El impostor

Era un impostor. Utilizaba la máscara adecuada para cada momento, la más conveniente, hasta que dejaba de serle útil o hasta que era descubierto. Entonces, huía de su personaje como si él también fuera una víctima, y vuelta a empezar en otro sitio, con otra gente, hasta que, de nuevo, tocara huir y empezar de cero.

Era tan bueno en lo suyo que, obligado a reinventarse cada vez, el hombre que se miraba al espejo por la mañana no podía reconocer al de la noche anterior. Era un hombre nuevo, con una lista emborronada e ilegible en la conciencia, con los nombres de los cadáveres que los hombres que antes fue habían ido dejando a su paso. Así empezaba cada vez, ligero de cargas, con la ilusión de un recién nacido.

Todo acabó una noche, cuando estaba en medio de una de sus imposturas, hipnotizando como un gurú a un grupo de mujeres desengañadas y empresarios estresados. Había ido a los lavabos para refrescarse un poco y, al mirarse al espejo, se horrorizó. La piel del rostro había comenzado a desprenderse como cera derretida y, poco a poco, iba dejando paso a aquella cabeza pequeña sobre un cuello largo y desnudo, a aquellos ojos como de azabache, a aquel pico corvo y afilado, capaz de alcanzar la carroña más escondida. Sufrió un ataque de pánico; si no recomponía su máscara, todos verían al buitre que llevaba dentro.

Cuando entraron a buscarlo a los lavabos lo encontraron en un rincón, llorando como un niño, encogido y con las manos entre las rodillas, temblando, sudoroso e incapaz de reconocer a nadie. El espejo de la pared estaba hecho añicos y de su mano derecha brotaba la sangre.

Antecedentes

Los borrachos son gente de mal vivir. No son capaces de controlar sus emociones y pueden reír a carcajadas para llorar al momento siguiente, presas de un sentimiento insoportable de desolación. Los borrachos tampoco son capaces de controlar su fuerza ni sienten dolor, ni el propio ni el que infringen a la gente de su entorno. Los borrachos son gente desgraciada incapaz de sembrar otra cosa alrededor que no sea desgracia y dolor.

El padre de Nicolás murió de cirrosis cuando él tenía 15 años y, cada vez que va al hospital, el informe que le dan se lo recuerda en un apartado sobre sus “Antecedentes familiares”. Debajo de éste, hay otro apartado de antecedentes personales en el que dice: Parto eutócico, niño sano. Hipoacusia oído izquierdo desde los 7 años. Sin otros antecedentes personales de interés.

¿Cómo puede explicarse en siete palabras que él tenía que haber sido un niño feliz como deben ser todos los niños, que nació sano de un padre enfermo que todo lo destruyó a su paso, la alegría, el sosiego, la esperanza? ¿Cómo explicar con esas siete palabras que Nicolás se despierta aún algunas noches cubierto de sudor, con el rostro ardiendo y el recuerdo del guantazo de su padre restallando sobre su oreja izquierda?

Con sentido consentido

Cuando él se fue le pareció que el tiempo se hubiera detenido. El tiempo y la luz. Después, poco a poco, con algo más de ese mismo tiempo y de la misma oscuridad, fue reconociéndose, fue acomodándose en  la soledad y se fue desprendiendo de rutinas, de gestos, de evocaciones. Se sorprendió cuando una mañana se dio cuenta de que su cepillo de dientes seguía allí, junto al suyo y junto al tubo de crema dental, como si tal cosa, y algo la detuvo cuando hizo intención de tirarlo a la basura. En los dos meses siguientes, cada vez que ella se lavaba los dientes, una punzada le señalaba el centro del pecho, y un impulso la empujaba y la detenía a la vez. El día en que consiguió arrebatar el cepillo del vaso de cristal se sintió fuerte y, cuando lo vio en el cubo de la basura, se sintió libre.

Ayer fue al supermercado, como tantas otras veces, y, sin proponérselo, se acercó a la sección de droguería; miraba sin ver, se recreaba entre los aromas de aquel pasillo, hasta que reparó en el expositor de las cremas y los cepillos de dientes. Se puso frente a él y los miró sin moverse, como si la elección de un modelo o de un color fuera algo trascendental. Se acordó de él y, con el gesto natural del que necesita renovar su ajuar, escogió uno de mango azul. Después, cuando llegó a casa, lo colocó cuidadosamente en un cajón del baño, junto a las cremas de reserva, y se sintió preparada para mirar de frente al futuro.

