Diario de Pepín. Día 65

Mamá dice que me puede el ansia; y yo creo que tiene razón. Cuando llego a casa, a mediodía, busco como un desesperado a Sofía para perseguirla por casa y jugar con ella. Me pueden tanto las prisas que la mitad de las veces no me doy cuenta de que ella está subida en el taquillón de la entrada y ni siquiera la veo porque entro como un toro, sin levantar la cabeza. Entro como una bala y me pongo a buscarla por las habitaciones mientras ella está tan tranquila. Eso sí, cuando la veo, echó a correr detrás de ella, o, según se tercie, porque, a veces, se frena en seco y le paso por encima.

Pues, en una de estas, ella corrió a esconderse debajo de la cama y yo, que no me meto debajo porque me saca las uñas y no tengo espacio para escapar, me pasé de frenada y me subí  encima. Encima de la cama. Y mamá estaba allí, observando lo que hacíamos con unos ojos como platos.  Yo quise disimular pero mamá se echó a reír y me dijo que era un sinvergüenza y que ya no iba a dejarse engañar.

La verdad es que me gusta poder llegar yo solo a los muñecos y, además, como Sofía se sube a la cama para escapar de mí, pues así un sitio menos que tiene; pero me gusta más que todas las noches mamá me coja en brazos y me suba a la cama para dormir con ella. Y, eso ya, no sé…

Diario de Pepín. Día 63

Lo de levantar la pata para hacer pis, bien sabe Dios que no me sale de natural, pero lo de subirme a la cama de un brinco… Si soy capaz de subirme a las piedras que bordean la hierba del parque, que en algunos sitios son altísimas, también soy muy capaz de subirme a la cama de mamá. Lo que pasa es que no quiero, prefiero llegar a la alfombra y ponerme de manos en el borde de la cama para que mamá me suba. Yo creo que ella no se ha dado cuenta todavía de que lo hago a propósito; yo creo que puedo aguantar así algunos días más.

Hoy no hemos podido ir al parque de todos los días, porque todas las entradas estaban valladas. Yo podía entrar por debajo de una alambrada, pero el hueco era muy pequeño para que pudiera pasar mamá. Seguro que cuando llegó Max tampoco pudo entrar porque él es muy grandote. Entonces, mamá me llevó por otras calles con parques pequeñitos que tenían un montón de olores nuevos y apenas tuvo que reñirme por quedarme  como un mojón en cualquier esquina, porque tenía tanto que oler que iba corriendo de un lado a otro.

Diario de Pepín. Día 62

Lo que no puede ser es que mamá haya comprado la camita nueva y Sofía se la haya cogido como suya. Que ella tiene otra que es solo para ella, como una especie de hamaca que a mí no se me ocurre tocar porque está un poco levantada del suelo, y, además, ella se tumba en la mesa grande del salón, y encima del radiador y en todos los sitios altos que, por esa razón, son sitios de gatos y no de perros. ¡Hombre, y que, desde que trajo mamá la cama nueva, se planta en el medio y no hay quién la mueva de allí! Que mira que podíamos estar los dos, pero no, ella, en el medio. A mí me encanta estar en el sofá al lado de mamá, pero me fastidia ver que, aunque quisiera, no podría estar en la cama nueva. Tan harto me tiene, que, una de las veces que me he despertado, sin que Sofía tuviera tiempo de reaccionar, he dado un salto desde el sofá y me he plantado en la camita. Casi le caigo encima y, ha sido caer yo y salir pitando ella. Hasta mamá se sorprendió, pero se dio cuenta de la jugada, claro.  

En realidad yo paré poco, muy poco, allí; pero, al menos, le enseñé a Sofía que las cosas no son suyas porque sí, y que está muy acostumbrada ella a esquivarme cuando corro detrás porque, de un salto, se sube a los muebles y me deja chafado pero, en el suelo, somos los dos iguales, incluso yo soy un poco más igual que ella.

