En el estío

El sol es un brasero ardiendo que hiere los ojos y la piel, los perros acezan buscando la sombra, la boca abierta y el aleteo del pellejo en la barriga, sólo las chicharras, incansables, siguen aserrando el aire con ese chirrido metálico que ocupa toda mi cabeza, a punto de estallar. Ya ni siquiera puedo pensar, mi cerebro se ha licuado por el calor y se derrama en gotas de sudor sobre mi cara. En días así, decía mi madre, sólo andan por la calle los locos y los asesinos.

Sólo yo camino por la calle, bajo este sol injusto que todo lo arrasa, la mano derecha en el bolsillo, agarrando el mango del cuchillo que cuelga dentro de la pernera del pantalón, sólo yo, sólo yo tengo algo que hacer ahora, además de ese hijo puta que me espera sin saberlo. Sólo yo; y nunca he estado más cuerdo que en este momento.

Cumpleaños

El día de su cumpleaños, Saúl decidió no hacer balance. Se levantó como cada día aunque, poco a poco, fue dejándose invadir por una sensación de novedad, de estreno, como cuando, de pequeño, se ponía una camiseta o unas zapatillas nuevas, y la vida estaba por gastar aún.

El día de su cumpleaños, Saúl tampoco quiso hacer planes, ni siquiera para el corto plazo del año que seguiría a aquel día. Cerró los ojos y sintió cómo una ligera brisa le acariciaba el rostro y le envolvía después en un tierno abrazo, identificó en ella el olor y la textura de todos sus afectos y se sintió entrañablemente vivo, capaz de seguir ilusionándose y aprendiendo y rectificando o no, según el momento y la ocasión; para no dar todo por hecho nunca, para tener siempre un camino por delante.

Saúl se dio cuenta de que no sólo no iba a ser capaz de dibujar su futuro, sino que ni siquiera le importaba. Lo único que Saúl quería era sentirse vivo, y eso ya lo había conseguido, con creces.

Toc-Toc

Musa, en realidad, se llama Musaraña, y acompaña siempre a la cojita, con cuidado de no enredarse entre sus piernas y dar con sus huesos en tierra. Musa es una preciosa gatita blanca y negra, negra y blanca, que descansa en el balcón, modorrando bajo el sol del invierno o al amparo de la esquina en sombra en el verano, pero siempre atenta cuando el toc-toc de la muleta de la cojita le indica que hay movimiento en la casa.

La cojita no tiene nombre, o parece que no lo tuviera, porque nunca he oído a nadie llamarla por su nombre. Ella es una muchacha de unos quince años, que maneja la muleta mejor que sus propias piernas, que ya, desde que nació, la derecha le nació como seca y su padre no supo nunca qué hacer, que ni preguntar a su madre pudo porque murió del parto, y se vio sólo con la niña, que otra familia no tenía, y la criaron entre él y las vecinas, que otra mujer no tuvo porque no le diera mala vida a la cojita.

Musa es el alma de la cojita, tan mimosa que se muere por una caricia, se despanzurra boca arriba cuando la oye llegar, toc-toc, esperando que la muchacha levante un poco el extremo de la muleta y le acaricie con él la panza blanca, y tan ágil y tan juguetona como ella, como su alma, que a la cojita se le cae la baba cuando ve a la gata contorsionarse persiguiendo a una mosca.

Cada día, desde mi casa, al lado de la suya, oigo al padre salir de la casa, apenas amanecido, y regresar cada tarde al anochecer, y a la cojita, toc-toc, moviéndose por la casa, ya viene, ya viene, y a Musa maullando porque quiere salir al balcón. En realidad esto era así hasta hace un mes. Hace un mes escuché la puerta cerrarse de madrugada, y luego escuché a la cojita moviéndose por la casa, como cada día, y luego, ya contra la tarde, no escuché nada, salvo a la gata maullando, y el agujero en el aire que dejaba la ausencia del toc-toc habitual. Y luego ya, las vecinas cotorreando que si la cojita se había ido a la ciudad, aburrida de la vida que llevaba, y que si se había escapado sóla o se había ido con uno que venía al mercadillo de los miércoles.

