Diario de Pepín. Día 3

Sé ladrar. Quiero decir que sé ladrar como un perro grande, sin ese chillido que me sale cuando quiero quejarme. Ayer por la noche, Sofía estaba tumbada en una de las camitas donde yo había estado antes –creo que, en realidad, se la he quitado yo a ella, pero eso no importa-y, desde una cierta distancia, desde la puerta del salón por si tenía que salir corriendo, le lancé dos ladridos que hasta mamá se quedó impresionada. La verdad es que yo también me quedé pasmado al escucharme y, aunque lo intenté de nuevo, luego ya solo me salieron dos chillidos histéricos.

Las cosas con Sofía van de esa manera. Me bufa menos, esa es la verdad, yo creo que se va acostumbrando, pero me mira con desconfianza y, a veces, cuando se cruza conmigo en casa, se asombra de que todavía siga allí.

Ayer tuvimos un momento muy dulce porque mamá me subió al sofá –yo no alcanzo a subirme- y Sofía se colocó del otro lado de mamá. Y así estuvimos los tres, tranquilitos. Hacía un poco de calor, tan juntos, pero ninguno dijo nada y yo me quedé dormido hasta que llegó el momento de ir a acostarnos. Después le pedí a mamá que me subiera también a la cama, que es más alta que el sofá y mucho más alta que yo, pero me acarició la cabeza y me dejó en la alfombra, como las otras noches. Ella me dijo “no, que te caes” pero yo creo que también tenía miedo por si me hacía pis. Así que me he esforzado y ya soy todo un campeón, he hecho caca y pis en el parque y  mamá me ha hecho muchos cariñitos y me ha dado un pedacito de colín.

Me sigo acordando de mis hermanos y me gustaría que mi mami Alba –mi mamá perra- y mi mami humana, supieran que estoy bien. Pero yo creo que sí lo saben, que las mamis saben esas cosas aunque no se les digan.

Diario de Pepín. Día 2

Yo creo que la cosa va bien. La primera noche, mamá me dejó dormir en la alfombra de su habitación y yo me puse lo más cerca que pude de ella. Dormí toda la noche de un tirón y ni siquiera me di cuenta de que la gata había dormido a su lado, en la cama. Yo creo que, si me porto bien, también podré dormir con ella, más adelante.

Como quiero hacerme mayor muy de prisa, aguanté toda la noche el pis pero, como tardamos en salir a dar un paseo, ya no pude más y me lo hice en el salón. Mamá se dio cuenta en seguida y lo recogió, y me dijo que “allí no”, pero ya no había remedio. Si yo lo sé, que a los humanos no les gusta que le mees el suelo, pero ya no podía más. Esta noche me he esforzado un poco más y he aguantado hasta llegar al parque. Mamá se ha puesto muy contenta, me ha dicho cosas lindas y me ha dado muchos cariños. A ver mañana.

La gata se llama Sofía. Lo sé porque, cuando está cerca de mí y me bufa, mamá le dice “Sofía, no”. Y se lo ha dicho muchas veces, pero no hemos llegado a mayores. Esta mañana, los dos nos asustamos, Sofía y yo, porque estábamos uno a cada lado de una esquina del pasillo y, al vernos de golpe, ella me bufó muy cerca y yo chillé como si me hubiera hecho algo. Pero fue el miedo, y ya no le tengo más miedo.

La vida del perrito de ciudad es muy atribulada. Todos los árboles huelen a pis y hay mucho que recorrer. Hay muchas hojas en el suelo y colillas, y algunas plumas. Yo quiero olerlo todo y cogerlo todo con la boca, pero mamá me dice “vaaamos” y me tira un poquito de la correa para que no me entretenga. Y luego, al llegar a casa, me limpia el morro y las patitas con una tela húmeda que huele muy bien. Yo creo que eso no es muy propio de perros, pero no pienso protestar, porque después, ella me da cariñitos otra vez.

Diario de Pepín. Día 1

Hoy mami me ha llevado al veterinario. La última vez fui con mis hermanas, pero hoy no. Estaban esperándonos allí la mujer del pelo blanco y el chico barbudo que vinieron a verme a casa de mami hace un par de semanas. Hoy el chico llevaba otra gorra, pero era él.

La mujer me ha cogido en brazos y los dos me han hecho muchos cariños, como a mí me gusta. Y me han sacado fotos. Mami también me ha sacado una foto para “el momento feliz”. Eso significa que ya tengo una familia para siempre. Lo sé por mis hermanos, que, en este último mes, se han ido de uno en uno, muy contentos, con humanos que venían a vernos. Y mami les hacía una foto para “el momento feliz”. Cuando había visitas yo corría más que ninguno y luego me despanzurraba al sol porque los humanos se entusiasmaban conmigo, pero no me llevaban con ellos. Yo creo que mis patitas cortas no les gustaban demasiado.