Antes…
Y después…

Diario de Pepín. Día 61

Hay días que pasan como sin darse cuenta, como si fueran la continuación del anterior y la promesa del siguiente en una cadena de eslabones iguales. Y luego hay otros en los que parece que no toco el suelo con las patas, en los que avanzo tanto, tanto, que me da un poco de vértigo mirar para atrás.

Pues hoy es un día de esos de ir volando. Lo fue el día en que, sin más, pude aguantar mi vejiga hasta que mamá me sacó a la calle, y el día que pude subirme al sofá de un salto tan grande que parecía imposible porque no tenía alas, y el día en que, viendo las chanclas de mamá a mi alcance, decidí que era mejor jugar con los peluches.

Pues hoy, al hacer pis en la hierba, he levantado la pata trasera izquierda. No ha sido mucho, no; luego he vuelto a hacer pis y he hecho como siempre, apretando los riñones y poniendo cara de circunstancias. Levanté la pata como sin querer  y dudando de que pudiera mantenerme sobre tres patas; de hecho, la bajé en seguida, pero eso no cambia las cosas: la levanté, como hacen los perros grandes.

Y, para rematar, al llegar a casa, mamá fue a cambiarse de ropa al dormitorio y, de pronto, como una aparición, me vio frente a ella, sobre la cama. Sobre la cama. Todavía no sé cómo pude subirme yo solo, si es altísima. Bajarme ya llevo mucho tiempo haciéndolo, pero subirme era impensable para mí; hasta hoy. Voy de sorpresa en sorpresa.

Diario de Pepín. Día 27

Mamá no quería subirme a la cama. Me acarició en la alfombra y apagó la luz y, cuando yo me empiné para que me subiera, me acarició otro poco pero no me subió. Yo insistí más y entonces ella volvió a decirme eso de portarme bien y ya, entonces, sí. Sofía llegó un momento después y se colocó a los pies de la cama, en una esquina. Yo no moví ni pata ni oreja, ni se me ocurrió. Hasta mamá se incorporó un momento para saber si seguía allí.

Dice mamá que aprende mucho conmigo. No sé. Dice que, además de aprender cómo funciona la mente de los perros, y así se adelanta a mis fechorías, está aprendiendo a sosegarse y a tener paciencia. Dice que, cuando salimos a la calle, no podemos ir con prisas porque yo me paro en todas partes y que más vale mentalizarse de que el tiempo es una cosa y  las prisas, otra. Ella lo dice pero yo veo que, a veces, le cuesta.

Diario de Pepín. Día 26

Mamá me ha dicho, muy seria, que si no paro quieto en la cama, vuelvo a dormir en la alfombra. Y es que, cuando se sube Sofía, yo no puedo estarme quieto y nada más, tengo que mirar a ver qué hace ella –que no hace nada, la verdad- y a ver dónde está por si puedo jugar con ella un poco. Me veo en la alfombra otra vez.

Hoy he vuelto a ver al loco de Max. Es que tiene mucha fuerza, que yo he visto perros más grandes que él en el parque y son mucho más tranquilos, y me huelen, y ya está. Dice la mamá de Max que es un cachorro todavía, pero también soy yo un cachorro y no mareo tanto. Hoy nos han soltado a los dos y hemos pasado un ratito bien y, a pesar de que yo soy mucho más pequeño y mis patas son muy cortitas, siempre lo he alcanzado corriendo. Max corre mucho más desparramado, pero yo corro mucho más rápido. Estoy muy contento. Luego ya Max se revolvió con tanto juego y yo me metí entre las piernas de su mamá para que me dejara un poco en paz. Ella le gritaba “siéntate, Max, siéntate” y le empujaba el culo hacia el suelo, pero él, como si no la oyera. Su mamá dijo que algunas veces le hacía caso, “cuando le da la gana”, dijo. Yo me porto mejor que Max, porque mamá me gritó “No” cuando iba suelto por el jardín y me acercaba a la zona de los coches y yo me paré, la miré y corrí adonde ella estaba.