Diario de Pepín. Día 124

Que no, que no es que el chico de la gorra se hubiera marchado lejos o se hubiera olvidado de mí, que no. Que ayer lo vi y me llamó y salí corriendo y ladré y di brincos y me empiné y fui y volví un montón de veces y él se agachó y quería acariciarme pero yo no me paraba quieto de la emoción… 

Que la culpa era del confidichoso ese que nos tiene locos.

Que ya estoy yo pensando que a ver si mamá no me lleva al parque y no he vuelto a ver a mis amigos porque el confinoese del demonio no nos deja… Que seguro que él no tienen ningún amigo y no necesita salir de casa…

Diario de Pepín. Día 120

Dice mamá que me están creciendo las uñas. Yo me las miro y no veo nada raro, pero ella dice que si no las desgasto correteando por la calle “voy a poder sacar con ellas la carne del puchero”. Mamá dice, a veces, cosas muy raras, pero a lo mejor tiene razón; desde que empezó esto del confinosequé todo está como del revés, paso tanto tiempo en casa como Sofía y, encima, ella no quiere jugar conmigo. Por eso ladro, porque no me hace caso y es la única forma que tengo de llamarla, pero mamá se enfada conmigo porque dice que molesto a los vecinos…  ¡Tengo unas ganas de poder salir a gusto, que ni pa qué!

Diario de Pepín. Día 105

Esta mañana nos hemos encontrado con un hombre, yo diría que ni joven ni viejo, de la edad de los papás de mis amigos del parque. El hombre iba por la orilla de la calle, junto a la pared, y nadie, excepto mamá y yo, pasaba por allí. Iba por el sitio que más me gusta a mí para ir olisqueando todo el rato, y a esas horas, que es tan temprano, es una delicia pasear la nariz por todos los rincones. Bueno, pues el hombre nos vio y siguió pegado a la pared –todo el mundo se retira cuando ve a un perro, porque es más fácil eso, que hacernos cambiar de opinión a nosotros-, y, al cruzarnos, yo casi no me di cuenta, porque cuando me dedico a olisquear se acaba el mundo para mí, pero mamá me retiró tirando de la correa para que el hombre siguiera caminando pegado a la pared. Que se veía que él no iba a dejarme paso.

Y digo yo que hay que ser muy infeliz para empezar el día así, para tener que ganarle el terreno a un perro a las siete de la mañana, cuando, además, nadie te ve. Hay que ser muy infeliz para que esa sea la batalla que vas a ganar a lo largo del día. Pobre hombre, seguro que no tiene un perro que lo quiera todo el rato, o tiene un jefe que le hace la vida imposible, o, a lo peor, tiene una familia que hace como que no lo quiere todo el tiempo. Y por eso va así por la calle, demostrándose a sí mismo que es importante, porque no se lo demuestran los demás.

Diario de Pepín. Día 101

No es que no me gusten los días de fiesta; total, yo no me canso mucho en la oficina los días normales, mamá es la que anda más ajetreada y yo, hay días que me paso la mañana dormido, y otros, entre teléfono y visitas me hago el dormido en mi rincón, pero me quedo escuchando, por si mamá necesitara ayuda. A veces llegan a la oficina personas que dicen que tienen perro en casa y se les nota porque me acarician a mí con mucho cariño. Yo me dejo, claro, que a ningún perro le sobra una caricia. Y luego llega el cartero también, todos los días, y me dice cosas cariñosas, porque yo salgo a saludarlo.

Pero lo malo de los días de fiesta es que no veo al chico de la gorra ni al señor que viene por las tardes y me llama perrete. Cuando es domingo, o fiesta, mamá y yo salimos a la calle más tiempo del normal, que para eso se nota que no tiene que trabajar y todo es fenomenal por la mañana, que nosotros madrugamos y podemos andar por donde queramos sin que nadie nos estorbe. El problema es que, por las tardes, las aceras se llenan de pies y las calles de coches y ni un perro tan chico como yo tiene espacio para caminar sin tropezarse. Mamá lo pasa mal y yo, ya no digamos, porque es que no se puede dar un paso a gusto. A mamá tampoco le gusta ver tanta gente en la calle, tener que ir esquivando a unos y otros para poder seguir, así que procuramos irnos a los barrios, que están vacíos, y así puedo olisquear a gusto.

Yo no sé qué pasa ahora, pero me parece mucho tiempo para un fin de semana, ya me he hecho un poco de lío. Y no debe faltarme razón porque llevo días sin ver al chico de la gorra y esta mañana mamá y yo hemos ido a su casa, para ver si Mía estaba bien. Mía no es como Sofía, es gris y blanca y tiene los ojos azules que, cuando te mira, parece que te va a hipnotizar. Por eso yo no dejo que me mire fijamente y me lanzo sobre ella para jugar, pero ella sale corriendo y se esconde para mirarme desde debajo de la mesa; entonces yo ya no la veo y así no puede hipnotizarme. Otra cosa mala de este fin de semana tan raro es que, cuando hemos ido a casa del chico de la gorra, yo quería subir por las escaleras, claro, pero mamá dice que son muchas y luego también las nuestras, y hemos subido en el ascensor. Menos mal que a mamá le dio pena ver cómo tiraba para atrás y me cogió en brazos, que bien que me apretaba yo contra ella. No sé quién demonios ha inventado esos cajones que se mueven. Está claro que yo necesito espacio, en casa o en la calle. Menos cuando me acuesto con mamá, que me pego a ella y me sobra todo el sitio.

Diario de Pepín. Día 33

Hoy mamá se llevó un buen susto. Al salir de la oficina nos encontramos con un perrito que es muy mayor pero que es muy pequeñito, mucho más que yo, y que, aunque yo quiero que seamos amigos, él no tiene muchas ganas. Bueno, pues como yo me entusiasmo tanto empecé a dar brincos y brincos y se me soltó la correa porque medio rompí el mosquetón. Yo, con el entusiasmo, salí corriendo sin darme cuenta de que no estaba en el parque y de que en la calle hay muchos peligros para perritos como nosotros porque pasan coches sin mirar. Menos mal que mamá me alcanzó; bueno, cuando ella me llamó yo me frené, por eso me alcanzó.

Mamá me riñó un poco, pero también me cogió y me abrazó y yo me sosegué del todo, porque, cuando mamá me abraza, yo siempre me sosiego.