Diario de Pepín. Día 46

¡Qué paliza, madre mía! Mamá me ha dado una sorpresa y hemos vuelto a mi primera casa. Mi mami de antes me llenó de besos en cuanto llegué, pero mis hermanas, las dos que aún no han sido adoptadas y siguen viviendo allí -que están locas, locas-, empezaron a perseguirme y a morderme y a no dejarme en paz. Son más altas que yo y tienen las patas más largas que las mías, pero yo no me dejé albardar y me defendí y también las mordí a ellas; y eso que eran dos. Bueno, en realidad, los mordiscos no eran de hacer mucho daño; pero nos mordimos. Y mucho. Sobre todo cuando llegó Linda, que, entonces, empezamos a perseguirla a ella nosotros tres. Linda se puso muchas veces panza arriba, pero también nos mordió a nosotros en las orejas y nos sacó los dientes para asustarnos. Mamá y los demás nos miraban y nos dejaban hacer y nosotros, venga a correr, venga a correr, aunque yo fui un par de veces a ver a mamá,y, cuando me silbó, me fui corriendo hasta ella, para que no se pensara que, como estaba en mi casa de antes, ahora la quería menos .

Después fueron llegando mis otros hermanos, pero yo casi no los recordaba, porque se fueron pronto de la casa de mis papis a otras casas. A mi mamá Alba sí que la recuerdo, pero no estaba allí, aunque mi otro hermano, el más grandullón de todos, es igualito que ella, igualito, igualito.

Cuando llegó mi papá de antes ya estábamos todos por allí armando y también me abrazó y me besó, que yo sé que me quiere mucho.

Bueno, pues entre tanto jaleo, y tanto correr y tanto morder, el que más armaba y más ladraba de todos era Tony, que siempre tuvo muy mal carácter y sigue igual. Tony lleva años sin ser cachorro, pero se comporta muy mal, a pesar de que sus papás –mis primeros papás- le riñen; pero a él le da igual. Y luego, Messi, que es un tragaldabas de mucho cuidado y quería comer de todo.¡Hasta se subió a la mesa –y mira que está gordo- y se agenció una empanada que medio se zampó antes de que nos diéramos cuenta!.

Ha sido un día muy cansado, pero ha merecido la pena. He llegado tan reventado a casa que casi no me he metido con Sofía. Lo que pasa es que ella ya no se fía de mí y prefiere esconderse antes de que yo empiece a perseguirla por el pasillo. Por si acaso.

Diario de Pepín. Día 1

Hoy mami me ha llevado al veterinario. La última vez fui con mis hermanas, pero hoy no. Estaban esperándonos allí la mujer del pelo blanco y el chico barbudo que vinieron a verme a casa de mami hace un par de semanas. Hoy el chico llevaba otra gorra, pero era él.

La mujer me ha cogido en brazos y los dos me han hecho muchos cariños, como a mí me gusta. Y me han sacado fotos. Mami también me ha sacado una foto para “el momento feliz”. Eso significa que ya tengo una familia para siempre. Lo sé por mis hermanos, que, en este último mes, se han ido de uno en uno, muy contentos, con humanos que venían a vernos. Y mami les hacía una foto para “el momento feliz”. Cuando había visitas yo corría más que ninguno y luego me despanzurraba al sol porque los humanos se entusiasmaban conmigo, pero no me llevaban con ellos. Yo creo que mis patitas cortas no les gustaban demasiado.

La veterinaria me ha tocado por todas partes, como siempre, y me ha clavado algo en el cuello. Apenas me ha dolido pero he chillado un poco para que mami y mi nueva mamá y el chico de la gorra me llenaran de cariños otra vez. Después mami se ha despedido de mí con un montón de besitos y nosotros tres hemos hecho un viaje. Yo creo que, por lo menos, hemos tardado un rato de esos largos, largos. A mí no me gustan demasiado los viajes, porque se me revuelve el estómago y se me llena la boca de saliva, pero tragué y tragué y ya está.

Hoy ha sido un día muy emocionante. En mi nueva casa vivimos mamá, una gata y yo. El chico de la gorra no vive con nosotros. A mí no me importa la gata, al fin y al cabo, yo acabo de llegar, me ha olido un poco y yo he pasado de ella porque no quiero problemas. Mamá me ha puesto una mantita al lado del sofá y la gata, cuando pasa a mi lado, se separa un poco y me mira con desconfianza. He visto cómo una vez se le ha puesto el rabo gordísimo, lleno de pelos de punta, pero yo he hecho como si nada porque no es culpa mía.

