De restaurante

El hombre enganchó la servilleta en la abertura de la camisa y se cubrió la panza con ella mientras la mujer joven brujuleaba constantemente vigilando al niño, haciéndole preguntas que ella misma se respondía, y el crío correteaba por el salón dando brinquitos y acercándose con ojos como platos a los comensales de otras mesas. Con ellos había entrado una mujer anciana, menuda, encorvada y sarmentosa que escogió sentarse lo más alejada que pudo de la silla destinada al niño.

Cuando el camarero trajo los platos el hombre alisó la servilleta y acercó la barriga un poco más al borde de la mesa, la mujer reconvino al niño, que se hizo el loco y no se acercó siquiera, y la anciana miró al plato, al camarero y a los demás clientes, por ese orden y, como si le hubieran dado permiso para empezar, culeó un poco en la silla para centrarse con el plato y se aprestó a comer sin levantar la vista.

A los postres, el hombre mostraba una animosa cara de satisfacción y varios chorretes sobre la servilleta, la mujer se había levantado ya dos veces en busca del crío y éste había hecho varias incursiones en las mesas vecinas, donde los clientes lo miraban a él y a su alrededor con la sospecha de que fuera huérfano.

Cuando el niño soltó en un rincón del salón el ratón de cuerda la algarabía se extendió como una ola, los gritos y las pataletas lo invadieron todo e incluso alguna mujer se subió a una silla escapando del peligro y algún hombre se agarró al respaldo de otra sin decidirse entre el miedo y la vergüenza. Todo fue un disloque, todos gritaban porque los demás lo hacían, todos, menos la abuela sorda, que no había levantado los ojos del trozo de pastel.

“El gato”

El inspector Mora había nacido predestinado a ser policía. Era sagaz, intuitivo, taimado y tan ágil, física y mentalmente, como un felino, lo que le había valido el sobrenombre de “El gato”. El mote no era público, o casi; se lo llamaban los policías de su unidad cuando hablaban entre ellos, en voz baja y a sus espaldas; y se lo decían sus jefes cuando se referían a él sin estar él presente. Todos le llamaban “El gato” y él lo sabía;  y le gustaba tanto que, en una ocasión agarró por la pechera a un confidente del que sospechaba que le pasaba información falsa, lo miró a los ojos con la mirada más fría y calculada de la que fue capaz y, literalmente, le escupió en la cara: “Ten cuidado, rata asquerosa, que “El gato” anda suelto…

Al inspector Mora, lo de la lucha entre buenos y malos le parecía bien, de eso vivía. De chico disfrutaba jugando a “policías y ladrones” y lo mismo le daba ser lo uno que lo otro, porque a él lo que le entusiasmaba de verdad era el juego del engaño de uno contra otro, pero, ya adulto, prefirió ser Inspector de Policía a ser el ladrón, el perseguidor antes que el perseguido, porque, lo que realmente le apasionaba era la caza; acechar a su presa, anticiparse a ella incluso, tenderle una trampa, dejarla ir un poco para que se confiara y acorralarla de nuevo cuando menos se lo esperara… y, !zas¡ el gato acababa saltándole irremediablemente encima.

Por eso, incluso fuera de servicio, olfateaba a los rateros y carteristas en el metro o en los centros comerciales , se hacía ver para incitarles a huir y comenzaba el juego del gato y el ratón.  Y siempre, siempre, los acorralaba; y, a veces, solo a veces, los dejaba marchar… para volver a empezar.

LA CAZA