Diario de Pepín. Día 102

A mí no me hace ninguna gracia que, cuando mamá se tumba en el sofá para echarse la siesta y yo me tumbo encima de ella, llegue Sofía y también quiera subirse. Que somos tres  y el sofá es pequeño… Yo me estiro todo lo que puedo para ocupar mucho y que apenas quede sitio libre, pero no sé cómo se las apaña ella que mamá le dice que suba y, ¡zas!, se coloca encima de su pecho. Y  luego ya no se mueve de allí, ni siquiera como hoy, que he estado lamiéndole el culo a ver si le fastidiaba y se bajaba, pero no, la muy sinvergüenza ha aguantado sin pestañear.

Mira que la cama es grande y Sofía ha dejado de acostarse con nosotros y luego, en el sofá, que es mucho más pequeño, tenemos que estar los tres apretujados… Y no me queda más remedio que aguantarme, claro…

Diario de Pepín. Día 98

Mamá se ha enfadado conmigo y me ha reñido mucho. Dos veces. Ayer y hoy.

Es que hay veces que no puedo remediarlo y, aunque yo sé que a mamá no le gusta que haga algo, pues no puedo menos y lo hago.

Mamá estuvo cambiando de sitio algunas macetas y, aunque eran las mismas de siempre, para mí fue, de pronto, como si nunca hubieran estado allí y fueran unas recién llegadas. Total, que no pude menos que dejarme llevar y comerme la raíz de una –que olía divinamente- después de sacarla de la tierra, claro. Mamá vio en seguida algo de tierra en el suelo y empezó a mirar por todas partes como si estuviera buscando un rastro. Primero vio la tierra en el sofá, y a mí encima, que estaba tan a gusto que no la vi llegar, y luego vio un trozo de raíz sobre la cama, que me dijo que cómo era posible que, en tan poco tiempo, fuera yo capaz de armar tanto. Se enfadó mucho y me echó del sofá, y me tuvo un rato muy grande –eterno-, en la camita de fuera mientras ella y Sofía estaban en la sala.

Eso fue ayer, después, cuando a mamá se le pasó el enfado y yo ya había pensado mucho sobre lo que había hecho, ya todo fue muy bien. Por si acaso, estuve toda la tarde un poco cabizbajo –hasta que nos fuimos al parque y ya se me olvidó- que no quiero que mamá se piense que me tomo estas cosas a la ligera, pero hoy, mamá volvió a andar con macetas en el balcón y… no me pude resistir. Y vuelta a empezar.

Diario de Pepín. Día 91

Los tres tumbados en el sofá somos demasiada gente. ¡Y mira que mamá tiene paciencia con nosotros! Y es que, cuando mamá se tumba para la siesta, yo me acomodo entre sus piernas. Pero luego llega Sofía y se sube sobre su pecho y se queda allí, tan tranquila, y, entonces, a mí me entran unas ganas terribles de estar donde está Sofía en lugar de donde estoy yo. Y empiezo a mirarla como si no quisiera mirarla, y empiezo a arrimarme para ver si así ella se va… pero no se va, solo rezonga, mamá se da cuenta –yo creo que se da cuenta desde el principio- y entonces me riñe a mí y me dice que siga donde estoy. Pero es que yo ya no quiero seguir donde estoy, y me bajo del sofá para que se den cuenta las dos, que Sofía ni se inmuta, y, luego, me pongo de manos en el borde del sofá para que mamá vea que quiero subirme otra vez pero hago como que  no puedo para que ella me ayude… A veces, llegados a este punto, mamá ya se echa a reír, o se enfada un poco –poco-. Total, que, al final, Sofía se baja porque le molesta que yo le huela el culo cuando está así de relajada y yo me bajo a la camita grande, por si acaso ella quiere ponerse allí.

Y mamá suspira y cierra los ojos…

Diario de Pepín. Día 34

Mamá dice que, cuando no me ve, es que estoy haciendo fechorías. Yo no sé qué significa eso, pero supongo que se refiere a esas cosas que los perros hacemos por necesidad; y por gusto, también. Porque siempre que lo dice es porque le muerdo cosas que ella no quiere que muerda, o asuntos así. Es que, hoy, cuando ha ido a ponerse unas zapatillas blancas, que estrenó hace quince días, se encontró con que a una le faltaba parte del talón. Que se la ha podido poner igual; pero me riñó.

Las cosas con Sofía están más tranquilas, ya no me atrevo tanto con ella porque alguna vez se ha vuelto con la mano en alto y tengo miedo de sus uñas. Pero yo veo que me tolera mucho mejor, debe ser que ya entiende que yo solo quiero jugar, que soy un cachorro y tengo que jugar y corretear. Es difícil que todo el mundo entienda a los cachorros. Pero vamos mejor, incluso a veces nos ponemos los dos en el sofá sin que esté mamá en medio. Eso sí, uno en cada esquina, pero nos miramos y no salimos corriendo.

Lo peor es que Sofía vomita de vez en cuando porque se le llena el estómago de pelos, que es que no para de pasarse la lengua y venga tragar y tragar, y yo corro todo lo que puedo para llegar a su vómito y comérmelo –huele de maravilla-, pero mamá no me deja. Mamá, en cuanto ve que Sofía está vomitando ya me está buscando a mí y diciendo eso de “NO”. Porque es mamá que, si no fuera mamá, no le iba a hacer ningún caso.

Diario de Pepín. Día 16

Cuando mamá y yo volvemos a casa entro a toda velocidad para ver si así se despista y no me limpia las patitas, pero ella no suelta la correa hasta que me coge y no puedo librarme de  las dichosas toallitas. Ella dice que si quiero sofá tiene que ser con las patas limpias, y yo hago como que protesto, pero, en el fondo, no me importa demasiado. Prefiero el sofá, por supuesto.

Después doy un par de lengüetazos al bol con agua fresca y me coloco delante del  comedero, que ya tiene mi porción de pienso, pero no me pongo a comer aunque tenga mucha hambre; espero a que mamá se dé cuenta y se acerque hasta mí, se agache y coja en su mano un puñado de albóndigas. Y siempre es así, primero como de su mano y después ya como del comedero. Mamá y yo.