Librería de viejo

El libro era un ejemplar muy viejo de una edición ya antigua. Tenía las hojas gruesas y ásperas, de márgenes escasos, y la letra demasiado pequeña para animar a leer.

Lo abrí porque los libros viejos despiertan en mí un interés especial, no tanto sobre ellos mismos como sobre sus dueños. A veces aparece un exlibris en las páginas preliminares, a veces una fecha o una firma y yo trato de imaginar su recorrido hasta allí, por qué dejó de interesar, si no gustó o si no gustó lo suficiente como para conservarlo.

No recuerdo el título de aquel, pero el autor se lo había dedicado a una tal Pilar con un cariño que, a buen seguro, no fue correspondido, y con el deseo, sin duda insatisfecho, de que le gustara. “A Pilar con cariño. Espero que te guste”.

Pensé, con alivio, que el escritor nunca habría llegado a enterarse de su fracaso.

Libros

Paseó la vista por la librería, quedamente, recreándose en cada estante, torciendo un poco el cuello para leer en silencio cada título; incluso acarició con la punta de los dedos el lomo despellejado de algunos libros y las esquinas rizadas por el manoseo en los de bolsillo… Cerró los ojos y escogió un libro a ciegas, dejándose llevar por la casualidad o el destino, según se mire, y, como siempre, se fue a la última página, para leer desde el último punto y así dejarse arrastrar por el texto, como las olas tiran del cuerpo hacia mar adentro con cabos invisibles e irremediables. En la última página, escrito a mano con estilográfica, podía leerse “¿Quién eres…? Un enigma…una realidad…una promesa…un sueño…un deseo…todo eso, y más”.

Pasó la mano por la hoja, como alisándola, y cerró el libro con cuidado, como se arropa a un niño en su cama, se acercó el libro al pecho en un abrazo íntimo y respiró hondo. Y supo que ya no sería posible dejar de vivir aquella historia.