Diario de Pepín. Día 116

A mamá le ha dado por salir al balcón y aplaudir. El primer día yo me asusté mucho y empecé a ladrar como un loco, porque retumbaba mucho el aplauso de tanta gente, pero ayer, como hacía muy  mal tiempo, apenas salieron otros dos vecinos y yo ya ni me inmuté. Otra cosa que hizo ayer mamá, antes de lo del aplauso, fue poner un altavoz en el balcón con una canción muy maja que decía algo de resistir. Son tiempos raros estos, se conoce que los balcones son ahora muy importantes, y hace unos meses era donde mamá me ponía un empapador por si quería hacer pis…

Esta mañana hemos salido, como todos los días, pero, como pasa últimamente, solo estaba el barrendero por allí, que no sé qué barre porque está todo limpísimo. Yo ya llevo días que no encuentro nada que llevarme a la boca, de esta se me va a quitar la manía de ir rebuscando. Bueno, pues, en esa calle larguísima que recorremos todos los días,  nos hemos cruzado con un hombre joven que llevaba guantes  morados e iba mirando el teléfono pero, al llegar a cruzarse con nosotros ha mirado a mamá muy sonriente y nos ha dicho “¡buenos días!”, yo creo que, incluso, con alegría. Mamá se ha emocionado. Mamá necesita muy poco estos días para emocionarse, esa es la verdad. Total que, al doblar la esquina, nos hemos encontrado con una mujer que iba como a lo suyo y mamá le ha dicho “¡buenos días!” y le ha dado un buen susto.

Diario de Pepín. Día 115

Mamá está muy triste; lo noto en cómo me mira. Ella sale al balcón y mira la calle desierta y, hoy también, la nieve que cae. No hay gente en la calle, apenas pasan algunas personas y yo no me encuentro con perros con los que jugar.  Me he puesto muy contento esta mañana porque, al salir a hacer pis, caían copos enormes de nieve que yo me comía nada más caer al suelo, pero luego ya también se me pasó la gracia y solo notaba el frío.

Mamá se ha ido a trabajar. Dice que va a estar sola y que, por eso, no va a contagiar a nadie y nadie la va a contagiar a ella. Pero la he oído hablar por teléfono y se le cortaba la voz cuando decía algo del esfuerzo que está haciendo mucha gente para que no  nos pase nada, para que se mueran menos personas y para que respetemos la vida propia y la de los demás (eso decía) y se le empezaron a caer unos lagrimones como yo nunca le había visto. Y también se ha enfadado mucho con un inglés –yo no sé quién es pero ella se enfadó mucho- y con “todos los indeseables egoístas” que desprecian a los demás. Eso dijo.

También dice que le da mucha pena no poder abrazar al chico de la gorra. Por eso yo me pego a ella y apoyo la cabeza en su pierna y entonces ella me abraza. A Sofía también la acaricia, porque Sofía está más mimosa que antes, debe ser que le da envidia.

Diario de Pepín. Día 114

Algo muy malo he tenido que hacer para que mamá no haya vuelto a llevarme al parque, con lo bien que yo me lo pasaba allí, corriendo y corriendo sin parar. Me he quedado sin amigos. Mamá dice que no es culpa mía, que culpa mía es destrozar a mordiscos la pata de la mesa, y que no vuelva a hacerlo, pero esto, no. Yo no sé qué pensar.

Mamá dice que no me preocupe, que vamos a salir todos los días a hacer pis y caca, y dentro de un tiempo, podré volver a jugar con mis amigos. Y seguro que es verdad, pero, mientras tanto, voy a procurar no morder los muebles, por si acaso tiene algo que ver con esto.

Diario de Pepín. Día 113

Dice mamá que ya voy siendo persona, que se nota que pronto voy a cumplir un año. Supongo que lo dice porque, poco a poco, yo voy entendiendo lo que ella quiere y ella ha aprendido a pensar por delante de mí, sabiendo cómo se las puedo liar. Ahora me llama desde lejos cuando salgo disparado detrás de otro perro en el parque y, asombrosamente para los dos, vuelvo corriendo hasta ella como si fuera un loco. Digamos que todo lo hago con mucha energía, pero me va obrando un poco el juicio, eso dice ella.

Todavía me falta mejorar en lo de no lanzarme a las bicis que pasan por mi lado y a los que van corriendo por la calle, pero es que todavía me cuesta entender que, aunque se muevan, no quieren jugar conmigo. Yo me esfuerzo y mamá me lo agradece con mimos, con abrazos, y también con galletitas.

