Diario de Pepín. Día 34

Mamá dice que, cuando no me ve, es que estoy haciendo fechorías. Yo no sé qué significa eso, pero supongo que se refiere a esas cosas que los perros hacemos por necesidad; y por gusto, también. Porque siempre que lo dice es porque le muerdo cosas que ella no quiere que muerda, o asuntos así. Es que, hoy, cuando ha ido a ponerse unas zapatillas blancas, que estrenó hace quince días, se encontró con que a una le faltaba parte del talón. Que se la ha podido poner igual; pero me riñó.

Las cosas con Sofía están más tranquilas, ya no me atrevo tanto con ella porque alguna vez se ha vuelto con la mano en alto y tengo miedo de sus uñas. Pero yo veo que me tolera mucho mejor, debe ser que ya entiende que yo solo quiero jugar, que soy un cachorro y tengo que jugar y corretear. Es difícil que todo el mundo entienda a los cachorros. Pero vamos mejor, incluso a veces nos ponemos los dos en el sofá sin que esté mamá en medio. Eso sí, uno en cada esquina, pero nos miramos y no salimos corriendo.

Lo peor es que Sofía vomita de vez en cuando porque se le llena el estómago de pelos, que es que no para de pasarse la lengua y venga tragar y tragar, y yo corro todo lo que puedo para llegar a su vómito y comérmelo –huele de maravilla-, pero mamá no me deja. Mamá, en cuanto ve que Sofía está vomitando ya me está buscando a mí y diciendo eso de “NO”. Porque es mamá que, si no fuera mamá, no le iba a hacer ningún caso.

Diario de Pepín. Día 27

Mamá no quería subirme a la cama. Me acarició en la alfombra y apagó la luz y, cuando yo me empiné para que me subiera, me acarició otro poco pero no me subió. Yo insistí más y entonces ella volvió a decirme eso de portarme bien y ya, entonces, sí. Sofía llegó un momento después y se colocó a los pies de la cama, en una esquina. Yo no moví ni pata ni oreja, ni se me ocurrió. Hasta mamá se incorporó un momento para saber si seguía allí.

Dice mamá que aprende mucho conmigo. No sé. Dice que, además de aprender cómo funciona la mente de los perros, y así se adelanta a mis fechorías, está aprendiendo a sosegarse y a tener paciencia. Dice que, cuando salimos a la calle, no podemos ir con prisas porque yo me paro en todas partes y que más vale mentalizarse de que el tiempo es una cosa y  las prisas, otra. Ella lo dice pero yo veo que, a veces, le cuesta.

Diario de Pepín. Día 26

Mamá me ha dicho, muy seria, que si no paro quieto en la cama, vuelvo a dormir en la alfombra. Y es que, cuando se sube Sofía, yo no puedo estarme quieto y nada más, tengo que mirar a ver qué hace ella –que no hace nada, la verdad- y a ver dónde está por si puedo jugar con ella un poco. Me veo en la alfombra otra vez.

Hoy he vuelto a ver al loco de Max. Es que tiene mucha fuerza, que yo he visto perros más grandes que él en el parque y son mucho más tranquilos, y me huelen, y ya está. Dice la mamá de Max que es un cachorro todavía, pero también soy yo un cachorro y no mareo tanto. Hoy nos han soltado a los dos y hemos pasado un ratito bien y, a pesar de que yo soy mucho más pequeño y mis patas son muy cortitas, siempre lo he alcanzado corriendo. Max corre mucho más desparramado, pero yo corro mucho más rápido. Estoy muy contento. Luego ya Max se revolvió con tanto juego y yo me metí entre las piernas de su mamá para que me dejara un poco en paz. Ella le gritaba “siéntate, Max, siéntate” y le empujaba el culo hacia el suelo, pero él, como si no la oyera. Su mamá dijo que algunas veces le hacía caso, “cuando le da la gana”, dijo. Yo me porto mejor que Max, porque mamá me gritó “No” cuando iba suelto por el jardín y me acercaba a la zona de los coches y yo me paré, la miré y corrí adonde ella estaba.

Diario de Pepín. Día 25

Mamá tiene ojos en la espalda, porque, cuando no me mira, sabe lo que estoy haciendo. A veces me pregunta por cosas que yo he hecho a escondidas y rebusca, rebusca, hasta que da con ello, me da igual que sea un muñeco que nome deja tocar o una camiseta que he escondido. Yo, cuando es así, agacho las orejas porque sé cómo vamos a acabar, pero no me sirve de nada.

Sofía es maja, no digo que no, pero no quiere jugar conmigo. Cuando yo llego de la calle, de la vuelta de la mañana, llego con una energía enorme y correteo por toda la casa, sobre todo detrás de ella, pero nada, Sofía corre a esconderse debajo de la cama o encima de ella, que sabe que yo puedo bajarme de la cama pero todavía no puedo subirme solo. Y, cuando la provoco saltando delante de su cara, ella solo me bufa, pero es un bufido pequeño. De todas formas, no siempre soy yo el que empieza; que esta mañana estaba la puerta del baño casi cerrada y, cuando yo asomaba el hocico por la rendija para ver si podía abrirla, apareció la mano de Sofía en el aire, justo en medio de la rendija y a nada de distancia de mi cara. Bien es verdad que fue un manotazo sin uñas, como de broma, pero yo me asusté.

