Diario de Pepín. Día 9

Mamá dice que si me pienso yo que ella se queda coja en la ducha, porque todas las mañanas, cuando acaba de ducharse, tiene solo una chancla sobre la alfombra. Y, de pronto, la otra aparece en mi camita. También me dice que soy un guarro porque, antes de que ella se haya dado cuenta de que Sofía ha cagado, voy yo y me llevo las cacas en la boca. “Con jabón”, me dice, “con jabón”.

Por la tarde hemos vuelto de la oficina por donde hay hierba. Estaba llena de olores y he hecho caca y pis. Yo miro a mamá cuando hago pis, a ver qué cara pone, y la veo sonriendo y diciendo “¡bien, muy bien, pequeñín, muy bien”. Entonces muevo el rabo y me acerco para que me acaricie. Ya no quiero trocitos de colín -bueno, no siempre- porque prefiero ver lo contenta que se pone.

Cuando estábamos en la calle, he visto entre la gente al chico de la gorra, y, como mamá no se había dado cuenta de que venía, me he sentado para esperar a que se acercara y me he puesto a mover el rabo y las patitas. Luego nos hemos puesto muy contentos los tres, y el chico de la gorra me ha cogido de la correa y hemos hecho unas carreras.

Yo creo que el chico de la gorra debe ser para mamá algo así como yo, un hijo más, aunque no viva con ella, porque siempre que lo ve le da dos besos y le habla con mucho cariño. Y no le riñe. A mí me riñe algunas veces pero eso debe ser porque el chico de la gorra es muy grande ya y yo soy muy chico todavía.

Cuando el chico de la gorra viene a la oficina y estamos trabajando los tres -bueno, yo me duermo al lado de mamá o a su lado si mamá no está- mamá lo llama a veces por su nombre. Por eso sé que se llama Miguel. Pepín y Miguel. Bueno, Pepín, Miguel y Sofía.

Diario de Pepín. Día 8

Cuando salimos por la mañana, nos cruzamos con gente que camina de prisa y va como pensando en lo suyo. Solo alguno me mira al pasar y sonríe. Los olores de la mañana están más frescos, porque han regado la hierba antes de llegar yo. Se me mojan las patitas pero no me disgusta. Esta mañana iba yo oliendo el rastro de otros perros en la acera y me ha asustado un ruido terrible. Una mujer, como de la edad de mamá, tiraba hacia abajo de una persiana metálica, donde ayer había una terraza con gente sentada y charlando, y llevaba de la mano un montón de bolsas como las que mamá tira al contenedor. Tenía cara malhumorada y ni siquiera se fijó en mí a pesar de que yo me había sentado en la acera para observarla y no había nadie más cerca.  Yo pensé que era muy temprano para estar tan disgustada, y que, seguramente, su enfado le venía de antes, o, a lo mejor, estaba harta de trabajar en aquel lugar.

Por la tarde, no. Por la tarde hay muchísima gente en la calle, y también perros que rastrean en la hierba como yo. Nos olemos los hocicos, y a correr otra vez. Por la tarde hay mucha gente que se para a decirme cosas majas, incluso algunos se agachan, me acarician y hasta me dan besitos. Es que, por la tarde, la gente va pero como si no tuvieran que llegar a la hora, como si pudieran entretenerse mirando a su alrededor.  Y por eso me ven a mí.

Diario de Pepín. Día 7

Si todos los domingos van a bañarme prefiero que sea lunes. Es verdad que hace muchísimo calor y que olía un poco a perro sudado, pero eso no quita. Mamá me ha metido en el fregadero y me ha bañado. Yo sabía que no iba a poder escaparme pero lo he intentado igual, con todas mis fuerzas. Bueno, al final un poquito menos porque el olorcillo de la espuma y el agua para aclararme me estaban dando gustito, pero no me gusta que mamá me trate como si fuera una cazuela.

Los gatos son seres extraños. Sofía no come si yo estoy delante y, aunque apenas me bufa ya, no quiere jugar conmigo. Yo la persigo correteando detrás de ella por el pasillo, pero nada. Aun así, yo creo que vamos avanzando un poco cada día y va haciéndose a la idea de que he venido para quedarme. Ya asume que mamá es también mi mamá, y se coloca al otro lado de ella en el sofá, sin protestar.

Mamá me quiere mucho. Los dos primeros días yo no quería entrar en el ascensor porque me daba un poco de miedo y ella me cogió y me subió en brazos, pero el resto de días, desde entonces, subimos corriendo las escaleras. Y son tres pisos.

