Volvió a verla de nuevo después de mucho tiempo, demasiado tiempo para no confundir los recuerdos con su imaginación. Volvió a verla, más delgada aún, el cabello más largo también, pero el mismo brillo en la mirada, y esa sonrisa suya iluminándolo todo, y ese olor, ese olor acogedor que le invitaba al abrazo, y que seguía, después de tanto tiempo, erizándole la piel.
Categoría: Relatos
Mujeres
Siempre hubo a su alrededor mujeres más altas que ella, más delgadas, más simpáticas, más llamativas y menos inteligentes que ella; mujeres que resultaban más atractivas que ella.
Por eso decidió vivir al margen de cualquier referencia y ser ella misma; apta solo para valientes.
Causalidad
Eligió el libro casi por casualidad, de entre otros tan ajados y con títulos tan prometedores como el suyo, capaces de solucionar dudas y despertar curiosidades con cuatro o cinco palabras. Ya en casa, lo abrió con calma, como hacía siempre al inicio, y hojeó las primeras páginas sin pararse demasiado en ninguna parte. Cuando vio el resguardo del préstamo de la biblioteca le extrañó haberlo dejado allí, hasta que reparó en que sólo el apellido coincidía, pero, ni el nombre era el suyo, ni el segundo apellido, ni la fecha, que era, sin embargo, muy cercana. Dejó de respirar, por un momento su cuerpo entero quedó como suspendido en el aire, cuando se dio cuenta de que, antes que ella, un hombre que se apellidaba como ella había elegido el mismo libro, había sentido la misma curiosidad y tenía la misma afición que le impelía a buscar las mismas fuentes que ella.
Releyó el resguardo de nuevo y vio que no se equivocaba, allí estaba su nombre y sus dos apellidos, incluso su número de teléfono. Dudó solo un instante, ni siquiera fue consciente de que había tomado una decisión, cogió el teléfono, marcó el número y esperó el sonido que hacían al descolgar al otro lado de la llamada.
Verano
El verano nos enseñó el vello masculino censurado o semejando una barba de tres días; rosarios de venas amoratadas, como gusanos asfixiados bajo la piel, o redes de finos hilos rojizos y violáceos que se desparraman desde las corvas, arriba y abajo, como si dibujaran un mapa de ríos, afluentes y arroyuelos; pies desfigurados con juanetes y dedos que se agarrotan arqueados; uñas que alguna vez estuvieron pintadas de vivos colores y otras que perdieron la partida contra el calzado martirizador y se quedaron mermadas y contrahechas; barrigas que se escapan de las cinchas, o muslos tan ceñidos que parece que fueran a estallar … El verano es impúdico y falto de prejuicios, carente de la hipocresía del invierno, que todo lo disimula con la disculpa del frío. Todo lo disimula el invierno, para seguir siendo verano en nuestra íntima soledad.
Razones
Volví a fumar porque no te gusta que fume; porque odias el olor a tabaco en la ropa y en la piel y te asquea el sabor rancio que el humo deja en la boca.
Volví a fumar para darte una disculpa; porque no podía soportar que, simplemente, hubieras dejado de quererme.
En el estío
El sol es un brasero ardiendo que hiere los ojos y la piel, los perros acezan buscando la sombra, la boca abierta y el aleteo del pellejo en la barriga, sólo las chicharras, incansables, siguen aserrando el aire con ese chirrido metálico que ocupa toda mi cabeza, a punto de estallar. Ya ni siquiera puedo pensar, mi cerebro se ha licuado por el calor y se derrama en gotas de sudor sobre mi cara. En días así, decía mi madre, sólo andan por la calle los locos y los asesinos.
Sólo yo camino por la calle, bajo este sol injusto que todo lo arrasa, la mano derecha en el bolsillo, agarrando el mango del cuchillo que cuelga dentro de la pernera del pantalón, sólo yo, sólo yo tengo algo que hacer ahora, además de ese hijo puta que me espera sin saberlo. Sólo yo; y nunca he estado más cuerdo que en este momento.
