El brindis

De vuelta en casa. Tres semanas en el hospital que le habían parecido una vida entera. Merecía la pena brindar para celebrar el regreso.

La mesa estaba vestida para la ocasión, con el mantel del ajuar y los platos de la vajilla que le había regalado el banco. Abrió una botella de Ribera del Duero, seis meses en barrica, y se sirvió un poco de vino. Sin sentarse aún, levantó la copa y brindó, señalando con ella el lugar donde habría estado él cualquier otro día.

“Por mí —dijo—, que sigo viva, mientras tú te pudres en la cárcel”.

Diario de Pepín. Día 85

Bro no ha vuelto por el parque. Es un perro grande de patas largas, muy juguetón y muy mimoso. Bro es todo marrón,  excepto una media luna que tiene en la paletilla izquierda, grande y sin pelo, y una raya ancha en el cuello, casi tapada por el collar. ¡Ah!, y le falta un trozo de rabo, pero se apaña muy bien para mover  lo que le queda cuando está contento. Mamá dijo que lo que no era marrón eran cicatrices.

Bro apareció un día con otra mamá diferente y dijo que se llamaba Brownie en realidad y que lo sacaba ella al parque porque sus mamás de otros días lo habían devuelto.  Otra vez. Si mamá no hubiera preguntado yo nunca me habría fijado en eso, en si era la misma mamá o era otra mamá, porque yo voy al parque y bastante tengo con correr como un loco y pedirle galletitas al papá de Cayetana, que, cuando llega, se queda quieto y en seguida le salen de los pies ocho o diez perros como yo –bueno, como yo, no, mucho más grandes que yo, pero yo me pongo de manos y llego al mismo sitio, y, a veces, hasta me da dos a mí porque le hago mucha gracia-.

El caso es que Bro, o Brownie, no ha vuelto por el parque, quizás haya encontrado unos papás en otro parque que no vayan a dejarlo nunca. Pero yo no puedo olvidarme de sus cicatrices y de su rabo cortado.