Diario de Pepín. Día 6

Hoy no hemos ido a la oficina. Mamá dijo que era sábado y me dejó casi toda la mañana en casa, con Sofía. Sofía es un poco sosa. Se tumba en la cama y no quiere jaleos. Menos mal que yo he estado atareado sacando sus juguetes de una caja de cartón. Si no es por mí, que los he sacado todos, ni se acordaba de que los tenía. Luego me he escondido entre los zapatos de mamá, y, cuando ella volvió no me encontraba, porque me quedé dormido encima de una chancla. Me gustan los zapatos de mamá. Cuando se ducha, yo me quedo en el baño y le pido que me deje entrar con ella y, como no me hace caso, me llevo sus chanclas hasta mi camita y luego corro a lamerle las piernas mojadas. Ella protesta un poco pero yo hago como que no la oigo; y así andamos todas las mañanas, yo le quito las chanclas a ella y ellas me las quita a mí después.

Dice mamá que va a empezar a pensar como un perro, para adelantarse a mis tropelías. Antes ella se levantaba y se iba a la ducha directamente y ahora tiene que mirar por donde pisa por si hay pis, y mirar si Sofía ha hecho caca en el arenero para que no me de tiempo a cogerlas y, luego, abrir el balcón para que salga por si quiero mear en los papeles de periódico que ha puesto sobre el empapador allí. Ayer se enfadó porque, de dos lengüetazos, en un visto y no visto, me acabé la comida blanda de Sofía, así que, ahora, también la coloca en la encimera de la cocina, para que ella coma y yo no alcance; pero a Sofía no le gustan esos cambios y todo el tiempo va al sitio donde antes tenía su comedero.

Yo intento portarme bien, porque nada me gusta más que los cariñitos que me hace mamá, pero se me olvida lo que ella quiere que yo haga. Supongo que es porque soy pequeño todavía, y  porque llevo muy poco tiempo aquí. Pero me esfuerzo; me esfuerzo mucho.

Diario de Pepín. Día 3

Sé ladrar. Quiero decir que sé ladrar como un perro grande, sin ese chillido que me sale cuando quiero quejarme. Ayer por la noche, Sofía estaba tumbada en una de las camitas donde yo había estado antes –creo que, en realidad, se la he quitado yo a ella, pero eso no importa-y, desde una cierta distancia, desde la puerta del salón por si tenía que salir corriendo, le lancé dos ladridos que hasta mamá se quedó impresionada. La verdad es que yo también me quedé pasmado al escucharme y, aunque lo intenté de nuevo, luego ya solo me salieron dos chillidos histéricos.

Las cosas con Sofía van de esa manera. Me bufa menos, esa es la verdad, yo creo que se va acostumbrando, pero me mira con desconfianza y, a veces, cuando se cruza conmigo en casa, se asombra de que todavía siga allí.

Ayer tuvimos un momento muy dulce porque mamá me subió al sofá –yo no alcanzo a subirme- y Sofía se colocó del otro lado de mamá. Y así estuvimos los tres, tranquilitos. Hacía un poco de calor, tan juntos, pero ninguno dijo nada y yo me quedé dormido hasta que llegó el momento de ir a acostarnos. Después le pedí a mamá que me subiera también a la cama, que es más alta que el sofá y mucho más alta que yo, pero me acarició la cabeza y me dejó en la alfombra, como las otras noches. Ella me dijo “no, que te caes” pero yo creo que también tenía miedo por si me hacía pis. Así que me he esforzado y ya soy todo un campeón, he hecho caca y pis en el parque y  mamá me ha hecho muchos cariñitos y me ha dado un pedacito de colín.

Me sigo acordando de mis hermanos y me gustaría que mi mami Alba –mi mamá perra- y mi mami humana, supieran que estoy bien. Pero yo creo que sí lo saben, que las mamis saben esas cosas aunque no se les digan.

Diario de Pepín. Día 2

Yo creo que la cosa va bien. La primera noche, mamá me dejó dormir en la alfombra de su habitación y yo me puse lo más cerca que pude de ella. Dormí toda la noche de un tirón y ni siquiera me di cuenta de que la gata había dormido a su lado, en la cama. Yo creo que, si me porto bien, también podré dormir con ella, más adelante.

Como quiero hacerme mayor muy de prisa, aguanté toda la noche el pis pero, como tardamos en salir a dar un paseo, ya no pude más y me lo hice en el salón. Mamá se dio cuenta en seguida y lo recogió, y me dijo que “allí no”, pero ya no había remedio. Si yo lo sé, que a los humanos no les gusta que le mees el suelo, pero ya no podía más. Esta noche me he esforzado un poco más y he aguantado hasta llegar al parque. Mamá se ha puesto muy contenta, me ha dicho cosas lindas y me ha dado muchos cariños. A ver mañana.

La gata se llama Sofía. Lo sé porque, cuando está cerca de mí y me bufa, mamá le dice “Sofía, no”. Y se lo ha dicho muchas veces, pero no hemos llegado a mayores. Esta mañana, los dos nos asustamos, Sofía y yo, porque estábamos uno a cada lado de una esquina del pasillo y, al vernos de golpe, ella me bufó muy cerca y yo chillé como si me hubiera hecho algo. Pero fue el miedo, y ya no le tengo más miedo.

La vida del perrito de ciudad es muy atribulada. Todos los árboles huelen a pis y hay mucho que recorrer. Hay muchas hojas en el suelo y colillas, y algunas plumas. Yo quiero olerlo todo y cogerlo todo con la boca, pero mamá me dice “vaaamos” y me tira un poquito de la correa para que no me entretenga. Y luego, al llegar a casa, me limpia el morro y las patitas con una tela húmeda que huele muy bien. Yo creo que eso no es muy propio de perros, pero no pienso protestar, porque después, ella me da cariñitos otra vez.