La flor

Cada día, durante los quince años y tres meses que estuvieron casados, al llegar del trabajo él le daba un beso en los labios y le ofrecía una flor recién cortada. Cada día, hasta su muerte. Él trabaja aún en una funeraria. Ella nunca preguntó. Él nunca tuvo que mentirle.

La casa

Volví a la casa por obligación, sin ningún afecto. Volví porque, muerto mi padre, alguien tenía que hacerse cargo de las gestiones y las cosas. Nunca como entonces deseé tanto haber tenido un hermano en el que apoyarme.

Entré como si el muerto fuera yo o como un extraño que da las luces y abre las puertas  y entra en las habitaciones como si estuvieran vacías. Vacías,  no; me daba cuenta, aun sin mirar, de que todo estaba en su sitio, de que todo seguía igual que la última vez, cuando madre me seguía por el pasillo, ahogando los sollozos con el mandil que arrugaba sobre la boca, sin decir nada, sin atreverse a decir nada, y yo salía de allí para no volver. No sé qué me empujó más a irme de aquella casa de hielo, si los gritos castrantes de mi padre o los silencios humillados de mi madre.

En realidad, sólo había sido feliz allí cuando chico, y no siempre. Mi único recuerdo feliz era el del abuelo, el padre de mi madre, cuando se sentaba en una silla de enea, al lado de la aspidistra del patio, y me contaba historias antiguas mientras yo merendaba pan con chocolate. Me fui como un sonámbulo hasta allí. Allí seguía la silla, con el asiento despellejado y seco y la madera aballada; pero no estaba la aspidistra. Mi madre cuidaba aquella planta que apenas necesitaba cuidados como si fuera el hijo pequeño que nunca llegó después de mí; la trasplantaba de cuando en cuando a un tiesto más grande cada vez, y le separaba hijos que plantaba en tiestos nuevos y colocaba alrededor del patio. No quedaba nada allí; una vez muerta mi madre, mi padre habría sido incapaz de cuidar de ellas, como no supo cuidar nunca de nosotros. Sólo quedaba una huella redonda en el suelo, la que había dejado el fondo de la maceta posada allí durante años; una circunferencia como de óxido bordeando un trozo pálido del patio escondido de la luz. Me quedé eclipsado mirando aquel vacío, la puerta del patio aún entreabierta y yo en el medio, sin entrar ni salir. Mi propio vacío  se rodeó de una herrumbre que me arañó la garganta como si tragara puntas oxidadas.

Me dejé caer en la silla del abuelo y me eché a llorar a borbotones.

 

(De las memorias de Ismael Blanco)

Las ceremonias de la muerte

Una vez, cuando éramos chicos, el profesor que nos daba Ciencias Naturales adormeció una rana con cloroformo, la despatarró sobre una tabla, la sujetó con alfileres y la abrió en canal para que viéramos sus órganos. Creo que ninguno de nosotros pensó entonces que la rana estaba muerta, nos pareció, más bien, que estaba dormida.

La muerte no era lejana entonces. Cuando chicos, criábamos conejos en casa. Llegado el momento, mi madre escogía uno de ellos, lo agarraba por las patas traseras y lo levantaba a la altura de los ojos, boca abajo. El animal se quedaba inmóvil y mi madre le daba un certero golpe en la nuca que acababa inmediatamente con él. A veces, necesitaba un segundo golpetazo. Después lo colgaba por una de las patas de una punta clavada en la pared y lo iba desnudando de aquel abrigo suave y algodonoso que ni siquiera sangraba.  Desprendía la piel con facilidad con un tirón mantenido, y, al llegar al pescuezo quedaba al descubierto el golpe, hinchado y sanguinolento. Luego, mi madre cercenaba las orejas por la base dejando las ternillas blancas y también el hocico, del que colgaba la piel entera, sonrosada y caliente.