Por eso, ahora, Musa se acurruca junto a mí en el sofá y se ovilla en mi cama, y me persigue por la casa sin miedo a tropezar con mis piernas, tan acostumbrada está a esquivar ese peligro, y las dos levantamos la cabeza y orientamos las orejas hacia la casa de al lado, porque nos parece, de cuando en cuando, escuchar el toc-toc de una muleta.

Siete días

El primer día no fue capaz de dormir; cerraba los ojos y sólo la veía a ella, hablándole sin voz, moviendo la boca para decirle lo que ya había escuchado de sus labios cuando vino a despedirse, como un martillo en su cerebro.

El segundo día se levantó agotado, al límite de sus fuerzas, se veía arrastrándose bajo un peso que no podía soportar, sin horizonte, en una existencia gris y dolorosa que empezaba a asfixiarle, como si ella se hubiera llevado el aire que respiraba.

El tercer día el dolor se hizo más físico, le dolía la garganta y el estómago se le había anudado. Hablaba poco o nada, lo estrictamente necesario para que nadie sospechara lo que le pasaba; sólo le faltaba que alguien se le acercara condescendiente intentando entenderlo.

El cuarto día se sintió terriblemente sólo, abandonado a sus recuerdos como el único alimento del que podía tirar para seguir subsistiendo, aunque aquella existencia fuera ya oscura y triste; sin futuro, con un presente doloroso y un pasado efímero que intentaba aprovechar como el fuego en el invierno, acercándose a él para entrar en calor, para sentir de nuevo el cuerpo entumecido por el frío, a sabiendas  de que ya no podría echar más leña para mantenerlo vivo.

El quinto día sintió que había tocado fondo, que ya no podía sentirse peor. Se supo sólo y sin fuerzas para sobrevivir, ni siquiera le consolaba ya el recuerdo de los momentos felices, le atenazaba la sensación de pérdida, de nunca jamás, y decidió dejarse llevar, dejarse ahogar en aquella pena sin llanto. Ya no podía sentirse peor.

El sexto día comenzó a emerger del fondo en el que se había hundido. Sin ni siquiera decidirlo se sintió impulsado a vivir a pesar de todo, a llegar a la superficie, como si no quedara otro remedio. Tomó conciencia de su propia existencia, dolorosa pero real. Soñó que su corazón se liberaba de una coraza que le aprisionaba y lo vio latir por sí mismo. Se sintió un superviviente. La recordó de nuevo y le dolió aún, mucho, muchísimo, pero al momento supo que sólo podía permitirse recordar para seguir caminando. Y eso hizo.

El séptimo día descansó.

El agujero

 

-¡Tapen el puto agujero o pongan una señal! ¡Hagan lo que quieran, pero hagan algo! Y entonces se apoyó, de pie como estaba, en el borde de la mesa; sus brazos, rígidos, acabados en dos manos como palas, y sus ojos, saltones, abiertos como platos. -! O van a dar lugar a que algún viejo se tropiece en él y tengamos que pagarlo como nuevo! Y arrastró la “o” final, dejando tiempo para que el jefe de obras, que era su único interlocutor, pudiera dar rienda suelta a la imaginación y ver la que se lo podía venir encima.

El concejal de urbanismo, íntegro y concienzudo como el que más, no comprendía como podían pasar estas cosas; como era posible que la última manifestación hubiera dejado tras de sí aquel descalabro. La prensa de la oposición había escrito a voces que los impactos de los botes de humo de la policía habían provocado oquedades en el asfalto de la vía principal, probablemente, seguramente, porque la última mordida del asfaltado que se hizo en primavera había sido desmedida y el material utilizado era endeble como el betún, es más, sólo era betún. Ya se sabía lo que había, tenían que ser los botes de humo de los policías, no podían ser las piedras que lanzaban los manifestantes, que la policía no hacía más que defenderse de tanto vandalismo, y los agujeros salían siempre después de las lluvias, ya era cosa sabida y esperada, pero la prensa malintencionada sólo pensaba en mordidas. Por cierto, a ver si hablaba con Cosme y le abroncaba, que, esta vez, se había pasado, bien es verdad que se quejó desde el principio de que no iba a quedar dinero para hacer el trabajo, pero Cosme siempre andaba igual, y, al final, había para todos y nunca pasaba nada, no iba a ser ahora la primera vez.

