Diario de Pepín. Día 94

Dice la mamá de Escapi que Escapi estuvo viviendo en la calle mucho tiempo. Yo no puedo hacerme a la idea de cómo se puede vivir en la calle; sin mamá, sin juguetes, sin sofá, sin la cama calentita para dormir, sin el comedero lleno y el cacharro del agua fresca, sin yogur y sin los trocitos de manzana o las almendras que me da mamá…

Dice la mamá de Escapi que Escapi lleva seis meses con ella y aún no puede dejar comida por ahí porque él se la come en seguida, por si acaso le falta el comedero.

También dice la mamá de Escapi que ahora ya se le ve feliz, siempre contento; pero que alguna noche sueña con su vida en la calle, con todas las cosas malas que le pasaron y entonces Escapi llora de dormido. Y ella se levanta y lo despierta con un beso, y Escapi vuelve a ser feliz.

Diario de Pepín. Día 93

Mamá me ha llevado al veterinario. Yo estaba temblando, pero porque era un sitio nuevo y fuimos en el coche y hacía bastante que no me subía en él y todavía me acuerdo del día en que quise salirme cuando mamá abrió la puerta y me quedé colgando de la correa de seguridad. Temblaba porque tenía más susto que miedo, pero por el coche, que a mí, los veterinarios no me dan miedo porque mamá está conmigo y se dedican a tocarme y, como mucho, a darme pinchacitos que ni duelen ni nada. Pues no sé qué pinchazo me dio este hombre, que no me dolió pero me entró una flojera tremenda, tanta, que me quedé completamente dormido en brazos de mamá. Cuando me desperté mamá no estaba, supongo que se habría ido a trabajar, me faltaba un trozo de pelo en la pata izquierda y en la parte más baja de mi barriga tenía una raja pequeña, que no me dolía, pero la notaba. Probé a lamerla a ver si se quitaba, pero no.

Cuando mamá vino a buscarme yo estaba un poco empachoso, pero es que llevaba mucho rato con otros dos perros allí que no tenían muchas ganas de fiesta, yo creo que porque ninguno de nuestros papás estaba allí con nosotros, como cuando nos juntamos en el parque.

El veterinario estuvo hablando con mamá un rato y por fin nos marchamos, que yo, lo que quería era salir a la calle, oler árboles –que todos eran nuevos- y marcarlos. No me gusta mucho ese veterinario, no por nada, pero es que me puso una cosa en el cuello que me iba chocando en la calle con las paredes y las aceras; cada vez que iba a arrimarme, ¡zas! golpe que me daba… Menos mal que al llegar a casa mamá me lo quitó; eso sí, me miró fijamente y me dijo: “¡como te chupes la herida, te lo pongo!”. Y yo tuve muchísimo cuidado de no chuparme, excepto un par de veces que se me olvidó, supongo que porque aún no estoy lo tranquilo que el veterinario dijo que iba a estar dentro de unos días.

Ahora, mamá me lava la herida mañana y tarde, y a mí me gusta el fresquito que me da, y también me da unas pastillas que me mete en el yogur creyendo que no me doy cuenta. Pero es que a mí el yogur me encanta, solo o acompañado de cualquier cosa que mamá quiera meter en él.

Diario de Pepín. Día 92

A Inés le falta media oreja; se la arrancó otro perro de un mordisco cuando estaba en la perrera. Yo creo que, por eso, Inés no sabe jugar. Cada vez que llego, tiene que demostrar que es la que más corre, y la que más fuerza tiene, y la que más salta y, claro, yo soy pequeño, y ver a un galgo enorme que se te echa encima con las manos por delante es un mal trago. Por eso chillo con el primer revolcón y en seguida le riñen pero yo ya no me separo mucho de mamá, por lo que pueda pasar.

Cada vez me porto mejor. Cuando mamá está comiendo, o cuando trabaja en casa, yo me pongo cerca de ella, en el sofá, y espero pacientemente a que ella me dé un trocito de pan, o a que me diga que vamos a salir a pasear.