También teníamos gallinas y criábamos pollos para engordarlos. Cuando llegaba el momento de matar alguno, mi madre le cruzaba las alas sobre la espalda haciendo un ocho para evitar aquel aleteo de loco, lo sujetaba entre las piernas o entre los codos y con la mano izquierda le doblaba la cabeza contra el pescuezo mientras con la derecha le arrancaba las plumas de la nuca. Después, con un cuchillo afilado, cortaba la piel desplumada y la sangre oscura empezaba a fluir por la herida. Entonces mi madre le volteaba un poco el pescuezo rajado y la sangre caía sobre un tazón lleno de miga de pan que revolvía con la punta del cuchillo.

En noviembre, con las primeras heladas nocturnas, nos despertábamos una mañana más pronto de lo normal. Todavía la luz era un poco gris, y llegaba envuelta en alaridos que erizaban la piel y hacían que me tirara de la cama inmediatamente. Esa mañana había gente por casa que yo no conocía, un hombre grande, vestido con un mono azul de trabajo que daba unos toques con la cheira a un enorme cuchillo y una mujeruca que se alquilaba para ayudar en las matanzas, casi enana y vestida de negro, con andares de pato por el desgaste de las caderas y las manos deformadas por la reúma. Habían venido también algunos vecinos, se necesitaban varios hombres para sujetar sobre el tajo al cerdo que íbamos a matar. El hombre del mono azul metía el cuchillo afilado en el centro de la garganta de aquel animal enorme y desesperado, y aseguraba el golpe empujando con movimientos circulares de la muñeca. Mientras, las mujeres acercaban un barreño de barro y recogían la sangre que chorreaba, negra y humeante. Yo miraba desde la puerta, los pies juntos y las manos a la espalda. Miraba a los hombres que sujetaban con todas sus fuerzas al cerdo hasta que dejaba de patalear, y a la mujer que recogía la sangre y la batía constantemente para que no se coagulara. Y miraba al matarife que sacaba finalmente el cuchillo ensangrentado, y la mano y el puño también.

La muerte no significaba entonces el final de la vida; la muerte de aquellos animales era el paso necesario para poder comerlos, por eso, seguramente, no pensábamos que la rana estuviera muerta también.

Pero también aprendimos en aquellos años que, cuando la gata o la perra parían, le dejaban las crías un día o dos para vaciar de leche a la madre y evitar las mastitis, y, si después no había ningún vecino que quisiera gato o perro, se los quitaban. No preguntábamos cómo, de pronto un día no estaban, y punto; pero todos sabíamos que les rompían el cuello o los tiraban al río metidos en un saco.

Y había quien ahorcaba un galgo colgándolo de un árbol porque, una vez terminada la temporada de caza, dejaba de ser útil y gastaba en comer. Y supongo, además, que esa forma de muerte era barata y ofrecía escasa dificultad, porque el animal no podía defenderse de  la mano que le ponía la cuerda alrededor del cuello, siendo la mano que cada día le daba de comer. O el espectáculo horrendo de la muerte de un novillo como símbolo de dominación sobre un animal noble y peligroso.

Y asistimos también a las antesalas de la muerte, los muchachos que apedreaban perros por puro y siniestro placer, torturaban gatos hasta dejarlos tullidos, ciegos o rabicortos, o inflaban una rana a través de una pajita para que no pudiera saltar con la barriga llena de aire…

¿Cómo podré explicarles todo esto a los muchachos? ¿Cómo podré hacerles ver que hay muertes inevitables, otras que sólo son útiles y otras que sólo son crueles? Tengo miedo de no ser un buen maestro; miedo de no hacer bien lo que tengo que hacer, enseñarles a mirar para que puedan decidir dónde quieren estar, dónde quieren quedarse…

«De las memorias de Ismael Blanco»

25 de marzo

El niño nació mañana. El 25 de marzo de 1954. Le pusieron el nombre de sus dos abuelos maternos, el del abuelo asesinado en una cuneta y el de la abuela muerta cuando mi madre era una niña aún. Como si el niño fuera el eco de los dos muertos. En realidad, apenas tuvo nombre y apenas tuvo vida, porque cuando tenía algo más de tres meses, el médico del pueblo, que era un gran médico, no supo ver que la angustia de una madre primeriza era algo más que eso, y, cuando quiso darse cuenta, se lo había dejado morir de una otitis complicada.