La veterinaria me ha tocado por todas partes, como siempre, y me ha clavado algo en el cuello. Apenas me ha dolido pero he chillado un poco para que mami y mi nueva mamá y el chico de la gorra me llenaran de cariños otra vez. Después mami se ha despedido de mí con un montón de besitos y nosotros tres hemos hecho un viaje. Yo creo que, por lo menos, hemos tardado un rato de esos largos, largos. A mí no me gustan demasiado los viajes, porque se me revuelve el estómago y se me llena la boca de saliva, pero tragué y tragué y ya está.

Hoy ha sido un día muy emocionante. En mi nueva casa vivimos mamá, una gata y yo. El chico de la gorra no vive con nosotros. A mí no me importa la gata, al fin y al cabo, yo acabo de llegar, me ha olido un poco y yo he pasado de ella porque no quiero problemas. Mamá me ha puesto una mantita al lado del sofá y la gata, cuando pasa a mi lado, se separa un poco y me mira con desconfianza. He visto cómo una vez se le ha puesto el rabo gordísimo, lleno de pelos de punta, pero yo he hecho como si nada porque no es culpa mía.

Por la tarde mamá me ha llevado a otra casa que no tiene sofás, ella dijo que era la oficina, pero no sé todavía qué significa eso, voy aprendiendo poco a poco. Ella se sienta delante de una mesa y toquetea todo el tiempo unos botones mientras mira una ventanita que se ilumina. Yo me he acostado al lado de su sillón y me he puesto a dormir, tranquilito, toda la tarde. A su lado. Después, cuando casi era de noche, nos hemos ido juntos al parque. Había muchos perros, todos grandes. Todos los perros me huelen, yo aguanto con el rabo entre las piernas pero tiemblo un poco y luego ya se van, y todos los humanos que me ven dicen que soy muy pequeñito y sonríen. Y algunos se acercan para acariciarme la cabeza. Me da vergüenza decir que, cuando vino el primer perro grandote a olerme tuve mucho miedo, mamá se dio cuenta y me cogió y yo le meé la falda. Pero ella no se enfadó y seguimos un rato todavía correteando por el parque.

Yo creo que no ha ido mal el primer día de mi nueva vida. Mamá y el chico de la gorra me quieren, se lo noto. Y la gata… bueno, ya me querrá poco a poco. Yo voy a portarme bien. Prometo no llorar y hacer lo posible para no mearme en casa pero aún soy pequeño y me cuesta mucho…

Librería de viejo

El libro era un ejemplar muy viejo de una edición ya antigua. Tenía las hojas gruesas y ásperas, de márgenes escasos, y la letra demasiado pequeña para animar a leer.

Lo abrí porque los libros viejos despiertan en mí un interés especial, no tanto sobre ellos mismos como sobre sus dueños. A veces aparece un exlibris en las páginas preliminares, a veces una fecha o una firma y yo trato de imaginar su recorrido hasta allí, por qué dejó de interesar, si no gustó o si no gustó lo suficiente como para conservarlo.

No recuerdo el título de aquel, pero el autor se lo había dedicado a una tal Pilar con un cariño que, a buen seguro, no fue correspondido, y con el deseo, sin duda insatisfecho, de que le gustara. “A Pilar con cariño. Espero que te guste”.

Pensé, con alivio, que el escritor nunca habría llegado a enterarse de su fracaso.

Bolsas

La chica del supermercado encargada de la frutería está muy atareada. Arrastra cajas y ordena cuidadosa y velozmente el género, y, a cada momento, se acerca a pesar las bolsas medio llenas que los clientes le ofrecen. Una mujer cincuentona y bastante arreglada para ser un sábado por la mañana le pide una bolsa para naranjas, y, entre peso y peso, ella le da una bolsa de plástico grande y con asas. Las naranjas abultan mucho.

Al cabo de unos quince minutos me acerco a las cajas automáticas para pagar. Siempre están muy concurridas y hay que hacer cola, pero son más rápidas que las cajas donde hay cajeras porque la gente llega menos cargada. Mientras espero, veo a la mujer, que ya está frente a una de las cajas. Da al botón de usar sus propias bolsas y saca del bolsillo una arrugada bolsa de plástico para naranjas. Mete en ella las cosas que ha comprado y se marcha. Seguramente piensa que ella es la más lista. Yo pienso que es la más miserable.

