La prueba

Desde que, de pequeño, su tía, una sombra larguirucha y malhumorada, de la que decían que se había quedado soltera porque no  había quién la aguantara, le dijo que tenía la cabeza hueca, ese sambenito le había perseguido durante toda su vida como una maldición. A él no le había preocupado mucho el asunto, salvo cuando quiso hacerse novio de la Chon y los padres le pusieron mala cara porque, dijeron, siempre había sido un poco lelo y todo el mundo lo sabía.

Fue el Román, el hijo de la Vicenta, el que corrió el pueblo de cabo a rabo para  contarlo; que el Fabián se había subido a una higuera, a la parte más alta, a por los higos más gordos, y se le había roto la rama y se había caído del árbol, y se había oído un ruido como el de una sandía cuando se revienta. Y allí se había quedado el Fabián, con los ojos abiertos y los sesos desparramados por el suelo, que, mira por donde, estaba claro que no tenía la cabeza hueca.

 

Urgencias

El infarto llegó a las doce de la mañana, el hombre había empezado a encontrarse mal después del desayuno y no había querido asustar a la familia, que se había reunido después de mucho tiempo de ausencias. Llegó pálido, sudoroso y angustiado, con tal sensación de gravedad que ninguno de la media docena de pacientes que esperaban inquietos en la sala de espera se atrevió a protestar cuando la enfermera le hizo pasar sin esperar su turno. Inmediatamente cuatro manos y dos cabezas bien  centradas se pusieron con él, mientras alguien más tranquilizaba a la familia, y ordenaba un poco el caos de la mañana en el Centro de Salud.

Dentro ya se atendía a una anciana que no se tenía en pie, mareada y sin dejar de vomitar, cuando el teléfono sonó, con esa urgencia de lo desconocido que lo convierte en prioritario. La enfermera aceleró el inyectable que ya estaba poniendo y corrió a coger la llamada, que todo lo grave se junta, y, tras el saludo habitual de “Urgencias, dígame…” y la repetición un poco crispada de “¡Urgencias, dígame!…” oyó decir al otro lado, “Ah, es que estaba probando a ver si ya me funcionaba el teléfono, que antes no me iba…”. La enfermera se separó del auricular y lo miró, incrédula, antes de colgar sin decir palabra.

Aceite de colza

Que sí, que ahora lo cuenta, a pesar de todo; a pesar de las hemorragias y el cansancio, y de boquear como un pez cuando sube dos escalones, y de esos dolores de tripas que le hacen retorcerse, y esos dedos agarrotados que no sujetan ni la cuchara.

Que es como si fuera ayer, trabajando en Madrid hace treinta años, soltero y en casa de la patrona, y comiendo y cenando en el bar, que allí solo iba a dormir y a que le lavaran la ropa, y a otro compañero y a él les cayó lo del aceite, que él estaba hecho una mierda y le decían que no tenía nada porque no salía la enfermedad, aunque te iba matando por dentro; y hasta que, al final, ya lo ingresaron y estuvo a la muerte.

Que eran otros tiempos, que luego nos pagaron todo, hasta las tiritas y el agua oxigenada, para toda la vida; que qué mala suerte tuvimos, ¿no?; porque nadie iba a ser tan canalla de matarnos con ese veneno sólo para ganar más; vamos, digo yo…

El adiós

A él le dijo que llevaba mucho tiempo preparándose para ese momento, pero no era verdad; en  realidad, sólo llevaba mucho tiempo temiendo que llegara ese momento; el suelo se abría bajo sus pies y ella no podía agarrarse a nada para evitar que la oscuridad la tragara. Se sintió como un náufrago, intentando bracear en medio del océano, inútilmente.

Le agradeció la sinceridad, y se dejó hundir en aquel dolor mudo y sin lágrimas. Y se sintió terriblemente sola. Otra vez.