La ausencia del niño ha vivido con nosotros durante todos estos años. La ausencia del niño, del hijo, del hermano, ha sido la mano que manejó los hilos de nuestra existencia, sin darnos cuenta.

La niña que le siguió fue presa del temor obsesivo de mi madre, que la convirtió en un bebé malcriado y excesivamente dependiente, y mi hermana necesitó muchos años, demasiados, para cortar ese cordón umbilical y ser ella misma. Y  mi hermano, el más pequeño de mis hermanos, nació con el nombre del otro que apenas llegó a vivir, para restañar las heridas de mis padres y cumplir sus esperanzas. Que todo era machismo entonces.

En cuanto a mí, yo he vivido mi vida sabiéndome en deuda con el niño muerto. Cuando yo tenía tres meses, mi madre desoyó los consejos del gran médico, y otro médico que no podían pagar me drenó los oídos para que no muriera como él. Recuerdo, de niña, escuchar cómo mi madre me lo contaba, y cómo enterraron a mi hermano el día de la Virgen del Carmen. Y yo me sentía responsable de esa muerte que ni dios ni la virgen quisieron evitar. Y recuerdo, cuando niña, visitar el cementerio el día de los santos y pedirle a mis padres que me llevaran ante la tumba del niño, y quedarme muy quieta delante de un montoncito de tierra sin marca alguna, sin ninguna identificación más que el sentimiento de gratitud que brotaba de mi corazón por aquel héroe muerto. Y recuerdo haber crecido con aquella ausencia que había intercambiado mi vida por la suya, haber crecido sin el manto protector de un hermano mayor al que siempre eché de menos.

Y le echo de menos aún, como si fuera un poso que siempre queda en el fondo. Y le recuerdo especialmente cada 25 de marzo y cada 16 de julio, desde que tengo memoria. Incluso ahora, cuando el 25 de marzo ya no es nada en la memoria de mi madre.

Después

Él murió una tarde gris de un triste día de otoño. Cuando dejaron de llorar, sus amigos fueron dando cuenta de sus cosas, unas porque no tenía sentido conservarlas, y otras, porque a él le hubiera gustado que se las quedaran ellos.

Y luego quedó la memoria de los que lo conocieron, para seguir viviendo en ella. Y la cuenta de Facebook. Su cuenta de Facebook quedó vagando en la red. Los primeros años, su muro recibió algunas felicitaciones de cumpleaños, de amigos que le creían perezoso pero no muerto, de amigos etéreos que nunca supieron de su olor, o de sus gestos, o de su voz quebrada. Y luego, ya nada, solo vagar, por los siglos de los siglos, como un alma en pena.

El monstruo

Manu sabía que, en ocasiones, no debía salir de su habitación. Se lo había dicho mamá. Mamá le había dicho que algunas noches papá no podía dormir en casa porque trabajaba fuera. Y le había dicho también que había un monstruo que siempre les acechaba y quería entrar en casa cuando papá no estaba y no podía protegerles. Por eso, aunque mamá decía que la habitación de los niños no debía tener  pestillo, había puesto uno en la suya para que Manu pudiera encerrarse allí cuando sintiera al monstruo entrar por la puerta. La última vez mamá le había gritado que se fuera, que los dejara tranquilos en casa, pero el monstruo empezó a aporrear la puerta de entrada y Manu huyó hacia su cuarto, cerró la puerta tras de sí y se quedó apoyado en ella, sin moverse. Cuando sintió los gritos más cerca y gente corriendo por el pasillo, se empinó, pasó el pestillo y se fue al rincón más lejano, se sentó en el suelo y se abrazó las rodillas para que no le temblaran. También probó a taparse las orejas y a apretujar los ojos, y entonces vio estrellitas en la oscuridad y los gritos se alejaron hasta casi desaparecer.

