Diario de Pepín. Día 31

Yo no sé si los perros tenemos adolescencia, son cosas sueltas que oigo por ahí, pero sí sé que me pasan cosas que no controlo muy bien, que, de pronto, me entra la revolución y no paro y muerdo todo y brinco y me pongo de manos y me puede la necesidad de actividad y, de pronto, me entra un sueño terrible que me deja KO. Mamá dice que parece que tengo un interruptor y que funciona por su cuenta.

Todo el mundo dice que he crecido mucho. Yo creo que sigo siendo pequeño, porque mamá me midió el pecho para comprarme el arnés nuevo y dijo que casi no llegaba a la talla más pequeña. La gente, en la calle, siempre le pregunta a mamá si soy bebé y de qué raza soy, y mamá les dice que cuatro meses y que soy un cruce de razas, pero que no sabe de cuáles porque nací en una perrera. Yo sé que mamá me quiere mucho, muchísimo, pero también sé que mamá quería un perro pequeño y tengo miedo de que, si crezco mucho, ya no me quiera. Aunque, por otro lado, yo creo que no, que me querría igual o parecido porque el otro día le dijo al señor de las tardes que me llama perrete que dormíamos juntos la siesta en el sofá y, cuando él le dijo “mira que los perros crecen y luego no cabe…” ella se puso muy seria y  le dijo: Pues compro otro sofá. Y eso, creo yo, significa que, aunque yo crezca mucho y sea un perro grande, mamá y yo vamos a seguir juntos siempre y nunca me va a llevar a la perrera.

Diario de Pepín. Día 30

Definitivamente, me gustan los domingos. Hemos dado una vuelta enorme, pero enorme de verdad, más de una hora caminando y correteando. Bien es verdad que, a veces, yo le pedía a mamá que volviéramos, pero es que no sabía dónde íbamos y todo me parecía calle y calle, sin más. Pero mamá siguió porque quería llevarme hasta el río. ¡Madre mía, había un montón de agua y muchísimo verde! Y toda la hierba estaba fresquita y correteé por allí de maravilla.

Y hemos perdido el pañuelo. No sé cómo ni cuándo, pero lo hemos perdido. Quizás se enganchó con el arnés nuevo, que me gusta más que el collar porque no noto los tirones en el cuello. Yo creo que el pañuelo le gustaba más a mamá que a mí, por eso supongo que cualquier día se me presenta con otro. Cosas de mamá.

Diario de Pepín. Día 29

Hoy debe ser sábado otra vez porque no hemos ido a la oficina. Mamá ha salido de casa sin llevarme con ella y luego ha vuelto con bolsas llenas de cosas que ha ido colocando en la cocina. Y me ha dado un trocito de manzana. Y me ha gustado muchísimo.

Creo que tengo un amigo. Se llama Cascabel y, de todos los perros que he conocido en el parque, es el que mejor juega conmigo. Es pequeño, más pequeño que yo, lleno de pelos largos que se le manchan mucho, y tiene tantas ganas de jugar como yo. La mamá de Cascabel, que es un poco vieja, habla con mamá mientras nosotros nos chupeteamos los morros y nos olemos el culo. Y luego, cuando mamá dice que ya nos vamos, la mamá de Cascabel sigue contándole cosas y nosotros volvemos a empezar. Es bueno tener amigos.

Diario de Pepín. Día 28

Hoy me sacaron una foto en la plaza. Casi todos los días veo allí perros repetidos y gente repetida. Hoy volví a ver una perra blanca y negra, dos o tres veces más grande que yo y a su mamá, que es más joven que otras mamás. Primero nos acercamos nosotros, los perros; nos olimos el morro y dimos un par de vueltas más oliéndonos el culo. Mamá solo dijo de la otra perra que tenía un pelo muy bonito, pero la otra mamá se agachó para acariciarme diciendo que era como un peluche; se lo decía a alguien por el teléfono a la vez que nosotros nos hacíamos un barullo con las correas y ella, venga abrazarme y decirme que yo era una cosa muy bonita. Luego ya, cuando habíamos disfrutado un poco, la mamá joven se levantó de donde yo estaba y le dijo a quien hablaba con ella que iba a sacarme una foto para que viera que yo era como un muñeco.

Cuando ya llegábamos a casa, nos silbó en la calle el chico de la gorra y lo esperamos muy contentos, mamá y yo. Estuvimos dando otra vuelta, ellos se paraban a charlar y yo aprovechaba a olisquear alrededor de ellos, aunque, cada nada, los que pasaban nos interrumpían, todos a querer mirarme y a decirme cosas. El mejor rato fue cuando el chico de la gorra y yo nos echamos unas carreras por la acera; él me llevaba de la correa, pero sin tirar, y me jaleaba “¡vamos, vamos, vamos!” y yo corría como sin conocimiento, y siempre lo alcancé. Me gusta tener un hermano mayor como el chico de la gorra.

