Mañana de Domingo

Las 9 de un domingo de verano es una hora bruja en la ciudad. Eso fue lo que pensó al salir del portal de su casa. Nada que ver con la algarabía de la tarde, las terrazas llenas y los niños correteando alrededor; apenas puedes dar un paso sin cruzarte con ríos de gente yendo y viniendo.

Se apartó de la acera para dejarle paso. Un hombre joven vestido con traje oscuro venía en dirección contraria, mirándose los zapatos con tanta atención como si acabara de darse cuenta de que tenían vida propia y lo llevaban hacia adelante sin él decidirlo. Al llegar a su altura, el hombre del traje levantó la cabeza, titubeó al descubrir el mundo y a ella y abrió mucho unos ojos sanguinolentos en medio de una cara congestionada por el alcohol. A estas horas, pensó, sólo me encuentro a los barrenderos o a los que aún no se han acostado.

Al pasar junto a la catedral se cruzó con una pareja setentera y con aspecto de extranjeros. Él no le llamó la atención. La mujer tenía el pelo completamente blanco, recogido en un moño pequeño y flojo que conformaba un marco  plateado y flotante alrededor de la cara. Llevaba los ojos tan pintados como las máscaras del Carnaval de Venecia y vestía un chándal de tejido brillante combinando dos tonos de azul, con las perneras del pantalón recogidas en un fruncido sobre los tobillos. Las deportivas era lo más discreto que llevaba, y, con la mano izquierda, sujetaba un bolso plano de ceremonia. Sonrió, sonrió abiertamente cuando superó su altura, celebrando la autodeterminación de la mujer, la soltura con la que prescindía de normas no escritas, de tópicos típicos y de la opinión de los demás.

Casi había llegado al puente cuando avistó a dos jóvenes hablando en medio de la calle, sin apenas gesticular y vestidos con chaqué. Las bodas dejan las hiendas del empedrado cubiertas de arroz, los pétalos de rosa sintéticos revoloteando por las aceras y a los testigos convertidos en muñecos de tarta en la madrugada. Miró al fondo de la escena, en el otro extremo del puente empezaban a reunirse ciclistas para iniciar la marcha dominguera, llenos de color, como un montoncito de confeti. El que más  y el que menos, se volvió a mirar sin disimulo a uno de los jóvenes del chaqué que se acercaba separando desde el culo los faldones de la chaqueta para meter las manos en los bolsillos del pantalón.

Ella siguió caminando. Había más ciclistas, más gente corriendo y menos barrenderos que otros días. La hora bruja se había agotado ya y la ciudad despertaba sin remedio.

Domingo de otoño.

Alfonso cogió los bártulos y se subió al coche para volver a casa. Pensó, como cada domingo que salía de hacer una guardia, que hacía un día magnífico para regresar y para descansar, para andar a su aire, y aquél sí que era, en realidad, un precioso día de otoño, lleno de luz y de ocres. La rutina de los viajes le empujaba a fijarse en los detalles; los cambios en el paisaje, el pastor que, cada domingo a la misma hora, caminaba por la orilla de la carretera, los vehículos parados en la fuente, los que aprovechaban las primeras lluvias para recoger setas, y algunos cazadores con sus perros. Sobre uno de los puentes de la autovía vio a un cazador cargado con su escopeta y, a medida que se acercaba, reconoció el movimiento de tres perros. Alfonso vio al hombre girarse y mirar el coche, nadie más circulaba en ese momento, y, al cabo de unos segundos, le vio plantarse tras la barandilla y subir la escopeta hasta el hombro.  Notó que se le encogía el estómago cuando intuyó el disparo, e, incrédulo aún, se dejó invadir por aquella sensación de calor y dejadez que le llenaba por completo. Cuando el coche se estrelló contra uno de los pilares del puente, Alfonso ya no respiraba y el cazador había desaparecido con sus perros.

Al día siguiente el periódico daría la noticia como un accidente de caza, un conductor muerto por un tiro perdido.  Solo dos personas en el mundo sabían de verdad lo que había pasado, pero una estaba muerta y la otra no tenía ninguna intención de contarlo. Y los perros no hablan.