Camino

Con cuatro o cinco años iba de la mano de su hermana, que siempre la apretaba un poco por miedo a que se soltara y le echaran las culpas si le pasaba algo, pero nunca se quejaba para que ella no protestara más y no tirara de su brazo, ahora, que ya tenía los dedos blancos por la presión entre los suyos. Iba distraída porque ella se distraía con cualquier cosa, según decía su madre, pero sólo era que todo lo encontraba interesante y no podía caminar al paso porque tenía que volver la cabeza  hacia la lagartija que era capaz de correr por la pared vertical, o hacia las hormigas en formación arrastrando cargas más grandes que ellas mismas por un camino hecho a base de pisar y pisar, hasta que, de pronto, un brusco tirón en su mano  la obligaba a dar saltitos y avanzar  y caminar de prisa para ponerse al paso.

Y vuelta a empezar, una y otra vez, miles de veces. Ahora, que ya no quedan manos que la arrastren, hasta que ya no queden ojos con los que mirar, ni corazón con el que vibrar de emoción.

El lugar que ocupas

Soñó una mujer sin rostro de la que enamorarse y salió a buscarla entre la gente de las plazas, en los bancos de los parques, en los rincones de los cafés donde se esconde la gente solitaria. Todas las mujeres con las que se topaba tenían ojos, y cejas y boca, y ninguna, nunca, salió a su encuentro con un rostro vacío que, paradójicamente, él pudiera identificar. Por eso no la reconoció cuando se cruzó con ella la primera vez ni cuando, un tiempo después, sus conversaciones fueron una rutina necesaria; no  la reconoció cuando se saludaban con un beso en la mejilla, ni cuando el recuerdo de ella se le colaba en la mente sin avisar. No la reconoció porque él esperaba encontrarla algún día y ella llevaba ya mucho tiempo allí.

El beso

Se le acercó y ella sintió el arrastre suave y firme de su mirada, como el de la maroma que ayuda a atracar el barco. Le retiró un mechón de pelo de la frente y entrelazó sus dedos con el cabello de su sien y ella se recostó un poco en la palma de su mano, abierta y acogedora, y cerró los ojos dejándose llevar. Sintió los labios de él sobre su boca, primero un leve contacto y luego la carne suave y tibia, abandonada a su propio latido. Así estuvieron una vida entera, sin tiempo ni distancia, sin conciencia de su propia existencia y,  al abrir los ojos de nuevo, ninguno de los dos era ya la misma persona que era antes de aquel beso.

Muletas

Dijo que su marido tenía Alzheimer. Nadie le preguntó por qué llegaba tarde, pero ella, para justificar su tardanza, dijo que su marido tenía Alzheimer.

Cuando tenía veinte años se casó con él para salir de casa de sus padres; cuando tomaba café con sus amigas, él y los maridos de ellas eran su diversión entre cuchicheos y risitas; cuando los niños eran pequeños su marido era el monstruo vengador de las travesuras; cuando tenía que comprometerse con algo, mejor su marido que ella no entendía de esas cosas; cuando había que pagar las facturas,  su marido era el fracasado que nunca pudo darle el nivel de vida que ella se merecía… Y ahora, que ya no podía reprocharle nada porque él ya ni siquiera la conocía, ahora, que una chica rumana se ocupaba de cuidarlo durante 24 horas al día, ella, por fin, era su víctima indiscutible. ¿Por qué, si no, la miraban con esa cara de lástima cuando la gente lo sabía?

Evolución

Creía, como en lo antiguo, que, con cada foto que hacía, robaba el alma de todo lo que fotografiaba y por eso erraba por ahí, cámara en mano, para llenarse del alma de las cosas o la gente; pero creía también, que, con cada disparo, un poquito de la suya, un atisbo de luz de sus ojos se perdía por el visor. Por eso andaba trastabillándose y dando tumbos, entornando los ojos para no errar el paso,  un poquito árbol, un poquito pájaro y un poquito niño o mendigo cada vez. Cada vez un poquito más camaleón y cada vez un poquito más ciega.

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La troje del alma

Me miro y mi corazón es como una casa añosa con una troje llena de trastos que, en algún momento, fueron imprescindibles para una vida acogedora en ella; trastos olvidados, cubiertos de polvo y telarañas que, sin embargo, fueron la esencia de la vida allí y han dejado su huella entre aquellas paredes; una troje que es una tentación para los ojos nuevos de un niño.

No soy viejo aún, pero tengo memoria y trastos viejos en el alma… Y tú has venido a removerlo todo, a curiosearlo todo con esos ojos de niño, esos ojos llenos de deseo de saber, de ilusión por la novedad; has venido a desempolvar trastos que te parecen útiles, a desperezar sentimientos que, de tan escondidos, ya había olvidado en el rincón más profundo…

(De las memorias de Ismael Blanco)