En lo que estamos completamente atascados en lo de no comer cosas del suelo. ¡Es que hay tantas! ¡Y huelen tan bien y están tan ricas! Reconozco que, en eso, como dice mamá, sigo asilvestrado. A lo mejor es que no basta con cumplir pronto un año, a lo mejor es que hay que ser muy viejo para dejar de comer cosas del suelo y por eso yo no puedo sujetarme; que yo veo que hay perros por la calle, muy tranquilos, que pasan al lado de los trozos de bocadillo o de restos de patatas fritas y, como si nada; y yo salgo como una flecha en cuanto me llega el olor. A lo mejor, con un poco de tiempo, consigo escuchar a mamá todas las veces que me dice “no”, porque ahora, la verdad, hay muchas veces que ni me entero.

Diario de Pepín. Día 112

Mamá dice que tengo los ojos como las cuentas de un collar. Y que son como el azabache. Yo no acabo de entender qué significa eso del azabache, pero debe ser bueno a juzgar por la cara que pone mamá cuando lo dice.

También dice que yo no tengo conciencia de mi tamaño y que por eso me lío como un loco a jugar con perros que son muchísimo más grandes que yo. Yo no entiendo qué es eso de la conciencia, pero supongo que los perros no la necesitamos porque para eso nos fijamos mucho al vernos, nos olemos y ya sabemos que podemos revolcarnos y mordernos sin daño hasta que nos quedemos sin fuerzas.

Yo sé que mamá todo esto lo dice porque me quiere mucho pero, claro, ella no es un perro, y, por mucho que se esfuerce, se le nota un poco.

Diario de Pepín. Día 111

Si yo supiera contar, como mamá, sabría exactamente cuántos días llevo sin ir a trabajar. Yo solo sé que son muchos. Una mañana, mientras mamá se ponía el abrigo para salir, yo agaché las orejas, me hundí un poco más en mi camita y la miré con ojos tiernos; y mamá no tuvo corazón para ponerme el arnés. Bueno, yo creo que también influyó eso que ella dice de “que me pongo empachoso”. Por las tardes, cuando llevamos mucho rato trabajando, yo quiero que me coja un poquito –me gusta mucho estar subido en sus piernas y apoyarme en la mesa y en su brazo mientras escribe en el ordenador- y también quiero salir con mis amigos, que pasan por la puerta de la oficina camino del parque, y entonces voy y vengo cincuenta veces -ella dice que cincuenta, yo solo sé que son muchas veces- desde la puerta a las piernas de mamá, que me riñe y me pide que me baje, y acaba diciendo eso de “no te pongas empachoso, Pepín”. Eso me dice.

Diario de Pepín. Día 110

Cuando ya crees que lo has visto todo y los paseos se limitan a comprobar que todo sigue oliendo como debe oler, vas y te llevas una sorpresa. Debe ser porque soy joven y las cosas pasan lentas  y  necesitan de más tiempo que el que yo llevo aquí. ¿Cuántas cosas me quedarán por conocer aún? No sé si a mamá, que es muchísimo mayor que yo, le quedará algo por ver aún por primera vez, pero supongo que sí, porque yo no le veo cara de aburrida.

El caso es que esta mañana la hierba era casi toda blanca. Ha habido días en los que la hierba brillaba con lucecitas diminutas, casi transparentes, y estaba dura y fría, pero hoy, no; hoy estaba blandita y blanca, cubierta de una capa de algo frío que mamá dijo que era nieve. Nieve. Yo nunca había visto la nieve, pero me gusta. Me he pasado rato y rato oliendo –nada olía igual que otros días- y metiendo las narices en la hierba, pero, en vez de comérmela como otras veces, le he pegado unos buenos lengüetazos a la nieve que la cubría. Era como cuando mamá me deja chupar un palo de helado. Mamá ha esperado pacientemente viéndome disfrutar y luego se ha reído porque hasta mi morro se ha quedado nevado por un momento. Después hemos seguido caminando, como otros días, aunque un poco más lentos, porque dice mamá que ella ya se ha caído en el hielo y no quiere repetir.