Diario de Pepín. Día 27

Mamá no quería subirme a la cama. Me acarició en la alfombra y apagó la luz y, cuando yo me empiné para que me subiera, me acarició otro poco pero no me subió. Yo insistí más y entonces ella volvió a decirme eso de portarme bien y ya, entonces, sí. Sofía llegó un momento después y se colocó a los pies de la cama, en una esquina. Yo no moví ni pata ni oreja, ni se me ocurrió. Hasta mamá se incorporó un momento para saber si seguía allí.

Dice mamá que aprende mucho conmigo. No sé. Dice que, además de aprender cómo funciona la mente de los perros, y así se adelanta a mis fechorías, está aprendiendo a sosegarse y a tener paciencia. Dice que, cuando salimos a la calle, no podemos ir con prisas porque yo me paro en todas partes y que más vale mentalizarse de que el tiempo es una cosa y  las prisas, otra. Ella lo dice pero yo veo que, a veces, le cuesta.

Diario de Pepín. Día 26

Mamá me ha dicho, muy seria, que si no paro quieto en la cama, vuelvo a dormir en la alfombra. Y es que, cuando se sube Sofía, yo no puedo estarme quieto y nada más, tengo que mirar a ver qué hace ella –que no hace nada, la verdad- y a ver dónde está por si puedo jugar con ella un poco. Me veo en la alfombra otra vez.

Hoy he vuelto a ver al loco de Max. Es que tiene mucha fuerza, que yo he visto perros más grandes que él en el parque y son mucho más tranquilos, y me huelen, y ya está. Dice la mamá de Max que es un cachorro todavía, pero también soy yo un cachorro y no mareo tanto. Hoy nos han soltado a los dos y hemos pasado un ratito bien y, a pesar de que yo soy mucho más pequeño y mis patas son muy cortitas, siempre lo he alcanzado corriendo. Max corre mucho más desparramado, pero yo corro mucho más rápido. Estoy muy contento. Luego ya Max se revolvió con tanto juego y yo me metí entre las piernas de su mamá para que me dejara un poco en paz. Ella le gritaba “siéntate, Max, siéntate” y le empujaba el culo hacia el suelo, pero él, como si no la oyera. Su mamá dijo que algunas veces le hacía caso, “cuando le da la gana”, dijo. Yo me porto mejor que Max, porque mamá me gritó “No” cuando iba suelto por el jardín y me acercaba a la zona de los coches y yo me paré, la miré y corrí adonde ella estaba.

Diario de Pepín. Día 25

Mamá tiene ojos en la espalda, porque, cuando no me mira, sabe lo que estoy haciendo. A veces me pregunta por cosas que yo he hecho a escondidas y rebusca, rebusca, hasta que da con ello, me da igual que sea un muñeco que nome deja tocar o una camiseta que he escondido. Yo, cuando es así, agacho las orejas porque sé cómo vamos a acabar, pero no me sirve de nada.

Sofía es maja, no digo que no, pero no quiere jugar conmigo. Cuando yo llego de la calle, de la vuelta de la mañana, llego con una energía enorme y correteo por toda la casa, sobre todo detrás de ella, pero nada, Sofía corre a esconderse debajo de la cama o encima de ella, que sabe que yo puedo bajarme de la cama pero todavía no puedo subirme solo. Y, cuando la provoco saltando delante de su cara, ella solo me bufa, pero es un bufido pequeño. De todas formas, no siempre soy yo el que empieza; que esta mañana estaba la puerta del baño casi cerrada y, cuando yo asomaba el hocico por la rendija para ver si podía abrirla, apareció la mano de Sofía en el aire, justo en medio de la rendija y a nada de distancia de mi cara. Bien es verdad que fue un manotazo sin uñas, como de broma, pero yo me asusté.

Diario de Pepín. Día 24

Mamá ha salido riéndose de la ducha porque yo la estaba esperando echado en la alfombra del baño y Sofía se había metido en el cesto de las toallas, que estaba vacío. Los dos allí, esperando a que ella saliera, y sin reñir ni nada. Y con las chanclas a mi lado, que no se las quité como otras veces. ¡Menuda diferencia con la otra noche, que, como no podía entrar y salir del arenero de Sofía, conseguí moverlo hasta la mitad de la cocina, y así ya tuve sitio para entrar y salir cómodamente! ¡Cómo se enfadó mamá cuando vio todo el suelo lleno de caca…!

Me gustan los domingos; ahora que sé que vienen después de los sábados y tampoco vamos a la oficina. Quizás por eso de no tener que ir a la oficina, hoy hemos dado una vuelta larguísima, he ido por sitios que nunca había olido, y  mamá estaba contenta porque, como no tenía que oler cada centímetro, íbamos más de prisa que otras veces. Lo único malo de la vuelta de los domingos es que, mientras caminamos, ella va hablando siempre con una mujer que habla igual que mamá pero que no es mamá, y entonces me hace menos caso. Bueno, en realidad sí me hace caso, porque esta mañana quise aprovechar y echar a correr lejos y mamá en seguida me llamó porque cerca pasaban coches.

