Artrosis

Voy algo gastado ya. Voy y vengo como puedo con mis tres piernas y la que me nació en el nogal del huerto es la única que no me duele, que la quiero ya más que a las mías propias, que sólo hicieron el mérito de nacer conmigo y, a base de doblar y desdoblar, se pasan el día chirriando, mientras que ésta otra se aguanta las ganas de adelantarme y echar a correr, ella que puede, y se queda a mi lado, sumisa y ordenada, uno dos, unos dos… Por eso, cuando la siento algo cansada, dejo de trajinar de un lado para otro, y me vuelvo al almacén, y la dejo apoyada contra el quicio de la puerta, y me llego hasta la silla del nieto, y me pongo a ensoñar en medio de la nada y del tiempo que voy tomando prestado con falsas promesas de devolución. Y, a veces, me quedo traspuesto y vuelvo a buscar nidos y a coger moras, y madre me riñe porque llego con las rodillas desolladas. Aún ahora, las rodillas desolladas.

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Quizás mañana…

“Quizás mañana…” pensó, pero lo hizo con tanta intensidad que casi escuchó su pensamiento. Luego miró a su alrededor por si entraba algún vecino en el portal y la veía así, como cada día a la misma hora, y cerró con parsimonia la portezuela del buzón. Parpadeó con fuerza para agotar las lágrimas, enderezó la figura y salió a la calle como una autómata, con sus zapatitos de tacón y su gabardina verde anudada a la cintura,  y con ese dolor que cada día le estrujaba el pecho, henchido de desesperanza.

El sitio de cada uno.

Filiberto Pí se consideraba particular. Sus padres se habían esforzado, desde que el test de embarazo dio positivo, en buscar un nombre adecuado para el futuro retoño, convencidos como estaban ambos progenitores de que sería un varón, como debe ser; un nombre que compensara la brevedad del apellido –escasez del apellido, según algunos enemigos del Sr. Pi-. Quizás por todo eso, y porque en casa de Filiberto Pí nunca había faltado el dinero para educar al niño en colegios privados -en los públicos se enseña, y solo a veces, y en los privados se enseña y se educa, decía su padre-, ni para comprar en tiendas especializadas o, mejor, para hacer pedidos por teléfono -los mercados son para la plebe, con tanta chabacanería, decía su madre-, el caso es que Filiberto creció sabiéndose distinto y, no solo eso, creció sintiéndose mejor –suele pasar si al sentimiento de distinción le añades una desahogada capacidad económica-.

Sin embargo, a pesar de todos los futuribles, Filiberto Pi tuvo amigos normales –dícese de amigos cuyo padre no es rico de cuna o, incluso, ni siquiera tiene ingresos fijos, que estudian en colegios públicos y que disfrutan jugando al fútbol sin cambiarse la ropa de calle por un equipo deportivo y con unas zapatillas de supermercados donde afirman que la calidad no es cara- que le acercaron a otras realidades menos amables que la suya. No fueron muchos, no, tampoco es bueno convertirse en el hijo díscolo desde el primer momento, pero en su favor hay que decir que alguno de esos amigos llegó a ser íntimo suyo, tanto como para quitarse las novias uno al otro y contarse las polvos del fin de semana, o para que su amigo del alma frecuentara la casa bajo la atenta mirada de Doña Madre y la actitud distante y reservada de Don Padre, temerosos ambos de posibles contaminaciones, y satisfechos a la vez por la oportunidad de demostrar su generosidad.

Tras años de rigor y esfuerzo, Filiberto Pí consiguió sacar unas oposiciones a Registrador de la Propiedad –llegados a este punto, hay que aclarar que Filiberto Pí no tiene la culpa de que haya más gente que haya aprobado las dichosas oposiciones, no vayan a salpicarle los prejuicios que puedan circular por ahí sobre este asunto- de modo que esto le permitió instalarse definitivamente en la clase social considerada en su casa como la normal, es decir, la alta.

