Agua

El agua caliente para la parturienta y para el recién nacido que bracea en la palangana. El agua del barreño de zinc para el baño de los domingos. El agua cociendo para encallar y el agua fría para lavar las tripas en la matanza. El agua casi helada bajo los carámbanos que había que romper para lavar la ropa. El agua que acarreaba desde la fuente para poder beber en casa…

Todo en mi vida ha sido agua. Incluso esta agua con sabor a sal que inunda mi cara cuando los recuerdos me asedian porque tú no estás.

La poda

El hombre del mono azul se acerca al árbol, la mirada de juez y un brillo de muerte en la mano. El dolor necesario para que la vida se renueve. Poco a poco, la tijera va amputando, aquí y allá, y las ramas van cayendo, como lágrimas, a sus pies.

Autorretrato

Había una casa vieja y deshabitada. De construcción firme, su estructura había soportado bien la huella del tiempo, pero, su fachada gris, más gris aún frente a los edificios nuevos, delataba su condena al olvido.

Yo solía pasear por la avenida, llegaba hasta ella, la miraba desde la acera de en frente, como a un espejo, y la veía allí, resistiendo contra viento y marea, desgastada y sola, sin la vida que en otro tiempo cobijó. El abandono provoca un deterioro acelerado y había llegado un momento en que ya no se la veía capaz de acoger risotadas y chillidos de críos, ni de ofrecer una cama donde hacer el amor, ni de oler a bizcocho recién hecho o al café de las mañanas. Llegó un momento en que la casa, de pura costumbre, ya no fue habitable, y unos obreros metódicos y cumplidores, la protegieron con redes y tapiaron sus ventanas para que nada de afuera le siguiera haciendo daño, ni las palomas, ni los vientos huracanados, ni el sol cegador de julio. Pero nada pudieron hacer para protegerla de sí misma, de la soledad de sus cuartos, de la penumbra de sus pasillos o del silencio que la ahogaba dentro.

Hace unos días he vuelto a caminar hasta ella. Han empezado a construir un bloque de apartamentos allí al lado y, por contraste, se la ve más vieja aún, más fuera de lugar, más castigada. La construcción de los cimientos nuevos ha abierto una grieta inmensa en la fachada de la casa. Es cuestión de tiempo, de no demasiado tiempo. Me cuesta cada vez más mantenerme en pie, la herida de mi corazón no va a cerrarse. No me he rendido, es solo que, en el abandono, ninguna de las dos teníamos posibilidades de sobrevivir.

Nunca

Él nunca le dijo que la quería. Ella nunca se lo preguntó; tenía miedo de que le dijera que la quería mucho, y, en el amor, querer mucho es siempre querer menos de lo que hay que querer.

Ahora ya nada importaba, tan solo quedaba este desgarro que no le dejaba vivir: ¿y si ella nunca llegó a saberlo? ¿y si, en el momento de su muerte, no tuvo la certeza de cuánto la había querido? Y, apretando los puños, volvía a gritar en silencio: “Te quiero. Lo sabes ¿verdad? Te quiero.”

Los tiempos

Hubo un tiempo, Isabel, al poco de marcharte, en que el dolor era tan intenso que, por momentos, sentía que no podría resistirlo. La angustia lo ocupaba todo. Quizás éramos demasiado jóvenes entonces, demasiado jóvenes para enamorarnos, o, quizás, demasiado jóvenes para soportar tanto dolor…

Las rutinas me permitieron sobrevivir, caminaba por la calle como un autómata, pasaba los semáforos cuando la gente se movía, sin comprobar que, efectivamente, estuvieran en verde, comía lo primero que pillaba, a la hora que tocaba y porque alguna regla interior me forzaba a ello. Creo que el instinto de supervivencia me dictaba lo que debía hacer, sin preguntarme. Si hubiera tenido que tomar decisiones en aquellos momentos, no habría podido hacerlo; sencillamente, estaba bloqueado…

Tardé un tiempo en poder reaccionar, en tomar perspectiva. Y, cuando lo hice, me di cuenta de que solo tenía, teníamos, pasado. En el tiempo pasado ya, habíamos sido muy felices pero el presente fugaz, había destruido nuestro futuro. Y eso era lo más doloroso, Isabel, perder el futuro común que habíamos imaginado.

Porque el pasado feliz no nos servía aún de consuelo, y el futuro solo era una nube negra que todo lo envolvía, un pozo tenebroso desde el que me llamaban las voces de las sirenas…

De las memorias de Ismael Blanco

El piano

Ya no soy un piano, en el sentido estricto de la palabra. Soy un mueble viejo y oscuro, con teclas que no saben sonar.

Después de tu partida me trajeron a esta Academia, no sé para qué. La señorita Ortiz lo intenta cada día, y, también cada día, un gesto de desagrado desbarata su sonrisa natural. El afinador no sabe qué más hacer, mueve la cabeza de un lado a otro, se muerde los labios y se desespera.

Y ninguno entiende que la música ya no tiene sentido porque no eres tú el que la siente en mí.

