Volando, al fin.

-Demasiados asientos vacíos para un vuelo low-cost… Claro que, sin equipaje ni billete de vuelta, no creo que vaya a haber overbooking. Aquí llega un rezagado de última hora; parece un padre de familia, el típico empleado de banca o vendedor de coches. Míralo, desencajado… un infarto, seguro. Tranquilo, hombre, a ver si ni siquiera va a ser tu vuelo… A ver si te pasa como a mí que, por dos veces, sentado ya y hasta con el cinturón puesto, me hicieron bajar del avión.

-Perdone, caballero, pero no está en nuestra lista de pasajeros…

-¡A mí qué me cuentan, uno es novato hasta para esto!. Esta vez, no; esta vez me he asegurado de no perder el vuelo; lo único molesto es este nudo corredizo que me aprieta el cuello. Ni tragar saliva me deja”.

-Señoras y señores pasajeros, el comandante Muerte les da la bienvenida a este vuelo con destino a ninguna parte…

Domingo de otoño.

Alfonso cogió los bártulos y se subió al coche para volver a casa. Pensó, como cada domingo que salía de hacer una guardia, que hacía un día magnífico para regresar y para descansar, para andar a su aire, y aquél sí que era, en realidad, un precioso día de otoño, lleno de luz y de ocres. La rutina de los viajes le empujaba a fijarse en los detalles; los cambios en el paisaje, el pastor que, cada domingo a la misma hora, caminaba por la orilla de la carretera, los vehículos parados en la fuente, los que aprovechaban las primeras lluvias para recoger setas, y algunos cazadores con sus perros. Sobre uno de los puentes de la autovía vio a un cazador cargado con su escopeta y, a medida que se acercaba, reconoció el movimiento de tres perros. Alfonso vio al hombre girarse y mirar el coche, nadie más circulaba en ese momento, y, al cabo de unos segundos, le vio plantarse tras la barandilla y subir la escopeta hasta el hombro.  Notó que se le encogía el estómago cuando intuyó el disparo, e, incrédulo aún, se dejó invadir por aquella sensación de calor y dejadez que le llenaba por completo. Cuando el coche se estrelló contra uno de los pilares del puente, Alfonso ya no respiraba y el cazador había desaparecido con sus perros.

Al día siguiente el periódico daría la noticia como un accidente de caza, un conductor muerto por un tiro perdido.  Solo dos personas en el mundo sabían de verdad lo que había pasado, pero una estaba muerta y la otra no tenía ninguna intención de contarlo. Y los perros no hablan.

Un día más

Se apoya en un bastón demasiado alto que coloca un poco oblicuo al caminar y casi arrastra en la otra mano una bolsa de plástico con muchas vidas, vacía y arrugada. Mira al suelo de cerca -los años siempre se posan en la espalda y doblan a uno por la mitad y le agarrotan las piernas, hinchadas y torpes-, se acerca a la frutería de la esquina y mira y remira el género y hasta toquetea un melocotón mientras el muchacho del puesto de fruta hace como que no la ve. El bastón, la bolsa, el monedero y la vista cansada son demasiados enemigos juntos y por eso ofrece la cartera al muchacho, mirándole a los ojos, y él mismo coge las monedas y también le cuelga la bolsa preñada en la mano izquierda. Se gira lentamente y comienza a caminar mientras la mirada protectora del frutero la acompaña hasta que libra la acera.

Cine

Llegar a pie, como parte de una liturgia; rechazar las palomitas y la coca-cola aguada y adentrarte en la sala como en un refugio acogedor, medio en sombras… Y viajar hasta el fin de muchos mundos para volver siempre, un poco esquizofrénico, un poco tú, y un poco ellos.

