El brindis

De vuelta en casa. Tres semanas en el hospital que le habían parecido una vida entera. Merecía la pena brindar para celebrar el regreso.

La mesa estaba vestida para la ocasión, con el mantel del ajuar y los platos de la vajilla que le había regalado el banco. Abrió una botella de Ribera del Duero, seis meses en barrica, y se sirvió un poco de vino. Sin sentarse aún, levantó la copa y brindó, señalando con ella el lugar donde habría estado él cualquier otro día.

“Por mí —dijo—, que sigo viva, mientras tú te pudres en la cárcel”.

Brindis

Levantó una copa de vino y, mirando a la familia, mintió al brindar por todos ellos. Y mintió también al desear que su bebé recién nacido se pareciera a cualquiera de ellos. Su padre, tan temeroso de Dios que siempre tenía el infierno en los ojos y en la boca; su madre, tan temerosa de su padre, que ni siquiera levantaba la mirada en su presencia, y sus hermanos, tan reprimidos siempre, tan mermados…

Alzó la copa de nuevo y deseó, casi gritando, que su hijo jamás, jamás, sintiera miedo. Todos lo miraron como alucinados y él, por primera vez en su vida, se sintió un héroe.