Incertidumbre

Confío en que ella lo sepa; que sepa que yo la quiero y que siempre estaré a su lado. Es tan difícil conocer la distancia exacta, la distancia a la que debo estar para no invadirla y para no arriesgarme a perderla, tampoco. Para no acercarme ni alejarme demasiado… Y, mientras tanto, esperar… pero, ¿esperar, qué? A veces, hasta yo olvido que la verdadera generosidad es estar ahí sin que nadie lo diga, sin que ella tenga que pedirlo, y, sí, en realidad, eso hago, solo que hasta los espíritus más entrenados en luchar contra la adversidad, hasta los más recios y avezados tienen momentos de flaqueza, momentos en que darías tu vida por una sonrisa o por una caricia para poder seguir.

(De las memorias de Ismael Blanco)

De desconfianza

Hasta que aquel hombre llegó al pueblo las puertas de las casas nunca se cerraron con llave. Los vecinos las ponían en las cerraduras, eso sí, para que no se les olvidara cogerlas al salir y luego encontrarse conque no podían entrar en casa, que no todos estaban tan ligeros como para andar saltando por las ventanas abiertas o desde los balcones aledaños, pero, desde que llegó aquel hombre al pueblo las cosas cambiaron y la desconfianza y, en algunos, el miedo que generó esa desconfianza, les pusieron “a guardar la viña”, como decían los viejos.

Nadie le conocía de antes ni sabían de dónde venía y solo alguno sabía a qué se dedicaba; no es que fuera mal vestido o desaseado, al contrario, el forastero era pulcro en sus formas y muy educado, saludaba a los del pueblo aún sin conocerles con un “Buenas tardes” o “Buenos días”, dependiendo de la ocasión, y no les miraba a los ojos para no parecer desafiante, salvo que alguno le hablara, no fuera a interpretarse que tenía algo que esconder. Pasaban los días y los viejos que se sentaban al serano seguían callando a su paso y lo miraban ir, y las mujeres que hacían corrillo en la calle cuando iban a comprar cuchicheaban arrimando sus cabezas cuando él saludaba. En una ocasión le pareció que se referían a él como “bohemio” y dudó de que realmente supieran el significado de la palabra y otras veces escuchó palabras sueltas como “raro”, “nuevo” o “artista”, e incluso todas a la vez, en la misma conversación.

Consciente de lo poco que avanzaba la situación, y ya algo incómodo, el forastero, incapaz de hacerse transparente para pasar desapercibido decidió pasar a la acción. El martes, día de mercadillo en el pueblo, se paseó por la plaza, en plena ebullición, y se codeó, y nunca mejor dicho, con todo el que pudo, y opinó sobre las frutas y las verduras mirando a las mujeres que compraban a su lado, como buscando aprobación a sus comentarios; y el sábado, a eso de las once, se pasó por el comercio del pueblo, uno de esos bazares que funcionan como las cajas de resonancia, y donde lo mismo encuentras unas botas de trabajo que un frigorífico o bacalao seco al peso, y se plantó delante del mostrador y de la señora Pura, que lo esperaba algo desafiante al otro lado, y preguntó en voz bastante alta, para que todo el que estuviera allí, incluso los sordos, que eran mayoría, lo oyeran:

-Buenos días, Pura. ¿Podría decirme si hay ladrones en el pueblo?

La cara que puso la señora Pura pasó de la sorpresa al susto en décimas de segundo, miró a ambos lados sin dar crédito a lo que estaba oyendo y con tono elevado por el enfado y para no ser menos que el que el forastero había utilizado, respondió:

-¡¿Cómo dice usted?! ¡Naturalmente que no hay ladrones en el pueblo! Al menos, no entre la gente del pueblo –se atrevió-. ¿Por qué pregunta usted eso? ¿Le han robado, acaso?, y dijo esto último con un puntito de hosquedad.

-No, no, ni mucho menos, no. Es que yo me vine aquí pensando que la gente del pueblo era de confianza y no cierro la puerta de mi casa porque no creo que sea necesario, yo me fío de ustedes… Pero es que, me he dado cuenta de que ustedes sí que cierran las suyas, y ya me he empezado a apurar pensando si ustedes saben algo que yo no sé y si debería preocuparme y protegerme. No sé, a mí ustedes todos me parecen buena gente…- y sonrió con la sonrisa más inocente de que fue capaz.