Crisis

Yo soy como todos ustedes. O mejor sería decir, “yo era como todos ustedes”. Yo llevaba trabajando en una empresa familiar más de veinte años, con un sueldo modesto, pero seguro. ¿Modesto? ¿Se le puede llamar modesto al salario mínimo más algún complemento?. No, ni hace cinco años, ni ahora mismo, se le puede llamar modesto a eso. Lo que pasa es que yo siempre he sido muy ahorradora, muy mirada para no gastar y apañarnos con poco en casa, que eso lo aprendí de mi madre, que en paz descanse, que pasó la guerra y se acostumbró a guardar para cuando vinieran tiempos peores… Tiempos peores, pero, ¿tan peores?; ¿tan peores como estos que estoy viviendo ahora…?

Cuando empezó la crisis, todo se precipitó. Yo me apañaba con mi sueldito, pero me despidieron, y el paro se terminó, y mi hijo cerró el negocio que tenía, que tenían, porque trabajaban los dos en él y ahora son dos parados a la vez, pero sin paro, porque trabajaban por su cuenta; y yo, con mi casa avalando su negocio, y ellos, fuera de la suya porque no pueden pagar su hipoteca…

Lo que parece negro un día, se vuelve gris oscuro al día siguiente, porque cada día es peor que el anterior. No me quejo, porque salud, tengo. De momento. Ellos buscan trabajo entre las piedras, más que trabajo, cosas que poder hacer, algo que permita traer dinero a casa para poder vivir, y yo, limpio casas cuando me llama alguna vecina, pero este barrio es pobre, cada uno tiene que limpiar su propia mierda, y en las empresas no quieren viejas como yo, que se doblan de dolores cuando se machacan.

Hoy he salido a pedir a la calle, porque vamos a comer unas patatas viudas y a la noche no sé qué vamos a cenar. Sí, ya hemos ido a un comedor social, pero tampoco podemos ir todos los días, hay demasiada gente todos los días. No dan abasto.

Yo ya he perdido mi dignidad; no saben ustedes cómo se van bajando escalones hasta el pozo donde estoy. Primero te asustas por lo que pueda venir, luego te enfadas, te enfadas muchísimo con todo y con todos porque no es justo y tú no te lo mereces, y quieres exigir tus derechos, que todo el mundo tiene derecho a vivir siendo honrado, y quieres quemar en una hoguera a todos los políticos corruptos que roban con tanto descaro, y la rabia te va nublando el cerebro…pero luego ya te vas resignando, como si fuera natural que te den golpes, y tu los aguantes sin protestar.

He entrado en un supermercado a pedir a las clientas, y me han mirado con dolor, lo he visto en sus ojos, y me han comprado leche y pan y arroz, y se me han llenado los ojos de lágrimas y de agradecimiento. Luego he entrado en el bar de la esquina; había dos hombres tomando un café, cada vez hay menos gente, a todos nos va peor…Uno de ellos no ha querido mirarme siquiera, seguramente le asusta darse cuenta de que alguien como él, yo soy alguien como él, puede necesitar pedir para comer, y prefiere cerrar los ojos y negar la evidencia. El otro me ha mirado con miedo, como si fuera a contagiarse, y me ha puesto un par de euros en la palma de la mano, sin levantar la mirada. Le he dado las gracias; he recogido un cruasán que me ha envuelto el camarero en papel de aluminio y he salido de allí. Despacio, pero con la cabeza alta.

Lluvia

Llueve. Él solía decir que los paraguas deberían ser siempre negros. Ella sale de casa envuelta en un impermeable y, ya en la puerta, mira al cielo y abre un paraguas amarillo. Sonríe.

Novela negra.

Ninguno de los dos cumple ya los setenta. Caminan por la acera, esquivando gente más joven y  más resuelta que, sin duda, va hacia alguna parte. Él, un paso por delante, ella, más pegada a la pared, y, junto a ambos, un mozo de hotel, con uniforme negro y ribeteados blancos, que lleva una maleta grande y pesada. En la manga, una etiqueta de tela bordada donde se lee “Gran Hotel”.

