Diario de Pepín. día 108

El pueblo ya no tiene secretos para mí. Cuando bajo del coche sé perfectamente cuál es la puerta de la casa de los abuelos. Eso sí, la cortina sigue dándome un poco de miedo, y espero a que mamá la recoja a un lado para poder pasar, pero eso es lo único. Incluso me voy yo solito al trozo de hierba donde mamá me saca para hacer pis; que sabía yo muy bien dónde era y no me iba a perder. Mamá se llevó un poco de susto, eso sí, porque pasaban coches por la carretera y yo me fui a explorar, como si nada.

Los abuelos son muy viejitos y hacen las cosas más despacio que mamá y el chico de la gorra. Nos abrazan  mucho cuando llegamos y cuando nos despedimos, y la abuela me deja subirme al sofá, y eso debe ser algo extraordinario, según dicen mamá y la mujer que habla como ella pero no es ella. La abuela camina un poco raro, arrastra los pies y de vez en cuando parece que se va a caer, pero no. Yo procuro no meterme entre sus piernas porque si ya se tambalea ella sola, no quiero ni pensar si se tropieza conmigo. A veces ella me llama Pepito, y otras se piensa que yo soy una perrita pequeña que ella tuvo hace muchos años, pero a mí no me importa porque sé que ella me quiere igual.

Tener abuelos es una buena cosa.

De restaurante

El hombre enganchó la servilleta en la abertura de la camisa y se cubrió la panza con ella mientras la mujer joven brujuleaba constantemente vigilando al niño, haciéndole preguntas que ella misma se respondía, y el crío correteaba por el salón dando brinquitos y acercándose con ojos como platos a los comensales de otras mesas. Con ellos había entrado una mujer anciana, menuda, encorvada y sarmentosa que escogió sentarse lo más alejada que pudo de la silla destinada al niño.

Cuando el camarero trajo los platos el hombre alisó la servilleta y acercó la barriga un poco más al borde de la mesa, la mujer reconvino al niño, que se hizo el loco y no se acercó siquiera, y la anciana miró al plato, al camarero y a los demás clientes, por ese orden y, como si le hubieran dado permiso para empezar, culeó un poco en la silla para centrarse con el plato y se aprestó a comer sin levantar la vista.

A los postres, el hombre mostraba una animosa cara de satisfacción y varios chorretes sobre la servilleta, la mujer se había levantado ya dos veces en busca del crío y éste había hecho varias incursiones en las mesas vecinas, donde los clientes lo miraban a él y a su alrededor con la sospecha de que fuera huérfano.

Cuando el niño soltó en un rincón del salón el ratón de cuerda la algarabía se extendió como una ola, los gritos y las pataletas lo invadieron todo e incluso alguna mujer se subió a una silla escapando del peligro y algún hombre se agarró al respaldo de otra sin decidirse entre el miedo y la vergüenza. Todo fue un disloque, todos gritaban porque los demás lo hacían, todos, menos la abuela sorda, que no había levantado los ojos del trozo de pastel.