Miro atrás

Nada me importó entonces. A mí, que todo me importaba. Decidí no mirar atrás, no escuchar;  desoí  incluso esa voz que creía mía y amartillaba mi conciencia. Refrenando, siempre refrenando.  Y  decidí que tenía que arriesgarlo todo para no perderlo todo.

Ahora miro atrás y no sé dónde encontré el valor.

O quizás fue más fácil que eso, quizás sólo me dejé llevar hasta el siguiente puente.

Y desperté en otra orilla, en otro paisaje con verdes por descubrir, con vientos leves que mecen las hojas de los árboles y ventiscas que arrancan las ramas muertas. ¿Cómo iba a resistirme? Yo sólo tenía que empezar a caminar…

Y allí estaba el resto de mi vida.

(De las memorias de Ismael Blanco)

De la memoria

Hace dos años la llevaron al hospital. Esa fue la primera vez de muchas veces después. Estaba tomando un café en un bar y vio en la mesa de al lado una mano masculina que movía la cucharilla al revés. Y todo desapareció a su alrededor. Luego dijeron que estaba ausente, sin moverse, sin hablar, y  los camareros llamaron a una ambulancia porque tuvieron miedo de que le hubiera dado algo. Ella no entendía por qué tanta preocupación, tan solo había estado recordando la primera vez que lo vio, hacía tanto tiempo ya; otra mano, en otro bar y en otra primavera, moviendo al revés la cucharilla del café y cambiando su vida solitaria por una vida entre dos.

Después siguieron algunos hospitales más, y más médicos manoseando su cerebro, buscando no se sabe qué para ponerlo en un largo informe; y nuevas consultas y nuevos medicamentos que ella, cuidadosamente, ordenaba como un puzle en el cajón de la mesilla.

En los últimos meses había conseguido volver a él  con mucha más frecuencia. Cualquier cosa le servía para llevarla al fondo de su memoria juntos y quedarse allí las horas muertas. Apenas salía ya de casa porque si el recuerdo la asaltaba en medio de la calle o entre gente, siempre había alguien que llamaba a una ambulancia. Y vuelta a empezar.

Hasta hoy. Hoy, un portazo por una ventana abierta le trajo a la memoria otros portazos con las ventanas cerradas, y súplicas, y lágrimas, y soledad. Y abrió el cajón de la mesilla y sacó la caja intacta de la última receta y vació en su mano y en su boca todas las pastillas. Y tragó despacio los momentos amargos, y se tumbó en la cama para que él supiera donde encontrarla si volvía.

Mañana de Domingo

Las 9 de un domingo de verano es una hora bruja en la ciudad. Eso fue lo que pensó al salir del portal de su casa. Nada que ver con la algarabía de la tarde, las terrazas llenas y los niños correteando alrededor; apenas puedes dar un paso sin cruzarte con ríos de gente yendo y viniendo.

Se apartó de la acera para dejarle paso. Un hombre joven vestido con traje oscuro venía en dirección contraria, mirándose los zapatos con tanta atención como si acabara de darse cuenta de que tenían vida propia y lo llevaban hacia adelante sin él decidirlo. Al llegar a su altura, el hombre del traje levantó la cabeza, titubeó al descubrir el mundo y a ella y abrió mucho unos ojos sanguinolentos en medio de una cara congestionada por el alcohol. A estas horas, pensó, sólo me encuentro a los barrenderos o a los que aún no se han acostado.

Al pasar junto a la catedral se cruzó con una pareja setentera y con aspecto de extranjeros. Él no le llamó la atención. La mujer tenía el pelo completamente blanco, recogido en un moño pequeño y flojo que conformaba un marco  plateado y flotante alrededor de la cara. Llevaba los ojos tan pintados como las máscaras del Carnaval de Venecia y vestía un chándal de tejido brillante combinando dos tonos de azul, con las perneras del pantalón recogidas en un fruncido sobre los tobillos. Las deportivas era lo más discreto que llevaba, y, con la mano izquierda, sujetaba un bolso plano de ceremonia. Sonrió, sonrió abiertamente cuando superó su altura, celebrando la autodeterminación de la mujer, la soltura con la que prescindía de normas no escritas, de tópicos típicos y de la opinión de los demás.

Casi había llegado al puente cuando avistó a dos jóvenes hablando en medio de la calle, sin apenas gesticular y vestidos con chaqué. Las bodas dejan las hiendas del empedrado cubiertas de arroz, los pétalos de rosa sintéticos revoloteando por las aceras y a los testigos convertidos en muñecos de tarta en la madrugada. Miró al fondo de la escena, en el otro extremo del puente empezaban a reunirse ciclistas para iniciar la marcha dominguera, llenos de color, como un montoncito de confeti. El que más  y el que menos, se volvió a mirar sin disimulo a uno de los jóvenes del chaqué que se acercaba separando desde el culo los faldones de la chaqueta para meter las manos en los bolsillos del pantalón.

Ella siguió caminando. Había más ciclistas, más gente corriendo y menos barrenderos que otros días. La hora bruja se había agotado ya y la ciudad despertaba sin remedio.