Filiberto Pí nunca sintió que tuviera que pedir disculpas por haber sabido aprovechar las oportunidades que el destino le había ofrecido –hay destinos peores, desde luego, pero él también podría haber dejado pasar el suyo de largo y no lo hizo; él, simplemente,  se esforzó y sus esfuerzos tuvieron justa recompensa.

No, Filiberto Pí nunca miró a nadie por encima del hombro, no lo fueran a tachar de prepotente, tan solo consiguió que los demás le miraran desde abajo. Pero eso era un asunto de los demás; allá ellos.

Problema de conciencia

Su conciencia no podía soportarlo; a pesar de la disciplina de partido, a pesar del compromiso personal con su íntimo amigo, el Presidente, no podía sentirse responsable de tanto atropello,  de tanta miseria, de tanto dolor,  y rechazó la cartera que le ofrecía. Y le pidió a su amigo que, por decoro, él también se marchara.

Identidad

20 de enero

Hoy me he mirado al espejo por primera vez y no me he reconocido. Los médicos dicen que todo va muy bien y es verdad que dolores, apenas tengo. Pero tengo la cara hinchada y como de cartón. Lo peor son las pesadillas; sería mejor no dormir que dormirme reviviendo la explosión y el olor a carne quemada y verme las manos cubiertas de trozos de piel que se desprenden de mi cara.

15 de febrero

Llevo unos días en casa. Si no fuera por Alicia, me vendría abajo. Los niños llegarán hoy. Estoy asustado, muy asustado. Sólo Alicia me mantiene unido al mundo que tuve.

1 de marzo

Salgo a la calle y me veo reflejado en los escaparates y no me reconozco. Me miro en el  espejo cada mañana y no sé quién está al otro lado. A veces me levanto de madrugada, agitado por una pesadilla, la misma pesadilla de siempre, y me miro en el espejo del lavabo y no sé quién soy. El hombre del carnet de identidad ya no existe, el hombre de las fotos familiares no soy yo. Tengo que volverme hacia la cama para ver a Alicia dormida y darme cuenta de que debo ser yo porque ella es mi mujer y está conmigo.

10 de marzo

Hoy volvía de la calle, y decidí entrar en casa saludando a voces, llamando a mis hijos. Desde que volvieron a casa, me he dado cuenta de que mi voz les tranquiliza, supongo que la recuerdan y les permite identificarme. En seguida escuché el revuelo de los niños al oírme y esperé en el hall con los brazos abiertos, pero cuando apareció Mateo, en el fondo del pasillo, se frenó en seco y se quedó apoyado en la pared, mirándome con curiosidad y con desconfianza. “Soy papá” le dije, con los brazos desmayados, pero él se volvió al salón mirándome de reojo. Alicia le quitó importancia, me besó delante de ellos, “para que se acostumbren, dijo”, me abrazó y los dos preparamos la cena; pero yo no pude probar bocado.

20 de marzo

Alicia es como una polvorilla, la explosión acabó con mi rostro y con su pasividad. Ahora destila energía y entusiasmo, supongo que para compensar los miedos de todos nosotros. Alicia me da seguridad; es el puente entre mi pasado y mi futuro, entre el antes y el después de aquello.

23 de marzo

Me besó. Alicia me cogió la cara entre las manos, me besó y me pidió que nos fuéramos a la cama. Bueno, se lo pidió a Carlos, no a mí, porque dijo “Llévame a la cama, Carlos”. Y no pestañeó. Y yo enmudecí, y me dejé llevar de la mano hasta la cama. Por la mañana también me besó y me llamó Carlos delante de los niños, “para que se acostumbren” volvió a decir, y Mateo y su hermano sonrieron mientras se comían los cereales. Parece un camino sin retorno, y yo estoy perdido, entre el pasado de Andrés y el futuro de Carlos.

Libre

Se durmió soñando que él también podía volar, flexionó las piernas y pegó los brazos al cuerpo para coger impulso y en seguida se vio volando sobre los tejados y sobre las cabezas que recorrían las calles como cagaditas de mosca deslizándose por las aceras. Voló sobre su casa, lentamente. A través de las ventanas abiertas del estío le llegaron la voz airada de su padre, el puñetazo en la mesa y el estallido de la botella contra la pared. Y el silencio de su madre. Llenó los pulmones de un aire limpio y nuevo y se sintió inmensamente libre. Por eso decidió volver.

