La venganza

Sólo había una mujer pidiendo en la pescadería. Le pareció una “señora bien”, una mujer en la setentena, el pelo rubio arreglado en un recogido de peluquería, un vestido fresco tipo camisola, zapatos de medio tacón y piel morena de playa. Preguntaba constantemente a la dependienta sobre las características de los pescados y compraba un poco de cada cosa. Cuando se volvió hacia ella para mirar unos calamares pudo ver que la mujer iba maquillada discretamente, a no ser por el perfilador oscuro que rodeaba unos labios demasiado gruesos para ser naturales. Cuando preguntaba por la calidad de los gambones congelados, con ese tono habitual que se utiliza cuando necesitas comprar algo asequible de precio pero haces ver que lo desprecias por estar congelado, se dio cuenta de que la mujer llevaba el vestido del revés, el color de las listas lucía un poco desvaído y se veían las costuras sobre de la tela.

La mujer comentó sin que nadie preguntara que acababa de llegar de Galicia, donde había estado de vacaciones y había comido muchísimo y excelente pescado, pero aun así quería llevarse algunas cosas más. Después preguntó por las almejas blancas. Exactamente dijo: “¿Las almejas blancas son portuguesas, verdad?”. La dependienta se apresuró a responder con entusiasmo: “Sí, señora, vienen de Portugal”. La mujer dijo entonces: ¿Pero son buenas, no?

Le faltó decir “a pesar de ser portuguesas”, pero la pescadera lo entendió igualmente y defendió con entusiasmo la calidad de aquellas almejas que no eran gallegas.

Ella pensó que ya había escuchado demasiadas sandeces. Se acercó a la mujer y en voz baja, que la dependienta pudo oír también, le dijo “Disculpe, señora, pero no se ha dado cuenta de que tiene el vestido del revés”.

La mujer ahogó una exclamación tapándose la boca con la mano y empezó a moverse como si buscara un sitio en el que poder esconderse. Se desentendió de las almejas portuguesas y se la oyó balbucir “ay, por dios, ay, por dios, ¿qué hago ahora?…”.

Fue como explotar un globo que sube en el aire. Y no se arrepintió.

Las ceremonias de la muerte

Una vez, cuando éramos chicos, el profesor que nos daba Ciencias Naturales adormeció una rana con cloroformo, la despatarró sobre una tabla, la sujetó con alfileres y la abrió en canal para que viéramos sus órganos. Creo que ninguno de nosotros pensó entonces que la rana estaba muerta, nos pareció, más bien, que estaba dormida.

La muerte no era lejana entonces. Cuando chicos, criábamos conejos en casa. Llegado el momento, mi madre escogía uno de ellos, lo agarraba por las patas traseras y lo levantaba a la altura de los ojos, boca abajo. El animal se quedaba inmóvil y mi madre le daba un certero golpe en la nuca que acababa inmediatamente con él. A veces, necesitaba un segundo golpetazo. Después lo colgaba por una de las patas de una punta clavada en la pared y lo iba desnudando de aquel abrigo suave y algodonoso que ni siquiera sangraba.  Desprendía la piel con facilidad con un tirón mantenido, y, al llegar al pescuezo quedaba al descubierto el golpe, hinchado y sanguinolento. Luego, mi madre cercenaba las orejas por la base dejando las ternillas blancas y también el hocico, del que colgaba la piel entera, sonrosada y caliente.

También teníamos gallinas y criábamos pollos para engordarlos. Cuando llegaba el momento de matar alguno, mi madre le cruzaba las alas sobre la espalda haciendo un ocho para evitar aquel aleteo de loco, lo sujetaba entre las piernas o entre los codos y con la mano izquierda le doblaba la cabeza contra el pescuezo mientras con la derecha le arrancaba las plumas de la nuca. Después, con un cuchillo afilado, cortaba la piel desplumada y la sangre oscura empezaba a fluir por la herida. Entonces mi madre le volteaba un poco el pescuezo rajado y la sangre caía sobre un tazón lleno de miga de pan que revolvía con la punta del cuchillo.

En noviembre, con las primeras heladas nocturnas, nos despertábamos una mañana más pronto de lo normal. Todavía la luz era un poco gris, y llegaba envuelta en alaridos que erizaban la piel y hacían que me tirara de la cama inmediatamente. Esa mañana había gente por casa que yo no conocía, un hombre grande, vestido con un mono azul de trabajo que daba unos toques con la cheira a un enorme cuchillo y una mujeruca que se alquilaba para ayudar en las matanzas, casi enana y vestida de negro, con andares de pato por el desgaste de las caderas y las manos deformadas por la reúma. Habían venido también algunos vecinos, se necesitaban varios hombres para sujetar sobre el tajo al cerdo que íbamos a matar. El hombre del mono azul metía el cuchillo afilado en el centro de la garganta de aquel animal enorme y desesperado, y aseguraba el golpe empujando con movimientos circulares de la muñeca. Mientras, las mujeres acercaban un barreño de barro y recogían la sangre que chorreaba, negra y humeante. Yo miraba desde la puerta, los pies juntos y las manos a la espalda. Miraba a los hombres que sujetaban con todas sus fuerzas al cerdo hasta que dejaba de patalear, y a la mujer que recogía la sangre y la batía constantemente para que no se coagulara. Y miraba al matarife que sacaba finalmente el cuchillo ensangrentado, y la mano y el puño también.