Diario de Pepín. Día 22

Mamá suele dejarme en casa por las tardes. Hace mucho calor y el camino hasta la oficina, aunque corto, resulta agotador y, además, yo aprovecho, después de comer, a dormirme en mi camita, como un perrito bueno, para que así ella decida no despertarme.

Lo bueno viene después, cuando ya he descansado y estamos solos Sofía y yo. Ella no me hace ni caso, se sube a los muebles y desde allí me observa,  y ni siquiera reacciona cuando le ladro. Parece un gato de escayola. Entonces, para no aburrirme, me subo al sofá y cojo los muñecos, todos, incluso los que mamá no quiere que toque, y luego, como se me hace largo el rato que paso sin ella, voy al vestidor y me voy llevando la ropa que se pone en casa y unos cuantos zapatos. Y, cuando llega mamá, yo pongo cara de arrepentido y ella empieza a colocar otra vez las cosas y a decir “no, no, no…” Mamá me dice muchas veces “no”.

La guerra por el arenero es dispar aunque creo que la está ganando mamá. Sofía puede entrar y salir de él porque los gatos se curvan como las culebras, pero apenas hay espacio para poder salir, de modo que solo he podido hacerme con una caca que quedó muy cerca de la entrada y que yo recuperé con solo meter los hocicos. Creo que, según ha colocado el arenero mamá, si entro en él no podré salir. Además, ella vigila el momento en que Sofía hace caca para ponerla en una bolsa y tirarla, dice que antes de que me den tentaciones.

Diario de Pepín. Día 15

Mamá y yo vinimos a la oficina, como cada día. Pero luego mamá salió y yo me quedé con el chico de la gorra y con el señor que viene por las tardes y siempre me llama “perrete”. Los dos me acarician y me dicen cosas lindas cuando llego, después yo me pongo a dormir en mi rincón, al lado del sillón de mamá, y hasta que nos vamos.

Mamá no volvió a mediodía. El chico de la gorra me llevó a otra casa donde había otra gata que no era Sofía y que, como Sofía, tampoco quería cuentas conmigo. Yo me adapto a cualquier cosa, y, además, el chico de la gorra me dio mi pienso y agua fresca, pero no comí. Yo olí todos los rincones, invité a Mía (así se llama la gata) a jugar y, como no me hizo caso, me eché a dormir en una cama pequeña que, supongo, debía ser la suya. El chico de la gorra me sacó por la tarde también a un sitio cerquita, que olía mucho a otros perros pero no tenía hierba. Yo hice todas mis cosas y por la noche, cuando ya era mucho más tarde de lo que salgo con mamá, volvió a sacarme; yo creo que tenía miedo de que hiciera pis y caca en casa. Me porté bien. Por la mañana fuimos los dos a trabajar a la oficina pero tampoco estaba mamá y, a mediodía, me llevó a nuestra casa (de mamá, de Sofía y mía) y yo supuse que allí estaría ya mamá esperándome. Pero tampoco, así es que la esperé yo a ella.

Mamá llegó a media tarde, arrastrando la maleta que le vi preparar dos días antes. Ahora ya sé que las maletas son signo de mal presagio; a Sofía tampoco le gustan, aunque ella se metió dentro cuando mamá la dejó abierta sobre la cama. Yo, cuando la vi guardada, me quedé más tranquilo.

Los nervios por volver a ver a mamá me duraron hasta la hora de dormir. No podía estar quieto; cuando veía algún perro, daba  más brincos que nunca, cuando alguien me decía algo yo quería subirme por sus piernas, y, cuando mamá me decía “vaaaamos” yo hasta me echaba en el suelo para esperar un poco más. Luego ya hemos vuelto a la vida normal; que también es buena.

Diario de Pepín. Día 12

Los fines de semana son un descontrol. Como ayer volvimos más tarde, mamá ya no me sacó a hacer pis antes de acostarnos y, como esta mañana era sábado, nos hemos levantado un poco más tarde, a pesar de que Sofía le quitaba a mamá la ropa de la cama para que se despertara.

Mamá se ha dado cuenta de que yo había hecho pis en casa cuando vio que retozaba por la hierba sin hacerlo allí. Murmuró algo pero yo seguí a lo mío, olisqueando todo  lo que se me ponía por delante. Y es que, todavía no controlo bien el interruptor del pis. El de la caca, perfecto, pero el del pis… se me resiste a veces.