El jefe de obras salió del despacho con las ideas muy claras sobre lo que podía pasar, no tanto sobre lo que podía hacer para que no pasara, e, inmediatamente, destinó una cuadrilla formada por los obreros más competentes para que rellenaran de arena el agujero, la apisonaran bien para que no repisara y lo dejaran a nivel, que alguno era capaz de meter el pie –que le cabía de sobra porque, hay que joderse, lo grande que se había hecho el agujero-, y tener un disgusto –el dueño del pie, y él, por añadidura, que, a ver qué cara le ponía él al concejal si fuera el caso-.

La crisis había acarreado la penuria económica de los constructores de obra pública –no sólo de ellos, pero también- y, por ende, de los concejales de urbanismo que participaban de los desvelos de los constructores y de los de los ciudadanos, a pesar de que éstos, la mayoría de las veces, no se lo merecían, pero la vocación de servicio público era así y bastaba con la satisfacción del deber cumplido. Sin embargo, también había que reconocer que la crisis había traído algo bueno y era que, después de tantos años, generaciones incluso, intentando doblegar a los segundos –los primeros nacían doblegados ya-, por fin, poquito a poco, sin prisas pero sin pausas, éstos se habían ido dejando apoderar por un sentimiento de fatalidad que, ¡oh, milagro!, les había llevado a dejar de protestar, a dejar de quejarse. ¿Para qué quejarse, si la situación era irremediable? ¿Cómo si no,  explicarse que, después de quince meses sin tapar el agujero nadie viniera a quejarse por el Ayuntamiento?

El concejal de urbanismo, próximas las fechas de la campaña electoral, decidió darse un baño de popularidad –populismo según la prensa amarilla- y se dedicó a recorrer los barrios, los periféricos, que el centro ya se lo caminaba él cada día para ir a su despacho, pero sin pasarse, que los del extrarradio podían esperar a la siguiente campaña y, según como se viera él de seguro. Dudó hasta el final de si sería juicioso pasar también por aquella calle agujereada que llevaba tantos meses sin arreglar, pero en seguida decidió que era el momento, que él siempre daba la cara y no tenía la culpa si el Ayuntamiento no había destinado presupuesto para aquello, al fin y al cabo también podía explicar, si alguien se ponía borde, que la culpa la tenía el concejal de cultura, que era de la oposición, que pidió destinar el dinero a contratar al personal de la biblioteca, que, por cierto, cerrada, no había generado ningún gasto en siete años,  pero como el de cultura tenía fama de subversivo, hubo que ceder y dejar el agujero para mejor ocasión.

No podía dar crédito a lo que veía. Mira que ya iba mosqueado porque parecía que nadie quería pararse a hablar con él, quizás el fotógrafo que le seguía a todas partes les intimidara un poco, estaba claro que no se merecían que un político se molestara en conocer de viva voz cuales eran los problemas del barrio, pero aquello ya era el no va más; después de quince meses, del famoso agujero de los botes de humo emergía un arbolito, y en la valla alguien había escrito “Proyecto árbol” y, además, los vecinos paseaban por allí cerca sin quitarle ojo, a ver si resulta que ahora temían que el Ayuntamiento asfaltara la calle. Dio por terminado el paseo y enfiló encorajinado hacia su despacho. Al día siguiente llamó al jefe de obras y, aunque intentó sosegarse, a medida que hablaba, se enfurecía cada vez más.

-¡Me importa un carajo si el árbol ha nacido sólo o alguien lo ha plantado allí! ¿Pero, qué se ha pensado la gente que es esto? ¡Ahora mismo vas allí y lo arrancas; tú, personalmente! Solo nos faltaba que viniera alguien enarbolando banderas de ecologismo, y de vida en la muerte, y tonterías por el estilo…

-Señor… piénselo usted bien, mire… El hombre le tendió el periódico local y le señaló la fotografía que venía en la segunda página. El fotógrafo que llevaba en la campaña le había sacado una foto cuando se inclinaba sobre el arbolito y el agujero, de modo que se veía el gesto, pero no la gesticulación, y su jefe de prensa había aprovechado la oportunidad para explicar cómo el concejal de urbanismo, defensor de las zonas verdes en su ciudad –“su ciudad”, textualmente- había alabado la feliz iniciativa de los vecinos, que se turnaban para regar y proteger del vandalismo el germen de lo que podría llegar a ser un parque.

