Diario de Pepín. Día 72

No sé por qué me aterra el ascensor. Desde antes de entrar por primera vez, cuando mamá se acercó a la puerta, yo empecé a recular como si me fuera la vida en ello. Y no puedo saber por qué. Quizás a todos nos pase, que tengamos miedos por  algo que está por venir y solo imaginamos, y es mucho peor que si fuera por algo que ha sucedido y nos puede volver  a pasar. Por eso mamá y yo subimos las escaleras hasta casa, y yo se lo agradezco cada vez que lo hacemos. ¡Cómo se lo agradezco!

Cuando entramos en el portal, yo voy por delante de mamá, subo hasta el tercer peldaño y me paro allí; entonces mamá me da un trocito de colín y me desata la correa para que suba yo solo, unas veces delante de ella y otras detrás porque me entretengo, pero, al final, siempre tengo yo que esperarla en la puerta de casa porque ella sube cansada.

No sé por qué, si es que mamá tenía mucha prisa o estaba demasiado cansada, pero hace un par de días me obligó a subir en el ascensor, a pesar de que yo la miraba suplicándole que subiéramos por las escaleras. No pasó nada, salvo mi miedo y mi disgusto; pero he decidido que eso no puede volver a pasar.  El ascensor es un enemigo que me acecha cada vez que entro en el portal y a mamá no se le tiene que pasar por la cabeza subirnos en él, ni siquiera cuando algún vecino entra con nosotros y lo utiliza. Por eso, ahora entro más deprisa y corro hasta la escalera con la correa desplegada, pero no me paro en el tercer escalón, me paro en el sexto, casi acabado el primer tramo, y entonces espero a mamá que, para poder darme el colín ya tiene que haber subido algún peldaño. Y, una vez allí, ¿para qué vamos a querer el ascensor?

De momento, funciona.

Tú también puedes

Se levantó de la cama como si hubiera saltado al vacío, sin referencias del mundo real. Asentó los pies en la alfombra y apoyó las manos en el borde del colchón, esperando el momento de poder sentir, de poder recordar, de poder mirar con aquellos ojos que le ardían por el sueño. Poco a poco, las sombras fueron dibujando formas a su alrededor. Encendió la radio de la mesilla de noche y esperó de nuevo sin moverse. El gato se subió a la cama y rozó con su cabeza, una, dos y hasta tres veces, el antebrazo inmóvil. Luego se sentó a su lado, sobre el edredón, y los dos se miraron. La voz de la radio arengaba sobre la tragedia de los refugiados que llegaban a Grecia, y de los que morían ahogados antes de llegar. Pensó que si esa voz callaba la tragedia seguiría existiendo pero no removería conciencias. Conciencias. Eso era lo último que despertaba cada día. Si despertaba.

La ducha fue el último revulsivo que necesitaba. Dio de comer al gato y él también desayunó. La radio seguía sonando pero él  no la escuchaba. Pensaba en lo fácil que sería seguir sin levantar la cabeza, dejarse llevar. Decidió rebelarse. Decidió que tenía que vivir mirando de frente y a los lados, y leyendo entre líneas, y escuchando en estéreo. Decidió medir fuerzas ante la dificultad y continuar paso a paso, peldaño a peldaño hacia su propia conciencia.

 

