La rutina

La rutina me salvó de muchas cosas,

tantas veces,

de caer en la desesperación,

de dejarme apabullar por los problemas,

de darme tiempo para pensar

en lo que debía o no debía hacer,

de ordenar mi tiempo y decidir

qué era lo importante,

hasta que llegó un momento en que la rutina

jugó conmigo a estrangularme

y a coserme los párpados

para no mirar

más allá,

y, entonces,

me dejé llevar por la locura,

abrí las ventanas

y el siroco renovó el aire que respiro

y pude mirar más lejos,

y más cerca, mucho más cerca,

y decidí

quedarme donde estoy

ahora,

en este otoño ventoso y colorido,

próximo a las nieves del invierno,

pero que conserva aún,

como una reliquia,

los aromas de la primavera

del alma.

Sobre mis hombros

Sobre mis hombros pesa

la eternidad del tiempo;

pesan todas las fatigas

y todos los dolores

de los que fueron antes,

hasta llegar a mí…

Como una losa de granito

sobre mi cuerpo inerme,

como la bota del soldado

que aplasta la flor

en la orilla del camino,

así siento estas horas sin ánimo,

sin fuerza para pelear,

sin vida…

hasta que una palabra amable

me despierta

y el lazo de un afecto

me permite respirar

el aire renovado de un día

como otros,

o no, distinto de los otros,

porque distinta es la luz

que me ayuda a caminar.

Un hombre corriente

Soy un hombre corriente

que camina

y se alimenta

y trabaja

como todos los demás;

que quiso

creer en Dios

pero no fue posible;

quizá Dios pensó

que no merecía la pena

llegar al fondo de

un hombre tan corriente…

Soy un hombre corriente

que quiso vivir

enamorado

para sentirse inmortal,

y quiso mucho, y,

probablemente,

a él también lo amaron,

pero camina solo,

al lado o delante o detrás

de su sombra…

La sombra de un hombre corriente.       

De las memorias de Ismael Blanco

Versos

Tengo el corazón lleno de versos,

atropellan mi sangre

en los circuitos de mi cuerpo,

y van llenando de poesía

mis ojos, mi cerebro, mi piel,

hasta, diría yo,

que también esos órganos,

anodinos cada día,

que, de pronto,

en una fecha aciaga,

se hacen notar, y entonces,

te mueres de eso,

de un fallo en una parte de tu cuerpo,

desconocida.

Y, entonces,

desbordan de tu corazón

los versos

que no escribiste

y se derrama, también,

por  la muerte, tu poesía.

Papeles

Rebuscaba papeles para destruir -nos van a comer los papeles, decías a veces-, y era como si cada uno de ellos, de los que iba seleccionando para la chimenea, me fuera arrancado en algún punto de su agonía, como cuando tú saneabas las plantas en casa y arrancabas las hojas muertas que, aun exangües, no habían llegado a caer.  

No fueron muchos, aún no podía desprenderme de todos ellos. Necesitaba primero dejar de sentirlos para luego dejar de verlos. Bajo la portada de un libro viejo, asomando una esquina desgastada, encontré este poema.  Lo leí dos o tres veces, recordando el momento exacto en el que lo escribí y lo guardé de nuevo, cuidadosamente, en aquel viejo libro, en aquella memoria vieja que me ayudaba a vivir.

«Llegó el otoño a mi valle y todo

lo cubrió de rojos,

de ocres y de sienas…

Después, el invierno dibujó los grises

y el viento ululó entre los árboles,

el frío dibujó estrellas

de hielo

y la noche quiso ser eterna…

Pero ya no tuve miedo

porque yo vislumbré

tu nombre entre la niebla».

(De «Las memorias de Ismael Blanco»)

Como yo era pequeña

Como yo era pequeña

me acostumbré a disfrutar

con las cosas pequeñas;

cosas como pisar las hojas en otoño,

como ver volar un pájaro o

hacer hileras las hormigas,

como tocar los cuernos de los caracoles

o ver brotar una semilla…

Eran cosas pequeñas,

cosas de cada día,

que escondía

en mis bolsillos por si acaso.

Por si acaso la vida se olvidaba de mí.

Otoño

Los barrenderos  no me dejan pisar

las hojas del otoño,

las busco

como los niños buscan los charcos

para chapotear

y ellos me miran amenazantes

cuando les desbarato un montón echándolas al aire;

alguno, incluso me vocea “¡señora!”,

me habla de usted porque cree que estoy loca

y amaga con pegarme…

pero se queda quieto y me mira,

que luego

le da miedo esa locura

capaz de lanzar sueños

al viento.

Esta noche he decidido

Esta noche he decidido

morir un poco,

dejar un poco de ser  yo;

dejar de ilusionarme, tomar distancia

de este ir y venir

que me fatiga;

verlas venir, si es que vienen,

pero no buscarlas.

Esta noche he decidido

no cabalgar la cresta de las olas.

Quizás este trocito de mí

que ya está muerto

ocupe más que mi presencia,

quizás el hueco llene más que yo.

Pero morir

es tan triste siempre…

Como yo era pequeña

Como yo era pequeña

me acostumbré a disfrutar con las cosas pequeñas;

cosas como pisar las hojas en otoño,

como ver volar un pájaro o hacer hileras las hormigas,

como tocar los cuernos de los caracoles

o ver brotar una semilla…

Eran cosas pequeñas, cosas de cada día,

que escondía

en mis bolsillos por si acaso,

por si acaso la vida se olvidaba de mí.

Con ojos de niña

Con ojos de niña
tras la ventana de agua derramada,
tras el cristal mojado por la lluvia
que lava el aire,
y las hojas y la tierra
y el alma,
y siembra colores nuevos
y nace, de nuevo, el tiempo…

para vivir.