Diario de Pepín. Día 6

Hoy no hemos ido a la oficina. Mamá dijo que era sábado y me dejó casi toda la mañana en casa, con Sofía. Sofía es un poco sosa. Se tumba en la cama y no quiere jaleos. Menos mal que yo he estado atareado sacando sus juguetes de una caja de cartón. Si no es por mí, que los he sacado todos, ni se acordaba de que los tenía. Luego me he escondido entre los zapatos de mamá, y, cuando ella volvió no me encontraba, porque me quedé dormido encima de una chancla. Me gustan los zapatos de mamá. Cuando se ducha, yo me quedo en el baño y le pido que me deje entrar con ella y, como no me hace caso, me llevo sus chanclas hasta mi camita y luego corro a lamerle las piernas mojadas. Ella protesta un poco pero yo hago como que no la oigo; y así andamos todas las mañanas, yo le quito las chanclas a ella y ellas me las quita a mí después.

Dice mamá que va a empezar a pensar como un perro, para adelantarse a mis tropelías. Antes ella se levantaba y se iba a la ducha directamente y ahora tiene que mirar por donde pisa por si hay pis, y mirar si Sofía ha hecho caca en el arenero para que no me de tiempo a cogerlas y, luego, abrir el balcón para que salga por si quiero mear en los papeles de periódico que ha puesto sobre el empapador allí. Ayer se enfadó porque, de dos lengüetazos, en un visto y no visto, me acabé la comida blanda de Sofía, así que, ahora, también la coloca en la encimera de la cocina, para que ella coma y yo no alcance; pero a Sofía no le gustan esos cambios y todo el tiempo va al sitio donde antes tenía su comedero.

Yo intento portarme bien, porque nada me gusta más que los cariñitos que me hace mamá, pero se me olvida lo que ella quiere que yo haga. Supongo que es porque soy pequeño todavía, y  porque llevo muy poco tiempo aquí. Pero me esfuerzo; me esfuerzo mucho.

Diario de Pepín. Día 5

Esta mañana, cuando hemos salido a pasear, en los jardines estaba lloviendo desde abajo, y dos palomas se metían bajo el agua y separaban las plumas para mojarse. Pero yo no soy una paloma, y no me gusta pisar los charcos que se forman en la calle. Por eso me paré al borde y mamá tiró de mí hasta que me mojé, porque no había por dónde pasar si no era por encima.

Hoy me ha llevado a otro jardín diferente, yo creo que ella se aburre de ver todos los días el mismo, pero yo no porque cada vez hay algo nuevo o se puede mirar desde más cerca. El caso es que venía un hombre hacia nosotros, andaba despacio y llevaba un bastón, y, al llegar adonde estábamos, me ha mirado y le ha dicho a mamá “¡seguro que lo lleva para defensa personal!” y se ha reído. Yo creo que se ha reído de mí, pero, como mamá no se ha enfadado, y también se ha reído, supongo que no  lo ha dicho de malas.

Luego, mamá me ha llevado otra vez a la veterinaria. Siempre es lo mismo, se mete unos tubos largos en las orejas y me pone una cosa en el pecho, me toca los huevos y me pincha. Yo no me quejo porque me hago el grande, pero no es una cosa para disfrutar. Mamá dijo que pesaba 3 kg y 100 gramos y la veterinaria dijo que se veía desde el principio que yo era muy listo. Hoy no, pero el próximo día que vuelva a verla le voy a hacer unos mimos.

Aunque yo soy muy listo, no puedo cambiar mi naturaleza de perro, y, al entrar en casa, antes de que mamá se diera cuenta, salí corriendo hasta el arenero de Sofía y me metí sus cacas en la boca. Es que, las cacas de Sofía huelen muy bien, como una golosina de las ricas, pero mamá se puso a reñirme y yo las solté y ella las recogió con un papel y me dijo, muy seria, que me iba a lavar la boca con jabón. No sé muy bien qué es eso, pero sonó mucho peor que ir a la veterinaria.

Diario de Pepín. Día 4

Tengo mucho trabajo. Yo pensaba que la vida de un perrillo sería comer y dormir, pero no.