La muerte no significaba entonces el final de la vida; la muerte de aquellos animales era el paso necesario para poder comerlos, por eso, seguramente, no pensábamos que la rana estuviera muerta también.

Pero también aprendimos en aquellos años que, cuando la gata o la perra parían, le dejaban las crías un día o dos para vaciar de leche a la madre y evitar las mastitis, y, si después no había ningún vecino que quisiera gato o perro, se los quitaban. No preguntábamos cómo, de pronto un día no estaban, y punto; pero todos sabíamos que les rompían el cuello o los tiraban al río metidos en un saco.

Y había quien ahorcaba un galgo colgándolo de un árbol porque, una vez terminada la temporada de caza, dejaba de ser útil y gastaba en comer. Y supongo, además, que esa forma de muerte era barata y ofrecía escasa dificultad, porque el animal no podía defenderse de  la mano que le ponía la cuerda alrededor del cuello, siendo la mano que cada día le daba de comer. O el espectáculo horrendo de la muerte de un novillo como símbolo de dominación sobre un animal noble y peligroso.

Y asistimos también a las antesalas de la muerte, los muchachos que apedreaban perros por puro y siniestro placer, torturaban gatos hasta dejarlos tullidos, ciegos o rabicortos, o inflaban una rana a través de una pajita para que no pudiera saltar con la barriga llena de aire…

¿Cómo podré explicarles todo esto a los muchachos? ¿Cómo podré hacerles ver que hay muertes inevitables, otras que sólo son útiles y otras que sólo son crueles? Tengo miedo de no ser un buen maestro; miedo de no hacer bien lo que tengo que hacer, enseñarles a mirar para que puedan decidir dónde quieren estar, dónde quieren quedarse…

“De las memorias de Ismael Blanco”

Miro atrás

Nada me importó entonces. A mí, que todo me importaba. Decidí no mirar atrás, no escuchar;  desoí  incluso esa voz que creía mía y amartillaba mi conciencia. Refrenando, siempre refrenando.  Y  decidí que tenía que arriesgarlo todo para no perderlo todo.

Ahora miro atrás y no sé dónde encontré el valor.

O quizás fue más fácil que eso, quizás sólo me dejé llevar hasta el siguiente puente.

Y desperté en otra orilla, en otro paisaje con verdes por descubrir, con vientos leves que mecen las hojas de los árboles y ventiscas que arrancan las ramas muertas. ¿Cómo iba a resistirme? Yo sólo tenía que empezar a caminar…

Y allí estaba el resto de mi vida.

(De las memorias de Ismael Blanco)

De la memoria

Hace dos años la llevaron al hospital. Esa fue la primera vez de muchas veces después. Estaba tomando un café en un bar y vio en la mesa de al lado una mano masculina que movía la cucharilla al revés. Y todo desapareció a su alrededor. Luego dijeron que estaba ausente, sin moverse, sin hablar, y  los camareros llamaron a una ambulancia porque tuvieron miedo de que le hubiera dado algo. Ella no entendía por qué tanta preocupación, tan solo había estado recordando la primera vez que lo vio, hacía tanto tiempo ya; otra mano, en otro bar y en otra primavera, moviendo al revés la cucharilla del café y cambiando su vida solitaria por una vida entre dos.

Después siguieron algunos hospitales más, y más médicos manoseando su cerebro, buscando no se sabe qué para ponerlo en un largo informe; y nuevas consultas y nuevos medicamentos que ella, cuidadosamente, ordenaba como un puzle en el cajón de la mesilla.

En los últimos meses había conseguido volver a él  con mucha más frecuencia. Cualquier cosa le servía para llevarla al fondo de su memoria juntos y quedarse allí las horas muertas. Apenas salía ya de casa porque si el recuerdo la asaltaba en medio de la calle o entre gente, siempre había alguien que llamaba a una ambulancia. Y vuelta a empezar.

Hasta hoy. Hoy, un portazo por una ventana abierta le trajo a la memoria otros portazos con las ventanas cerradas, y súplicas, y lágrimas, y soledad. Y abrió el cajón de la mesilla y sacó la caja intacta de la última receta y vació en su mano y en su boca todas las pastillas. Y tragó despacio los momentos amargos, y se tumbó en la cama para que él supiera donde encontrarla si volvía.