Cumpleaños
El día de su cumpleaños, Saúl decidió no hacer balance. Se levantó como cada día aunque, poco a poco, fue dejándose invadir por una sensación de novedad, de estreno, como cuando, de pequeño, se ponía una camiseta o unas zapatillas nuevas, y la vida estaba por gastar aún.
El día de su cumpleaños, Saúl tampoco quiso hacer planes, ni siquiera para el corto plazo del año que seguiría a aquel día. Cerró los ojos y sintió cómo una ligera brisa le acariciaba el rostro y le envolvía después en un tierno abrazo, identificó en ella el olor y la textura de todos sus afectos y se sintió entrañablemente vivo, capaz de seguir ilusionándose y aprendiendo y rectificando o no, según el momento y la ocasión; para no dar todo por hecho nunca, para tener siempre un camino por delante.
Saúl se dio cuenta de que no sólo no iba a ser capaz de dibujar su futuro, sino que ni siquiera le importaba. Lo único que Saúl quería era sentirse vivo, y eso ya lo había conseguido, con creces.
Toc-Toc
Musa, en realidad, se llama Musaraña, y acompaña siempre a la cojita, con cuidado de no enredarse entre sus piernas y dar con sus huesos en tierra. Musa es una preciosa gatita blanca y negra, negra y blanca, que descansa en el balcón, modorrando bajo el sol del invierno o al amparo de la esquina en sombra en el verano, pero siempre atenta cuando el toc-toc de la muleta de la cojita le indica que hay movimiento en la casa.
La cojita no tiene nombre, o parece que no lo tuviera, porque nunca he oído a nadie llamarla por su nombre. Ella es una muchacha de unos quince años, que maneja la muleta mejor que sus propias piernas, que ya, desde que nació, la derecha le nació como seca y su padre no supo nunca qué hacer, que ni preguntar a su madre pudo porque murió del parto, y se vio sólo con la niña, que otra familia no tenía, y la criaron entre él y las vecinas, que otra mujer no tuvo porque no le diera mala vida a la cojita.
Musa es el alma de la cojita, tan mimosa que se muere por una caricia, se despanzurra boca arriba cuando la oye llegar, toc-toc, esperando que la muchacha levante un poco el extremo de la muleta y le acaricie con él la panza blanca, y tan ágil y tan juguetona como ella, como su alma, que a la cojita se le cae la baba cuando ve a la gata contorsionarse persiguiendo a una mosca.
Cada día, desde mi casa, al lado de la suya, oigo al padre salir de la casa, apenas amanecido, y regresar cada tarde al anochecer, y a la cojita, toc-toc, moviéndose por la casa, ya viene, ya viene, y a Musa maullando porque quiere salir al balcón. En realidad esto era así hasta hace un mes. Hace un mes escuché la puerta cerrarse de madrugada, y luego escuché a la cojita moviéndose por la casa, como cada día, y luego, ya contra la tarde, no escuché nada, salvo a la gata maullando, y el agujero en el aire que dejaba la ausencia del toc-toc habitual. Y luego ya, las vecinas cotorreando que si la cojita se había ido a la ciudad, aburrida de la vida que llevaba, y que si se había escapado sóla o se había ido con uno que venía al mercadillo de los miércoles.
Por eso, ahora, Musa se acurruca junto a mí en el sofá y se ovilla en mi cama, y me persigue por la casa sin miedo a tropezar con mis piernas, tan acostumbrada está a esquivar ese peligro, y las dos levantamos la cabeza y orientamos las orejas hacia la casa de al lado, porque nos parece, de cuando en cuando, escuchar el toc-toc de una muleta.
Siete días
El primer día no fue capaz de dormir; cerraba los ojos y sólo la veía a ella, hablándole sin voz, moviendo la boca para decirle lo que ya había escuchado de sus labios cuando vino a despedirse, como un martillo en su cerebro.
El segundo día se levantó agotado, al límite de sus fuerzas, se veía arrastrándose bajo un peso que no podía soportar, sin horizonte, en una existencia gris y dolorosa que empezaba a asfixiarle, como si ella se hubiera llevado el aire que respiraba.
