Diario de Pepín. Día 105

Esta mañana nos hemos encontrado con un hombre, yo diría que ni joven ni viejo, de la edad de los papás de mis amigos del parque. El hombre iba por la orilla de la calle, junto a la pared, y nadie, excepto mamá y yo, pasaba por allí. Iba por el sitio que más me gusta a mí para ir olisqueando todo el rato, y a esas horas, que es tan temprano, es una delicia pasear la nariz por todos los rincones. Bueno, pues el hombre nos vio y siguió pegado a la pared –todo el mundo se retira cuando ve a un perro, porque es más fácil eso, que hacernos cambiar de opinión a nosotros-, y, al cruzarnos, yo casi no me di cuenta, porque cuando me dedico a olisquear se acaba el mundo para mí, pero mamá me retiró tirando de la correa para que el hombre siguiera caminando pegado a la pared. Que se veía que él no iba a dejarme paso.

Y digo yo que hay que ser muy infeliz para empezar el día así, para tener que ganarle el terreno a un perro a las siete de la mañana, cuando, además, nadie te ve. Hay que ser muy infeliz para que esa sea la batalla que vas a ganar a lo largo del día. Pobre hombre, seguro que no tiene un perro que lo quiera todo el rato, o tiene un jefe que le hace la vida imposible, o, a lo peor, tiene una familia que hace como que no lo quiere todo el tiempo. Y por eso va así por la calle, demostrándose a sí mismo que es importante, porque no se lo demuestran los demás.

Diario de Pepín. Día 104

Notas es un abusón maleducado. Y porque mamá no me deja decir palabrotas, porque, si no, lo llamaría de otra manera. Y no es que Notas sea un perro muy grande, los hay mucho más grandes en el parque y nunca tengo problemas con ellos, como Nieve, Chico o Cayetana; es que Notas solo se mete conmigo porque soy pequeño y sabe que me puede. Y  luego llega el grandullón que va siempre con él, que todo lo que tiene de grande lo tiene de tonto, y le sigue el juego y le ayuda y, claro, dos perros persiguiéndome por el parque a todo correr y Notas poniéndome los colmillos en la barriga cuando me alcanzan, es demasiado para mí. ¡Que mira que con los otros jugamos a que nos mordemos, pero sin hacernos daño… Que estos son unos salvajes! La mamá de Notas le riñe mucho y lo sujeta, pero, al momento, otra vez. Los otros papás dicen que es que es muy dominante, pero no es verdad, lo que es, es muy miserable; que hay que ser muy miserable para demostrar que eres poderoso solo con los más débiles, que con los otros no se mete. Y muy cobarde, también.

Por eso mamá y yo vamos tranquilamente al parque, y, si llegan Notas y el otro, esperamos a ver qué tal respiran, y cinco  minutos después ya nos hemos ido porque no hay quien los aguante. Dice mamá que eso que me pasa a mí pasa también en los colegios, y, en general, en la vida. Pues vaya vida de mierda para los más débiles, pienso yo.

Diario de Pepín. Día 103

Mamá no sabía que los perros tenemos un olfato finísimo, que somos capaces de oler hasta lo que parece que no huele. ¡Cómo, si no, podría explicarse la cara de sorpresa que ha puesto esta mañana cuando, dando una vuelta por la ciudad, me he subido de pronto a una pared de piedra y he metido los hocicos en un arbusto! Y es que, en el fondo del arbusto, había una paloma muerta.

Que mamá, para ser mamá, a veces es un poco inocente.

Diario de Pepín. Día 102

A mí no me hace ninguna gracia que, cuando mamá se tumba en el sofá para echarse la siesta y yo me tumbo encima de ella, llegue Sofía y también quiera subirse. Que somos tres  y el sofá es pequeño… Yo me estiro todo lo que puedo para ocupar mucho y que apenas quede sitio libre, pero no sé cómo se las apaña ella que mamá le dice que suba y, ¡zas!, se coloca encima de su pecho. Y  luego ya no se mueve de allí, ni siquiera como hoy, que he estado lamiéndole el culo a ver si le fastidiaba y se bajaba, pero no, la muy sinvergüenza ha aguantado sin pestañear.