Limosna

Dijo “Buenos días” sin esperar respuesta. Como cada día, en la entrada del supermercado; apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos, la misma cazadora y la misma gorra. Decía “buenos días” porque los clientes no reparaban ya en el bulto junto a la puerta y aquel saludo amable y poco comprometido le hacía visible de nuevo.

Me acostumbré a verle allí, y a comprarle alguna cosa para comer a la vez que compraba para mí. Tardé meses en preguntarle si tenía niños para comprarles dulces o chocolate, pero no me atreví a preguntarle si también le gustaban a él, como si no tuviera derecho a comer más que lo imprescindible. Ni me atreví a preguntarle si comía cerdo o se lo prohibía su religión y me limité  a evitar comprar nada que pudiera comprometerlo. Tampoco me atreví nunca a preguntarle cómo se llamaba, porque no me sentía con derecho a invadir su intimidad, y porque tenía miedo de que aquel chico se hiciera demasiado concreto para mí, y me remordiera demasiado la conciencia por dejar que las cosas pasaran de aquella manera. Porque ni siquiera me atrevía a mirarle a los ojos cuando, a la salida, le tendía lo que hubiera comprado para él, tanta era la vergüenza que yo sentía.

Llueve

Jarreaba agua detrás de los cristales. Miró abajo,  a la calle desierta y ahogada; sólo una chica corría protegiendo inútilmente su cabeza bajo un portafolios. Por la esquina atravesó la calle una figura desdibujada por la cortina de agua, chapoteando a cada paso, sin prisa ya, vencida por el aguacero. Y nadie más. La ciudad de cemento y ladrillos se dejaba lavar violentamente y la suciedad anegaba las alcantarillas.

Bajó sin paraguas y sin el gorro para el agua que colgaba en el perchero. Bajó deprisa, antes de que descampara, poniéndose la gabardina por las escaleras. Llegó a la plaza y se colocó en medio, los brazos abiertos y la cara hacia arriba. La lluvia le golpeó el rostro con fuerza y cerró los ojos. Sintió que el chorreo le arrancaba la corteza oscura que la estaba asfixiando y pudo por fin respirar. Al momento empezó a caer ya una lluvia fina, abrió los ojos y se retiró el cabello pegado a la cara.

Empezó a salir el sol.

Conformidad

Se conformó.

Se conformó con lágrimas cuando supo ver que aquello tenía fecha de caducidad.

Se conformó con angustia cuando recorrió el camino hasta el final previsible.

Se conformó con sosiego cuando tiempo después le vio salir de casa, volviéndose a cada momento para no irse del todo.

Y se conformó, sobre todo, porque siempre le quedaría el mes de abril. Y saberse una fugaz sonrisa en la vida de él.

Y ser una sonrisa, aun siendo fugaz, en la vida de aquel hombre, siempre sería algo extraordinario.

 

25 de marzo

El niño nació mañana. El 25 de marzo de 1954. Le pusieron el nombre de sus dos abuelos maternos, el del abuelo asesinado en una cuneta y el de la abuela muerta cuando mi madre era una niña aún. Como si el niño fuera el eco de los dos muertos. En realidad, apenas tuvo nombre y apenas tuvo vida, porque cuando tenía algo más de tres meses, el médico del pueblo, que era un gran médico, no supo ver que la angustia de una madre primeriza era algo más que eso, y, cuando quiso darse cuenta, se lo había dejado morir de una otitis complicada.

La ausencia del niño ha vivido con nosotros durante todos estos años. La ausencia del niño, del hijo, del hermano, ha sido la mano que manejó los hilos de nuestra existencia, sin darnos cuenta.

La niña que le siguió fue presa del temor obsesivo de mi madre, que la convirtió en un bebé malcriado y excesivamente dependiente, y mi hermana necesitó muchos años, demasiados, para cortar ese cordón umbilical y ser ella misma. Y  mi hermano, el más pequeño de mis hermanos, nació con el nombre del otro que apenas llegó a vivir, para restañar las heridas de mis padres y cumplir sus esperanzas. Que todo era machismo entonces.

En cuanto a mí, yo he vivido mi vida sabiéndome en deuda con el niño muerto. Cuando yo tenía tres meses, mi madre desoyó los consejos del gran médico, y otro médico que no podían pagar me drenó los oídos para que no muriera como él. Recuerdo, de niña, escuchar cómo mi madre me lo contaba, y cómo enterraron a mi hermano el día de la Virgen del Carmen. Y yo me sentía responsable de esa muerte que ni dios ni la virgen quisieron evitar. Y recuerdo, cuando niña, visitar el cementerio el día de los santos y pedirle a mis padres que me llevaran ante la tumba del niño, y quedarme muy quieta delante de un montoncito de tierra sin marca alguna, sin ninguna identificación más que el sentimiento de gratitud que brotaba de mi corazón por aquel héroe muerto. Y recuerdo haber crecido con aquella ausencia que había intercambiado mi vida por la suya, haber crecido sin el manto protector de un hermano mayor al que siempre eché de menos.

Y le echo de menos aún, como si fuera un poso que siempre queda en el fondo. Y le recuerdo especialmente cada 25 de marzo y cada 16 de julio, desde que tengo memoria. Incluso ahora, cuando el 25 de marzo ya no es nada en la memoria de mi madre.