Hoy, la salida de mamá de la ducha ha sido tremenda. No solo estaba coja, buscando su chancla, sino que, además, mientras ella se duchaba, yo tumbé la papelera del baño y repartí todos los papeles y las toallitas sucias por el suelo, e, incluso, mamá me sacó de la boca un revoltijo de papel que yo estaba saboreando. Y, luego, cuando ella recogía mis juguetes para que Lola no se tropezara, yo los sacaba otra vez para jugar; mamá por un lado y yo por el otro. Lola es un robot que se dedica a barrer cuando no estamos, y, algunas veces, friega el suelo también cuando estamos en casa, porque dice mamá que yo pongo todo perdido con las patitas mojadas. A Sofía Lola no le hace ninguna gracia. Se sube a los sitios y la mira desde allí hasta que se va a limpiar a otra parte y no está tranquila hasta que se para. A  mí no me importa, yo correteo alrededor e intento que juegue conmigo, pero no se deja. Yo creo que Lola ni me ve, ni a Sofía tampoco, pero Sofía no lo sabe y por eso sigue subida en los sitios mientras Lola anda por ahí.

Diario de Pepín. Día 11

Mamá, Sofía y yo nos levantamos muy temprano, pero Sofía no sale con nosotros a dar una vuelta. Ella se queda repanchingada en la cama de mamá y espera a que volvamos. Cuando salimos a la calle, solo pasan una o dos personas que van a lo suyo; el hombre del kiosko está abriendo y, algunos días, hay una mujer que espera para llevarse un periódico. Los bares suelen estar cerrados, pero, si volvemos por el mismo sitio, a la vuelta ya hay alguno abierto y huele a café. Yo insisto en entrar, pero mamá tira de la correa. Nos  cruzamos también con algún chico que va corriendo y sudando, con zapatillas de deporte y pantalón corto, pero que se nota que no va a ningún sitio; un poco como yo, que corre por correr. Y luego están los otros, los que van caminando mucho rato pero sin moverse del sitio; se ponen enfrente de la cristalera y ven la calle, y me ven a mí y a mamá pero tienen cara como de no vernos, y están todo el tiempo dale que te pego. Yo también quiero entrar, pero mamá dice que un perro no pinta nada en un gimnasio.

Diario de Pepín. Día 9

Mamá dice que si me pienso yo que ella se queda coja en la ducha, porque todas las mañanas, cuando acaba de ducharse, tiene solo una chancla sobre la alfombra. Y, de pronto, la otra aparece en mi camita. También me dice que soy un guarro porque, antes de que ella se haya dado cuenta de que Sofía ha cagado, voy yo y me llevo las cacas en la boca. “Con jabón”, me dice, “con jabón”.

Por la tarde hemos vuelto de la oficina por donde hay hierba. Estaba llena de olores y he hecho caca y pis. Yo miro a mamá cuando hago pis, a ver qué cara pone, y la veo sonriendo y diciendo “¡bien, muy bien, pequeñín, muy bien”. Entonces muevo el rabo y me acerco para que me acaricie. Ya no quiero trocitos de colín -bueno, no siempre- porque prefiero ver lo contenta que se pone.

Cuando estábamos en la calle, he visto entre la gente al chico de la gorra, y, como mamá no se había dado cuenta de que venía, me he sentado para esperar a que se acercara y me he puesto a mover el rabo y las patitas. Luego nos hemos puesto muy contentos los tres, y el chico de la gorra me ha cogido de la correa y hemos hecho unas carreras.

Yo creo que el chico de la gorra debe ser para mamá algo así como yo, un hijo más, aunque no viva con ella, porque siempre que lo ve le da dos besos y le habla con mucho cariño. Y no le riñe. A mí me riñe algunas veces pero eso debe ser porque el chico de la gorra es muy grande ya y yo soy muy chico todavía.

Cuando el chico de la gorra viene a la oficina y estamos trabajando los tres -bueno, yo me duermo al lado de mamá o a su lado si mamá no está- mamá lo llama a veces por su nombre. Por eso sé que se llama Miguel. Pepín y Miguel. Bueno, Pepín, Miguel y Sofía.

Diario de Pepín. Día 7

Si todos los domingos van a bañarme prefiero que sea lunes. Es verdad que hace muchísimo calor y que olía un poco a perro sudado, pero eso no quita. Mamá me ha metido en el fregadero y me ha bañado. Yo sabía que no iba a poder escaparme pero lo he intentado igual, con todas mis fuerzas. Bueno, al final un poquito menos porque el olorcillo de la espuma y el agua para aclararme me estaban dando gustito, pero no me gusta que mamá me trate como si fuera una cazuela.

Los gatos son seres extraños. Sofía no come si yo estoy delante y, aunque apenas me bufa ya, no quiere jugar conmigo. Yo la persigo correteando detrás de ella por el pasillo, pero nada. Aun así, yo creo que vamos avanzando un poco cada día y va haciéndose a la idea de que he venido para quedarme. Ya asume que mamá es también mi mamá, y se coloca al otro lado de ella en el sofá, sin protestar.

Mamá me quiere mucho. Los dos primeros días yo no quería entrar en el ascensor porque me daba un poco de miedo y ella me cogió y me subió en brazos, pero el resto de días, desde entonces, subimos corriendo las escaleras. Y son tres pisos.