No hubo necesidad de más conversación, compró una caja de cerillas y un paquete de sal, para disimular, pagó con lo suelto porque la señora Pura todavía no se había recuperado del susto y salió.

El martes siguiente, el forastero, que ya no lo era tanto, se paseó discretamente por el mercadillo y tuvo que responder con una abierta sonrisa al saludo que varias mujeres le dedicaron y Pedro, el alcalde, que, además de alcalde era el marido de la señora Pura y presumía de ser alcalde porque los vecinos lo querían a él, independientemente del partido por el que se presentara, se hizo el encontradizo con él, le dio la bienvenida al pueblo como si acabara de enterarse de su llegada y le ofreció el Hogar del Jubilado por si algún día decidía hacer una exposición con sus cuadros. Y, ya cuando se alejaba, se volvió para decirle, levantando el brazo para llamar su atención:

-¡Ah! Este pueblo es muy tranquilo, ya lo verá  usté –dijo “usté”, sin la d final-. Aquí no hace falta ni echar la llave a la puerta…, todos nos conocemos.

Ismael Blanco

Supe que Ismael Blanco había vivido en la casa en la que ahora vivo yo, por pura casualidad. Cuando la alquilé, ni siquiera abrí la puerta del sobrado, a mí me interesaba la parte de la casa que yo podía habitar y en la ciudad nunca tuve un sitio donde guardar los trastos viejos, de modo que ni echaba de menos ese espacio ni creía que fuera a necesitarlo. Fue unos días después de acabar la mudanza, cuando ya empezaba a sembrar cachitos de mí por los rincones, cuando decidí subir al sobrado y almacenar allí unas cajas que, quizás más adelante, pudiera necesitar. La luz del sol se filtraba entre las tejas y el polvo bailaba en ella, movido por el impulso de la puerta abierta; en un rincón, junto a una mesa camilla de madera y una alambrera medio tumbada en el hueco que debía haber ocupado el brasero, había una silla desvencijada y un baúl sin candado. Como a los gatos, me pudo la curiosidad, me acuclillé junto a él y giré la pestaña del cierre. Allí dentro me encontré la vida de Ismael Blanco, ordenada en hatillos de cuadernos, todos iguales, en montones de cuatro o cinco, un año entero por montón, hasta un total de nueve años, los que vivió en aquella casa. A medida que fui leyendo fui preguntando por él a quién le había conocido y nadie supo darme detalles de su vida, habían pasado ya demasiados años para que su memoria se mantuviera fresca; investigué para saber si había escrito y había publicado alguna obra hasta que me convencí de que lo que yo tenía en casa eran las memorias de aquel hombre. A partir de ese momento su presencia en la casa se hizo casi tangible, a veces me sorprendo actuando como si él fuera un interlocutor capaz de escuchar y de responderme y, poco a poco, me resulta imprescindible leer algunas páginas cada día, al menos, algunas páginas.

El día 29 de diciembre de 1976 escribió:

“Lo peor de alejarte de un alma gemela es la sensación de orfandad, de soledad sin esperanza; el no poder compartir… La soledad física se agota antes y deja solo un poso, pero la soledad emocional deja una herida que nunca cicatriza.

Hay días en que uno se levanta creyéndose capaz de andar por el mundo, incluso de marcarse un rumbo, de creer que sabe adónde  va y de creer que tiene fuerzas para seguir. Hay días en que uno cree que renace, tan muerto como estaba…”.

De amor y olvido

Se sentó en el rincón donde le gustaba leer y se quedó allí, con la mirada perdida y el cerebro a mil revoluciones. Intentó primero ordenar sus pensamientos, pero huían despavoridos en cuanto un punto de razón se les acercaba, de modo que decidió investigar sus emociones, y, sobre todo, decidió bajar hasta aquel pozo oscuro que le había ido perforando  en los últimos tiempos. Al cabo de tres horas le dolían las pantorrillas agarrotadas y eso le devolvió al mundo real como si despertara de un mal sueño. Entonces, un único pensamiento se abrió paso en su cerebro y se oyó decir en voz alta: “Si no puedo forzarla a que me quiera, puedo forzarme yo a dejar de quererla…”

Y en los meses siguientes se hizo sangrías en el ánimo, y palideció un poco más; se vendó los ojos para aprender a caminar a ciegas, y se cayó cien veces y se levantó ciento una; se tapó la boca con una mordaza pero escuchó los gritos de desesperación en su cerebro, y decidió, al fin, no moverse más para creerse muerto… hasta que una mañana ya no se reconoció al verse en el espejo, vio sus ojos, sus cejas, su nariz, su boca, pero no era él, y se dio cuenta, por el nudo que sentía en el pecho, de que seguía queriéndola, aunque ya no recordaba ni su nombre ni su cara.

