Diario de Pepín. Día 27

Mamá no quería subirme a la cama. Me acarició en la alfombra y apagó la luz y, cuando yo me empiné para que me subiera, me acarició otro poco pero no me subió. Yo insistí más y entonces ella volvió a decirme eso de portarme bien y ya, entonces, sí. Sofía llegó un momento después y se colocó a los pies de la cama, en una esquina. Yo no moví ni pata ni oreja, ni se me ocurrió. Hasta mamá se incorporó un momento para saber si seguía allí.

Dice mamá que aprende mucho conmigo. No sé. Dice que, además de aprender cómo funciona la mente de los perros, y así se adelanta a mis fechorías, está aprendiendo a sosegarse y a tener paciencia. Dice que, cuando salimos a la calle, no podemos ir con prisas porque yo me paro en todas partes y que más vale mentalizarse de que el tiempo es una cosa y  las prisas, otra. Ella lo dice pero yo veo que, a veces, le cuesta.

De paseos

“Estoy un poco harto, la verdad. Todos los días con la misma monserga, con lo a gusto que estaría yo echando una cabezadita en el sofá mientras ella ve la tele. Mírala, ya está en el pasillo esperándome. Si no fuera yo bueno le iban a dar…, pero me da pena. Si no fuera por mí se moriría de asco en casa, sola todo el día. Por eso sigo aquí, a pesar de las ganas que tengo de correr mundo, de husmear por ahí todo el tiempo, de perseguir pájaros. Por eso voy a ir hasta ella meneando la cola y me pondré de manos en sus muslos para que proteste como todos los días, dos veces al día. ¡Sólo porque ella lleva la correa, cree que me saca a pasear!”.

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