Amantes

Todos mis amantes han ido muriendo. La vida tiene estas cosas, coloca en el camino de cada uno  barreras que se salvan con esfuerzo hasta que una más, un cáncer, una carretera, un bolo de colesterol, se convierte en definitiva y ya no puedes más. Y ellos, uno a uno, se han ido rindiendo. Yo los quise a todos, y aún los sigo amando; me pregunto si yo también me mantuve en su memoria, si me recordaron con afecto hasta la hora de su muerte. Porque yo necesito que sea así.

Ayer  olvidé el nombre de uno de ellos y aún no ha vuelto a mi memoria; aún guardo el sentimiento de amor por él, eso sí, pero no recuerdo su nombre ni cómo le llamaba yo. Y eso es lo más duro, darme cuenta de que, poco a poco, irán desapareciendo también de mi vida como las hojas de los árboles en otoño. No puedo consentirlo; no puedo dejar que el tiempo me abandone a la soledad. Por eso he decidido que esta noche será la última noche, dejaré que acunen mi sueño por última vez y mañana, sencillamente, no despertaré.

La troje del alma

Me miro y mi corazón es como una casa añosa con una troje llena de trastos que, en algún momento, fueron imprescindibles para una vida acogedora en ella; trastos olvidados, cubiertos de polvo y telarañas que, sin embargo, fueron la esencia de la vida allí y han dejado su huella entre aquellas paredes; una troje que es una tentación para los ojos nuevos de un niño.

No soy viejo aún, pero tengo memoria y trastos viejos en el alma… Y tú has venido a removerlo todo, a curiosearlo todo con esos ojos de niño, esos ojos llenos de deseo de saber, de ilusión por la novedad; has venido a desempolvar trastos que te parecen útiles, a desperezar sentimientos que, de tan escondidos, ya había olvidado en el rincón más profundo…

(De las memorias de Ismael Blanco)

Invierno

Hace frío y el aliento dibuja volutas  que se desvanecen poco a poco a esta hora de la mañana. Ella es pequeña, menuda, y pliega y despliega un mapa de la ciudad mientras le mira a él, mucho más alto que ella y tan joven como ella, y le niega algo con la voz y con el gesto.

-¡Que no; que te digo que no, que no puede ser!

Él no responde; mientras ella habla comienza a desabrocharse el abrigo y se lo saca de encima, la sujeta suavemente por los hombros con ambas manos, la gira hasta que ella le da la espalda y le coloca el abrigo sobre el suyo. Ella sigue diciendo que no, pero se deja hacer.

Sigo caminando y les siento muy cerca detrás de mí; la escucho diciendo que hace muchísimo frío para ir así –imagino que mueve la cabeza de un lado a otro, negando aún- y él, muy tranquilo, responde que le basta con abrigarse el cuello. Me adelantan al momento, ella con el abrigo de él hasta los tobillos –¡es tan pequeña! – y él, con jersey y una gruesa bufanda anudada bajo la barbilla. Todavía le pasa un brazo por los hombros mientras caminan, muy deprisa y muy apretados, e, intermitentemente, vuelve su cabeza hacia ella y se agacha un poco para besarla en la frente.

Les veo alejarse, ajenos a mí y al resto del mundo, mientras la memoria y la ternura juegan al escondite en mi piel.

Niebla

“…Me siento a veces como un niño que acaba de aprender a andar y tiene que mover sus piernecitas en una carrera incontrolada de pies volanderos, hasta que acierta a pararse posando las manos en el suelo, de nuevo a cuatro patas;  o me reconozco en medio de la niebla sólida que borra los contornos y me hace perder las referencias para seguir caminando. Me siento así constantemente, inseguro, pero aprendiendo y ensayando, resuelto a no ceder, a explorar, a vivir. Yo creo que, a veces, ella se agobia con este ir y venir que me conoce, quizás por eso, para frenarme un poco, me había dicho: “Si te fueras a una isla desierta…” –y debió imaginarme debajo de una palmera, durmiendo la siesta y reposado por una vez-;  la corté inmediatamente para decirle que nunca me iría a una isla desierta y que, si me encerraran de por vida en la cárcel, siempre me quedarían la memoria y la imaginación. Me miró entonces, yo creo, que con un cierto desánimo, como si pensara que nunca haría vida de mí, como a un niño al que hay que educar y se resiste, y yo me di cuenta de que, poco a poco, la niebla, la misma niebla, se iba interponiendo entre los dos…»

(De las memorias de Ismael Blanco)

De amor y olvido

Se sentó en el rincón donde le gustaba leer y se quedó allí, con la mirada perdida y el cerebro a mil revoluciones. Intentó primero ordenar sus pensamientos, pero huían despavoridos en cuanto un punto de razón se les acercaba, de modo que decidió investigar sus emociones, y, sobre todo, decidió bajar hasta aquel pozo oscuro que le había ido perforando  en los últimos tiempos. Al cabo de tres horas le dolían las pantorrillas agarrotadas y eso le devolvió al mundo real como si despertara de un mal sueño. Entonces, un único pensamiento se abrió paso en su cerebro y se oyó decir en voz alta: “Si no puedo forzarla a que me quiera, puedo forzarme yo a dejar de quererla…”

Y en los meses siguientes se hizo sangrías en el ánimo, y palideció un poco más; se vendó los ojos para aprender a caminar a ciegas, y se cayó cien veces y se levantó ciento una; se tapó la boca con una mordaza pero escuchó los gritos de desesperación en su cerebro, y decidió, al fin, no moverse más para creerse muerto… hasta que una mañana ya no se reconoció al verse en el espejo, vio sus ojos, sus cejas, su nariz, su boca, pero no era él, y se dio cuenta, por el nudo que sentía en el pecho, de que seguía queriéndola, aunque ya no recordaba ni su nombre ni su cara.