Diario de Pepín. Día 91

Los tres tumbados en el sofá somos demasiada gente. ¡Y mira que mamá tiene paciencia con nosotros! Y es que, cuando mamá se tumba para la siesta, yo me acomodo entre sus piernas. Pero luego llega Sofía y se sube sobre su pecho y se queda allí, tan tranquila, y, entonces, a mí me entran unas ganas terribles de estar donde está Sofía en lugar de donde estoy yo. Y empiezo a mirarla como si no quisiera mirarla, y empiezo a arrimarme para ver si así ella se va… pero no se va, solo rezonga, mamá se da cuenta –yo creo que se da cuenta desde el principio- y entonces me riñe a mí y me dice que siga donde estoy. Pero es que yo ya no quiero seguir donde estoy, y me bajo del sofá para que se den cuenta las dos, que Sofía ni se inmuta, y, luego, me pongo de manos en el borde del sofá para que mamá vea que quiero subirme otra vez pero hago como que  no puedo para que ella me ayude… A veces, llegados a este punto, mamá ya se echa a reír, o se enfada un poco –poco-. Total, que, al final, Sofía se baja porque le molesta que yo le huela el culo cuando está así de relajada y yo me bajo a la camita grande, por si acaso ella quiere ponerse allí.

Y mamá suspira y cierra los ojos…

Diario de Pepín. Día 90

Yo ya me había puesto en lo peor. Llevamos dos días en que mamá no me lleva a la oficina y se ha traído la maleta negra con ruedas que llena de papeles cuando se va fuera a trabajar. Pero se ha quedado en casa, trabajando con el ordenador. Yo he estado muy atento todo el tiempo y ni siquiera le he pedido que me coja, como hago en la oficina cuando ella lleva ya mucho rato trabajando y yo llevo ya mucho rato durmiendo. Pero Sofía ha estado muy pesada, subiéndose a la mesa y tirando al suelo los papeles y los bolígrafos. ¡Y luego se queja de que le riñe! Si todavía mamá la acaricia cuando se tumba al lado del ordenador, mientras trabaja…

Pues, como todo puede empeorar, hoy mamá, además de la maleta negra, también ha cogido la maleta roja que usamos en nuestros viajes; que Sofía en seguida se metió dentro como si fuera un zapato y eso no puede ser. Mamá la sacó de allí, yo, ni siquiera pregunté, y mamá se marchó con la maleta y sin nosotros, después de darnos un beso a cada uno y de decirme a mí que la esperara y me portará bien. Supongo que quería decir que no persiga a Sofía mientras ella no está. Luego, por la noche, ha venido el chico de la gorra a buscarme para dar una vuelta, pero no me ha llevado a su casa, lo que quiere decir que mamá volverá pronto, creo yo. De todas formas, yo prefiero estar en mi casa, con Sofía, a estar en la suya, con Mía, que es una gata preciosa, más grande que Sofía, pero que no está acostumbrada a que la persiga, y se pone nerviosa.

Pobre mamá, espero que no le de miedo despertarse y ver que no estoy pegadito a ella. En cuanto vuelva le voy a dar un montón de lametazos y voy a dejarla que me estruje fuerte, muy fuerte.

Diario de Pepín. Día 89

Menos mal que estoy yo para ayudar a mamá porque la verdad es que Sofía da bastante guerra. Ella anda a su aire y nunca quiere jugar conmigo, que, en cuanto me acerco brincando me amenaza con la mano en alto, pero es que todas las mañanas tengo que sacarla de mi camita. Cuando mamá y yo nos levantamos de la cama de mamá ella siempre está acostada en la mía, que está en el sitio donde ella dormía siempre, es verdad, pero mamá la compró para mí. Y es que ella se acuesta en miles de sitios, incluso en el vestidor, entre la ropa, cosa que yo nunca podré hacer, y se empeña en quitarme mi cama. Menos mal que estoy yo para echarla.

O cuando entramos y salimos de casa; ella nunca sale a la calle, eso no es cosa de gatos, pero se acomoda encima del mueble de la entrada y cada vez que nosotros vamos o venimos ella hace amago de salir al rellano de la escalera. Y sale, que mamá la deja salir sin problema, pero Sofía sabe que debe volver a casa y se hace la remolona, incluso, a veces, se sube al piso de arriba y luego se pone a maullar porque le parece que se ha perdido, que parece tonta. Menos mal que estoy yo, que, cuando Sofía sale al rellano, me quedo vigilando, sin ninguna prisa por bajar la escalera como hacemos cuando estamos solos mamá y yo, y no me muevo de la puerta hasta que la empujo para que entre.

O cuando Sofía quiere comida blanda y, en cuanto nos ponemos a ver la televisión por la noche, se sube a los muebles y se pone a descolgar cuadros, que se pone de manos y rasca en el cristal hasta que se desequilibran y el día menos pensado nos va a tirar alguno.