Los viejos pasan junto a la librería y se paran, primero él y luego ella, a mirar un enorme cartel que anuncia un certamen de novela negra. La novela ganadora se multiplica muchas veces alrededor del cartel y en la estantería. En la cubierta se lee el título enmarcando una fotografía en sepia, donde puede verse a una pareja de ancianos que llega a un hotel de lujo, acompañados de un mozo uniformado que acarrea una maleta.     

Personajes I

-¡Mierda!- Torció la boca en un gesto de dolor y tiró la maquinilla de afeitar en el lavabo, mientras se abalanzaba a por un trozo de papel higiénico.

¡Joder! Siempre igual… –pensó mientras retiraba con una toalla los restos de jabón. Sin querer, se llevó por delante también el hilillo rojo que corría por el cuello y el papel secante, manchado de sangre, que se desprendió y cayó sobre el agua retenida, nadando entre isletas de espuma a medio deshacer. Afanado como estaba, la vio a través del espejo, despeinada y con los párpados hinchados por las pocas horas de sueño, empujando con su cuerpo la puerta y pasando a su lado. Instintivamente se apretó contra el lavabo para dejarle sitio, pero ella pasó sin mirarle.

Ya manchaste la toalla… Más vale que te dejes barba-. La oyó con ese tono plomizo que utilizaba cuando estaba molesta con algo, y que cada día le resultaba más familiar. No le contestó, no merecía la pena. Aquello no era una conversación, de modo que salió del baño sin decir nada.

Se bebió el café que había preparado antes de ducharse y se comió a tropezones las galletas, de pie junto a la encimera; al menos había tenido la precaución de no vestirse antes, no fuera a tirarse el café sobre la camisa limpia, y eso sería ya una tragedia porque, de su antiguo fondo de armario, le quedaban dos camisas presentables y la otra estaba sucia del día anterior. Bien era verdad que los puños de ésta se veían desgastados por debajo de las mangas de la chaqueta, pero él había conseguido una cierta habilidad para que quedaran medio ocultos, se tiraba de las mangas desde las sisas antes de entrar a una entrevista y así, cuando extendía el brazo para estrechar la mano y saludar, los puños quedaban rezagados, allá en el fondo. Además, utilizaba corbatas discretas, había arrinconado las de colores o estampados llamativos, para evitar que la mirada de su interlocutor se fijara en ellas y, de paso, lo hiciera también sobre las puntas requemadas del cuello de la camisa.

Se vistió con cuidado, con gestos ensayados cada día de cada año de los dieciocho que había pasado visitando médicos y hospitales, saludando con una sonrisa de anuncio de crema dental y  un apretón de manos, ni demasiado fuerte ni demasiado flojo –el lenguaje corporal es importante, le decían en las charlas de marketing-, pagando cafés o lo que se terciara, repartiendo literaturas de medicamentos que ya hasta le habían escatimado en los últimos tiempos.

-¿Qué vas a hacer hoy?- le preguntó ella, y, casi de inmediato, retiró la mirada y dejó caer la comisura de los labios para susurrar con ironía su propia respuesta –. Lo de todos los días, supongo –y se alejó con la taza entre las manos.

Sí, lo de todos los días-. Elevó un poco la voz para decírselo porque necesitaba que ella lo escuchara,  y deletreó cada palabra para que quedara claro, muy claro, incluso para que también le quedara claro a él mismo. -¡Busco trabajo tooodos los díasss…!- y lo subrayó con un barrido de su mano derecha, tajante, decidido. No puedo quedarme en casa esperando a que alguien me llame. Puedo morirme esperando, y nadie me echaría de menos ahí fuera. Ni aquí dentro – se mordió los labios para no decirlo, pero se dio cuenta de que ella había tenido el mismo pensamiento. Se dio cuenta porque le había dado la espalda y le había dejado sólo en la habitación.

Furgoneta de reparto.

-Otra vez se me echa el tiempo encima…, ¡joder, y con este dolor de espalda!-.

