Diario de Pepín. Día 116

A mamá le ha dado por salir al balcón y aplaudir. El primer día yo me asusté mucho y empecé a ladrar como un loco, porque retumbaba mucho el aplauso de tanta gente, pero ayer, como hacía muy  mal tiempo, apenas salieron otros dos vecinos y yo ya ni me inmuté. Otra cosa que hizo ayer mamá, antes de lo del aplauso, fue poner un altavoz en el balcón con una canción muy maja que decía algo de resistir. Son tiempos raros estos, se conoce que los balcones son ahora muy importantes, y hace unos meses era donde mamá me ponía un empapador por si quería hacer pis…

Esta mañana hemos salido, como todos los días, pero, como pasa últimamente, solo estaba el barrendero por allí, que no sé qué barre porque está todo limpísimo. Yo ya llevo días que no encuentro nada que llevarme a la boca, de esta se me va a quitar la manía de ir rebuscando. Bueno, pues, en esa calle larguísima que recorremos todos los días,  nos hemos cruzado con un hombre joven que llevaba guantes  morados e iba mirando el teléfono pero, al llegar a cruzarse con nosotros ha mirado a mamá muy sonriente y nos ha dicho “¡buenos días!”, yo creo que, incluso, con alegría. Mamá se ha emocionado. Mamá necesita muy poco estos días para emocionarse, esa es la verdad. Total que, al doblar la esquina, nos hemos encontrado con una mujer que iba como a lo suyo y mamá le ha dicho “¡buenos días!” y le ha dado un buen susto.

Diario de Pepín. Día 93

Mamá me ha llevado al veterinario. Yo estaba temblando, pero porque era un sitio nuevo y fuimos en el coche y hacía bastante que no me subía en él y todavía me acuerdo del día en que quise salirme cuando mamá abrió la puerta y me quedé colgando de la correa de seguridad. Temblaba porque tenía más susto que miedo, pero por el coche, que a mí, los veterinarios no me dan miedo porque mamá está conmigo y se dedican a tocarme y, como mucho, a darme pinchacitos que ni duelen ni nada. Pues no sé qué pinchazo me dio este hombre, que no me dolió pero me entró una flojera tremenda, tanta, que me quedé completamente dormido en brazos de mamá. Cuando me desperté mamá no estaba, supongo que se habría ido a trabajar, me faltaba un trozo de pelo en la pata izquierda y en la parte más baja de mi barriga tenía una raja pequeña, que no me dolía, pero la notaba. Probé a lamerla a ver si se quitaba, pero no.

Cuando mamá vino a buscarme yo estaba un poco empachoso, pero es que llevaba mucho rato con otros dos perros allí que no tenían muchas ganas de fiesta, yo creo que porque ninguno de nuestros papás estaba allí con nosotros, como cuando nos juntamos en el parque.

El veterinario estuvo hablando con mamá un rato y por fin nos marchamos, que yo, lo que quería era salir a la calle, oler árboles –que todos eran nuevos- y marcarlos. No me gusta mucho ese veterinario, no por nada, pero es que me puso una cosa en el cuello que me iba chocando en la calle con las paredes y las aceras; cada vez que iba a arrimarme, ¡zas! golpe que me daba… Menos mal que al llegar a casa mamá me lo quitó; eso sí, me miró fijamente y me dijo: “¡como te chupes la herida, te lo pongo!”. Y yo tuve muchísimo cuidado de no chuparme, excepto un par de veces que se me olvidó, supongo que porque aún no estoy lo tranquilo que el veterinario dijo que iba a estar dentro de unos días.

Ahora, mamá me lava la herida mañana y tarde, y a mí me gusta el fresquito que me da, y también me da unas pastillas que me mete en el yogur creyendo que no me doy cuenta. Pero es que a mí el yogur me encanta, solo o acompañado de cualquier cosa que mamá quiera meter en él.

Diario de Pepín. Día 57

Yo esperaba a mamá en el sofá después de comer -cuando ella se sienta en el sofá yo me pongo a su lado, pero, en cuanto se levanta a por algo, me estiro todo lo que puedo y me coloco, justo, justo, donde ella estaba-. Mamá llegó a tumbarse y yo corrí a por un muñeco para llevarme a la boca mientras ella fuera a dormir la siesta; porque la ciencia de la siesta es ponerme atravesado sobre mamá y seguir jugando con un peluche pequeño, que no sé yo cómo puede dormirse si yo no paro. Sofía, que ya tiene muy poquitos reparos, vino como una bala en cuanto nos vio y, como no se atrevió a ponerse encima también, se subió al sofá y se colocó al ladito justo de mamá. Yo creo que lo que quería Sofía era estar donde yo estaba y hacer lo que yo hacía porque al cabo de un ratito de nada se bajó y nos dejó solos; que lo mismo hace por la noche en la cama, que, si se acuesta con nosotros no aparece con nosotros por la mañana. Luego le dará envidia de mí, pero no se da cuenta de que yo siempre estoy con mamá, solo si ella se marcha y me deja en casa estoy lejos de ella, si no, siempre estoy a su lado o muy cerquita.

Menos esta mañana cuando salimos a caminar. Como no dejo de dar vueltas, a menudo mamá tiene que cambiar de mano la correa y en una de esas, se le cayó la caja esa donde queda recogida automáticamente. Yo me asusté muchísimo con el ruido y empecé a correr despavorido y la caja me perseguía todo el tiempo. Mamá me llamaba a voces y me decía que me parara –tenía miedo de que me perdiera o me pillara un coche- pero yo era incapaz de hacerle caso hasta que la dichosa caja esa se estrelló contra una pared y se paró. Y yo también pude pararme al final. Mamá me cogió en brazos y me dio muchos besitos, pero el susto fue morrocotudo.

Diario de Pepín. Día 33

Hoy mamá se llevó un buen susto. Al salir de la oficina nos encontramos con un perrito que es muy mayor pero que es muy pequeñito, mucho más que yo, y que, aunque yo quiero que seamos amigos, él no tiene muchas ganas. Bueno, pues como yo me entusiasmo tanto empecé a dar brincos y brincos y se me soltó la correa porque medio rompí el mosquetón. Yo, con el entusiasmo, salí corriendo sin darme cuenta de que no estaba en el parque y de que en la calle hay muchos peligros para perritos como nosotros porque pasan coches sin mirar. Menos mal que mamá me alcanzó; bueno, cuando ella me llamó yo me frené, por eso me alcanzó.

Mamá me riñó un poco, pero también me cogió y me abrazó y yo me sosegué del todo, porque, cuando mamá me abraza, yo siempre me sosiego.