El tercer día el dolor se hizo más físico, le dolía la garganta y el estómago se le había anudado. Hablaba poco o nada, lo estrictamente necesario para que nadie sospechara lo que le pasaba; sólo le faltaba que alguien se le acercara condescendiente intentando entenderlo.
El cuarto día se sintió terriblemente sólo, abandonado a sus recuerdos como el único alimento del que podía tirar para seguir subsistiendo, aunque aquella existencia fuera ya oscura y triste; sin futuro, con un presente doloroso y un pasado efímero que intentaba aprovechar como el fuego en el invierno, acercándose a él para entrar en calor, para sentir de nuevo el cuerpo entumecido por el frío, a sabiendas de que ya no podría echar más leña para mantenerlo vivo.
El quinto día sintió que había tocado fondo, que ya no podía sentirse peor. Se supo sólo y sin fuerzas para sobrevivir, ni siquiera le consolaba ya el recuerdo de los momentos felices, le atenazaba la sensación de pérdida, de nunca jamás, y decidió dejarse llevar, dejarse ahogar en aquella pena sin llanto. Ya no podía sentirse peor.
El sexto día comenzó a emerger del fondo en el que se había hundido. Sin ni siquiera decidirlo se sintió impulsado a vivir a pesar de todo, a llegar a la superficie, como si no quedara otro remedio. Tomó conciencia de su propia existencia, dolorosa pero real. Soñó que su corazón se liberaba de una coraza que le aprisionaba y lo vio latir por sí mismo. Se sintió un superviviente. La recordó de nuevo y le dolió aún, mucho, muchísimo, pero al momento supo que sólo podía permitirse recordar para seguir caminando. Y eso hizo.
El séptimo día descansó.
El agujero
-¡Tapen el puto agujero o pongan una señal! ¡Hagan lo que quieran, pero hagan algo! Y entonces se apoyó, de pie como estaba, en el borde de la mesa; sus brazos, rígidos, acabados en dos manos como palas, y sus ojos, saltones, abiertos como platos. -! O van a dar lugar a que algún viejo se tropiece en él y tengamos que pagarlo como nuevo! Y arrastró la “o” final, dejando tiempo para que el jefe de obras, que era su único interlocutor, pudiera dar rienda suelta a la imaginación y ver la que se lo podía venir encima.
El concejal de urbanismo, íntegro y concienzudo como el que más, no comprendía como podían pasar estas cosas; como era posible que la última manifestación hubiera dejado tras de sí aquel descalabro. La prensa de la oposición había escrito a voces que los impactos de los botes de humo de la policía habían provocado oquedades en el asfalto de la vía principal, probablemente, seguramente, porque la última mordida del asfaltado que se hizo en primavera había sido desmedida y el material utilizado era endeble como el betún, es más, sólo era betún. Ya se sabía lo que había, tenían que ser los botes de humo de los policías, no podían ser las piedras que lanzaban los manifestantes, que la policía no hacía más que defenderse de tanto vandalismo, y los agujeros salían siempre después de las lluvias, ya era cosa sabida y esperada, pero la prensa malintencionada sólo pensaba en mordidas. Por cierto, a ver si hablaba con Cosme y le abroncaba, que, esta vez, se había pasado, bien es verdad que se quejó desde el principio de que no iba a quedar dinero para hacer el trabajo, pero Cosme siempre andaba igual, y, al final, había para todos y nunca pasaba nada, no iba a ser ahora la primera vez.
El jefe de obras salió del despacho con las ideas muy claras sobre lo que podía pasar, no tanto sobre lo que podía hacer para que no pasara, e, inmediatamente, destinó una cuadrilla formada por los obreros más competentes para que rellenaran de arena el agujero, la apisonaran bien para que no repisara y lo dejaran a nivel, que alguno era capaz de meter el pie –que le cabía de sobra porque, hay que joderse, lo grande que se había hecho el agujero-, y tener un disgusto –el dueño del pie, y él, por añadidura, que, a ver qué cara le ponía él al concejal si fuera el caso-.