Tú, que todo lo ocupas

El hombre era viejo y llevaba un bastón. También llevaba una mochila, como la gente joven, pero no por eso parecía menos viejo. La mujer, de una edad parecida, llevaba un bolso de mano grande y plano, de esos que permiten llevar de todo cuando, quien no utiliza bolso cada día, necesita viajar sin equipaje. Él era menudo y  llevaba un tres cuartos ligero y oscuro, ella era grande y gruesa y no llevaba abrigo; se tapaba la tripa voluminosa y el pecho caído con una rebeca abrochada hasta el cuello.

La mujer se sentó junto a la ventanilla y se dispuso a mirar el paisaje. El hombre, en cambio, en el asiento del pasillo, comenzó a desgranar pensamientos. Alguna vez le preguntaba algo a la mujer, pero casi todo el tiempo fue diciendo en voz alta lo que se le pasaba por la cabeza. Eso sí, cada dos frases al menos, decía el nombre de la mujer como para llamar su atención, pero sin esperar respuesta. Empezaba la frase, decía su nombre, y continuaba hasta finalizar. En realidad, no la llamaba, decía el nombre al aire como si fuera un tic o como si necesitara apuntalar su compañía. La mujer raramente lo miraba y contestaba, si era imprescindible, mirando el paisaje. A requerimientos de él, dos o tres veces, buscaron papeles en el bolso y, también al encontrarlos, estaba claro que los papeles le interesaban al hombre y la mujer solo los llevaba encima.

Al cabo de media hora de viaje el viejo ya había reflexionado sobre su salud, sobre sus visitas al médico de la capital, sobre la vida en los bares, sobre la actitud de un vecino que, al parecer, se había reconducido en el buen camino vecinal y sobre la cantidad de leña que antes había en aquellos cerros comparado con ahora. Al cabo de unos minutos volvió a llamar por su nombre a la mujer y le tocó en el hombro para que lo atendiera. La mujer lo miró con el mismo desinterés que hasta entonces. Y él le dijo: María, hay que decirle (no dijo “tienes que decirle”, dijo “hay que decirle” como si fuera cosa de ambos o de otros que no eran ella) a la mujer que te corta el pelo que tiene que darte una red para la cabeza. Y como la mujer no dijo nada ni asintió con gesto alguno, el hombre le tocó con impaciencia la parte de atrás del pelo, la que se le despeinaba al dormir. La mujer, resignada, volvió a mirar el paisaje.

Lluvia

Afuera sigue lloviendo y también aquí dentro el aire se ha vuelto más limpio.

No tengo ventanas a mi alcance pero escucho cómo pasan los coches exprimiendo a su paso el agua sobre el asfalto y ese sonido inconfundible me acerca a la imagen del agua sobre los paraguas, sobre la gente que corre a refugiarse, sobre los árboles que forman goterones y cimbrean las ramas delgadas bajo su peso. Veo llover con solo escuchar el eco tardío de la lluvia, cuando ya ni siquiera es lluvia.

En el libro de ayer llovía sin ruido. El hombre sin nombre de la novela vive de prestado en una casa en la montaña y ve llover a través de sus ventanas. La lluvia de ese otoño japonés es fina, suave, y cae sin ruido, sin hacerse notar demasiado si no fuera por el frío que la acompaña. Murakami no explica en sus libros los hechos que decoran la trama principal. Tan solo los cuenta como una rutina, sin insistir mucho en ello, sin distraer la atención de lo que importa, pero, aun así, yo vi su lluvia fina y fría, silenciosa y benefactora. Y ahora esa lluvia me llama, me pide que salga a la calle esquivando los charcos y los coches y vaya a acurrucarme al sofá, a respirar el olor limpio del bosque oscuro y a observar cómo un hombre que se busca a sí mismo mira llover a través de los cristales.

Volver

Me di cuenta cuando volví a la ciudad, después de tantos años. Era la misma que habíamos recorrido juntos, los mismos bares, los mismos rincones… pero no era la misma. Ahora la veía plana, distante; su manto protector había desaparecido. La luz que fue mi inspiración en otro tiempo se había tornado mortecina y cualquier lugar al que mirara era uno más.

Me di cuenta de que, en realidad, las cosas seguían igual, inanimadas. Los mismos edificios, algunos bares nuevos, tiendas cerradas con escaparates sucios y pintarrajeados, los niños en los parques y los viejos en los bancos, buscando el sol. Y me di cuenta de que era yo el que había cambiado. Ya no vivía para las mismas cosas que entonces. Ya no miraba a mi alrededor como si necesitara embeberme de la vida de los otros, ya había vivido lo suficiente como para haber aprendido a vivir solo.