Brindis

Levantó una copa de vino y, mirando a la familia, mintió al brindar por todos ellos. Y mintió también al desear que su bebé recién nacido se pareciera a cualquiera de ellos. Su padre, tan temeroso de Dios que siempre tenía el infierno en los ojos y en la boca; su madre, tan temerosa de su padre, que ni siquiera levantaba la mirada en su presencia, y sus hermanos, tan reprimidos siempre, tan mermados…

Alzó la copa de nuevo y deseó, casi gritando, que su hijo jamás, jamás, sintiera miedo. Todos lo miraron como alucinados y él, por primera vez en su vida, se sintió un héroe.

Futuro imperfecto

Hay quien piensa que Isaías es un hombre torpe, pero él, con una opinión más generosa de sí mismo, se considera un hombre sin suerte. Por eso, ya en el colegio, si tenía la ocurrencia de copiar en los exámenes, siempre lo pillaban, y su falta de fortuna o de habilidad, según se mire, traspasaba los límites de la intimidad y se instalaba en el punto de mira de sus aviesos compañeros. Por eso también, cuando se enamoró por primera vez lo hizo de la novia de su mejor -y único, todo hay que decirlo-, amigo; y por esa misma falta de fortuna o de habilidad en el manejo de su vida, cuando encontró trabajo, lo destinaron, casi de inmediato, a 800 km de casa, y, a los pocos  día de abandonarlo porque ya había llegado al límite de sus fuerzas, se enteró por la prensa local de que su empresa, necesitada de viabilidad a corto y medio plazo, negociaría ventajosos despidos para liberarse de cargas laborales.

Aparte de estos asuntos sin importancia, Isaías siempre se ponía en la cola que menos avanzaba o acertaba a pisar la hoja resbaladiza sobre el suelo mojado; cosas así. ¿A quién iba a extrañarle que, desesperado e incapaz de atisbar un futuro menos pesimista, decidiera suicidarse? ¿Y, a quién podía sorprenderle que se pusiera al tren… en una vía muerta?

20 de noviembre

Hoy es 20 de noviembre, y, como siempre, cualquier situación puede empeorar, o, al menos, no mejorar. Nos pareció una liberación aquel 20 de noviembre y resulta que no podemos ya ni hacer fotos de las manifestaciones, para que no quede constancia, para proteger la impunidad, que no la presunción de inocencia, que en seguida hay algún vecino haciendo vídeos con el móvil. Sí, también es el día del Niño, de ese niño que se muere de hambre lejos de aquí, o que se droga para ser soldado en una guerra aniquiladora, o que va al colegio con nuestros hijos y solo come un par de veces al día, o que espera a que sus padres lleguen con lo que han recogido de la basura, o que bebe el único vaso de leche que se sirve en casa. O ese niño que no puede ir al médico porque no tiene tarjeta sanitaria, o no puede pagar los medicamentos que le prescriben, o ese niño que no podrá ir a la Universidad porque ES POBRE, y se verá así condenado a ser siempre pobre.

Sí, hoy es 20 de noviembre. Está claro que, como sociedad, tenemos mucho que celebrar.

No sé si tú sabes

Y nunca le recordaba lo que no se podía contar, como si él mismo ya lo hubiera olvidado o como si nunca hubiera ocurrido. Hace años, cuando ella se encontraba con su mirada, no podía menos de pensar “yo sé que tú sabes…”, y una corriente eléctrica le recorría la espina dorsal, como una amenaza, pero, poco a poco, él había comenzado a tener pequeñas lagunas, pequeños olvidos, distracciones sin importancia que fueron a más, y a ella le parecía, por eso, cada vez más adorable. Era tan dócil, tan resignado, tomando su medicina, que se preguntaba si él no lo habría sabido siempre, pero…verle así la hacía tan feliz…