Diario de Pepín. Día 4

Tengo mucho trabajo. Yo pensaba que la vida de un perrillo sería comer y dormir, pero no.

Desde que me levanto, ando apretando el culo para no hacer caca en casa, y, cuando mamá y yo salimos a pasear, tengo que inspeccionar todos los árboles, todas las esquinas, las manchas de las aceras y las colillas del suelo, y, además, acordarme de hacer caca y pis. Menos mal que el camino lo he aprendido en  seguida. Y a mamá se le olvida. Esta mañana, al volver para casa, se le olvidaba que estábamos al lado de la oficina. Si no es por mí, que subí corriendo las escaleras… y luego no quiso entrar. En fin, cosas de humanos, a veces cuesta entenderles.

Ayer le demostré a mamá que soy un perro pequeñito pero muy valiente. Cuando estamos en el parque y se acercan esos perros tan enormes que andan sueltos por allí, yo estoy tranquilo y no tengo miedo, dejo que me huelan y luego ya se van. Y luego está Ratón. Ratón es como yo pero cuatro o cinco veces más grande que yo, y siempre viene corriendo a saludarme y a jugar conmigo dando brincos. Mamá dice que es muy nervioso. Pues ayer venía yo masticando un papel riquísimo que había encontrado en la acera y se me echó encima, nada más que a molestar. Pues solté el papel y le enseñé los dientes gruñendo con toda la fuerza que pude y ¡se asustó!. Ratón salió corriendo como había venido y yo volví a recoger mi papel. Mamá se quedó como alelada y la humana de Ratón dijo “sí, sí, tienen su carácter; son muy cariñosos pero tienen su carácter”, refiriéndose a los perrillos que son como yo. A ver si Sofía lo va entendiendo también, aunque yo creo que vamos mejor; ayer se levantó mamá del sofá y nos quedamos los dos solos en él y no me bufó.

De restaurante

El hombre enganchó la servilleta en la abertura de la camisa y se cubrió la panza con ella mientras la mujer joven brujuleaba constantemente vigilando al niño, haciéndole preguntas que ella misma se respondía, y el crío correteaba por el salón dando brinquitos y acercándose con ojos como platos a los comensales de otras mesas. Con ellos había entrado una mujer anciana, menuda, encorvada y sarmentosa que escogió sentarse lo más alejada que pudo de la silla destinada al niño.

Cuando el camarero trajo los platos el hombre alisó la servilleta y acercó la barriga un poco más al borde de la mesa, la mujer reconvino al niño, que se hizo el loco y no se acercó siquiera, y la anciana miró al plato, al camarero y a los demás clientes, por ese orden y, como si le hubieran dado permiso para empezar, culeó un poco en la silla para centrarse con el plato y se aprestó a comer sin levantar la vista.

A los postres, el hombre mostraba una animosa cara de satisfacción y varios chorretes sobre la servilleta, la mujer se había levantado ya dos veces en busca del crío y éste había hecho varias incursiones en las mesas vecinas, donde los clientes lo miraban a él y a su alrededor con la sospecha de que fuera huérfano.

Cuando el niño soltó en un rincón del salón el ratón de cuerda la algarabía se extendió como una ola, los gritos y las pataletas lo invadieron todo e incluso alguna mujer se subió a una silla escapando del peligro y algún hombre se agarró al respaldo de otra sin decidirse entre el miedo y la vergüenza. Todo fue un disloque, todos gritaban porque los demás lo hacían, todos, menos la abuela sorda, que no había levantado los ojos del trozo de pastel.

“El gato”

El inspector Mora había nacido predestinado a ser policía. Era sagaz, intuitivo, taimado y tan ágil, física y mentalmente, como un felino, lo que le había valido el sobrenombre de “El gato”. El mote no era público, o casi; se lo llamaban los policías de su unidad cuando hablaban entre ellos, en voz baja y a sus espaldas; y se lo decían sus jefes cuando se referían a él sin estar él presente. Todos le llamaban “El gato” y él lo sabía;  y le gustaba tanto que, en una ocasión agarró por la pechera a un confidente del que sospechaba que le pasaba información falsa, lo miró a los ojos con la mirada más fría y calculada de la que fue capaz y, literalmente, le escupió en la cara: “Ten cuidado, rata asquerosa, que “El gato” anda suelto…

Al inspector Mora, lo de la lucha entre buenos y malos le parecía bien, de eso vivía. De chico disfrutaba jugando a “policías y ladrones” y lo mismo le daba ser lo uno que lo otro, porque a él lo que le entusiasmaba de verdad era el juego del engaño de uno contra otro, pero, ya adulto, prefirió ser Inspector de Policía a ser el ladrón, el perseguidor antes que el perseguido, porque, lo que realmente le apasionaba era la caza; acechar a su presa, anticiparse a ella incluso, tenderle una trampa, dejarla ir un poco para que se confiara y acorralarla de nuevo cuando menos se lo esperara… y, !zas¡ el gato acababa saltándole irremediablemente encima.

Por eso, incluso fuera de servicio, olfateaba a los rateros y carteristas en el metro o en los centros comerciales , se hacía ver para incitarles a huir y comenzaba el juego del gato y el ratón.  Y siempre, siempre, los acorralaba; y, a veces, solo a veces, los dejaba marchar… para volver a empezar.

LA CAZA