Tú, que todo lo ocupas

El hombre era viejo y llevaba un bastón. También llevaba una mochila, como la gente joven, pero no por eso parecía menos viejo. La mujer, de una edad parecida, llevaba un bolso de mano grande y plano, de esos que permiten llevar de todo cuando, quien no utiliza bolso cada día, necesita viajar sin equipaje. Él era menudo y  llevaba un tres cuartos ligero y oscuro, ella era grande y gruesa y no llevaba abrigo; se tapaba la tripa voluminosa y el pecho caído con una rebeca abrochada hasta el cuello.

La mujer se sentó junto a la ventanilla y se dispuso a mirar el paisaje. El hombre, en cambio, en el asiento del pasillo, comenzó a desgranar pensamientos. Alguna vez le preguntaba algo a la mujer, pero casi todo el tiempo fue diciendo en voz alta lo que se le pasaba por la cabeza. Eso sí, cada dos frases al menos, decía el nombre de la mujer como para llamar su atención, pero sin esperar respuesta. Empezaba la frase, decía su nombre, y continuaba hasta finalizar. En realidad, no la llamaba, decía el nombre al aire como si fuera un tic o como si necesitara apuntalar su compañía. La mujer raramente lo miraba y contestaba, si era imprescindible, mirando el paisaje. A requerimientos de él, dos o tres veces, buscaron papeles en el bolso y, también al encontrarlos, estaba claro que los papeles le interesaban al hombre y la mujer solo los llevaba encima.

Al cabo de media hora de viaje el viejo ya había reflexionado sobre su salud, sobre sus visitas al médico de la capital, sobre la vida en los bares, sobre la actitud de un vecino que, al parecer, se había reconducido en el buen camino vecinal y sobre la cantidad de leña que antes había en aquellos cerros comparado con ahora. Al cabo de unos minutos volvió a llamar por su nombre a la mujer y le tocó en el hombro para que lo atendiera. La mujer lo miró con el mismo desinterés que hasta entonces. Y él le dijo: María, hay que decirle (no dijo “tienes que decirle”, dijo “hay que decirle” como si fuera cosa de ambos o de otros que no eran ella) a la mujer que te corta el pelo que tiene que darte una red para la cabeza. Y como la mujer no dijo nada ni asintió con gesto alguno, el hombre le tocó con impaciencia la parte de atrás del pelo, la que se le despeinaba al dormir. La mujer, resignada, volvió a mirar el paisaje.

Muletas

Dijo que su marido tenía Alzheimer. Nadie le preguntó por qué llegaba tarde, pero ella, para justificar su tardanza, dijo que su marido tenía Alzheimer.

Cuando tenía veinte años se casó con él para salir de casa de sus padres; cuando tomaba café con sus amigas, él y los maridos de ellas eran su diversión entre cuchicheos y risitas; cuando los niños eran pequeños su marido era el monstruo vengador de las travesuras; cuando tenía que comprometerse con algo, mejor su marido que ella no entendía de esas cosas; cuando había que pagar las facturas,  su marido era el fracasado que nunca pudo darle el nivel de vida que ella se merecía… Y ahora, que ya no podía reprocharle nada porque él ya ni siquiera la conocía, ahora, que una chica rumana se ocupaba de cuidarlo durante 24 horas al día, ella, por fin, era su víctima indiscutible. ¿Por qué, si no, la miraban con esa cara de lástima cuando la gente lo sabía?

Casados

Se habían casado muy jóvenes y ninguno de los dos supo nunca en qué momento  habían empezado a vivir uno contra otro. Cuando él murió ella se quedó sin nadie a quien responder malhumorada, sin nadie a quien dejar de escuchar para hacerle de menos, sin nadie a quien hacer callar constantemente,  sin nadie a quien organizarle el tiempo y las comidas y las mudas. Cuando él murió ella sollozó preguntando: ¿por qué me has dejado aquí? Y también le culpó de su muerte a destiempo.

Decidida a llevarle la contraria una vez más se murió apenas volvieron del entierro, que él nunca había sido capaz de nada en la vida si ella no iba detrás rematando la faena.