Desde que me levanto, ando apretando el culo para no hacer caca en casa, y, cuando mamá y yo salimos a pasear, tengo que inspeccionar todos los árboles, todas las esquinas, las manchas de las aceras y las colillas del suelo, y, además, acordarme de hacer caca y pis. Menos mal que el camino lo he aprendido en  seguida. Y a mamá se le olvida. Esta mañana, al volver para casa, se le olvidaba que estábamos al lado de la oficina. Si no es por mí, que subí corriendo las escaleras… y luego no quiso entrar. En fin, cosas de humanos, a veces cuesta entenderles.

Ayer le demostré a mamá que soy un perro pequeñito pero muy valiente. Cuando estamos en el parque y se acercan esos perros tan enormes que andan sueltos por allí, yo estoy tranquilo y no tengo miedo, dejo que me huelan y luego ya se van. Y luego está Ratón. Ratón es como yo pero cuatro o cinco veces más grande que yo, y siempre viene corriendo a saludarme y a jugar conmigo dando brincos. Mamá dice que es muy nervioso. Pues ayer venía yo masticando un papel riquísimo que había encontrado en la acera y se me echó encima, nada más que a molestar. Pues solté el papel y le enseñé los dientes gruñendo con toda la fuerza que pude y ¡se asustó!. Ratón salió corriendo como había venido y yo volví a recoger mi papel. Mamá se quedó como alelada y la humana de Ratón dijo “sí, sí, tienen su carácter; son muy cariñosos pero tienen su carácter”, refiriéndose a los perrillos que son como yo. A ver si Sofía lo va entendiendo también, aunque yo creo que vamos mejor; ayer se levantó mamá del sofá y nos quedamos los dos solos en él y no me bufó.

Diario de Pepín. Día 3

Sé ladrar. Quiero decir que sé ladrar como un perro grande, sin ese chillido que me sale cuando quiero quejarme. Ayer por la noche, Sofía estaba tumbada en una de las camitas donde yo había estado antes –creo que, en realidad, se la he quitado yo a ella, pero eso no importa-y, desde una cierta distancia, desde la puerta del salón por si tenía que salir corriendo, le lancé dos ladridos que hasta mamá se quedó impresionada. La verdad es que yo también me quedé pasmado al escucharme y, aunque lo intenté de nuevo, luego ya solo me salieron dos chillidos histéricos.

Las cosas con Sofía van de esa manera. Me bufa menos, esa es la verdad, yo creo que se va acostumbrando, pero me mira con desconfianza y, a veces, cuando se cruza conmigo en casa, se asombra de que todavía siga allí.

Ayer tuvimos un momento muy dulce porque mamá me subió al sofá –yo no alcanzo a subirme- y Sofía se colocó del otro lado de mamá. Y así estuvimos los tres, tranquilitos. Hacía un poco de calor, tan juntos, pero ninguno dijo nada y yo me quedé dormido hasta que llegó el momento de ir a acostarnos. Después le pedí a mamá que me subiera también a la cama, que es más alta que el sofá y mucho más alta que yo, pero me acarició la cabeza y me dejó en la alfombra, como las otras noches. Ella me dijo “no, que te caes” pero yo creo que también tenía miedo por si me hacía pis. Así que me he esforzado y ya soy todo un campeón, he hecho caca y pis en el parque y  mamá me ha hecho muchos cariñitos y me ha dado un pedacito de colín.

Me sigo acordando de mis hermanos y me gustaría que mi mami Alba –mi mamá perra- y mi mami humana, supieran que estoy bien. Pero yo creo que sí lo saben, que las mamis saben esas cosas aunque no se les digan.

Diario de Pepín. Día 2

Yo creo que la cosa va bien. La primera noche, mamá me dejó dormir en la alfombra de su habitación y yo me puse lo más cerca que pude de ella. Dormí toda la noche de un tirón y ni siquiera me di cuenta de que la gata había dormido a su lado, en la cama. Yo creo que, si me porto bien, también podré dormir con ella, más adelante.

Como quiero hacerme mayor muy de prisa, aguanté toda la noche el pis pero, como tardamos en salir a dar un paseo, ya no pude más y me lo hice en el salón. Mamá se dio cuenta en seguida y lo recogió, y me dijo que “allí no”, pero ya no había remedio. Si yo lo sé, que a los humanos no les gusta que le mees el suelo, pero ya no podía más. Esta noche me he esforzado un poco más y he aguantado hasta llegar al parque. Mamá se ha puesto muy contenta, me ha dicho cosas lindas y me ha dado muchos cariños. A ver mañana.