Esta noche los dos habían esperado a papá para cenar, pero papá no había llegado. Mamá le había dicho que era muy probable que papá no pudiera darle un beso de buenas noches y se durmió sin llegar a escuchar el final del cuento que ella le estaba contando. Se despertó cuando el monstruo de su sueño, un gigante que tenía los ojos de fuego y unas manos enormes con uñas afiladísimas se acercaba a él para agarrarlo. El salto que dio para escapar casi le hizo caer de la cama. Entonces oyó los golpes y los gritos. Sin duda su padre no había regresado y mamá luchaba con el monstruo. Se metió bajo la cama y se tapó los oídos. Su barriga sobre el suelo se movía cuando los golpes eran más fuertes. El monstruo debía estar destrozando los muebles y mamá gritaba y  el monstruo también. De pronto todo cesó, los gritos y los golpes, y Manu salió de su escondrijo y se acercó de puntillas hasta la puerta de su cuarto, pegó la oreja a la madera y escuchó atentamente.  Esperó a que mamá viniera a buscarlo, como otras veces, pero mamá no vino. Manu iba a llamarla pero pensó que, quizás, el monstruo no se había marchado aún, y siguió mudo en su cuarto un poco más. Era imposible que mamá se hubiera ido sin él, mamá nunca haría eso. Manu empezó a llamarla, primero con un susurro, luego un poco  más fuerte, pero mamá no apareció. Manu se atrevió a abrir la puerta y salió al pasillo, en la entrada de la cocina había trozos de platos rotos, su taza del desayuno y un tenedor y la consola de la entrada estaba volcada en el suelo y el espejo de la pared roto. Manu se quedó parado en medio del pasillo, sin atreverse a entrar a las habitaciones; seguramente mamá también se habría escondido y eso quería decir que el monstruo todavía estaría por allí. Con la mano siguiendo la pared fue dando pasitos cortos, las piernas se le habían vuelto de madera. “En su habitación. Mamá estará escondida en su habitación”. Manu llegó hasta la entrada del dormitorio, la mano en la jamba de la puerta y él un poco rezagado aún, sin atreverse a entrar. Vio a mamá tumbada en la cama, boca arriba, con la cabeza vuelta hacia la puerta y mirándolo a él con los ojos muy abiertos. Y no le decía nada. Mamá se había manchado con mermelada de fresa, debía de haber roto el frasco entero en la pelea con el monstruo porque tenía la ropa llena de manchas rojas de mermelada de fresa.  Mamá debía estar tan cansada que se había quedado dormida con los ojos abiertos. Manu iba a correr hacia ella cuando lo vio. El monstruo seguía allí, en un rincón, encorvado y con la cabeza entre las manos y a Manu le pareció que estaba llorando, si es que los monstruos eran capaces de llorar. “¿Mamá?”. De nuevo Manu no podía moverse, ni podía gritar para asustar al monstruo y que se alejara de allí. Manu ni siquiera podía respirar. Tan solo podía sujetarse agarrado al marco de la puerta, los dedos agarrotados sobre él. Entonces el monstruo se dio cuenta de que Manu estaba allí y levantó la cabeza del hueco de las manos para mirarlo. Manu entreabrió los labios para nada, tampoco pudo pestañear y se había quedado definitivamente pegado a la pared. El monstruo comenzó a moverse hacia él, los brazos largos caídos y un brillo de metal en la mano derecha. Manu lo reconoció cuando su cara salió de la oscuridad; un calor húmedo empezó a extenderse por el pantalón del pijama y la orina empezó a gotearle sobre los pies desnudos.

Afuera se oía gritar: ¡Abran, abran, Policía!.

Amantes

Todos mis amantes han ido muriendo. La vida tiene estas cosas, coloca en el camino de cada uno  barreras que se salvan con esfuerzo hasta que una más, un cáncer, una carretera, un bolo de colesterol, se convierte en definitiva y ya no puedes más. Y ellos, uno a uno, se han ido rindiendo. Yo los quise a todos, y aún los sigo amando; me pregunto si yo también me mantuve en su memoria, si me recordaron con afecto hasta la hora de su muerte. Porque yo necesito que sea así.