Duelo

Cuando tú te fuiste, Isabel, el mundo, mi mundo, se derrumbó. Yo te quería con locura. He dicho mal, no era locura, yo estaba muy cuerdo y por eso te quería. Tú eras una parte de mi vida, pero eras la parte más importante; tú eras mi cobijo, mi compañera, mi contrapunto, y yo contaba contigo para ser feliz y para hacerte feliz también. Por eso, cuando te fuiste, el duelo invadió mi tiempo, cada minuto de mi vida.

No, el dolor que yo sufrí entonces, y que aún a veces me acecha, no es comparable al dolor que provoca la muerte. La muerte es algo irremediable, algo asumido por nuestra condición humana. La  muerte nos arrebata a alguien querido y nada podemos hacer contra eso, y, para seguir viviendo, nos aferramos a los recuerdos de nuestra vida en común, a todo lo bueno que nos dio o que creímos darle, y seguimos viviendo para él o para ella y con él o con ella. Aun después de la muerte, vivimos en su compañía y recibimos su aliento. Su amor perdura.

Pero tú te fuiste, Isabel, tú me dejaste sin una explicación y me dejaste sumido en el más profundo de los dolores. Podrías haberme dicho que te habías enamorado de otro, y lo habría entendido- ¡cómo no saber lo que es enamorarse si yo estaba enamorado de ti!-, o que habías dejado de quererme, sin más, como en una metamorfosis, o que te aburrías a mi lado porque el tiempo había ido desgastando tu interés por mí, yo qué sé… Pero no dijiste nada y, además de tu ausencia, me quedó el sentimiento de culpa, porque algo debía haber hecho yo para provocar tu marcha, o algo debería haber hecho para evitarla. Culpa, culpa, culpa por quererte y porque tú dejaras de hacerlo. Siempre la culpa…

La muerte, Isabel, tu muerte -que nunca, ni en los momentos más duros, he deseado-, me habría dejado la esperanza de seguir viviendo con tu recuerdo, pero tu abandono solo me dejó desesperación; la desesperación de afrontar un futuro helado. Muerto.

(De «Las memorias de Ismael Blanco»)

El lago

Cuando escribo estas páginas me doy cuenta de que escribo para ti, Isabel, aunque tú nunca llegues a leerlo.  

Todo lo que guardamos dentro de nosotros puede aflorar sin previo aviso. Todo lo que hemos vivido queda dormido en nuestro interior, incluso creemos que ha muerto, pero despierta de golpe cuando alguien presiona el interruptor adecuado.

Ayer, como muchas veces antes, me acerqué paseando hasta el lago. Me gusta sentarme en un banco, con un libro, y, de vez en cuando, levantar la vista y embeberme de aquella tranquilidad, es como un bálsamo para mi corazón maltrecho.

Yo creía que estaba solo, el agua como una lámina de plata al atardecer, pero, cuando levanté la vista, vi que una mujer joven se había acercado a la orilla y miraba, inmóvil, la cabeza erguida, no lejos de mí, hacia el horizonte. Vi también que un hombre se acercaba, caminando despacio, mirando en su dirección y al lago. Se quedó detrás de ella y la abrazó por la cintura, la mujer se acurrucó amoldando su espalda al cuerpo de él y recogió con sus brazos los brazos que la abrazaban. Él escondió su cara en el hueco de su cuello y comenzó a besarla, una, dos, tres veces…, hasta que ella se volvió y se besaron en los labios, muy, muy despacio. Al poco se alejaron, abrazados, y, seguro que ni siquiera se dieron cuenta de que yo los observaba.

Aún me quedé unos minutos allí, esperando suavizar el arañazo que me hería la garganta. Luego, ya en calma, seguí recordando, recordándote, seguí cogiéndote por la cintura y besando el hueco de tu cuello, como tantas otras veces, cuando estabas a mi lado.

(De «Las memorias de Ismael Blanco»)

Cosas que pasan

Dijo que se llamaba Laura.

Pero eso lo dijo después, cuando ya le había hecho las preguntas importantes.

Yo había bajado a los aseos de la estación, y, en la puerta, un guardia de seguridad me dijo que me fuera al baño que había en el otro extremo. Me cortó el paso mientras volvía la cara hacia una chica joven, muy joven y muy pálida, que estaba tumbada en el suelo. Me fijé sin darme cuenta en eso, en que era joven y estaba pálida, y se protegía la tripa con la mano izquierda, en la que llevaba también el móvil. Se quejaba lastimosamente, se balanceaba un poco hacia los lados y no estiraba las piernas.

Obedecí por inercia, y porque, a menudo, se me olvida que soy médico y lo que los demás esperan de un médico. Y porque asumí que el guardia era la autoridad y tenía todo controlado. Pero volví a los pocos minutos. Ya habían puesto una barrera para evitar que la gente siguiera bajando hasta allí y, en lugar de un segurata, había tres, hablando entre ellos. Volví porque pensé que quizás la chica necesitaba ayuda. Pensé en la hija que no tengo, en el hijo que tuvo un ataque de apendicitis en el extranjero, en el sobrino que tuvo una salmonelosis solo y lejos de casa, pero, sobre todo, pensé en el trato frío y distante, profesional pero absolutamente falto de empatía que había demostrado el segurata. Porque no estaba agachado junto a ella, tratando de tranquilizarla; estaba de pie, tapando la puerta, asegurándose de que nada se le descontrolara mientras la chica gañía como un perro maltratado.