No me malinterpretes, nadie me sobra, pero a nadie necesito. Ya no voy corriendo detrás de los afectos, quizás porque con el tiempo aprendí a quererme un poquito más. Sí, añoraba la ciudad de aquellos tiempos hasta que me di cuenta de que añoraba lo que entonces viví. Y en ese mismo instante, pude verla de nuevo en toda su belleza. Era mi corazón, baqueteado de retiradas y de dejar marchar, el que latía; eran mis ojos llenos de vida los que hacían magníficas aquellas piedras doradas por el sol.

(De «Las memorias de Ismael Blanco»)

El pueblo

No fui feliz allí, pero no me di cuenta hasta mucho tiempo después. En realidad fue la pregunta de Pablo la que me hizo despertar. Me preguntó si, ahora que ya no trabajaba, iba a volverme al pueblo. Y le dije que no.

Me sorprendió la pregunta, me pareció fuera de lugar, una ocurrencia desafortunada. Pero el único que estaba fuera de lugar era yo. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza algo así, y, ahora que la pregunta de Pablo me obligaba a recapacitar, me daba cuenta de que nunca había pensado en volver, de que nunca había querido volver allí.

Cuando era niño me sentía fuera de lugar. Probablemente me habría pasado lo mismo en cualquier otro sitio, pero era allí donde estaba. No encajaba bien entre los otros niños, que me hacían sentir diferente. Y la gente del pueblo… Siempre los he visto como fuego amigo, tan peligroso que puede matarte. Siempre tuve la sensación de que me acechaban, de que, a cada paso o con cada gesto, una doble sombra me seguía, la mía y la que ellos dibujaban. Siempre bajo su mirada crítica; siempre bajo su juicio inapelable.

Me marché en cuanto pude, y creo que nunca sentí nostalgia ni del lugar ni de los momentos. Volví muchas veces, claro. Mientras vivieron mis padres volví a menudo, pero nunca paré lo suficiente como para que algo o alguien me hicieran cambiar de opinión. Por eso ahora, que puedo disponer del tiempo, podría regresar a cualquiera de los otros pueblos donde viví después y dónde fui feliz a veces. Pero al mío, no.

(De las memorias de Ismael Blanco)

La casa de ladrillo rojo

En la última curva de la carretera que atravesaba el pueblo había una casa abandonada. Era de ladrillo rojo y la vegetación que crecía sin control había ido cercándola, como si quisiera ahogarla. Ladrillo rojo en un mar verde. Todo en el pueblo era verde, salpicado por aquí y por allá de tejados oscurecidos por la humedad y fachadas de ladrillo o pintadas de colores claros.

En la casa de la curva solo habitaba el abandono. La verja de la entrada estaba entreabierta, o entrecerrada tal vez. Los arbustos habían invadido el espacio que permitía el paso y la puerta de hierro oxidado había quedado fija en un ángulo escaso, como si alguien se la hubiera dejado abierta al salir o, finalmente, no se hubiera atrevido a entrar. Sin duda hacía mucho tiempo que nadie atravesaba aquella entrada.

Los ladrillos rojos de las paredes lucían desgastados, envejecidos, como contagiados de la decadencia interior, de la falta de vida. Algunas ventanas permanecían cerradas, pero, la mayoría, de madera terriblemente envejecida por la falta de cuidado, despellejada y surcada de grietas, enmarcaban solo cuadros negros como pozos, sin la máscara benévola de los cristales. A través de la puerta principal, también entreabierta, se veía la vegetación que había invadido ya el interior de la casa.

En la segunda planta se mantenía firme la baranda oxidada de un balcón amplio y, en cada extremo del balcón había una silla de terraza, oxidada también. Las dos sillas estaban abiertas, una frente a la otra. Nada quedaba ya en la casa que pudiera recordar a los que habían vivido en ella. Nada, salvo las dos sillas esperando que la pareja que allí había vivido, saliera al balcón a la caída de la tarde -uno frente al otro, no frente a la calle o frente al monte-, para reposar, para conversar y para tomar el fresco en compañía.

Todo se lo habían llevado de la casa, menos las sillas del balcón. Todo había desaparecido ya, comido por el monte, pero, mientras las dos sillas siguieran esperando la puesta de sol, los dos viejos seguirían vivos allí, y la casa seguiría en pie.