Por la tarde mamá me ha llevado a otra casa que no tiene sofás, ella dijo que era la oficina, pero no sé todavía qué significa eso, voy aprendiendo poco a poco. Ella se sienta delante de una mesa y toquetea todo el tiempo unos botones mientras mira una ventanita que se ilumina. Yo me he acostado al lado de su sillón y me he puesto a dormir, tranquilito, toda la tarde. A su lado. Después, cuando casi era de noche, nos hemos ido juntos al parque. Había muchos perros, todos grandes. Todos los perros me huelen, yo aguanto con el rabo entre las piernas pero tiemblo un poco y luego ya se van, y todos los humanos que me ven dicen que soy muy pequeñito y sonríen. Y algunos se acercan para acariciarme la cabeza. Me da vergüenza decir que, cuando vino el primer perro grandote a olerme tuve mucho miedo, mamá se dio cuenta y me cogió y yo le meé la falda. Pero ella no se enfadó y seguimos un rato todavía correteando por el parque.

Yo creo que no ha ido mal el primer día de mi nueva vida. Mamá y el chico de la gorra me quieren, se lo noto. Y la gata… bueno, ya me querrá poco a poco. Yo voy a portarme bien. Prometo no llorar y hacer lo posible para no mearme en casa pero aún soy pequeño y me cuesta mucho…

La casa de ladrillo rojo

En la última curva de la carretera que atravesaba el pueblo había una casa abandonada. Era de ladrillo rojo y la vegetación que crecía sin control había ido cercándola, como si quisiera ahogarla. Ladrillo rojo en un mar verde. Todo en el pueblo era verde, salpicado por aquí y por allá de tejados oscurecidos por la humedad y fachadas de ladrillo o pintadas de colores claros.

En la casa de la curva solo habitaba el abandono. La verja de la entrada estaba entreabierta, o entrecerrada tal vez. Los arbustos habían invadido el espacio que permitía el paso y la puerta de hierro oxidado había quedado fija en un ángulo escaso, como si alguien se la hubiera dejado abierta al salir o, finalmente, no se hubiera atrevido a entrar. Sin duda hacía mucho tiempo que nadie atravesaba aquella entrada.

Los ladrillos rojos de las paredes lucían desgastados, envejecidos, como contagiados de la decadencia interior, de la falta de vida. Algunas ventanas permanecían cerradas, pero, la mayoría, de madera terriblemente envejecida por la falta de cuidado, despellejada y surcada de grietas, enmarcaban solo cuadros negros como pozos, sin la máscara benévola de los cristales. A través de la puerta principal, también entreabierta, se veía la vegetación que había invadido ya el interior de la casa.

En la segunda planta se mantenía firme la baranda oxidada de un balcón amplio y, en cada extremo del balcón había una silla de terraza, oxidada también. Las dos sillas estaban abiertas, una frente a la otra. Nada quedaba ya en la casa que pudiera recordar a los que habían vivido en ella. Nada, salvo las dos sillas esperando que la pareja que allí había vivido, saliera al balcón a la caída de la tarde -uno frente al otro, no frente a la calle o frente al monte-, para reposar, para conversar y para tomar el fresco en compañía.

Todo se lo habían llevado de la casa, menos las sillas del balcón. Todo había desaparecido ya, comido por el monte, pero, mientras las dos sillas siguieran esperando la puesta de sol, los dos viejos seguirían vivos allí, y la casa seguiría en pie.

La casa

Volví a la casa por obligación, sin ningún afecto. Volví porque, muerto mi padre, alguien tenía que hacerse cargo de las gestiones y las cosas. Nunca como entonces deseé tanto haber tenido un hermano en el que apoyarme.

Entré como si el muerto fuera yo o como un extraño que da las luces y abre las puertas  y entra en las habitaciones como si estuvieran vacías. Vacías,  no; me daba cuenta, aun sin mirar, de que todo estaba en su sitio, de que todo seguía igual que la última vez, cuando madre me seguía por el pasillo, ahogando los sollozos con el mandil que arrugaba sobre la boca, sin decir nada, sin atreverse a decir nada, y yo salía de allí para no volver. No sé qué me empujó más a irme de aquella casa de hielo, si los gritos castrantes de mi padre o los silencios humillados de mi madre.