En cuanto traspasé la barrera, los guardias dejaron de hablar y me echaron el alto. El baño estaba cerrado, dijeron. Y yo respondí con calma que ya lo sabía, pero es que yo era médico (lo dije como disculpándome por el atrevimiento) y creía que podía ayudar. Uno de ellos, el más alto y el más rubio, y también el más imbécil, me preguntó si llevaba algún tipo de acreditación encima y a mí me pareció que el tono era un poquito desafiante. Por eso me estiré un poco para decirle “¡pues claro!” de la misma manera en que podría haberle preguntado si era idiota. No hizo falta sacar el carnet porque el compañero, con más sentido común, me pidió que pasara y se acercó conmigo.

Laura, todavía sin nombre, seguía en el suelo, la piel como el mármol, quejándose y respirando apresuradamente, con la respiración superficial que intenta no mover el abdomen. A su lado, agachada, ahora sí, estaba una mujer, también guardia de seguridad. Casi sin darme cuenta, como un autómata, las preguntas comenzaron a fluir, desde cuándo, cómo, dónde te duele, se te pasa en algún momento, has ido al baño, tienes la regla, estás embarazada… las preguntas típicas para hacerme un mapa de probabilidades, y mis manos cálidas retiraron una mano gélida y temblorosa y empezaron a palpar. El guardia que había permitido mi entrada, se alejó, respetuoso, mientras la guardia siguió agachada junto a la chica.

Después de la primera evaluación ya sí, le retiré de la frente el cabello mojado por el sudor, le cogí la mano para que sintiera que no estaba sola y le pregunté cómo se llamaba. Alguien dijo que el SAMUR estaba a punto de llegar, y, mientras tanto, la llamé por su nombre y le pedí que estuviera tranquila.

Efectivamente, los del SAMUR llegaron en seguida. Me aparté un poco para dejarles sitio y paciente;  es cuestión de escalafón. Tres personas de golpe es una multitud, y los maletines ocupan muchísimo, aunque ellos no llevaban maletines, ni silla para traslado, ni camilla de cuchara, ni nada… Llegaron con sus chalecos reflectantes y los ojos de mirar, que lo mismo no es nada.

El técnico se agachó inmediatamente y empezó a hablar con ella. El médico se quedó de pie, mirando desde arriba y mirándome a mí un poco inquisitoriamente y yo me sentí en la obligación de justificar de nuevo por qué estaba allí. “¿y, qué?”, preguntó el del SAMUR como si me pidiera cuentas. Lo puse al día inmediatamente, le dije qué le pasaba y desde cuándo, cómo era el dolor y la falta de otros síntomas, la taquicardia y la vaga resistencia que había encontrado al palpar y dónde la había encontrado, la ausencia de embarazo y de regla… Él puso cara de estar de vuelta de muchas cosas, y, sin cambiar de postura, pero levantando levemente las cejas, dijo algo de la regla. Me pareció que solo le faltó añadir “claro, cosas de mujeres…” Y yo deseé que le doliera a él, que ojalá le diera un retortijón que lo doblara por la mitad para que se le bajaran esas cejas presuntuosas.

Me enojó tanta displicencia, la del médico del SAMUR y, antes, la del segurata, tanta falta de empatía, tan poca sangre en las venas.  Me enfadé, pero solo dije que no, que parecía un ataque de apendicitis o un quiste de ovario. Me volví hacia Laura, inmóvil y dolorida, y volví a llamarla por su nombre para decirle que me marchaba. Quería que sintiera que ella era alguien importante para alguno de los que estábamos allí, al menos, para mí.

Al pasar de nuevo la barrera que impedía el acceso a los baños, había un corrillo de seguratas y policías. El rubio y alto interesado en acreditaciones le decía a otro “se ha quedado una señora que es médico con ella. Menos mal”, y  me miró al pasar y otros saludaron también. Yo pensé que el que es imbécil no se conforma con demostrarlo una vez, e insiste e insiste… y me limité a sonreír con la más irónica de las sonrisas irónicas de mi catálogo personal.

Sobrevivir

Uno se acostumbra a sufrir. La piel va haciendo corteza y uno se acuclilla a su amparo; y así recibes los mismos golpes pero se te antojan más lejanos o más leves. Y uno sigue caminando por dónde antes creyó que no podría hacerlo, como un sonámbulo, sin ver el camino y sin mirar atrás. Pero sigue caminando. Quizás sólo se trate de eso, de no pararse nunca.

Eso era lo que intentabas explicarme. Eso fue lo que aprendí…

(De las memorias de Ismael Blanco)