O cuando nos dormimos la siesta en el sofá, que mamá dice que Sofía siempre se ponía entre sus piernas, o encima de su tripa, y yo he probado y, efectivamente, entre las piernas de mamá se está de maravilla para dormir la siesta, de modo que yo puedo quedarme allí tan a gustito y ella ponerse encima, que pesa menos que yo. Pues nos cuesta acomodarnos unos cuantos viajes, y, la mayor parte de las veces, no aguantamos los dos juntos. Menos ayer; ayer, ¡por fin! –dijo mamá-, estuvimos los dos encima de ella y estuvimos tranquilos. Lo que me parece mentira es que mamá pudiera dormir, aunque, por otro lado, no me extraña, porque debe estar cansada de guerrear con nosotros.

Diario de Pepín. Día 88

No sé esto de la lluvia en qué va a acabar, que venga a caer y caer y ya ni riegan la hierba, ¿para qué? Que no me gusta un pelo, lo tengo claro, pero es que mamá me ha comprado un artilugio que dice que es un impermeable y que me gusta tan poco o menos que mojarme. Bueno, al menos, de momento.

Apareció con él y en seguida le vi las intenciones y, aunque se lo dije –orejas gachas y esa mirada que provoca conmiseración según dice ella-, cuando mamá ha decidido algo no sirven miramientos. Yo no quería salir de casa, tuvo que sacarme a rastras. Pero me sacó. ¡Vaya si me sacó! A ver, que luego no estuvo tan mal, que pudimos pasear bajo la lluvia, ella con un paraguas –que tampoco me hacen gracia con esa forma que tienen de desplegarse, que parece que van a explotar- y yo con mi impermeable. Al día siguiente, como ya sabía de lo que iba, pues protesté un poco –no iba a ceder a la primera-, pero estuvo mejor y total, ahora ya sé que, si me lo pone, es que llueve. Y tengo que reconocer que es mucho mejor salir con impermeable que quedarse en casa por la lluvia. ¡Eso, lo último!

Diario de Pepín. Día 87

Cuando era pequeño todo mi afán era descargar la vejiga en el primer trozo de hierba que veía y luego me iba entreteniendo con todo lo que encontraba: una hoja, un papel, un trocito de pan… Pero ahora eso de mear con la pata levantada me ha abierto nuevos horizontes. Ahora tengo mucho que hacer, mamá apenas tiene que reñirme en la calle por quedarme pegado al suelo o salir disparado por cualquier cosa; ahora tengo prisa al caminar porque tengo que investigar a todos los perros que han pasado por allí antes que yo. Yo no tenía ni idea de cuántas farolas, papeleras y árboles había en el barrio, quizás porque siempre iba mirando a ras de suelo. Pero ahora voy de una en otro, deprisa y corriendo, oliendo y marcando como el que más. Bueno, en realidad huelo todas y cada uno, pero marco menos de la mitad porque la vejiga no me da para más. ¡Y mira que intento dosificarme, pero nada!.

Diario de Pepín. Día 86

Yo no sé cómo podría decirle a mamá cuánto la quiero, cómo me hace temblar el corazón cuando me seca con una toalla al volver  a casa empapado por la lluvia, o cuando me da el último pedacito de su tostada mientras desayuna.

Porque, hasta ahora, yo creía que lo peor que podía pasarle a un perro era nacer en una perrera, sin papás humanos que lo quieran, pero ahora sé que lo peor de todo es tener papás que nunca deberían llamarse así, papás que dejan cicatrices en la piel y en la memoria, como le ha pasado a Bro.

Diario de Pepín. Día 85

Bro no ha vuelto por el parque. Es un perro grande de patas largas, muy juguetón y muy mimoso. Bro es todo marrón,  excepto una media luna que tiene en la paletilla izquierda, grande y sin pelo, y una raya ancha en el cuello, casi tapada por el collar. ¡Ah!, y le falta un trozo de rabo, pero se apaña muy bien para mover  lo que le queda cuando está contento. Mamá dijo que lo que no era marrón eran cicatrices.

Bro apareció un día con otra mamá diferente y dijo que se llamaba Brownie en realidad y que lo sacaba ella al parque porque sus mamás de otros días lo habían devuelto.  Otra vez. Si mamá no hubiera preguntado yo nunca me habría fijado en eso, en si era la misma mamá o era otra mamá, porque yo voy al parque y bastante tengo con correr como un loco y pedirle galletitas al papá de Cayetana, que, cuando llega, se queda quieto y en seguida le salen de los pies ocho o diez perros como yo –bueno, como yo, no, mucho más grandes que yo, pero yo me pongo de manos y llego al mismo sitio, y, a veces, hasta me da dos a mí porque le hago mucha gracia-.

El caso es que Bro, o Brownie, no ha vuelto por el parque, quizás haya encontrado unos papás en otro parque que no vayan a dejarlo nunca. Pero yo no puedo olvidarme de sus cicatrices y de su rabo cortado.