La crisis había acarreado la penuria económica de los constructores de obra pública –no sólo de ellos, pero también- y, por ende, de los concejales de urbanismo que participaban de los desvelos de los constructores y de los de los ciudadanos, a pesar de que éstos, la mayoría de las veces, no se lo merecían, pero la vocación de servicio público era así y bastaba con la satisfacción del deber cumplido. Sin embargo, también había que reconocer que la crisis había traído algo bueno y era que, después de tantos años, generaciones incluso, intentando doblegar a los segundos –los primeros nacían doblegados ya-, por fin, poquito a poco, sin prisas pero sin pausas, éstos se habían ido dejando apoderar por un sentimiento de fatalidad que, ¡oh, milagro!, les había llevado a dejar de protestar, a dejar de quejarse. ¿Para qué quejarse, si la situación era irremediable? ¿Cómo si no, explicarse que, después de quince meses sin tapar el agujero nadie viniera a quejarse por el Ayuntamiento?
El concejal de urbanismo, próximas las fechas de la campaña electoral, decidió darse un baño de popularidad –populismo según la prensa amarilla- y se dedicó a recorrer los barrios, los periféricos, que el centro ya se lo caminaba él cada día para ir a su despacho, pero sin pasarse, que los del extrarradio podían esperar a la siguiente campaña y, según como se viera él de seguro. Dudó hasta el final de si sería juicioso pasar también por aquella calle agujereada que llevaba tantos meses sin arreglar, pero en seguida decidió que era el momento, que él siempre daba la cara y no tenía la culpa si el Ayuntamiento no había destinado presupuesto para aquello, al fin y al cabo también podía explicar, si alguien se ponía borde, que la culpa la tenía el concejal de cultura, que era de la oposición, que pidió destinar el dinero a contratar al personal de la biblioteca, que, por cierto, cerrada, no había generado ningún gasto en siete años, pero como el de cultura tenía fama de subversivo, hubo que ceder y dejar el agujero para mejor ocasión.
No podía dar crédito a lo que veía. Mira que ya iba mosqueado porque parecía que nadie quería pararse a hablar con él, quizás el fotógrafo que le seguía a todas partes les intimidara un poco, estaba claro que no se merecían que un político se molestara en conocer de viva voz cuales eran los problemas del barrio, pero aquello ya era el no va más; después de quince meses, del famoso agujero de los botes de humo emergía un arbolito, y en la valla alguien había escrito “Proyecto árbol” y, además, los vecinos paseaban por allí cerca sin quitarle ojo, a ver si resulta que ahora temían que el Ayuntamiento asfaltara la calle. Dio por terminado el paseo y enfiló encorajinado hacia su despacho. Al día siguiente llamó al jefe de obras y, aunque intentó sosegarse, a medida que hablaba, se enfurecía cada vez más.
-¡Me importa un carajo si el árbol ha nacido sólo o alguien lo ha plantado allí! ¿Pero, qué se ha pensado la gente que es esto? ¡Ahora mismo vas allí y lo arrancas; tú, personalmente! Solo nos faltaba que viniera alguien enarbolando banderas de ecologismo, y de vida en la muerte, y tonterías por el estilo…
-Señor… piénselo usted bien, mire… El hombre le tendió el periódico local y le señaló la fotografía que venía en la segunda página. El fotógrafo que llevaba en la campaña le había sacado una foto cuando se inclinaba sobre el arbolito y el agujero, de modo que se veía el gesto, pero no la gesticulación, y su jefe de prensa había aprovechado la oportunidad para explicar cómo el concejal de urbanismo, defensor de las zonas verdes en su ciudad –“su ciudad”, textualmente- había alabado la feliz iniciativa de los vecinos, que se turnaban para regar y proteger del vandalismo el germen de lo que podría llegar a ser un parque.
El concejal intentó tragar saliva para aliviar la presión de la garganta, se sujetó en el borde de la mesa para no caer y pensó, antes de perder la conciencia, que el oficio de político estaba lleno de sacrificios y sinsabores.
Foto cedida por Raúl Rodríguez Acedo.