En realidad, sólo había sido feliz allí cuando chico, y no siempre. Mi único recuerdo feliz era el del abuelo, el padre de mi madre, cuando se sentaba en una silla de enea, al lado de la aspidistra del patio, y me contaba historias antiguas mientras yo merendaba pan con chocolate. Me fui como un sonámbulo hasta allí. Allí seguía la silla, con el asiento despellejado y seco y la madera aballada; pero no estaba la aspidistra. Mi madre cuidaba aquella planta que apenas necesitaba cuidados como si fuera el hijo pequeño que nunca llegó después de mí; la trasplantaba de cuando en cuando a un tiesto más grande cada vez, y le separaba hijos que plantaba en tiestos nuevos y colocaba alrededor del patio. No quedaba nada allí; una vez muerta mi madre, mi padre habría sido incapaz de cuidar de ellas, como no supo cuidar nunca de nosotros. Sólo quedaba una huella redonda en el suelo, la que había dejado el fondo de la maceta posada allí durante años; una circunferencia como de óxido bordeando un trozo pálido del patio escondido de la luz. Me quedé eclipsado mirando aquel vacío, la puerta del patio aún entreabierta y yo en el medio, sin entrar ni salir. Mi propio vacío  se rodeó de una herrumbre que me arañó la garganta como si tragara puntas oxidadas.

Me dejé caer en la silla del abuelo y me eché a llorar a borbotones.

 

(De las memorias de Ismael Blanco)

Ismael Blanco

Supe que Ismael Blanco había vivido en la casa en la que ahora vivo yo, por pura casualidad. Cuando la alquilé, ni siquiera abrí la puerta del sobrado, a mí me interesaba la parte de la casa que yo podía habitar y en la ciudad nunca tuve un sitio donde guardar los trastos viejos, de modo que ni echaba de menos ese espacio ni creía que fuera a necesitarlo. Fue unos días después de acabar la mudanza, cuando ya empezaba a sembrar cachitos de mí por los rincones, cuando decidí subir al sobrado y almacenar allí unas cajas que, quizás más adelante, pudiera necesitar. La luz del sol se filtraba entre las tejas y el polvo bailaba en ella, movido por el impulso de la puerta abierta; en un rincón, junto a una mesa camilla de madera y una alambrera medio tumbada en el hueco que debía haber ocupado el brasero, había una silla desvencijada y un baúl sin candado. Como a los gatos, me pudo la curiosidad, me acuclillé junto a él y giré la pestaña del cierre. Allí dentro me encontré la vida de Ismael Blanco, ordenada en hatillos de cuadernos, todos iguales, en montones de cuatro o cinco, un año entero por montón, hasta un total de nueve años, los que vivió en aquella casa. A medida que fui leyendo fui preguntando por él a quién le había conocido y nadie supo darme detalles de su vida, habían pasado ya demasiados años para que su memoria se mantuviera fresca; investigué para saber si había escrito y había publicado alguna obra hasta que me convencí de que lo que yo tenía en casa eran las memorias de aquel hombre. A partir de ese momento su presencia en la casa se hizo casi tangible, a veces me sorprendo actuando como si él fuera un interlocutor capaz de escuchar y de responderme y, poco a poco, me resulta imprescindible leer algunas páginas cada día, al menos, algunas páginas.

El día 29 de diciembre de 1976 escribió:

“Lo peor de alejarte de un alma gemela es la sensación de orfandad, de soledad sin esperanza; el no poder compartir… La soledad física se agota antes y deja solo un poso, pero la soledad emocional deja una herida que nunca cicatriza.

Hay días en que uno se levanta creyéndose capaz de andar por el mundo, incluso de marcarse un rumbo, de creer que sabe adónde  va y de creer que tiene fuerzas para seguir. Hay días en que uno cree que renace, tan muerto como estaba…”.

La casa.

Era una casa pequeña en un pueblo pequeño; una casa de esas que te devuelven la paz que no has perdido, que te sosiegan el alma y que, en seguida, huele a ti; una de esas casas fresquita en verano y refugio en invierno, con un troje vacío donde almacenar todos los miedos y todos los fantasmas, un troje donde también bailen las hadas que te dieron la mirada inmensa de aquel niño que empezaba a enamorarse, hace tantas vidas ya, y de todos los niños que después han sido.