

(De las memorias de Ismael Blanco)