Mira que la cama es grande y Sofía ha dejado de acostarse con nosotros y luego, en el sofá, que es mucho más pequeño, tenemos que estar los tres apretujados… Y no me queda más remedio que aguantarme, claro…

Diario de Pepín. Día 101

No es que no me gusten los días de fiesta; total, yo no me canso mucho en la oficina los días normales, mamá es la que anda más ajetreada y yo, hay días que me paso la mañana dormido, y otros, entre teléfono y visitas me hago el dormido en mi rincón, pero me quedo escuchando, por si mamá necesitara ayuda. A veces llegan a la oficina personas que dicen que tienen perro en casa y se les nota porque me acarician a mí con mucho cariño. Yo me dejo, claro, que a ningún perro le sobra una caricia. Y luego llega el cartero también, todos los días, y me dice cosas cariñosas, porque yo salgo a saludarlo.

Pero lo malo de los días de fiesta es que no veo al chico de la gorra ni al señor que viene por las tardes y me llama perrete. Cuando es domingo, o fiesta, mamá y yo salimos a la calle más tiempo del normal, que para eso se nota que no tiene que trabajar y todo es fenomenal por la mañana, que nosotros madrugamos y podemos andar por donde queramos sin que nadie nos estorbe. El problema es que, por las tardes, las aceras se llenan de pies y las calles de coches y ni un perro tan chico como yo tiene espacio para caminar sin tropezarse. Mamá lo pasa mal y yo, ya no digamos, porque es que no se puede dar un paso a gusto. A mamá tampoco le gusta ver tanta gente en la calle, tener que ir esquivando a unos y otros para poder seguir, así que procuramos irnos a los barrios, que están vacíos, y así puedo olisquear a gusto.

Yo no sé qué pasa ahora, pero me parece mucho tiempo para un fin de semana, ya me he hecho un poco de lío. Y no debe faltarme razón porque llevo días sin ver al chico de la gorra y esta mañana mamá y yo hemos ido a su casa, para ver si Mía estaba bien. Mía no es como Sofía, es gris y blanca y tiene los ojos azules que, cuando te mira, parece que te va a hipnotizar. Por eso yo no dejo que me mire fijamente y me lanzo sobre ella para jugar, pero ella sale corriendo y se esconde para mirarme desde debajo de la mesa; entonces yo ya no la veo y así no puede hipnotizarme. Otra cosa mala de este fin de semana tan raro es que, cuando hemos ido a casa del chico de la gorra, yo quería subir por las escaleras, claro, pero mamá dice que son muchas y luego también las nuestras, y hemos subido en el ascensor. Menos mal que a mamá le dio pena ver cómo tiraba para atrás y me cogió en brazos, que bien que me apretaba yo contra ella. No sé quién demonios ha inventado esos cajones que se mueven. Está claro que yo necesito espacio, en casa o en la calle. Menos cuando me acuesto con mamá, que me pego a ella y me sobra todo el sitio.

Diario de Pepín. Día 99

Sofía es un poco rarita, o, a lo mejor, es que los gatos hacen cosas raras. Cuando mamá está en el baño, se sube al lavabo para beber agua del grifo. Que luego, la muy tonta, bebe tanta, que, a veces, vomita. El caso es que también bebe del bebedero donde bebo yo. Yo creo que lo del grifo lo hace por darse importancia, para que yo vea cómo es capaz de subirse a los sitios y yo no. Cuando Sofía bebe del bebedero mete primero la mano, y, cuando se la moja, la sacude y luego ya bebe. ¡Como si no supiera que está lleno de agua limpia, que por eso no la ve, porque está limpia y es transparente!

Otra cosa que hace Sofía es salir corriendo al rellano de casa cuando nosotros vamos a salir. Que ella ya sabe que no puede salir a la calle, pero se da una vuelta hasta las escaleras y luego vuelve. Lo que pasa es que, de vez en cuando, intenta subirse a otro piso y nosotros tenemos que estar muy atentos para no dejarla hacer, que luego le da miedo y empieza a maullar y se pone en la puerta que está encima de nuestra casa, como si se le olvidara que ha subido. Los días normales se conforma con dar una vueltita, pero muy lenta, tanto que, si no es por mí, que la meto en casa a la carrera bajo amenaza de subirme encima, nos quedaríamos nosotros sin salir por su culpa, nada más que mirando cómo ella se pasea en nuestras narices.

