Diario de Pepín. Día 98

Mamá se ha enfadado conmigo y me ha reñido mucho. Dos veces. Ayer y hoy.

Es que hay veces que no puedo remediarlo y, aunque yo sé que a mamá no le gusta que haga algo, pues no puedo menos y lo hago.

Mamá estuvo cambiando de sitio algunas macetas y, aunque eran las mismas de siempre, para mí fue, de pronto, como si nunca hubieran estado allí y fueran unas recién llegadas. Total, que no pude menos que dejarme llevar y comerme la raíz de una –que olía divinamente- después de sacarla de la tierra, claro. Mamá vio en seguida algo de tierra en el suelo y empezó a mirar por todas partes como si estuviera buscando un rastro. Primero vio la tierra en el sofá, y a mí encima, que estaba tan a gusto que no la vi llegar, y luego vio un trozo de raíz sobre la cama, que me dijo que cómo era posible que, en tan poco tiempo, fuera yo capaz de armar tanto. Se enfadó mucho y me echó del sofá, y me tuvo un rato muy grande –eterno-, en la camita de fuera mientras ella y Sofía estaban en la sala.

Eso fue ayer, después, cuando a mamá se le pasó el enfado y yo ya había pensado mucho sobre lo que había hecho, ya todo fue muy bien. Por si acaso, estuve toda la tarde un poco cabizbajo –hasta que nos fuimos al parque y ya se me olvidó- que no quiero que mamá se piense que me tomo estas cosas a la ligera, pero hoy, mamá volvió a andar con macetas en el balcón y… no me pude resistir. Y vuelta a empezar.

El moco

-¡No! ¡No hagas eso!
El grito de su madre le paralizó, se giró hacia ella con la serenidad de un niño de tres años y vio como ella se le venía encima como un vendaval, le sujetaba con fuerza la muñeca, lo arrastraba hasta la encimera y arrancaba una porción de papel de cocina para limpiarle las narices y la mano que tenía el moco colgando.

-¡¿No te habrás comido más?!- sin duda su madre estaba nerviosa aquel día, no podía ser que gritara así sólo porque él se había sacado de la nariz un moco medio seco. Es verdad que ya se había comido uno, pero estaba solo cuando lo había hecho, ella no lo había visto. También había chillado su madre cuando, hace meses, le vio limpiándose el dedo pringoso en la pared y dejando allí un moco que, al cabo de unas horas ya parecía una mosca disecada. No entendía por qué estas reacciones, los mocos salían de su nariz, eran algo suyo, o, más bien, él los encontraba allí cuando hacía prospecciones de búsqueda, no olían mal, como la caca o el pis, que también salían de él pero de muy malas maneras, y, además, si estaban tan cerca de la boca, qué importancia podía tener que se los comiera. Sólo sabían un poco salados y le gustaba aplastarlos con la lengua.

Había revivido la escena, esa y otras parecidas, en esa ocasión y en otras muchas a lo largo de sus cuarenta años, con la misma intensidad, con la misma frescura de entonces. Sacarse los mocos de la nariz cuando estaba sólo se había convertido en una forma de afianzar su individualidad a lo largo de los años, y comérselos, en una forma de rebeldía contra su madre y contra todos. Es verdad que, en los últimos meses, se había reconciliado un poco con la vida y liberaba su nariz con un gesto maestro del pulgar izquierdo, ayudado, a veces por el índice, pero ya no sentía el impulso de saborear el botín, de modo que siempre había un pañuelo de papel al lado para hacerse cargo. Recordó aquello mientras conducía por aquella carretera sin tráfico, su madre violentada echándose literalmente sobre él, y lo recordó, no sólo porque un rato antes había visto al menor de sus hijos reproduciendo la escena y no había tenido valor para recriminarle, hasta tal punto lo entendía, sino porque, cuando miraba atentamente el moco que a él mismo le colgaba del índice izquierdo mientras hábilmente sujetaba el volante con la mano derecha, vio como le adelantaba en la carretera el BMW de su vecino y éste le saludaba jovialmente al reconocerle. No pudo buscar el pañuelo, no sintió el impulso de abrir la boca y tragar, ya no, tan solo pudo reaccionar pegando apresuradamente el moco en el volante, saludando cortésmente como manda la buena educación, y limpiando después la mosca disecada, como habría ordenado su madre.