Ayer  olvidé el nombre de uno de ellos y aún no ha vuelto a mi memoria; aún guardo el sentimiento de amor por él, eso sí, pero no recuerdo su nombre ni cómo le llamaba yo. Y eso es lo más duro, darme cuenta de que, poco a poco, irán desapareciendo también de mi vida como las hojas de los árboles en otoño. No puedo consentirlo; no puedo dejar que el tiempo me abandone a la soledad. Por eso he decidido que esta noche será la última noche, dejaré que acunen mi sueño por última vez y mañana, sencillamente, no despertaré.

Quizás

Pensó en ella y entonces supo que no podía estar muerto. O sí. Quizás la muerte fuera solo eso, pensar en ella por una eternidad sin poder volver a mirarse en sus ojos…

Casados

Se habían casado muy jóvenes y ninguno de los dos supo nunca en qué momento  habían empezado a vivir uno contra otro. Cuando él murió ella se quedó sin nadie a quien responder malhumorada, sin nadie a quien dejar de escuchar para hacerle de menos, sin nadie a quien hacer callar constantemente,  sin nadie a quien organizarle el tiempo y las comidas y las mudas. Cuando él murió ella sollozó preguntando: ¿por qué me has dejado aquí? Y también le culpó de su muerte a destiempo.

Decidida a llevarle la contraria una vez más se murió apenas volvieron del entierro, que él nunca había sido capaz de nada en la vida si ella no iba detrás rematando la faena.

De gatos

El viejo se sentó en el porche, estiró un poco las piernas –todo lo que pudo con permiso de sus rodillas gastadas- para que el sol le calentara los pies y sacó del bolsillo de la chaqueta una pequeña navaja y un trozo de madera. En la residencia no dejaban que los viejos guardaran ese tipo de cosas, pero él era de los pocos que no tenía que dormir atado de noche y por el día podía ocuparse de pequeñas tareas para ayudar a las muchachas, estaba atento al timbre, les ayudaba a poner las mesas para el desayuno  y como había hecho unos días antes, se ocupaba de podar los rosales del patio. El sol invernal empezaba a devolverle el color a la hierba, que aparecía perlada de gotitas brillantes, separada en línea de la que quedaba cubierta por la escarcha, aun en sombra. El viejo comenzó a tallar torpemente el trozo de madera, el peral de la huerta le proveía de material suficiente para poder seguir recordando sus años de pastor y las horas al lado de la chimenea. De cuando en cuando levantaba la cabeza y, de forma casi mecánica, recorría con la vista el patio y el jardín, con un control inconsciente y amigo; echó de menos a la gata, llevaba unos días en que el animal no aparecía para restregarse contra las perneras de sus pantalones con su habitual maullido mimoso y pensó que, seguramente, ya habría parido, tendría que echar un vistazo por la leñera, a ver si tenía escondidas allí a las crías. Recordó, cuando niño, que la gata de casa –en casa siempre hubo una gata, que fue cambiando a lo largo de los años, a medida que desaparecía la anterior- paría constantemente –eso le parecía a él cuando era chico-, pero él nunca le veía más que un gatito, y solo durante un tiempo; a veces, criaban uno para dárselo a algún vecino y otras desaparecía al poco, y  la gata erraba de un lado a otro maullando de una forma desconsolada. Luego, un día vio a madre buscando en los rincones del corral hasta que dio con las crías recién nacidas y, con total desenvoltura, cogió a todas menos a una de ellas, las metió en un saco de arpillera y dijo que luego su padre lo tiraría al río. Cuando preguntó, madre lo miró como si no entendiera a qué venía aquello:

-¿Qué quieres, que le deje todos y se llene esto de gatos?- parecía enfadada-. Ya le dejo uno para que se descargue de la leche, y se lo tendré que quitar después.

– Pero –balbuceó-, ¿por qué los va a ahogar padre?

-¿Y, qué quieres, que les retuerza el pescuezo?.

