El destino

Estaba acostumbrada. Desde niña lo había visto aparecer y desaparecer muchas veces. Al principio lo veía desde lejos, casi lo adivinaba, difuso en la distancia, pero en seguida volvía a perderlo de vista hasta la siguiente vez. Porque siempre había una siguiente vez. Poco a poco, a lo largo de los años, sus idas y venidas se habían ido haciendo más frecuentes y se demoraban más en la partida hasta el punto de que ella ya se había ido acostumbrando a su presencia, a esa segunda sombra que la acompañaba en silencio, sin estorbar, saludando de cuando en cuando, como un viejo conocido con el que te cruzas en la calle.

Así fue hasta hace algo más de dos años. Un día, la vieja aparición llamó a su puerta de nuevo y la miró, al abrir, con unos ojos tan francos, tan limpios, tan entregados, que ella se sintió desnuda, naturalmente desnuda. Esa vez la sombra  se le acercó muy despacio y rozó suavemente sus labios con los de ella, tan sólo fue un contacto leve, una promesa de lo que podría venir.

Al poco tiempo él regresó y ella se dio cuenta de que lo había estado esperando. Él le tomó la cabeza entre las manos y la besó poco a poco, con cuidado, como si no hubiera tarea más importante que hacer en el mundo, y ella sintió que el suelo cedía bajo sus pies y se mantenía a flote colgada de esa boca que ya era su destino. Se dio cuenta de que no podía seguir huyendo, de que no quería seguir huyendo de sí misma y, sin siquiera proponérselo, se dejó llevar hacia un mundo apasionante.

Nota del autor: Ella sigue escribiendo, no puede ya dejar de escribir; sigue meciéndose en los brazos de su destino y ya no existe para ella otro lugar donde poder vivir.

Sombra y luz

Me miro al espejo y solo veo al otro lado unos ojos huecos y turbios, como de peces muertos, camino por la calle y no me sigue el eco de mis pasos y los perros gañen alejándose de mí; ni siquiera busco un sitio donde resguardarme de la lluvia por si acaso la lluvia arrastrara mi dolor… de estar sin ti.

Te reconozco en la luz de cada día, en la mirada alegre de las muchachas, en los labios golosos de las mujeres, en los juegos de los niños en el parque, en cada puesta de sol… Te sé parte del aire que respiro, del alimento que me mantiene en pie, te reconozco en mi sombra y en el ritmo de mi pulso… eres la vida que me lleva hacia ti.