Diario de Pepín. Día 84

Hoy he visto otra vez a mi papá de antes. Mamá me había llevado a un sitio que no conozco, donde había gente que tampoco conocía. Menos mal que al cabo de un ratito apareció Byron, mi hermano mayor –aunque todos nacimos el mismo día él era el más grande y el más parecido a mamita Alba-. Luego llegó Linda, pero apenas jugamos hasta que llegó Bri. Bri ahora se llama Luca, y no ha cambiado nada desde que se quedó en casa con Vicky y conmigo, hasta que me vine con mamá y con el chico de la gorra. Estuvimos juntos los tres –Bri, o Luca, o como quiera que se llame ahora- Vicky y yo mucho tiempo después de que se fueran todos los demás, con familias que llegaban a vernos y que se iban enamorando de todos. De todos ellos.

Hoy querían hacernos unas fotos y a mí me tocó con Luca. Se empeñaban en que nos sentáramos y nos estuviéramos quietos, pero es que eso es prácticamente imposible. Mamá sabe que yo solo me siento cuando veo a otro perro venir desde lejos. Yo me siento y me quedo observando  hasta que se acerca lo suficiente como para ponerme de manos y bailar delante de sus hocicos. Pero sentarme para estarme quieto, sin más, me parece una tontería de las grandes.

El caso es que, cuando salimos a la calle, mi papá de antes estaba allí. Yo no sabía cuánto les quiero, a él y a mi mamá de antes, hasta que lo vi allí, junto a la puerta. Empecé a mover el rabo y a contonearme y me fui derechito a meterme entre sus piernas. Y él me acarició como siempre, como si no hubiera pasado el tiempo.

Diario de Pepín. Día 23

Yo no sé muy bien qué día de la semana es; los perros no sabemos esas cosas. Pero sí sabemos cuándo los días son iguales y luego, de pronto, hay mucha diferencia. Y luego ya escuchas con atención y te vas enterando de que los humanos hablan de fines de semana y de sábados y de domingos.

Hoy es sábado. Lo sé porque, además de las diferencias de otras veces –no hemos ido a la oficina, solo a dar una vuelta, y, luego mamá ha salido con el carro de la compra- mamá lo ha hablado con el chico de la gorra y nos hemos ido de viaje.

El chico de la gorra tiene un coche que huele a nuevo y brilla mucho, el coche en el que mamá me llevó a la veterinaria hace un ruido diferente, agradable, pero diferente, y está como viejito, como si mamá hubiera ido y venido muchas veces con él. Bueno, pues el chico de la gorra nos ha llevado a un viaje largo. Yo me di cuenta de que era para mucho rato porque mamá colocó un empapador y una toalla vieja en el asiento de atrás y me dijo que era por si no aguantaba el pis o me mareaba.

Al final llegamos a una casa donde había una mujer muy viejita cocinando y se asustó de momento al ver a mamá, pero luego la abrazó un rato y también al chico de la gorra, y salió otro viejito a vernos y otro hombre que estaba dentro. Y todos sonreían y se abrazaban. Entonces supe que también tengo abuelos y tíos, tengo una familia enorme, y, aunque de momento solo tenían ojos para mamá y para el chico de la gorra, luego ya empezaron a abrazarme y a besarme a mí también. No me dio mucho tiempo a explorar la casa porque no quería separarme mucho de mamá, y, además, allí todo eran piernas y pies moviéndose de un lado a otro y podían tropezar conmigo.  Mamá me vigilaba todo el tiempo porque decía que podía meterme entre los pies de la abuela y podíamos tener una tragedia.

El hombre que estaba con el abuelo nos sacó muchas fotos, mamá conmigo cogido y el chico de la gorra –que se la había quitado en casa- también conmigo en brazos. Yo di muchos lengüetazos y moví muchísimo el rabo y estuve muy contento, aunque me acordé de Sofía, porque ella se quedó en casa y debía estar muy aburrida ella sola.

Lo que no me gustó del pueblo es que mamá me sacó para hacer pis y caca y no había hierba fresquita y verde, como aquí. Allí solo había tierra y cemento alrededor de la casa, y un poquito más lejos, unos yerbajos medio secos. Yo me adapto a cualquier sitio, hice todo lo que tenía que hacer y mamá les dijo a todos lo bien que me había portado.

Lo malo de ir a los sitios, aunque estés bien, es que tienes que volver. El coche no me hace gracia, se me revuelve un poco el estómago; de hecho, apenas cené aunque ya hacía mucho que habíamos vuelto. Quizás fueran las emociones. Para un perrito cualquier novedad es impresionante y saber que mamá también tiene papás, como yo, aunque estén lejos de casa, ha sido una sorpresa muy grande.