Diario de Pepín. Día 105

Esta mañana nos hemos encontrado con un hombre, yo diría que ni joven ni viejo, de la edad de los papás de mis amigos del parque. El hombre iba por la orilla de la calle, junto a la pared, y nadie, excepto mamá y yo, pasaba por allí. Iba por el sitio que más me gusta a mí para ir olisqueando todo el rato, y a esas horas, que es tan temprano, es una delicia pasear la nariz por todos los rincones. Bueno, pues el hombre nos vio y siguió pegado a la pared –todo el mundo se retira cuando ve a un perro, porque es más fácil eso, que hacernos cambiar de opinión a nosotros-, y, al cruzarnos, yo casi no me di cuenta, porque cuando me dedico a olisquear se acaba el mundo para mí, pero mamá me retiró tirando de la correa para que el hombre siguiera caminando pegado a la pared. Que se veía que él no iba a dejarme paso.

Y digo yo que hay que ser muy infeliz para empezar el día así, para tener que ganarle el terreno a un perro a las siete de la mañana, cuando, además, nadie te ve. Hay que ser muy infeliz para que esa sea la batalla que vas a ganar a lo largo del día. Pobre hombre, seguro que no tiene un perro que lo quiera todo el rato, o tiene un jefe que le hace la vida imposible, o, a lo peor, tiene una familia que hace como que no lo quiere todo el tiempo. Y por eso va así por la calle, demostrándose a sí mismo que es importante, porque no se lo demuestran los demás.

Autor: AdelaVilloria

Trabajo para poder comer. Escribo para poder vivir.

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