Lluvia y chocolate.

Ya se lo avisaron; que en el extranjero no ataban los perros con longanizas.

-No te vayas a pensar que allí las cosas son fáciles –le había repetido hasta la saciedad su madre, y, más o menos, lo mismo le habían dicho sus amigos. Pero le resultaba tan insoportable continuar en aquella situación que cualquier salida le parecía mejor que seguir así, muriendo por inanición…

-Tengo que intentarlo- argumentaba él como única respuesta. –Tengo que intentarlo.

Habían pasado ya tres meses desde su salida, o desde su llegada, según se mire, y ya había comprobado que, efectivamente, las cosas no eran fáciles allí, tampoco allí. Las oportunidades de trabajo no eran tales, se trabajaba a destajo en tareas de baja o nula cualificación, con un mínimo salario y azuzado por la urgencia de conseguir entender y hacerse entender en un idioma que, de momento, era tan hostil como el clima.

-Joder, si aquí llueve un día sí y otro también, si no he visto el sol desde que he llegado!

-Mira, no le des más vueltas- insistía en conversación con otro español que fregaba platos a su lado – un país donde el chocolate es una leche teñida de cacao no puede ser un buen país. Joder, con la de chocolates con churros que me he tomado yo en el Café de Oro, de esos que se quedan como con nata negra por encima cuando se van enfriando, que necesitas un buen vaso de agua detrás!

-Te lo digo yo, en España el trabajo estará jodido, pero sol y tapas en los bares y chocolate de verdad no nos faltan. Si, hasta cuando llueve, llueve diferente, con más luz!.

-Que por eso vienen todos estos a vernos; que estos tíos no pueden disfrutar de la vida con este cielo gris, hombre!- concluía hablando en presente, como si siguiera en España.

El otro asentía sin dudarlo, se hacía muy cuesta arriba levantarte cada día, abrir la ventana y ver aquel cielo de color “panza burro”, y a los cinco minutos, y, para el resto del día, lluvia, lluvia, lluvia…y frío. Y, para remate, si decidías pedir un chocolate para reponerte un poquito, te servían aquel beberajo en vasos de poliespán con tapa de plástico y pajita. Casi una ofensa, un sin sentido para alguien que hubiera disfrutado de un chocolate con churros como es debido.

-Te digo yo que si pusiera una chocolatería aquí, sería un éxito, porque lo es en cualquier parte, joder, y aquí, con el frío que hace y lo que llueve, más. Que a lo bueno se apunta todo el mundo, y estos, tontos no son.

-Ya, ya –terciaba el otro-, seguro. Y decía “seguro” en el mismo tono en el que puedes decir “hoy hay luna llena”, es decir, como algo evidente pero ajeno a tu voluntad.

Si no fuera porque los miraban mal cuando iban a pedir trabajo porque ya había demasiados españoles ayudando en las cocinas y limpiando wáteres, si no fuera por tener que trabajar 12 horas para pagarse la comida y la cama,  si no fuera por el problema del idioma, si no fuera… serían capaces de demostrar que allí quizás no ataran los perros con longanizas, pero ellos iban a conseguir que lloviera lluvia de chocolate.

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Escenas I

La chica entra en el viejo café y se dirige hacia la mesa del rincón más alejado, sin dudar ni mirar alrededor, como si trajera el sitio elegido desde casa. Afuera, en la terraza, casi todas las mesas están llenas de gente que engaña al sol de agosto bajo sombrillas inmensas, pero ella escoge el aire acondicionado del interior, del que todos parecen huir. Levanta la silla de madera, para alejarla un poco de las patas de hierro repintado de la mesa y la golpea sin querer contra la tapa de mármol gris, lamido en las cantoneras por el uso de muchos años. La chica mira frecuentemente hacia la puerta, como si esperara ver a alguien entrar, y empieza a mover arriba y abajo el pie derecho, como un péndulo que llevara la cuenta del tiempo, desde sus piernas cruzadas. El movimiento repetido afloja un poco la tira del talón y su zapato se balancea con un ritmo propio.

Cuando el camarero se acerca, la chica parece sobresaltarse y la cara inexpresiva se vuelve hacia él con un gesto rápido, y duda un poco antes de pedir algo, con un ligero movimiento de cabeza, como si hubiera olvidado lo que quiere o le diera igual una cosa que otra, o le molestara que la distrajeran de su tarea de vigilante. Antes de que le traigan un café con leche mira el reloj dos veces, el reloj y la entrada, por ese orden.

Al cabo de unos minutos se abre de nuevo la puerta y aparece él. Al verlo, la chica se aparta precipitadamente la taza de los labios, como si se quemara, incluso olvida pasarse por la boca la servilleta de papel blanco con el nombre del café, y se queda así, con el brazo izquierdo levantado para señalarle el sitio y el labio superior atrapado bajo la espuma de leche batida. El chico llega hasta su mesa pero no tiene intenciones de sentarse, por lo que se ve obligada a estirar el cuello y mirar hacia arriba si no quiere levantarse ella también. La chica empieza a hablarle y le señala la silla de al lado iniciando el ademán de acercársela, pero él no se da por aludido y permanece de pie, ni siquiera ha sonreído al verla. Ella parece encogerse, y le mira desde un poco más atrás, con los ojos más hundidos y una línea vertical y profunda que le separa las cejas. Él comienza a decirle algo, se apoya levemente con una mano en el respaldo de la silla que ella le ofrece mientras parece dejarse caer sobre la otra, con los dedos algo crispados sobre el mármol frío de la mesa, y le habla despacio, sin abrir mucho los labios, como remachando cada palabra, inclinado hacia la chica mientras ella retrocede un poco más. Después, durante unos segundos, los dos guardan silencio, él permanece de pie, con ausencia de expresión en su cara; ella está más pálida, incluso le tiembla un poco la barbilla y los ojos se le llenan de agua, tanto, que apenas puede ver como él se gira bruscamente y avanza hacia la puerta sin mirar atrás. Cuando ella puede reaccionar, se seca la mejilla derecha con la mano y sale precipitadamente detrás de él. Sobre el mármol de la mesa queda el café derramado, y la taza volcada, manchada de carmín.

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