La lucha

La balsa flota a duras penas en mar abierto, muy lejos de la playa y lejos, también, de cualquier refugio, a merced de la tormenta, a merced del pánico. Nada existe ya, ni la miseria ni la esperanza que los ha empujado hasta el mar; tan solo la necesidad violenta de no volcar, de no dejarse engullir por las olas. Dejar atrás esta muerte para alcanzar otra vida y otras muertes.

Solo

Cuarenta y cinco años casados y dos de novios, que se dice pronto. Y, de todo este tiempo, juntos prácticamente siempre, que, hasta para parir, se paría en casa y la mujer no salió al hospital. Hasta hoy.

La mujer le dejó comida para una semana y recomendaciones para un vida entera, y se fue con lágrimas en los ojos a casa de los hijos, para operarse de aquel bulto en la matriz. Ella iba a estar mejor cuidada y él debía quedarse a cuidar de la casa y del ganado, que no entiende de enfermedades ni operaciones. Y allí estaba él, cumpliendo rigurosamente con los horarios y las tareas de cada día, como si nada;  hasta que llegó la noche y se vio solo, y miró a su alrededor, y pensó en la cena y encendió la chimenea… y se puso a cantar, sentado a la lumbre, unos fandangos de Huelva que aprendió cuando la mili. Y hasta las palmas tocaba para acompañarse.

Cien veces

Había escrito cien veces: te quiero. Se apartó un poco, miró la hoja emborronada por las lágrimas y respiró hondo.  Cogió la pluma y escribió de nuevo: te quiero, y, dos segundos después, añadió despacio: olvidar.

De fatigas

Cuando llevaba algún tiempo agobiado, la fatiga se apoderaba por completo de él, caminaba como movido por un resorte, eficaz pero rígido y poco armónico, y su voz se tornaba monocorde. No discutía por economizar fuerzas, pero tampoco se entusiasmaba con nada; él solía decir que se quedaba como en estado latente, esperando que la vida regresara de nuevo.

Decidió hacer un alto en el camino y comerse el bocadillo que había comprado a media mañana. Se sentó en el respaldo de un banco de madera -los pies en el asiento-, sacó el paquetito de la mochila y empezó a desenvolverlo con cuidado. En el papel, una gran boca sonriente de color azul estaba rodeada de un texto: «Usted compra comida pero le regalamos una sonrisa».

Lo leyó dos veces más antes de que las comisuras de su boca se parecieran algo a aquel dibujo azul; comió despacio mientras observaba unos gorriones bañándose en el goteo constante de un grifo, en medio de la plazuela. Picoteaban salpicando en un charquito, sobre la piedra, y se esponjaban aleteando bajo aquella ducha improvisada.

Al poco, él dejó de sentir el tacto áspero de la ropa sobre su piel, incluso le pareció que el goteo del grifo le resbalaba por la espalda, como a los gorriones, arrastrando un poco de aquella fatiga. Dio un último bocado y decidió seguir; al bajarse del banco los pájaros revolotearon nerviosos y en seguida volvieron a su juego. Se acercó a la papelera pero en el último momento cambió de idea, alisó el papel como pudo, lo dobló cuidadosamente y se lo metió en el bolsillo.

De miseria.

El pasado le brotaba por los ojos, cercados por miles de arrugas entrelazadas que  ese mismo pasado había ido escribiendo, machaconamente, a los largo de los años. A veces, cuando las angustias del recuerdo le anudaban la garganta, los ojos se le apagaban más, por secos.  Primero había dejado de llorar, cuando el su José y el hijo murieron -sobre todo, bien lo sabe dios, cuando el hijo murió-, no se puede sentir tanto dolor, tanto y tanta impotencia sin que se acaben  las lágrimas; después simplemente fue cuestión de tiempo que los ojos se le quedaran secos del todo, y que el frío de aquella casa vieja de pueblo se le metiera en los huesos y en el alma.