Se subió de nuevo a la furgoneta de reparto y, al hacerlo, no pudo menos de torcer el gesto con una mueca, incluso se le escapó un sonido gutural que pretendía ser un quejido. Ya sabía él que ese trabajo no era la mejor recomendación para su espalda torcida –escoliosis, había dicho el médico, pero, al final, era lo mismo; lo llamaras como lo llamaras el resultado era que si cargaba, le dolía, que si trabajaba muchas horas, le dolía, que si el asiento era duro de amortiguación –y, ¡vaya que si era duro, durísimo!- le dolía también. Total, que, cada día, disfrutaba de múltiples motivos para darse cuenta de que tenía espalda. Y trabajo. De modo que no podía lamentarse, o no podía lamentarse demasiado.

Con un poco de suerte, los pedidos que le quedaban aún por repartir no le llevarían mucho tiempo; uno más, y ya podría alejarse del centro de la ciudad, donde todo era estrés conduciendo, y, sobre todo, aparcando, siempre ojo avizor esquivando a los Municipales -¡Joder con los municipales! Ni un poquito de sensibilidad tienen con los que estamos trabajando. Más vale que vinieran cuando los llamas; que llamas al 112 porque hay una pelea en la calle y parece que el aviso es para que no aparezcan, que da tiempo a que se maten…, y ahora, también ese maldito coche que va por ahí con la cámara sacando fotos a los que están en doble fila… siempre jodiendo al que trabaja… ¡En este país, siempre se jode al que trabaja. Así nos va!-.

Ya estaba en la calle donde debía hacer la entrega y, junto a uno de los garajes, había un hueco, insuficiente para aparcar, pero suficientemente amplio como para permitir que sólo el morro de la furgoneta invadiera la entrada.

-Malo será que, justo ahora, tengan que entrar o salir. No tardo nada -pensó-, si me apuran, hasta caben –y miró de reojo el hueco que quedaba libre, como calculando la medida-. Salió precipitadamente del habitáculo del conductor para cargar el paquete. Recogió la caja de cartón, perfectamente embalada, y comprobó el nombre del destinatario y la dirección. Tan solo el logotipo del remitente orientaba sobre el contenido, la imagen comercial de la franquicia de material deportivo le hizo pensar en la necesidad que tenía él de ir al gimnasio en lugar de cargar con aquel paquete que, como mínimo debía de pesar 10 ó 12 kilos.

–Menos mal que hay ascensor. Qué coño habrán pedido, para que pese tanto…

Que el ascensor estuviera estropeado era, sin duda, un contratiempo, pero, últimamente, las cosas no eran demasiado fáciles, de modo que había llegado al extremo de desconfiar cuando algo salía bien desde el principio. Tragó saliva y, sin permitirse maldecir su suerte, se encaminó escaleras arriba, hacia el quinto piso de un edificio de cinco pisos más ático. El ímpetu de la subida se fue atemperando de manera directamente proporcional al sudor que le corría por la frente, y al puñal que se le venía clavando a la altura del cinturón y que amenazaba con partirlo en dos. Delante de la puerta, esperó un momento para coger resuello y enderezar la figura, y haciendo un nido entre el cuerpo, el muslo y el brazo izquierdos para acoger el paquete, tocó el timbre con la otra mano. Esperó mientras escuchaba acercarse unos pasos desde el interior de la vivienda, que cesaron justo cuando la tapa de la mirilla dejó pasar algo de luz, incluso le pareció oír una respiración detrás de la puerta. Si no fuera porque aquel jodido paquete pesaba demasiado, y el dolor de espalda le estaba matando, hasta se le habría pasado por la cabeza posar sonriente mientras le examinaban al otro lado, pero no estaba de humor. La mujer que apareció lo hizo protegiéndose un poco tras la hoja de la puerta entreabierta. No esperaba ver a una anciana de pelo blanco, como las abuelas de los cuentos, -en el buzón solo había dos nombres, los dos de mujer y con los mismos apellidos, y había pensado en dos hermanas jóvenes y deportistas-, que le sonreía abiertamente y, con un gesto de la mano, le invitaba a pasar y dejar la carga que llevaba. Todavía con dudas, preguntó por el nombre del destinatario, que la anciana confirmó como suyo. Estuvo tentado de preguntar, pero se contuvo, al fin y al cabo, uno debía ser un profesional en todas las circunstancias, y lo suyo era cargar, repartir y callar. Mientras la mujer firmaba la entrega, la escuchó pedirle disculpas por el trastorno involuntario del ascensor.

