Diario de Pepín. Día 86

Yo no sé cómo podría decirle a mamá cuánto la quiero, cómo me hace temblar el corazón cuando me seca con una toalla al volver  a casa empapado por la lluvia, o cuando me da el último pedacito de su tostada mientras desayuna.

Porque, hasta ahora, yo creía que lo peor que podía pasarle a un perro era nacer en una perrera, sin papás humanos que lo quieran, pero ahora sé que lo peor de todo es tener papás que nunca deberían llamarse así, papás que dejan cicatrices en la piel y en la memoria, como le ha pasado a Bro.

Diario de Pepín. Día 85

Bro no ha vuelto por el parque. Es un perro grande de patas largas, muy juguetón y muy mimoso. Bro es todo marrón,  excepto una media luna que tiene en la paletilla izquierda, grande y sin pelo, y una raya ancha en el cuello, casi tapada por el collar. ¡Ah!, y le falta un trozo de rabo, pero se apaña muy bien para mover  lo que le queda cuando está contento. Mamá dijo que lo que no era marrón eran cicatrices.

Bro apareció un día con otra mamá diferente y dijo que se llamaba Brownie en realidad y que lo sacaba ella al parque porque sus mamás de otros días lo habían devuelto.  Otra vez. Si mamá no hubiera preguntado yo nunca me habría fijado en eso, en si era la misma mamá o era otra mamá, porque yo voy al parque y bastante tengo con correr como un loco y pedirle galletitas al papá de Cayetana, que, cuando llega, se queda quieto y en seguida le salen de los pies ocho o diez perros como yo –bueno, como yo, no, mucho más grandes que yo, pero yo me pongo de manos y llego al mismo sitio, y, a veces, hasta me da dos a mí porque le hago mucha gracia-.

El caso es que Bro, o Brownie, no ha vuelto por el parque, quizás haya encontrado unos papás en otro parque que no vayan a dejarlo nunca. Pero yo no puedo olvidarme de sus cicatrices y de su rabo cortado.