Luego, como es domingo, mamá ha estado mucho tiempo en casa y yo he estado a su lado en el sofá, o vigilando si caía algo de la encimera cuando cocinaba. Los domingos mamá cocina más que el resto de la semana y la cocina huele muy rico, pero a mí me ha puesto las mismas bolitas de siempre en el comedero. Eso sí, como premio, me ha dado un trocito de zanahoria.

Diario de Pepín. Día 23

Yo no sé muy bien qué día de la semana es; los perros no sabemos esas cosas. Pero sí sabemos cuándo los días son iguales y luego, de pronto, hay mucha diferencia. Y luego ya escuchas con atención y te vas enterando de que los humanos hablan de fines de semana y de sábados y de domingos.

Hoy es sábado. Lo sé porque, además de las diferencias de otras veces –no hemos ido a la oficina, solo a dar una vuelta, y, luego mamá ha salido con el carro de la compra- mamá lo ha hablado con el chico de la gorra y nos hemos ido de viaje.

El chico de la gorra tiene un coche que huele a nuevo y brilla mucho, el coche en el que mamá me llevó a la veterinaria hace un ruido diferente, agradable, pero diferente, y está como viejito, como si mamá hubiera ido y venido muchas veces con él. Bueno, pues el chico de la gorra nos ha llevado a un viaje largo. Yo me di cuenta de que era para mucho rato porque mamá colocó un empapador y una toalla vieja en el asiento de atrás y me dijo que era por si no aguantaba el pis o me mareaba.

Al final llegamos a una casa donde había una mujer muy viejita cocinando y se asustó de momento al ver a mamá, pero luego la abrazó un rato y también al chico de la gorra, y salió otro viejito a vernos y otro hombre que estaba dentro. Y todos sonreían y se abrazaban. Entonces supe que también tengo abuelos y tíos, tengo una familia enorme, y, aunque de momento solo tenían ojos para mamá y para el chico de la gorra, luego ya empezaron a abrazarme y a besarme a mí también. No me dio mucho tiempo a explorar la casa porque no quería separarme mucho de mamá, y, además, allí todo eran piernas y pies moviéndose de un lado a otro y podían tropezar conmigo.  Mamá me vigilaba todo el tiempo porque decía que podía meterme entre los pies de la abuela y podíamos tener una tragedia.

El hombre que estaba con el abuelo nos sacó muchas fotos, mamá conmigo cogido y el chico de la gorra –que se la había quitado en casa- también conmigo en brazos. Yo di muchos lengüetazos y moví muchísimo el rabo y estuve muy contento, aunque me acordé de Sofía, porque ella se quedó en casa y debía estar muy aburrida ella sola.

Lo que no me gustó del pueblo es que mamá me sacó para hacer pis y caca y no había hierba fresquita y verde, como aquí. Allí solo había tierra y cemento alrededor de la casa, y un poquito más lejos, unos yerbajos medio secos. Yo me adapto a cualquier sitio, hice todo lo que tenía que hacer y mamá les dijo a todos lo bien que me había portado.

Lo malo de ir a los sitios, aunque estés bien, es que tienes que volver. El coche no me hace gracia, se me revuelve un poco el estómago; de hecho, apenas cené aunque ya hacía mucho que habíamos vuelto. Quizás fueran las emociones. Para un perrito cualquier novedad es impresionante y saber que mamá también tiene papás, como yo, aunque estén lejos de casa, ha sido una sorpresa muy grande.

Diario de Pepín. Día 22

Mamá suele dejarme en casa por las tardes. Hace mucho calor y el camino hasta la oficina, aunque corto, resulta agotador y, además, yo aprovecho, después de comer, a dormirme en mi camita, como un perrito bueno, para que así ella decida no despertarme.

Lo bueno viene después, cuando ya he descansado y estamos solos Sofía y yo. Ella no me hace ni caso, se sube a los muebles y desde allí me observa,  y ni siquiera reacciona cuando le ladro. Parece un gato de escayola. Entonces, para no aburrirme, me subo al sofá y cojo los muñecos, todos, incluso los que mamá no quiere que toque, y luego, como se me hace largo el rato que paso sin ella, voy al vestidor y me voy llevando la ropa que se pone en casa y unos cuantos zapatos. Y, cuando llega mamá, yo pongo cara de arrepentido y ella empieza a colocar otra vez las cosas y a decir “no, no, no…” Mamá me dice muchas veces “no”.

La guerra por el arenero es dispar aunque creo que la está ganando mamá. Sofía puede entrar y salir de él porque los gatos se curvan como las culebras, pero apenas hay espacio para poder salir, de modo que solo he podido hacerme con una caca que quedó muy cerca de la entrada y que yo recuperé con solo meter los hocicos. Creo que, según ha colocado el arenero mamá, si entro en él no podré salir. Además, ella vigila el momento en que Sofía hace caca para ponerla en una bolsa y tirarla, dice que antes de que me den tentaciones.