Lo de las siestas ya lo hemos arreglado; al final yo me quedo entre las piernas de mamá, debajo de la manta, y ella se sube sobre su pecho, mirándola a la cara, y sobre la manta. Así los dos sabemos que estamos, pero, al no vernos, es como si se nos olvidara en seguida.

Diario de Pepín. Día 98

Mamá se ha enfadado conmigo y me ha reñido mucho. Dos veces. Ayer y hoy.

Es que hay veces que no puedo remediarlo y, aunque yo sé que a mamá no le gusta que haga algo, pues no puedo menos y lo hago.

Mamá estuvo cambiando de sitio algunas macetas y, aunque eran las mismas de siempre, para mí fue, de pronto, como si nunca hubieran estado allí y fueran unas recién llegadas. Total, que no pude menos que dejarme llevar y comerme la raíz de una –que olía divinamente- después de sacarla de la tierra, claro. Mamá vio en seguida algo de tierra en el suelo y empezó a mirar por todas partes como si estuviera buscando un rastro. Primero vio la tierra en el sofá, y a mí encima, que estaba tan a gusto que no la vi llegar, y luego vio un trozo de raíz sobre la cama, que me dijo que cómo era posible que, en tan poco tiempo, fuera yo capaz de armar tanto. Se enfadó mucho y me echó del sofá, y me tuvo un rato muy grande –eterno-, en la camita de fuera mientras ella y Sofía estaban en la sala.

Eso fue ayer, después, cuando a mamá se le pasó el enfado y yo ya había pensado mucho sobre lo que había hecho, ya todo fue muy bien. Por si acaso, estuve toda la tarde un poco cabizbajo –hasta que nos fuimos al parque y ya se me olvidó- que no quiero que mamá se piense que me tomo estas cosas a la ligera, pero hoy, mamá volvió a andar con macetas en el balcón y… no me pude resistir. Y vuelta a empezar.

Diario de Pepín. Día 97

Podría decirse que tengo una pandilla. Todos los días, a última hora de la tarde, mamá y yo vamos al parque, y, mientras ella habla con los papás de los otros perros, nosotros corremos y jugamos sin parar. Bueno, la verdad es que mamá me suelta la correa a la entrada del parque y yo salgo corriendo como si no hubiera un mañana, tan de prisa que mamá no puede alcanzarme y llega mucho después que yo. Todos los papás me conocen ya y me saludan al verme y ya saben que mamá llegará después.

Max, Chico, Nieve, Pirata, Rayas, Browni, Boni, Bico, Escapi y Thor no fallan nunca. Yo soy el más pequeño, pero a ninguno le importa y, si toca correr, pues corremos igual que si todos fuéramos como Rayas, que es un galgo enorme. Casi siempre al final, llega Cayetana y algunos días también Gala, que es el perro más grande que yo haya visto nunca –dice mamá que es una perra mastín-. Flavia, Colate y Nora están algunos días, y a mí me gusta jugar, sobre todo, con Nora porque es la más parecida a mí en tamaño y podemos pasarnos horas –si nos dejaran horas- jugando a mordernos las orejas y el cuello. Nora también es adoptada, como yo, y, cuando ya es tan de noche como ahora que es casi invierno, su mamá y la mía nos vigilan gracias a que Nora tiene un abrigo rosa y yo uno rojo; así ellas nos ven cuando nos perdemos en medio de toda la pandilla. Jugamos tanto que Nora acaba con el abrigo todo desabrochado y yo con el mío todo lleno de barro. Supongo que a ella le pasará como a mí, que, de pronto, según vuelvo para casa, estoy deseando ya subirme al sofá y quedarme dormido. Aunque todavía queda eso de que mamá me limpie las patitas con una toallita –y hasta la barriga- porque dice que así no me puedo meter en la cama.