Impunidad

Tenía prisa; quizás por eso, cuando fue a abrir la puerta del coche y vio el espejo como desmayado, colgando de lado, no se acordó. Maldijo en voz baja y sacó del maletero la rueda de cinta americana para reparar el desaguisado, arrancó el vehículo y se alejó sin acordarse aún, maldiciendo de nuevo y con el enfado invadiendo su rostro como una ola de lava.

Una hora después conducía por la autovía, bajo la lluvia, sorteando coches fantasmales en medio de la neblina. Miró por el espejo retrovisor y solo vio un intenso aerosol de agua gris contra un asfalto y un cielo grises; miró por el espejo reconstruido y, aunque modificó su posición para ganar ángulo, no pudo ver nada en aquel cristal inútil. Aún entonces, siguió sin acordarse. No fue sino hasta el momento en que inició la maniobra de adelantamiento, cuando el camión que le adelantaba a su vez -y que él no había visto por el espejo roto-, lo arrolló como si fuera de juguete, y lo lanzó haciendo trompos contra los otros coches y contra el muro del arcén, cuando, mientras su cerebro se vaciaba de cualquier realidad y todo dejaba de tener sentido, recordó con total nitidez una madrugada de hace más de treinta años, cuando la panda salía a beber y a ponerse a tono y el alcohol ya les había soltado la lengua, primero, y los impulsos, después, y aquella chica de la disco le había hecho la cobra delante de todos, y salieron a la calle con los pies inseguros y los ojos brillantes, guaseándose de la gracia y de su desgracia, y le entraron ganas de vengarse de ella y demostrarles a ellos con quién se jugaban los cuartos, y se fue hacia el único coche que quedaba a aquellas horas en la calle con la misma resolución que si fuera el suyo, para colgarse de uno de los espejos hasta que un chasquido como de cuello roto le avisó, y lo dejó así, colgando de los cables, como desmayado.

Física y química

Es cierto que te quise, amor, y aún te quiero. Te quise y esperé que me quisieras, pero ya no tengo tiempo, no me queda más tiempo…

Sería más fácil si tuviera fe, esa fe bobalicona que niega los principios de la física y la química, del tiempo y del espacio que nos unieron y del impulso que me llevó a vivir contigo, sin ti.

Ahora la física se rinde y la química que me fundió contigo me deja el rescoldo de tu recuerdo, y con eso me basta para dejarme ir. Y yo ya no seré más que en tu memoria.

El abrazo

Sintió su mirada desde atrás, como si una mano invisible le tocara el hombro para llamar su atención, como si una voz tranquila susurrara al oído su nombre, te conozco, he venido a ver tu exposición, he venido a verte… Apenas había cambiado, supo entonces que no había cambiado en esos años, que ya era así en su memoria escondida y ahora, otra vez, la estaba mirando desde la paz de sus ojos verdes, como entonces, y, como entonces, volvía a pararse el tiempo y nada existía a su alrededor. Le tendió los brazos con una sonrisa, con un gesto acogedor que no dejaba lugar a dudas y ella vio como sus propios brazos se levantaban hacia él, dóciles y obedientes, como si eso fuera parte del orden establecido, y volvió a zambullirse, volvió a aferrarse a un tronco que le permitía navegar por todos los mares, volvió a escuchar su respiración solapada a la de él y a sentir el olor a pan reciente de su cuerpo. Cerró los ojos, emocionada al saberse tan frágil y tan fuerte entre sus brazos y cuando él aflojó la presión y la separó un poco de sí para mirarla, ella sólo supo ver la vida que tenía por delante.

Café

Estuvo a punto de volverse, movido por un impulso. El aroma del café que el camarero acababa de servirle desapareció cuando aquel perfume le envolvió por la espalda, como si ella, ella, aguardara pacientemente detrás y le tocara el hombro para llamar su atención.

La cucharilla removiendo el azúcar era ya el perfume mismo, el olor que el perfume dejaba en su piel, el olor de sus ojos tímidos e inmensos, de sus silencios acogedores  y de sus charlas interminables, el olor de sus gestos, de sus abrazos, de la huella en sus sábanas; el olor de su memoria…

Respiró hondo, todo lo que pudo; apuró el café de un trago y salió despacio hacia su vida.

cropped-sam_1179.jpg

Alzheimer

Lleva el bastón en avanzadilla, tambaleante como sus propios pasos, segura solo la mano izquierda, que apoya sobre él, mientras busca con la derecha el respaldo de la silla donde va a sentarse. Me mira un momento con ojos como canicas, inexpresivos y brillantes, que en seguida enfocan lejos, detrás de mí y detrás de todo.

Está. Permanece callada, como a la espera de no se sabe qué, con las manos sarmentosas sobre la mesa, la alianza estrangulando el dedo, y los surcos como de rastrillo en la tez morena. Se deja llevar y responde, obediente, cuando percibe el tono interrogante de los otros,  aunque en seguida notas la fatiga que la invade, la falta de interés.

-¿Cuántos años tienes?

– ¡Uy, muchos…!

-Pero, ¿cuántos tienes? ¿En qué año naciste? ¿Qué día naciste?

Por un momento, los ojos cristalinos parpadean y se mueven al unísono de un lado a otro, buscando algo, la respuesta a tanto interrogante, y, al cabo de unos segundos me mira a mí, tranquila ya, y responde:

-No sé, yo era muy pequeña entonces, y no me acuerdo.