Diario de Pepín. Día 109

Mamá dice que he salido en un calendario. Yo no  me lo creía pero me ha enseñado una foto con una de mis hermanas, del último día que estuvimos todos juntos, sin mamita Alba. A mí se me ve bastante pequeño porque mi hermana me saca más de la cabeza. Me acuerdo ahora de cómo todos mis hermanos, que eran seis y eso es ser muchos hermanos, se adelantaban siempre a coger la teta de mamita, y me dajaban al verlas venir. Yo creo que, si no hubiera sido por los cuidados que me dieron los papás de la otra casa, yo me habría muerto de hambre, en medio de todos ellos, hambrientos y grandullones. Menos mal que siempre he tenido papás que me han cuidado, los de la otra casa y mi mamá.

Dice mamá que hoy se acaba un año y mañana empieza otro. A mí me da lo mismo, los días son diferentes dependiendo de si voy a la oficina o me quedo en casa, o si vamos de viaje con el coche, cosas así… Y un año se me hace un tiempo muy largo. Yo no sé cuántos años tendrá ya mamita Alba o cuántos tendrá el perro más viejo que jamás haya visto, pero, si he de empezar un año nuevo, pues quiero seguir todo ese tiempo con mamá, por supuesto, y con el chico de la gorra, y el señor que me llama perrete y la mujer que habla como mamá pero no es mamá. Bueno, y con los abuelos, claro, que yo creo que esos sí que deben ser viejos viejísimos, pero ya les diré yo que, si no pueden caminar bien, pues que se queden sentados, pero que me esperen en el pueblo que tendremos que ir también en ese año nuevo.

Diario de Pepín. día 108

El pueblo ya no tiene secretos para mí. Cuando bajo del coche sé perfectamente cuál es la puerta de la casa de los abuelos. Eso sí, la cortina sigue dándome un poco de miedo, y espero a que mamá la recoja a un lado para poder pasar, pero eso es lo único. Incluso me voy yo solito al trozo de hierba donde mamá me saca para hacer pis; que sabía yo muy bien dónde era y no me iba a perder. Mamá se llevó un poco de susto, eso sí, porque pasaban coches por la carretera y yo me fui a explorar, como si nada.

Los abuelos son muy viejitos y hacen las cosas más despacio que mamá y el chico de la gorra. Nos abrazan  mucho cuando llegamos y cuando nos despedimos, y la abuela me deja subirme al sofá, y eso debe ser algo extraordinario, según dicen mamá y la mujer que habla como ella pero no es ella. La abuela camina un poco raro, arrastra los pies y de vez en cuando parece que se va a caer, pero no. Yo procuro no meterme entre sus piernas porque si ya se tambalea ella sola, no quiero ni pensar si se tropieza conmigo. A veces ella me llama Pepito, y otras se piensa que yo soy una perrita pequeña que ella tuvo hace muchos años, pero a mí no me importa porque sé que ella me quiere igual.

Tener abuelos es una buena cosa.

Diario de Pepín. Día 107

Yo no sé si todos los inviernos van a ser como este, pero, para ser este el primero que a mí me toca vivir, yo diría que está un poco revuelto. A lo mejor esto es lo normal y yo no lo sé porque no puedo comparar. Mamá, que conoce muchos más inviernos que yo, protesta con tanta lluvia y con tanto viento, de modo que no debe ser esto lo normal.

Ayer cerraron el parque; dijo mamá que por peligro de que cayeran los árboles. Nosotros íbamos por la acera, y de pronto, vino un golpe de viento y le dio la vuelta al paraguas de mamá. A mí no me gustan demasiado los paraguas, tienen una forma muy brusca de abrirse y  a veces me asustan, pero el de ayer me dio mucha pena. Tenía los bracitos rotos, colgando, y el vestido arrancado casi del todo. Mamá dijo que íbamos a una papelera, como cuando tiramos las bolsas con mis cacas, y yo ya me imaginé para qué. Se conoce que los paraguas son muy sensibles a esto del viento fuerte, porque en la papelera ya había otros dos desvencijados y otro en el suelo. Podría decirse que ayer vi cómo se moría un paraguas, y a otros tres ya muertos del todo. Estará orgulloso el viento de pelear con gente tan débil…

Nosotros, después de esto, aguantamos como pudimos; yo, con mi impermeable, que me tapa bastante, pero no todo, y  mamá mojándose entera por no tener paraguas. Como en la ducha pero con el agua más fuerte. Diría yo que el viento y la lluvia no son amigos de la gente y de los perros, porque así no hay quién disfrute de un paseo. Hasta yo me doy prisa en hacer caca porque me da pena que mamá se moje.