El concejal intentó tragar saliva para aliviar la presión de la garganta, se sujetó en el borde de la mesa para no caer y pensó, antes de perder la conciencia, que el oficio de político estaba lleno de sacrificios y sinsabores.

IMG-20140719-WA0001-001Foto cedida por Raúl Rodríguez Acedo.

 

Luna llena

Miró al cielo unos instantes y apuntó en el cuaderno abierto sobre la mesa, Esta noche, la Luna es un gran queso de bola. Qué poco romántico, pensó, donde los poetas encuentran inspiración constante yo sólo veo cosas de comer; será que tengo hambre… Pero entonces reparó en que había escrito Luna con mayúscula y ya le pareció que ese gesto denotaba que él también tenía un sentido lírico de la vida. Se quedó más tranquilo.
Cada día se levantaba con el mejor de los ánimos, con ganas de comerse el mundo, de saborear cada minuto –y dale con las cosas de comer-, y, cada día, alguien, algunos o casi todos, se empeñaban en ponérselo un poquito más difícil cada vez, y él se debatía entre lo que deseaba y lo que tenía, entre lo que imaginaba y lo que veía a su alrededor.
Por un momento se preguntó si realmente él sería un pesimista que se empeñaba en disimular constantemente su propia forma de ser con el afán de creerse él también su propia mentira, quizás sólo representaba un papel que el azar le había asignado por eliminación de los demás, quizás…
Se sorprendió mirando a la Luna de nuevo, en realidad no podía separar los ojos de aquella Luna inmensa, suspendida y amarilla. La Luna dominaba todo lo que se veía y todo lo que se podía adivinar más allá de su luz, la Luna atraía su mirada como atraía las aguas del mar o el pensamiento de los locos.
Siguió mirando sin apenas pestañear, hasta que los ojos le quemaban, y, entonces, la vio. La vio y el corazón le dio un vuelco en el pecho y la cabeza, por un instante, se le quedó vacía de sangre; pero la vio, e, inmediatamente, decidió que nunca podría contárselo a nadie; una niña vestida de negro y con un sombrero puntiagudo cruzaba el cielo subida en una escoba. La vio al contraluz de la Luna, y nadie podría discutírselo, porque él miraba atentamente cuando la niña volvió su cara hacia él y le hizo un guiño, sonriendo.

Las manos

Desde que la vio llegar a la puerta del instituto y los nervios del primer día la hicieron tropezar y caer, y él le tendió la mano para ayudarla a levantarse, ya no pudo desprenderse de su mirada, ya no pudo cerrar la puerta por la que ella había entrado en su vida sin pedir permiso y ya todo el mundo se habituó a verlos caminar así, con las manos enlazadas, como siameses que desconocen la soledad.
Pasó mucho tiempo, hubo muchos millones de momentos, hasta que ella empezó a sentir que la mano acogedora de él la ataba, que la frontera a la que se llegaba con los brazos de los dos extendidos dibujaba un mundo diminuto y ella quería ir más lejos, mucho más lejos, para poder regresar y, quién sabe, volver a irse después.
Se alejó una tarde cualquiera, sin ni siquiera tener que decirlo; ella tiró un poco de su mano y al momento él abrió la suya para dejarla libre, como se deja que el agua escape del cuenco que hacemos con ellas para beber, irremediablemente.
Cuando ella volvió estaba más guapa que nunca, quizás también un poco más triste, más lánguida; él la vio llegar de lejos y la esperó con las manos en los bolsillos de los pantalones, que empezaron a moverse por el temblor. Ella se acercó en silencio, sonrió y con delicadeza metió la suya en el bolsillo de él buscando entrelazarse con sus dedos, con toda la nostalgia y con toda la ternura de que era capaz después de tanto tiempo, pero no reconoció el tacto de aquella carne temblorosa. Él se liberó despacio y sacó del pantalón aquel amasijo de cicatrices en el que se había convertido su mano, para que ella la viera, y, sin mediar palabra, empezó a llorar.
Ella no preguntó, pero, si lo hubiera hecho, nadie le habría podido explicar cómo había ocurrido aquel accidente. Todos sabían que, cuando se atascaba la sierra, había que pararla e intentar desatascarla después. Todos los sabían, él el primero, y todos le avisaron de que no metiera la mano, pero él no les escuchó, él se fue a la sierra como un loco, como si hubiera querido amputarse la mano desde siempre.