Mañana de Domingo

Las 9 de un domingo de verano es una hora bruja en la ciudad. Eso fue lo que pensó al salir del portal de su casa. Nada que ver con la algarabía de la tarde, las terrazas llenas y los niños correteando alrededor; apenas puedes dar un paso sin cruzarte con ríos de gente yendo y viniendo.

Se apartó de la acera para dejarle paso. Un hombre joven vestido con traje oscuro venía en dirección contraria, mirándose los zapatos con tanta atención como si acabara de darse cuenta de que tenían vida propia y lo llevaban hacia adelante sin él decidirlo. Al llegar a su altura, el hombre del traje levantó la cabeza, titubeó al descubrir el mundo y a ella y abrió mucho unos ojos sanguinolentos en medio de una cara congestionada por el alcohol. A estas horas, pensó, sólo me encuentro a los barrenderos o a los que aún no se han acostado.

Al pasar junto a la catedral se cruzó con una pareja setentera y con aspecto de extranjeros. Él no le llamó la atención. La mujer tenía el pelo completamente blanco, recogido en un moño pequeño y flojo que conformaba un marco  plateado y flotante alrededor de la cara. Llevaba los ojos tan pintados como las máscaras del Carnaval de Venecia y vestía un chándal de tejido brillante combinando dos tonos de azul, con las perneras del pantalón recogidas en un fruncido sobre los tobillos. Las deportivas era lo más discreto que llevaba, y, con la mano izquierda, sujetaba un bolso plano de ceremonia. Sonrió, sonrió abiertamente cuando superó su altura, celebrando la autodeterminación de la mujer, la soltura con la que prescindía de normas no escritas, de tópicos típicos y de la opinión de los demás.

Casi había llegado al puente cuando avistó a dos jóvenes hablando en medio de la calle, sin apenas gesticular y vestidos con chaqué. Las bodas dejan las hiendas del empedrado cubiertas de arroz, los pétalos de rosa sintéticos revoloteando por las aceras y a los testigos convertidos en muñecos de tarta en la madrugada. Miró al fondo de la escena, en el otro extremo del puente empezaban a reunirse ciclistas para iniciar la marcha dominguera, llenos de color, como un montoncito de confeti. El que más  y el que menos, se volvió a mirar sin disimulo a uno de los jóvenes del chaqué que se acercaba separando desde el culo los faldones de la chaqueta para meter las manos en los bolsillos del pantalón.

Ella siguió caminando. Había más ciclistas, más gente corriendo y menos barrenderos que otros días. La hora bruja se había agotado ya y la ciudad despertaba sin remedio.

Limosna

Dijo “Buenos días” sin esperar respuesta. Como cada día, en la entrada del supermercado; apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos, la misma cazadora y la misma gorra. Decía “buenos días” porque los clientes no reparaban ya en el bulto junto a la puerta y aquel saludo amable y poco comprometido le hacía visible de nuevo.

Me acostumbré a verle allí, y a comprarle alguna cosa para comer a la vez que compraba para mí. Tardé meses en preguntarle si tenía niños para comprarles dulces o chocolate, pero no me atreví a preguntarle si también le gustaban a él, como si no tuviera derecho a comer más que lo imprescindible. Ni me atreví a preguntarle si comía cerdo o se lo prohibía su religión y me limité  a evitar comprar nada que pudiera comprometerlo. Tampoco me atreví nunca a preguntarle cómo se llamaba, porque no me sentía con derecho a invadir su intimidad, y porque tenía miedo de que aquel chico se hiciera demasiado concreto para mí, y me remordiera demasiado la conciencia por dejar que las cosas pasaran de aquella manera. Porque ni siquiera me atrevía a mirarle a los ojos cuando, a la salida, le tendía lo que hubiera comprado para él, tanta era la vergüenza que yo sentía.

Llueve

Jarreaba agua detrás de los cristales. Miró abajo,  a la calle desierta y ahogada; sólo una chica corría protegiendo inútilmente su cabeza bajo un portafolios. Por la esquina atravesó la calle una figura desdibujada por la cortina de agua, chapoteando a cada paso, sin prisa ya, vencida por el aguacero. Y nadie más. La ciudad de cemento y ladrillos se dejaba lavar violentamente y la suciedad anegaba las alcantarillas.

Bajó sin paraguas y sin el gorro para el agua que colgaba en el perchero. Bajó deprisa, antes de que descampara, poniéndose la gabardina por las escaleras. Llegó a la plaza y se colocó en medio, los brazos abiertos y la cara hacia arriba. La lluvia le golpeó el rostro con fuerza y cerró los ojos. Sintió que el chorreo le arrancaba la corteza oscura que la estaba asfixiando y pudo por fin respirar. Al momento empezó a caer ya una lluvia fina, abrió los ojos y se retiró el cabello pegado a la cara.

Empezó a salir el sol.