Paseo matutino

Es domingo y, como cada domingo, hay un hombre de unos setenta o setenta y tantos años en el cruce de dos calles. Siempre en el mismo sitio y solo los domingos. Se acomoda a pie firme, las manos en la espalda equilibrando la barriga, y hace guardia girándose a veces, lentamente, para controlar cualquier movimiento inesperado a su alrededor. Acecha a los escasísimos coches que pasan a esa hora, o a los perros que salen a husmear y saluda a sus dueños con un comentario sobre el tiempo que hace. Se le ve satisfecho, debe estarlo porque sigue allí cuando yo regreso.

De vuelta a casa, en la entrada del portal, hay una rosa en el suelo, el tallo roto y medio desmayada. Seguramente es lo que queda de una madrugada de copas y música que no llegó a más. Pensé dejarla allí, testigo de un fracaso, pero he cambiado de opinión y le he dado una segunda oportunidad. Ella me lo ha agradecido saciándose de agua fresca y luciendo feliz. Es más, cuando ya esté rendida y agotada, podré secarla y seguirá conmigo. Seguramente, tras el inicial rechazo, pensaría que iba a acabar pisoteada y en la basura y solo era que había llegado a las manos y al corazón equivocados.

Paseos con Pepín. Individualidades

Los domingos, Pepín y yo paseamos un poco más tarde por la mañana. Salimos muy temprano cada día, cuando apenas la ciudad despierta, y solemos encontrarnos con caras conocidas, porque siempre somos los mismos los que andamos por ahí a esas horas.

Los domingos, no; los domingos salimos más tarde y nos encontramos con gente que ya no tiene cara de ir medio dormida ni de ir a trabajar.

Este último domingo, mientras Pepín olisqueaba los maceteros de petunias, los pies de las papeleras y las esquinas meadas, yo me dedicaba, como siempre, a observar. En principio, no me fijé en la mujer, sino que me llamó la atención el hombre que, a dos o tres metros de cruzarse con ella, la miró fijamente, pero no a la cara. La miré a ella, casi ya de espaldas a mí, y pensé que no tenía un cuerpo escultural ni llevaba ropa llamativa, pero, de refilón, pude apreciar el bamboleo que le provocaba no llevar sujetador.

El hombre caminó unos metros más y se volvió, esta vez, para mirarla por la espalda. Aún volvió la cabeza dos veces más, como para refrescar la imagen primera.

La mujer siguió su camino sin ver siquiera al hombre que la miraba y el hombre siguió el suyo sin verme a mí. Pepín me miró, esperando, y los dos volvimos a casa.

Diario de Pepín. Día 27

Mamá no quería subirme a la cama. Me acarició en la alfombra y apagó la luz y, cuando yo me empiné para que me subiera, me acarició otro poco pero no me subió. Yo insistí más y entonces ella volvió a decirme eso de portarme bien y ya, entonces, sí. Sofía llegó un momento después y se colocó a los pies de la cama, en una esquina. Yo no moví ni pata ni oreja, ni se me ocurrió. Hasta mamá se incorporó un momento para saber si seguía allí.

Dice mamá que aprende mucho conmigo. No sé. Dice que, además de aprender cómo funciona la mente de los perros, y así se adelanta a mis fechorías, está aprendiendo a sosegarse y a tener paciencia. Dice que, cuando salimos a la calle, no podemos ir con prisas porque yo me paro en todas partes y que más vale mentalizarse de que el tiempo es una cosa y  las prisas, otra. Ella lo dice pero yo veo que, a veces, le cuesta.

De paseos

“Estoy un poco harto, la verdad. Todos los días con la misma monserga, con lo a gusto que estaría yo echando una cabezadita en el sofá mientras ella ve la tele. Mírala, ya está en el pasillo esperándome. Si no fuera yo bueno le iban a dar…, pero me da pena. Si no fuera por mí se moriría de asco en casa, sola todo el día. Por eso sigo aquí, a pesar de las ganas que tengo de correr mundo, de husmear por ahí todo el tiempo, de perseguir pájaros. Por eso voy a ir hasta ella meneando la cola y me pondré de manos en sus muslos para que proteste como todos los días, dos veces al día. ¡Sólo porque ella lleva la correa, cree que me saca a pasear!”.

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