La gata se llama Sofía. Lo sé porque, cuando está cerca de mí y me bufa, mamá le dice “Sofía, no”. Y se lo ha dicho muchas veces, pero no hemos llegado a mayores. Esta mañana, los dos nos asustamos, Sofía y yo, porque estábamos uno a cada lado de una esquina del pasillo y, al vernos de golpe, ella me bufó muy cerca y yo chillé como si me hubiera hecho algo. Pero fue el miedo, y ya no le tengo más miedo.

La vida del perrito de ciudad es muy atribulada. Todos los árboles huelen a pis y hay mucho que recorrer. Hay muchas hojas en el suelo y colillas, y algunas plumas. Yo quiero olerlo todo y cogerlo todo con la boca, pero mamá me dice “vaaamos” y me tira un poquito de la correa para que no me entretenga. Y luego, al llegar a casa, me limpia el morro y las patitas con una tela húmeda que huele muy bien. Yo creo que eso no es muy propio de perros, pero no pienso protestar, porque después, ella me da cariñitos otra vez.

Diario de Pepín. Día 1

Hoy mami me ha llevado al veterinario. La última vez fui con mis hermanas, pero hoy no. Estaban esperándonos allí la mujer del pelo blanco y el chico barbudo que vinieron a verme a casa de mami hace un par de semanas. Hoy el chico llevaba otra gorra, pero era él.

La mujer me ha cogido en brazos y los dos me han hecho muchos cariños, como a mí me gusta. Y me han sacado fotos. Mami también me ha sacado una foto para “el momento feliz”. Eso significa que ya tengo una familia para siempre. Lo sé por mis hermanos, que, en este último mes, se han ido de uno en uno, muy contentos, con humanos que venían a vernos. Y mami les hacía una foto para “el momento feliz”. Cuando había visitas yo corría más que ninguno y luego me despanzurraba al sol porque los humanos se entusiasmaban conmigo, pero no me llevaban con ellos. Yo creo que mis patitas cortas no les gustaban demasiado.

La veterinaria me ha tocado por todas partes, como siempre, y me ha clavado algo en el cuello. Apenas me ha dolido pero he chillado un poco para que mami y mi nueva mamá y el chico de la gorra me llenaran de cariños otra vez. Después mami se ha despedido de mí con un montón de besitos y nosotros tres hemos hecho un viaje. Yo creo que, por lo menos, hemos tardado un rato de esos largos, largos. A mí no me gustan demasiado los viajes, porque se me revuelve el estómago y se me llena la boca de saliva, pero tragué y tragué y ya está.

Hoy ha sido un día muy emocionante. En mi nueva casa vivimos mamá, una gata y yo. El chico de la gorra no vive con nosotros. A mí no me importa la gata, al fin y al cabo, yo acabo de llegar, me ha olido un poco y yo he pasado de ella porque no quiero problemas. Mamá me ha puesto una mantita al lado del sofá y la gata, cuando pasa a mi lado, se separa un poco y me mira con desconfianza. He visto cómo una vez se le ha puesto el rabo gordísimo, lleno de pelos de punta, pero yo he hecho como si nada porque no es culpa mía.

Por la tarde mamá me ha llevado a otra casa que no tiene sofás, ella dijo que era la oficina, pero no sé todavía qué significa eso, voy aprendiendo poco a poco. Ella se sienta delante de una mesa y toquetea todo el tiempo unos botones mientras mira una ventanita que se ilumina. Yo me he acostado al lado de su sillón y me he puesto a dormir, tranquilito, toda la tarde. A su lado. Después, cuando casi era de noche, nos hemos ido juntos al parque. Había muchos perros, todos grandes. Todos los perros me huelen, yo aguanto con el rabo entre las piernas pero tiemblo un poco y luego ya se van, y todos los humanos que me ven dicen que soy muy pequeñito y sonríen. Y algunos se acercan para acariciarme la cabeza. Me da vergüenza decir que, cuando vino el primer perro grandote a olerme tuve mucho miedo, mamá se dio cuenta y me cogió y yo le meé la falda. Pero ella no se enfadó y seguimos un rato todavía correteando por el parque.

Yo creo que no ha ido mal el primer día de mi nueva vida. Mamá y el chico de la gorra me quieren, se lo noto. Y la gata… bueno, ya me querrá poco a poco. Yo voy a portarme bien. Prometo no llorar y hacer lo posible para no mearme en casa pero aún soy pequeño y me cuesta mucho…