Diario de Pepín. Día 8

Cuando salimos por la mañana, nos cruzamos con gente que camina de prisa y va como pensando en lo suyo. Solo alguno me mira al pasar y sonríe. Los olores de la mañana están más frescos, porque han regado la hierba antes de llegar yo. Se me mojan las patitas pero no me disgusta. Esta mañana iba yo oliendo el rastro de otros perros en la acera y me ha asustado un ruido terrible. Una mujer, como de la edad de mamá, tiraba hacia abajo de una persiana metálica, donde ayer había una terraza con gente sentada y charlando, y llevaba de la mano un montón de bolsas como las que mamá tira al contenedor. Tenía cara malhumorada y ni siquiera se fijó en mí a pesar de que yo me había sentado en la acera para observarla y no había nadie más cerca.  Yo pensé que era muy temprano para estar tan disgustada, y que, seguramente, su enfado le venía de antes, o, a lo mejor, estaba harta de trabajar en aquel lugar.

Por la tarde, no. Por la tarde hay muchísima gente en la calle, y también perros que rastrean en la hierba como yo. Nos olemos los hocicos, y a correr otra vez. Por la tarde hay mucha gente que se para a decirme cosas majas, incluso algunos se agachan, me acarician y hasta me dan besitos. Es que, por la tarde, la gente va pero como si no tuvieran que llegar a la hora, como si pudieran entretenerse mirando a su alrededor.  Y por eso me ven a mí.

Autor: AdelaVilloria

Trabajo para poder comer. Escribo para poder vivir.

2 comentarios en “Diario de Pepín. Día 8”

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