Leer

Fue el ruido de la puerta al cerrase de golpe lo que la devolvió a la realidad. Incluso se asustó un poco y levantó bruscamente la cabeza mirando alrededor con temor. Cerró el libro y esperó. De nuevo iba a repetirse la misma escena de siempre, su madre, reprochándole que no hubiera hecho las tareas que le había encargado; su hermana, mirándola con un aire entre la reprobación y la conmiseración, y ella, sin saber qué decir, sin entender por qué debía  justificar que no quisiera convertirse en una mujer de su casa, por qué odiaba tener que limpiar o coser cuando en los libros la acechaban tantas cosas interesantes, tantas vidas por vivir sin moverse de aquella habitación que era una ventana abierta al mundo, hasta que había llegado su madre son sus estúpidas normas de educación y la había convertido en una cárcel.

Ausencia

Ocupó su tiempo como supo, trabajó concienzudamente, salió con amigos, visitó museos y exposiciones, fue al cine y a conciertos, salió a caminar y montó en bicicleta, incluso durmió la siesta y leyó cada noche hasta quedarse dormido y, cada día, sin previo aviso, aquella sensación repetida que interrumpía cualquier cosa que estuviera haciendo, un vuelco que localizaba en el estómago, el tirón de una cuerda invisible… Y entonces se daba cuenta de cuánto la echaba de menos.

La casa.

Era una casa pequeña en un pueblo pequeño; una casa de esas que te devuelven la paz que no has perdido, que te sosiegan el alma y que, en seguida, huele a ti; una de esas casas fresquita en verano y refugio en invierno, con un troje vacío donde almacenar todos los miedos y todos los fantasmas, un troje donde también bailen las hadas que te dieron la mirada inmensa de aquel niño que empezaba a enamorarse, hace tantas vidas ya, y de todos los niños que después han sido.

El abrazo

Sintió su mirada desde atrás, como si una mano invisible le tocara el hombro para llamar su atención, como si una voz tranquila susurrara al oído su nombre, te conozco, he venido a ver tu exposición, he venido a verte… Apenas había cambiado, supo entonces que no había cambiado en esos años, que ya era así en su memoria escondida y ahora, otra vez, la estaba mirando desde la paz de sus ojos verdes, como entonces, y, como entonces, volvía a pararse el tiempo y nada existía a su alrededor. Le tendió los brazos con una sonrisa, con un gesto acogedor que no dejaba lugar a dudas y ella vio como sus propios brazos se levantaban hacia él, dóciles y obedientes, como si eso fuera parte del orden establecido, y volvió a zambullirse, volvió a aferrarse a un tronco que le permitía navegar por todos los mares, volvió a escuchar su respiración solapada a la de él y a sentir el olor a pan reciente de su cuerpo. Cerró los ojos, emocionada al saberse tan frágil y tan fuerte entre sus brazos y cuando él aflojó la presión y la separó un poco de sí para mirarla, ella sólo supo ver la vida que tenía por delante.

Cojos

Él cojea de la pierna izquierda. El dolor empezó poco a poco pero sin ánimo de parar y, ante lo irreversible de la situación, decidió apoyarse en un bastón. Y así anda en los últimos tiempos, que si éste es endeble, que si éste hay que cortarlo porque voy colgado de él, que si en éste me resbala la empuñadura y me voy a caer por su culpa…
Ella renquea de la pierna derecha. Acostumbrada después de tantos años, ni siquiera se da cuenta de que la mayoría de la gente camina sin ese balanceo que ella ya tiene asumido como propio; se ha negado siempre a usar bastón y así seguirá mientras pueda, cojitranca.

Ni siquiera me di cuenta de que eran ellos hasta que les tuve a la altura de mis narices, no les conocí porque no les anunció en la distancia el bamboleo de costumbre; no supe ver desde lejos que los dos cojitos iban de la mano y se bastoneaban uno al otro para no caer. Y se miraban sonriendo.

Sólo cenizas

Sólo cenizas; de ti no quedan ya más que cenizas. Miro la urna y la siento extraña entre las manos, tiemblo como la primera vez que te acercaste a mí con aquella mirada…, como tantas veces en tantos años… Estoy llorando, sin aspavientos, se me inundan las mejillas de lágrimas… Ya lo he decidido, viajaré hasta el mar, hasta el mismo hotel donde pasamos la luna de miel, a la misma playa, y lanzaré al viento tus cenizas para que ya no quede nada de ti sobre la tierra. Y me marcharé hacia mi vida sin mirar atrás. Y dejaré de odiarte.