Diario de Pepín. Día 42

Por las mañanas tengo mucho trabajo en la calle. Aunque haya pasado el camión que echa agua a chorros, quedan muchos olores de la gente y de las mesas y las sillas que ponen durante el día. Bueno, quedan olores y muchas otras cosas también, los restos chiquititos de lo que la gente ha comido en la calle. Y algún vaso de helado, que está de rechupete. Mamá me riñe a cada rato, porque no le importa que huela, pero no quiere que coma cosas del suelo, que, a saber qué me meto en la boca con el afán de comer.

Cuando vamos por los jardines, paso casi siempre por el mismo sitio, porque hay un trozo de hierba, al lado de las mesas y las sillas, donde todos los días encuentro trozos de pan. Y si yo me engancho a un trozo de pan no hay quien me lo quite. Bueno, mamá podría quitármelo de la boca, eso sí, pero mamá no me lo quita porque el pan es bueno para los perros, y a mí, me encanta.

La vida dulce

La miel caía desde la boca estrecha de una botella  de vidrio verde, y la mano de mi madre dibujaba el contorno de una rebanada de pan de pueblo que a mí nunca me pareció demasiado grande, rellenaba después la isla dibujada con trazo grueso y al final siempre quedaban, sobre los restos de blanco inmaculado, unas gotas espesas que tardaban en filtrarse. Yo miraba la rebanada empapada para ver como la miel iba ganando la partida, traspasando a veces la miga hasta bañar el plato, o me ponía a lengüetear los bordes por donde avanzaba  sigilosamente como la lava que rebosa de un volcán.

La miel con pan ha sido una seña de identidad de mi niñez, quizás por eso ahora, que he madurado y soy más niña cada día, me viene a menudo el regusto dulce y la visión dorada e incitadora de aquellas meriendas, y, sin querer remediarlo, me preparo una tostada de pan y dibujo una isla de miel sobre ella, suficientemente abundante como para tener que darle un lengüetazo en los bordes para que no se derrame.

De cuando niño

Los fines de semana mi padre era más mío, si cabe, que el resto de los días. Recuerdo que solía hacer pan en casa. Yo apoyaba los brazos en la mesa de la cocina y asentaba la barbilla sobre ellos para no perderme ni un detalle, me gustaba verle hundiendo los dedos, aquellos dedos tan largos, en la masa redonda y espolvorear harina por encima. Sin decirnos nada, llegaba un momento, al final, en el que mi padre, como si de pronto se diera cuenta de que yo estaba allí, me miraba, me sonreía y, con una mirada cómplice, moviendo levemente la cabeza, me invitaba a amasar yo también. Yo me afanaba, casi tenía que empinarme para llegar bien, y él me dejaba hacer unos minutos, hasta que yo me miraba las dos manos, abiertas y pringadas de masa y él me ayudaba a quitármela de los dedos.

Mi padre hacía y decía cosas que los padres de los demás nunca habrían imaginado siquiera y yo viví aquellos años como si fuera el dueño de un secreto que sólo él y yo conocíamos. Después, durante toda mi vida después de aquellos domingos de panadero, cada vez que parto un trozo de pan reciente, vuelvo a tener 8 o 9 años y mi padre sigue siendo más mi padre que nunca,  incluso ahora, que ya no está.

(De las memorias de Ismael Blanco)

La entrevista

La periodista se inclinó hacia la anciana desde el sofá de al lado, con una sonrisa cómplice y una voz seductora, para preguntarle esta vez por algo más íntimo, más personal que la obra de toda su vida, si es que podía haber algo en ella más personal, y, a la vez, más íntimo, que su obra.

-¿Qué fue lo que la enamoró de él?
La anciana sonrió dulcemente y miró a la muchacha con ternura, tan joven le pareció, tan inocente, preguntando por la génesis del universo…
-Me enamoré de él, dijo –y ninguna de las dos le había nombrado- en el momento en que le vi comiendo pan.
La anciana esperó a ver la cara de asombro de la joven, y continuó.
– Como un niño, comía pan como un niño, cogía un trozo enorme y no lo partía para llevárselo a la boca; cogía un trozo inmenso –y gesticulaba como si fuera él en ese momento- y lo comía a mordiscos, como si se le fuera a terminar, con ansia, como si no hubiera manjar más exquisito en el mundo.
La joven se quedó mirándola con cierta expresión de sorpresa, y la anciana añadió:
-Mire, señorita, yo supe, al verle, que ese hombre era capaz de saborear la vida con el mismo entusiasmo que ponía en comerse el pan, que era capaz de hacer grandes las cosas pequeñas, de ser inmensamente feliz y, probablemente, inmensamente desgraciado. Él era capaz de emocionarse con la vida; y de emocionarme –dijo pensativa y, mirando a la muchacha, añadió – ¿quién iba a perder una oportunidad así?
La joven recompuso su figura contra el respaldo del sofá, el bolígrafo abandonado sobre el bloc de notas y la mano desmayada en el regazo, mientras dudaba de si sería capaz de transmitir la fuerza y el brillo de aquellos ojos gastados.