Diario de Pepín. Día 24

Mamá ha salido riéndose de la ducha porque yo la estaba esperando echado en la alfombra del baño y Sofía se había metido en el cesto de las toallas, que estaba vacío. Los dos allí, esperando a que ella saliera, y sin reñir ni nada. Y con las chanclas a mi lado, que no se las quité como otras veces. ¡Menuda diferencia con la otra noche, que, como no podía entrar y salir del arenero de Sofía, conseguí moverlo hasta la mitad de la cocina, y así ya tuve sitio para entrar y salir cómodamente! ¡Cómo se enfadó mamá cuando vio todo el suelo lleno de caca…!

Me gustan los domingos; ahora que sé que vienen después de los sábados y tampoco vamos a la oficina. Quizás por eso de no tener que ir a la oficina, hoy hemos dado una vuelta larguísima, he ido por sitios que nunca había olido, y  mamá estaba contenta porque, como no tenía que oler cada centímetro, íbamos más de prisa que otras veces. Lo único malo de la vuelta de los domingos es que, mientras caminamos, ella va hablando siempre con una mujer que habla igual que mamá pero que no es mamá, y entonces me hace menos caso. Bueno, en realidad sí me hace caso, porque esta mañana quise aprovechar y echar a correr lejos y mamá en seguida me llamó porque cerca pasaban coches.

Luego, como es domingo, mamá ha estado mucho tiempo en casa y yo he estado a su lado en el sofá, o vigilando si caía algo de la encimera cuando cocinaba. Los domingos mamá cocina más que el resto de la semana y la cocina huele muy rico, pero a mí me ha puesto las mismas bolitas de siempre en el comedero. Eso sí, como premio, me ha dado un trocito de zanahoria.

Diario de Pepín. Día 22

Mamá suele dejarme en casa por las tardes. Hace mucho calor y el camino hasta la oficina, aunque corto, resulta agotador y, además, yo aprovecho, después de comer, a dormirme en mi camita, como un perrito bueno, para que así ella decida no despertarme.

Lo bueno viene después, cuando ya he descansado y estamos solos Sofía y yo. Ella no me hace ni caso, se sube a los muebles y desde allí me observa,  y ni siquiera reacciona cuando le ladro. Parece un gato de escayola. Entonces, para no aburrirme, me subo al sofá y cojo los muñecos, todos, incluso los que mamá no quiere que toque, y luego, como se me hace largo el rato que paso sin ella, voy al vestidor y me voy llevando la ropa que se pone en casa y unos cuantos zapatos. Y, cuando llega mamá, yo pongo cara de arrepentido y ella empieza a colocar otra vez las cosas y a decir “no, no, no…” Mamá me dice muchas veces “no”.

La guerra por el arenero es dispar aunque creo que la está ganando mamá. Sofía puede entrar y salir de él porque los gatos se curvan como las culebras, pero apenas hay espacio para poder salir, de modo que solo he podido hacerme con una caca que quedó muy cerca de la entrada y que yo recuperé con solo meter los hocicos. Creo que, según ha colocado el arenero mamá, si entro en él no podré salir. Además, ella vigila el momento en que Sofía hace caca para ponerla en una bolsa y tirarla, dice que antes de que me den tentaciones.

Diario de Pepín. Día 12

Los fines de semana son un descontrol. Como ayer volvimos más tarde, mamá ya no me sacó a hacer pis antes de acostarnos y, como esta mañana era sábado, nos hemos levantado un poco más tarde, a pesar de que Sofía le quitaba a mamá la ropa de la cama para que se despertara.

Mamá se ha dado cuenta de que yo había hecho pis en casa cuando vio que retozaba por la hierba sin hacerlo allí. Murmuró algo pero yo seguí a lo mío, olisqueando todo  lo que se me ponía por delante. Y es que, todavía no controlo bien el interruptor del pis. El de la caca, perfecto, pero el del pis… se me resiste a veces.

Hoy, la salida de mamá de la ducha ha sido tremenda. No solo estaba coja, buscando su chancla, sino que, además, mientras ella se duchaba, yo tumbé la papelera del baño y repartí todos los papeles y las toallitas sucias por el suelo, e, incluso, mamá me sacó de la boca un revoltijo de papel que yo estaba saboreando. Y, luego, cuando ella recogía mis juguetes para que Lola no se tropezara, yo los sacaba otra vez para jugar; mamá por un lado y yo por el otro. Lola es un robot que se dedica a barrer cuando no estamos, y, algunas veces, friega el suelo también cuando estamos en casa, porque dice mamá que yo pongo todo perdido con las patitas mojadas. A Sofía Lola no le hace ninguna gracia. Se sube a los sitios y la mira desde allí hasta que se va a limpiar a otra parte y no está tranquila hasta que se para. A  mí no me importa, yo correteo alrededor e intento que juegue conmigo, pero no se deja. Yo creo que Lola ni me ve, ni a Sofía tampoco, pero Sofía no lo sabe y por eso sigue subida en los sitios mientras Lola anda por ahí.

Diario de Pepín. Día 5

Esta mañana, cuando hemos salido a pasear, en los jardines estaba lloviendo desde abajo, y dos palomas se metían bajo el agua y separaban las plumas para mojarse. Pero yo no soy una paloma, y no me gusta pisar los charcos que se forman en la calle. Por eso me paré al borde y mamá tiró de mí hasta que me mojé, porque no había por dónde pasar si no era por encima.

Hoy me ha llevado a otro jardín diferente, yo creo que ella se aburre de ver todos los días el mismo, pero yo no porque cada vez hay algo nuevo o se puede mirar desde más cerca. El caso es que venía un hombre hacia nosotros, andaba despacio y llevaba un bastón, y, al llegar adonde estábamos, me ha mirado y le ha dicho a mamá “¡seguro que lo lleva para defensa personal!” y se ha reído. Yo creo que se ha reído de mí, pero, como mamá no se ha enfadado, y también se ha reído, supongo que no  lo ha dicho de malas.

Luego, mamá me ha llevado otra vez a la veterinaria. Siempre es lo mismo, se mete unos tubos largos en las orejas y me pone una cosa en el pecho, me toca los huevos y me pincha. Yo no me quejo porque me hago el grande, pero no es una cosa para disfrutar. Mamá dijo que pesaba 3 kg y 100 gramos y la veterinaria dijo que se veía desde el principio que yo era muy listo. Hoy no, pero el próximo día que vuelva a verla le voy a hacer unos mimos.

Aunque yo soy muy listo, no puedo cambiar mi naturaleza de perro, y, al entrar en casa, antes de que mamá se diera cuenta, salí corriendo hasta el arenero de Sofía y me metí sus cacas en la boca. Es que, las cacas de Sofía huelen muy bien, como una golosina de las ricas, pero mamá se puso a reñirme y yo las solté y ella las recogió con un papel y me dijo, muy seria, que me iba a lavar la boca con jabón. No sé muy bien qué es eso, pero sonó mucho peor que ir a la veterinaria.