Diario de Pepín. Día 65

Mamá dice que me puede el ansia; y yo creo que tiene razón. Cuando llego a casa, a mediodía, busco como un desesperado a Sofía para perseguirla por casa y jugar con ella. Me pueden tanto las prisas que la mitad de las veces no me doy cuenta de que ella está subida en el taquillón de la entrada y ni siquiera la veo porque entro como un toro, sin levantar la cabeza. Entro como una bala y me pongo a buscarla por las habitaciones mientras ella está tan tranquila. Eso sí, cuando la veo, echó a correr detrás de ella, o, según se tercie, porque, a veces, se frena en seco y le paso por encima.

Pues, en una de estas, ella corrió a esconderse debajo de la cama y yo, que no me meto debajo porque me saca las uñas y no tengo espacio para escapar, me pasé de frenada y me subí  encima. Encima de la cama. Y mamá estaba allí, observando lo que hacíamos con unos ojos como platos.  Yo quise disimular pero mamá se echó a reír y me dijo que era un sinvergüenza y que ya no iba a dejarse engañar.

La verdad es que me gusta poder llegar yo solo a los muñecos y, además, como Sofía se sube a la cama para escapar de mí, pues así un sitio menos que tiene; pero me gusta más que todas las noches mamá me coja en brazos y me suba a la cama para dormir con ella. Y, eso ya, no sé…

El impostor

Era un impostor. Utilizaba la máscara adecuada para cada momento, la más conveniente, hasta que dejaba de serle útil o hasta que era descubierto. Entonces, huía de su personaje como si él también fuera una víctima, y vuelta a empezar en otro sitio, con otra gente, hasta que, de nuevo, tocara huir y empezar de cero.

Era tan bueno en lo suyo que, obligado a reinventarse cada vez, el hombre que se miraba al espejo por la mañana no podía reconocer al de la noche anterior. Era un hombre nuevo, con una lista emborronada e ilegible en la conciencia, con los nombres de los cadáveres que los hombres que antes fue habían ido dejando a su paso. Así empezaba cada vez, ligero de cargas, con la ilusión de un recién nacido.

Todo acabó una noche, cuando estaba en medio de una de sus imposturas, hipnotizando como un gurú a un grupo de mujeres desengañadas y empresarios estresados. Había ido a los lavabos para refrescarse un poco y, al mirarse al espejo, se horrorizó. La piel del rostro había comenzado a desprenderse como cera derretida y, poco a poco, iba dejando paso a aquella cabeza pequeña sobre un cuello largo y desnudo, a aquellos ojos como de azabache, a aquel pico corvo y afilado, capaz de alcanzar la carroña más escondida. Sufrió un ataque de pánico; si no recomponía su máscara, todos verían al buitre que llevaba dentro.

Cuando entraron a buscarlo a los lavabos lo encontraron en un rincón, llorando como un niño, encogido y con las manos entre las rodillas, temblando, sudoroso e incapaz de reconocer a nadie. El espejo de la pared estaba hecho añicos y de su mano derecha brotaba la sangre.