La troje del alma

Me miro y mi corazón es como una casa añosa con una troje llena de trastos que, en algún momento, fueron imprescindibles para una vida acogedora en ella; trastos olvidados, cubiertos de polvo y telarañas que, sin embargo, fueron la esencia de la vida allí y han dejado su huella entre aquellas paredes; una troje que es una tentación para los ojos nuevos de un niño.

No soy viejo aún, pero tengo memoria y trastos viejos en el alma… Y tú has venido a removerlo todo, a curiosearlo todo con esos ojos de niño, esos ojos llenos de deseo de saber, de ilusión por la novedad; has venido a desempolvar trastos que te parecen útiles, a desperezar sentimientos que, de tan escondidos, ya había olvidado en el rincón más profundo…

(De las memorias de Ismael Blanco)