Tenía la costumbre de secarse las manos con el delantal; las manos nudosas como vides, constantemente mojadas y buscando constantemente en el regazo los pliegues del mandil para secarse; y luego se quedaban ahí, al amparo de la tela enrollada. Dejó retorcido el trozo de toalla que le servía de bayeta y salió al corral a por algo de leña para la chimenea;  lo oyó al remover los troncos, a pesar de que ya estaba dura de oído aquel sonido agudo le llegó perfectamente, y lo anotó en su cabeza como un gemido de animal, una cría desamparada y casi recién nacida. Rebuscó un poco, alargando las orejas, y encontró un gatito de poco más de una semana, con los ojos agrisados y mates aún en unos párpados perezosos. Lo cogió con dos dedos, pillándole por el cogote, mientras el animal chillaba muerto de hambre y tiritaba con los pelos de punta; se lo colocó a la altura de la cara y lo miró con curiosidad, recordó que la gata de la vecina había aparecido aplastada en la carretera el día anterior y dio por hecho que aquel bicho chillón era una de sus crías.

-¡Vaya, vaya! ¿qué tenemos aquí? –y el gatito permanecía colgado del aire sujeto por la pinza que, entre los dedos, hacía la mujer. –De modo que tienes hambre y por eso chillas… ¡Pobre, si estás muerto de frío!

No había decidido quedárselo, no tenía que hacerlo, las cosas, en la vida, le habían pasado, sin más. Conoció a José siendo joven y se casó con él porque él se lo pidió, tuvo un hijo porque dios así lo quiso –que ni él, y ella menos, por dios, sabían de modernidades para tener o dejar de tener hijos- y no quería pensar quién había querido arrebatarle a los dos, pero la vida se los había arrancado y ella no había podido opinar ni decidir en contra. Y cada día vivía porque era lo que tenía que hacer, y punto. Y ahora, aquel bicho chillón la había llamado para no morirse de hambre y de frío. Y punto.

-¡Vaya pareja hacemos, muchacho!- Lo metió en el refugio del mandil y lo acarició alisándole el pelo; se enderezó como pudo pero no se llevó la mano a la ringa, como otras veces, ahora ocupada en dar un poco de calor al gatito, que seguía gimiendo lastimosamente.

Entró en la casa y, sin soltarlo, se acercó al basar; cogió un platito y lo llenó de leche, hundió los dedos en el pan y arrancó unas migas que humedeció en el plato y cogió una pizca para dársela al animal. El gatito sintió el olor imperecedero de la lejía en las manos de la mujer y buscó con la boca más que con los ojos, sorbiendo con avaricia la miga empapada en leche.

-Miserias- dijo mientras la lengua rasposa le limpiaba la yema del dedo. Te llamas Miserias, porque eso es lo que nos ha tocado en suerte, a ti y a mí. Come, come…, sí que tienes ganas de vivir…

Algo se le esponjó dentro del pecho y un hormigueo le subió hasta la cara, tensando la piel, pero no sonrió. Le picaron un poco los ojos mirando al gatito que se afanaba en lamer sus dedos, y, de haber recordado cómo, se habría echado a llorar.

De dolor y soledad

Dejó el teléfono a su lado en el sofá, y se encogió abrazando su cintura; el nudo del estómago había empezado a dolerle y sentía nauseas. Se quedó así unos minutos, con los ojos apuñados esperando las lágrimas, pero ni siquiera ese consuelo tuvo. La perra, que había estado ovillada en el sofá mientras ella tenía el teléfono en la mano, la miró levantando levemente la cabeza. Cuando vio que ella se balanceaba doblada aún, se incorporó hacia ella y le puso una pata en el muslo llamando su atención; la mujer pareció resurgir de un mal sueño y miró a la perra con sorpresa, como si acabara de darse cuenta de que no estaba sola, le pasó la mano por la cabeza y el animal respondió aumentando la presión de la pata y levantando el morro para tocar la mano de la dueña. Ella se sintió entonces caminando lentamente hacia un lago en el que adentrarse, un lago de lágrimas que inundó sus ojos, primero lentamente y luego ya de forma atropellada, al ritmo de sus sollozos.