La entrevista

La periodista se inclinó hacia la anciana desde el sofá de al lado, con una sonrisa cómplice y una voz seductora, para preguntarle esta vez por algo más íntimo, más personal que la obra de toda su vida, si es que podía haber algo en ella más personal, y, a la vez, más íntimo, que su obra.

-¿Qué fue lo que la enamoró de él?
La anciana sonrió dulcemente y miró a la muchacha con ternura, tan joven le pareció, tan inocente, preguntando por la génesis del universo…
-Me enamoré de él, dijo –y ninguna de las dos le había nombrado- en el momento en que le vi comiendo pan.
La anciana esperó a ver la cara de asombro de la joven, y continuó.
– Como un niño, comía pan como un niño, cogía un trozo enorme y no lo partía para llevárselo a la boca; cogía un trozo inmenso –y gesticulaba como si fuera él en ese momento- y lo comía a mordiscos, como si se le fuera a terminar, con ansia, como si no hubiera manjar más exquisito en el mundo.
La joven se quedó mirándola con cierta expresión de sorpresa, y la anciana añadió:
-Mire, señorita, yo supe, al verle, que ese hombre era capaz de saborear la vida con el mismo entusiasmo que ponía en comerse el pan, que era capaz de hacer grandes las cosas pequeñas, de ser inmensamente feliz y, probablemente, inmensamente desgraciado. Él era capaz de emocionarse con la vida; y de emocionarme –dijo pensativa y, mirando a la muchacha, añadió – ¿quién iba a perder una oportunidad así?
La joven recompuso su figura contra el respaldo del sofá, el bolígrafo abandonado sobre el bloc de notas y la mano desmayada en el regazo, mientras dudaba de si sería capaz de transmitir la fuerza y el brillo de aquellos ojos gastados.

Conceptos

Se metió en Internet y lo consultó en el Diccionario para aclarar los conceptos y las cosas, si es que las cosas podían estar claras alguna vez en su cabeza. No podía dejar de analizar la situación, de mirar atrás para intentar reconocer el camino que la había llevado hasta allí, hasta este desapego, hasta esta desidia emocional que la alejaba de él.

Respeto
1. m. Veneración, acatamiento que se hace a alguien.
2. m. Miramiento, consideración, deferencia.

Admiración
1. f. Acción de admirar.
2. f. Cosa admirable.

Admirar
1. tr. Causar sorpresa la vista o consideración de algo extraordinario o inesperado.
2. tr. Ver, contemplar o considerar con estima o agrado especiales a alguien o algo que llaman la atención por cualidades juzgadas como extraordinarias.U. t. c. prnl.
3. tr. Tener en singular estimación a alguien o algo, juzgándolos sobresalientes y extraordinarios.

Se separó un poco de la mesa, buscando espacio para respirar, para tener un poco de perspectiva. En los últimos meses la idea de recorrer el camino al revés se había vuelto machacona y, con demasiada frecuencia, se veía de nuevo diez años atrás, cuando le conoció, cuando se conocieron, cuando, poco a poco, se fue pillando de aquel hombre al que empezó admirando profundamente, no sólo por sus cualidades y su capacidad, sino también, o sobre todo, por su actitud, hasta que esa admiración y ese respeto derivaron en amor. Quizás la única diferencia, pensó, fuera que el amor espera reciprocidad y cercanía, y la admiración y el respeto pueden ser de dirección única y en la distancia; pero, sin duda, ambos sentimientos habían sido imprescindibles para acabar enamorándose. ¡Cómo no admirarle cuando batallaba por convertirse en escritor, con aquella sensibilidad tan extraordinaria para captar los matices de la vida, y para contarlo después? ¿Cómo no admirarle por sus principios, por su compromiso vital? ¿Qué nos pasó, o qué me pasó a mí para alejarme tanto?.