Él no quería que la casa se llenara de gatos, no; pero, desde luego, no entendía que la única forma de conseguirlo fuera ahogando a los gatitos recién nacidos, o retorciéndoles el pescuezo para que murieran. Aquella noche un resquemor contra su padre le impidió levantar los ojos del plato de sopas y apenas masculló algunas palabras; incluso padre le había preguntado qué le pasaba y él disimuló –se sintió obligado- diciendo que le dolía la barriga. Se acostó pronto para quitarse de la cocina y de la compañía, pero no consiguió dormirse y, cuando lo hizo, soñó que era un bebé y un hombre lo robaba de la cuna, lo metía en un saco y lo tiraba a un pozo. El hombre no tenía rostro, pero él sabía que era su padre.

Preguntó a la cocinera por la gata y se convenció de que debía de haber parido porque apenas se la veía por allí, de modo que vigiló, en los días siguientes, que no le faltara comida y agua en los cacharros del patio; si estaba dando de mamar, tendría que alimentarse aunque fuera a escondidas. A los pocos días le pidió una caja de cartón a una de las muchachas y rebuscó en la leñera hasta dar con el animal, que no maulló al verle pero tampoco escapó. Aún tuvo que encontrar los rincones donde la gata había escondido a las tres crías y decidió que no había más porque, cuando tuvo a los tres gatitos metidos en el bolsillo de la chaqueta, la gata ya no se separó de él y se olvidó del escondrijo. Tapó el fondo de cartón con un jersey apolillado y con cuidado fue sacándolos, enganchados en el estambre; calculó que tendrían poco más de 8 ó 10 días, aún tenían los párpados semicerrados cubriendo a medias unos ojitos grises y todos salían de aquel abrigo despatarrados, las garritas diminutas abiertas y maullando sin parar.  La madre se metió en la caja cuidando de no pisarlos y los amorró sucesivamente para que se callaran; el viejo acarició a la gata, que se dejó hacer sin  protestar y le respondió aplicando la cabeza al cuenco de su mano con un ronroneo. Levantó la caja con cuidado para no desequilibrar a los animales y la colocó en el quicio de la ventana donde ya estaba dando el sol y, cada día durante la semana siguiente, cuando ya empezaba a hacer frío allí, se llevaba la caja –la madre, confiada, le seguía ya caminando a su lado- hasta el cuarto de las calderas.

Tuvo que dar algunas explicaciones y tranquilizar a la gobernanta que pensaba que iba a llenarle aquello de gatos, pero, cuando los hijos de Engracia vieron que su madre sonreía al ponerle uno de los gatitos sobre el regazo e intentaba seguirlo con un dedo, y le dieron las gracias porque «eso podía mejorar a su madre», dijeron, supo que ya no tendría problemas. Con todo, los animales estaban limitados al patio, al jardín, al porche, y a las salas de estar, pero nunca les dejaban subir a las habitaciones ni entrar en la cocina, para evitar males mayores.

El viernes por la tarde de la segunda semana el viejo se sintió mal, estaba revuelto y pensar en la cena le daba nauseas, de modo que dejó a medias una tortilla francesa que habían hecho para él y se acostó más pronto de lo habitual. Se quedó en seguida dormido pero soñó que le dolía el estómago y, entre sueños y sudor, se dio cuenta de que la gata, sin saber cómo, había llegado hasta su habitación y, de un salto, se había encaramado a la cama. La gata se le acercó hasta tocarle la cara con los bigotes, oliéndole; se puso encima de él, amasó la ropa sobre el pecho y después se ovilló al lado. Podía tocarla con la mano izquierda, y eso hizo para comprobar que no era un sueño; poco a poco el calor del animal le fue reconfortando, y la suavidad del tacto de su pelo fue invadiendo sus dedos y su mano y su brazo entero y se extendió por todo el cuerpo hasta que el dolor de estómago desapareció. Hundió los dedos agarrotados en el lomo del animal y la escuchó ronronear. Y luego ya, nada.

DE GATOS