Diario de Pepín. Día 96

Dice mamá que ya ha caído la primera helada del invierno, sin ser invierno. Yo, hasta ahora, no sabía lo que era eso del invierno, pero ahora ya sé que quiere decir ese frío que me saca lágrimas de los ojos cuando ando por la calle. Yo no puedo ver los tejados de la ciudad porque soy bajito y, además, casi siempre voy mirando al suelo buscando qué olfatear, pero dice mamá que algunos tejados están blancos. Lo que sí he visto, y he probado –aunque mamá no me deja chupar- son unos granos blancos sobre el suelo mojado. Eso debe ser también cosa del invierno, como el abrigo rojo que mamá me pone desde hace días cada vez que salimos a la calle, que, bien es verdad, yo no lo quería al principio e, incluso, cuando me lo quita en casa, la ayudo a quitármelo mordiendo por un extremo para tirar de él, pero también es verdad que, el otro día, que llovía bastante, yo no quise salir hasta que mamá me lo puso, que parecía que estuviera dudando y maldita la gracia que me hace a mí ponerme pingando de agua.

Además de esto del invierno, ha pasado algo extraordinario. Yo estaba comiendo un poquito de yogur que mamá me había puesto en el comedero pequeño y, cuando quise darme cuenta, Sofía estaba a mi lado, tan tranquila, bebiendo agua. Yo hice como que no me enteraba porque, si le digo algo, con la alegría que me dio, sale pitando a subirse a algún lado donde yo no la alcance. A ver si, al final, vamos a acabar siendo amigos… aunque aún es pronto, porque hace unos días me subí encima de ella para abrazarla y tardó nada y  menos en salir corriendo. Lo que sí hemos conseguido es dormir la siesta con mamá –Sofía en su pecho y yo en sus piernas- aunque, para eso, mamá tiene que repartir sus manos y tocarnos a los dos a la vez todo el tiempo. Y parece mentira, pero conseguimos dormir un ratito.

Diario de Pepín. Día 95

A mí me gusta corretear por la calle y oler las esquinas y los árboles, supongo que como a todos los perros. Lo que no me gusta es entrar en algún sitio cerrado y con gente. Por eso no me gustan las tiendas; aunque dejen pasar a los perros, no me gustan nada; incluso, a veces, mamá tiene que cogerme en brazos para que me tranquilice y deje de tirar de la correa.

Pues esta mañana ha vuelto a pasar, pero ha sido diferente. Hemos salido temprano y abrigados los dos porque hacía mucho, mucho frío, y al cabo de nada de tiempo, mamá se ha empeñado en que entráramos en una casa grande –bueno, no era una casa pero lo parecía por fuera-. Yo protesté, como siempre, pero como había mucho espacio y poca gente, entré sin armar demasiado escándalo. Después mamá se ha acercado a una mesa grande llena de papeles, casi todos blancos. Para entonces yo ya quería marcharme y mamá estaba apurada porque yo era el único perro que había allí, así que me cogió en brazos. Después metió un papel blanco en un sobre blanco y escribió algo en un papel de color y lo  metió en un sobre de color y nos fuimos hasta otra mesa enorme donde estaban sentados unos señores que miraron a mamá y luego escribieron

en un papel. Una de las mujeres me miró a mí también y sonrió pero no escribió nada; solo preguntó si yo también iba a votar. Yo no lo entendí pero mamá sí que debió entenderlo porque también sonrió y le dijo que era muy importante que yo aprendiera lo que era votar. Entonces mamá metió un sobre en una caja transparente que había allí, y el otro sobre en otra caja al lado. Y nadie había mezclado los colores.

Luego nos fuimos en seguida a corretear como otros días. Yo no sé si aprender a votar es muy útil para un perro como yo pero estoy seguro de que, si es importante para mamá, también debe serlo para mí. De todas formas, un poco sí lo entendí porque mamá me dijo: “Pepín, cariño, nosotros, una veces salimos a corretear y otras nos quedamos en casa,  ¿no es verdad?. Bueno, pues lo que de verdad importa es que nadie pueda prohibirnos entrar o salir de casa ¿Lo has entendido?”  Y eso sí que lo entendí.