Volvió a verle, de madrugada, la taza del café con el fondo reseco, junto al cuaderno y los lapiceros con los que le gustaba escribir, tapándose los ojos con la mano izquierda mientras buscaba la frase adecuada para seguir escribiendo, un poco ladeado, y con el borde de la mano derecha manchado de carboncillo. Mandar relatos a los concursos le obligaba a ponerse metas, pero llegaba a ser desalentador si nunca te premiaban o te concedían un accésit, tenías que estar muy seguro de lo que querías para seguir adelante por un camino sin señalizar, con una meta probable pero con un recorrido incierto; y él dudaba a veces. Quizás el principio del fin fue cuando aceptó aquel contrato de articulista en una revista cuya línea editorial estaba bastante lejos de su forma de pensar. Cambió su libertad por una monotonía dirigida, la montaña rusa de su imaginación por la estabilidad mollar de su columna comprada, y a ella se le vino abajo la visión caleidoscópica que tenía de él. No fue de repente, fue un abandono que acabó en desvalimiento; simplemente, él dejó de tener el valor extraordinario que tenía para ella, nada que admirar, nada que respetar, ¿qué clase de amor podría sobrevivir a esto?

Se levantó de un impulso cogiendo el teléfono móvil mientras se dirigía a la cocina para beber un poco de agua. Cuando le oyó al otro lado la voz le salió atropellada “Rafa, ¿vas a venir a comer? No, no, es que tenemos que hablar; no, no pasa nada. Pero tenemos que hablar”. Colgó apresuradamente con intención, para no escuchar su silencio. Naturalmente que no iban a romper por teléfono –si quedaba algo por romper aún-, los dos se merecían una conversación en persona, pero había necesitado anunciarlo, como una cita ineludible, para que luego no le faltara el valor para empezar, como otras veces.

Se acordó de su abuela, cuando, en los años de adolescencia, y sintiéndose acorralada, le decía dulcemente “Tranquila, hija, cuando una puerta se cierra, una ventana se abre”. Una puerta se cierra…, una puerta se cierra…, se angustió pensando en lo que le quedaba aún por pasar, en la conversación, en la mirada de cordero degollado, en el frío de después, en la soledad. Se abalanzó hasta la ventana de la cocina y se sujetó en el alfeizar mientras adelantaba el cuello con la boca abierta, llenando los pulmones del aire de la calle. Una ventana se abre…, una ventana se abre… y sintió que aquellas bocanadas le dejaban en el pecho un eco de esperanza.

Superman

Al Doctor Folly, eminente psiquiatra, le costó mucho, muchísimo –en realidad, habría que hablar de que tuvo muchas dificultades, porque, costar, costar, al que le costó fue a su paciente- convencer a aquel hombre de que, aunque él se sintiera un héroe con aquella ropa, con una fuerza extraordinaria que le situaba por encima del bien y del mal, e imbuido de una curiosidad extrema que le permitía explorar nuevos universos, lo que, en realidad, llevaba, eran unos calzoncillos rojos por fuera de una malla azul cielo, y eso podía hacerle pintoresco pero, desde luego, no le convertía en un héroe. Le costó mucho meterle en la cabeza a aquel hombre que no se podía ir salvando gente por la calle, gente que, la mayoría de las veces ni siquiera se sentía en peligro hasta que él llegaba, que eso podía ser bueno para su ego, pero desestabilizaba un tanto al personal que, sintiéndose objeto de atención de un héroe, sin haberse reconocido previamente la necesidad, empezaba a visitar al psiquiatra para liberarse de la víctima que llevaban dentro.

Pero lo que más dinero le costó a aquel paciente, y más esfuerzo y dedicación necesitó del eminente Doctor Folly, fue conseguir que aquel hombre se reconociera sin disfraz, que se mirara al espejo cada mañana, aún con legañas y con ese tacto de madera en la lengua, y se supiera un héroe cotidiano, capaz de sacar ilusión de la mirada de la gente anónima en la calle, de dibujar emociones sin tener que provocar un tornado, de sentirse, aun con aquella pinta matutina, capaz de salvarse a sí mismo cada día, y, sobre todo, capaz de dejar que le quisieran. Esto fue lo que más le costó al Doctor Folly.