-¿Quién era?- preguntó otra voz vieja de mujer desde el interior de la vivienda. La puerta se cerró dejándole en el descansillo, por lo que no le pareció una intromisión esperar desde allí a oír la contestación.

-¡Las mancuernas que me compré por Internet! El pobre hombre ha tenido que subir andando…

“¿Me compré?. ¡Me compré…!” se repitió a sí mismo mientras bajaba por las escaleras. “Ha dicho, me compré…”. Si no fuera por ese dolor de espalda que lo estaba matando, hasta se habría reído. Se habría reído a carcajadas.

A veces lo hago…

A veces lo hago; perderme –literalmente, perderme-,  entre la gente de la ciudad. Salgo sin rumbo fijo, sin nada en particular de qué ocuparme, y camino por las calles del casco antiguo, o, por el contrario, me dirijo a las calles más comerciales, llenas de gente dispar que conversa y carga con bolsas, como anuncios andantes. Camino entonces como un sonámbulo que trata de orientarse, mirando todo y a casi todos, como si pasara las hojas de un libro para echar un vistazo rápido, dispuesto a sorprenderme siempre de los ojos que me devuelven la mirada al pasar. Mirar gente desconocida y que esa gente repare en mí me produce siempre una sensación de nudo en el estómago, me parece que quieren decirme mucho más de lo que yo soy capaz de percibir durante los pocos segundos que dura el contacto. De hecho, cuando esto sucede, cuando yo miro a alguien de forma aparentemente distraída, y ese alguien me mira a mí, se desdibuja todo lo demás, la ciudad misma, el aire, la luz, los otros, y solo tomo conciencia de sus ojos profundos, habladores, interrogantes.

Los días en que las calles están demasiado llenas, no; no soporto los codazos o los empujones, me agobian muchísimo, sobre todo si pienso en los niños pequeños que caminan de la mano de sus padres y lo hacen perdidos en un bosque de piernas, sin llegar a ver nunca, desde tan abajo, las caras de los transeúntes con los que se cruzan, esquivando los bolsos de mujeres descuidadas, que siempre se balancean a la altura de sus cabecitas.

Puesto que la ciudad cambia constantemente, he decidido que me gusta verla recién levantada, medio dormida y medio despierta, con la cara lavada y las ventanas abiertas para dar paso a esa luz dorada de las primeras horas del día, la que apenas calienta aún, la que no agobia,  la que lo baña todo de dulces promesas. Me gusta estrenar el día en las calles desiertas, donde solo me cruzo con algún estudiante en bicicleta, o con la gente que prepara las terrazas de las cafeterías para la invasión que les espera –en invierno, no, en invierno, los pocos que se atreven a caminar “bajo cero”, ahuecan los hombros para proteger la cabeza entre las solapas levantadas de los abrigos, mientras el aliento gélido camina por delante de las bocas-. Me resultan familiares los sonidos y los olores de esas primeras horas, puedo escuchar el zureo de las palomas y el canto enloquecedor de los pardales que atosigan los árboles y enmudecen cuando das una palmada al aire; y el sonido de las mangueras a presión rociando las aceras para devolverlas pulcras otra vez y arrastrar las huellas de la vida nocturna. Me gusta el olor a pan reciente, y a café recién hecho, y a churros calientes y tostadas –en cada sitio, un olor, siempre el mismo, como una identidad flotante y acogedora que me envuelve y mece y adormece mi cerebro como una nana intemporal-.

Sí, a veces lo hago; me siento inmortal por estas calles, mirándome en los ojos de los desconocidos…

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