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La culpa

Asunción tiene menos años de los que aparenta, su falta de detalle en el vestir, su pelo desteñido y ese rictus que le arrastra la boca hacia abajo, la hacen parecer una mujer vieja. Asunción es de pocas palabras, y nunca habla por propia iniciativa, contesta, cuando lo hace, con frases cortas y en un tono desabrido, como toda ella. Pero no siempre fue así.
Amadeo, el marido de Asunción, es amable con ella a pesar de su carácter; también es amable con los vecinos, siempre dispuesto a echar una mano, siempre servicial; nadie recuerda haberle visto borracho y todos hablarían bien de él si acaso alguien preguntara. Pero no siempre ha sido así.
Asunción y Amadeo se conocieron en las fiestas del pueblo de ella, cuando los muchachos de los pueblos vecinos se acercaban al baile y a los bares a ojear a las mujeres, a provocar a los hombres y a presumir de sus conquistas. Asunción y Amadeo tenían 18 años entonces, hace muchos años ya, y los dos rebosaban fuerza y ganas de vivir. Lo suyo no fue fácil, porque ella andaba entonces ocupada con un novio que, además de a ella, le gustaba también a su familia, y la oposición de sus padres, cuando se percataron de la presencia de Amadeo en el corazón de la hija, solo se vino abajo ante la vergüenza de un embarazo que nadie deseó. Cuando Manuel nació, tanto los abuelos paternos como maternos se ablandaron y perdonaron, todos veían en los rasgos del niño los suyos propios y Amadeo y Asunción eran tan jóvenes y tan inexpertos que dejaron que el niño fuera creciendo como el trofeo de cada uno de ellos.
No es posible saber si fue el miedo a la responsabilidad, el exceso de juventud, la ingerencia de las familias o un poco de todo, pero, cuando Manuel aún tenía lengua de trapo, Amadeo buscaba ya con frecuencia el desahogo y la perdida libertad en otras mujeres que no eran la suya, y Asunción se pudría en medio del dolor sin saber qué hacer para retenerle a su lado. La desesperación la llevó, de desear a su marido, a desear hacerle daño, su herida solo se restañaría con una herida peor, y una noche en que Amadeo regresó de madrugada, oliendo a cerveza y a un perfume que no podía ser el suyo le mintió con los puños apretados hasta hacerse sangre en las palmas de las manos que Manuel no era hijo suyo, sino del novio que tenía cuando él empezó a rondarla. No hubo más gritos aquella noche, ni en los días siguientes, sólo dos fieras enjauladas haciéndose daño en silencio.
Al cabo de unos días, el niño, harto de la falta de atención que le prestaban los padres, comenzó a lloriquear desde el descansillo de la escalera porque quería salir a la calle; del lloriqueo pasó a los chillidos y al pataleo hasta que Amadeo le gritó a Asunción que hiciese algo para callar “a tu hijo”-dijo-, y escupió las dos palabras como si fueran veneno. Ella no se inmutó, continuó de pie fregando los cacharros, de espaldas al marido. Por eso no lo vio, no pudo ver como Amadeo se levantaba con rabia, se ponía al lado del niño –más bien, sobre el niño- y le gritaba que se callara. Manuel, al contrario, enfadado por la falta de costumbre de que le negaran algo, y asustado al ver a su padre gritándole desde su estatura de gigante, arreció el llanto hasta que la manaza de Amadeo le volteó la cara y le desequilibró el cuerpo. El niño rodó escaleras abajo, y los gritos cesaron en ese mismo instante. Por un momento, Amadeo y Asunción lo vieron caer, incrédulos y paralizados, hasta que los dos corrieron atropelladamente hacia el hijo inmóvil.
Los dos dijeron que había sido un accidente; sin tener que hablarlo antes, los dos contaron que el niño era travieso y había aprovechado el momento en que ninguno de los dos lo vigilaba para bajar la escalera. Los vecinos contaron que querían tanto al niño, que era tanto su dolor, que ni el padre ni la madre fueron capaces de llorar; los dos, secos y heridos de muerte. El día del funeral se miraron como pudieron, y los dos admitieron sin decirlo que nos les bastaría el resto de su vida para librarse de aquella culpa compartida. Jamás volvieron a hablar de Manuel, ni volvieron a ocupar el piso de arriba –nos sobra espacio aquí abajo, dijeron-.
Cuando Asunción se despierta desencajada al oír en sueños el llanto del niño, Amadeo acude solícito hasta ella y la abraza sin ternura hasta que se tranquiliza, sin decir una palabra. Cuando es Amadeo el que tiene pesadillas y se levanta y camina como un loco por la casa con las manos cubriendo sus oídos, ella se acerca y se las coge entre las suyas para calmarle. Viven juntos los dos, ayudándose a morir lentamente, sin separarse nunca, para no tener nunca un momento de desahogo, un momento de olvido.

Furgoneta de reparto.

-Otra vez se me echa el tiempo encima…, ¡joder, y con este dolor de espalda!-.

Se subió de nuevo a la furgoneta de reparto y, al hacerlo, no pudo menos de torcer el gesto con una mueca, incluso se le escapó un sonido gutural que pretendía ser un quejido. Ya sabía él que ese trabajo no era la mejor recomendación para su espalda torcida –escoliosis, había dicho el médico, pero, al final, era lo mismo; lo llamaras como lo llamaras el resultado era que si cargaba, le dolía, que si trabajaba muchas horas, le dolía, que si el asiento era duro de amortiguación –y, ¡vaya que si era duro, durísimo!- le dolía también. Total, que, cada día, disfrutaba de múltiples motivos para darse cuenta de que tenía espalda. Y trabajo. De modo que no podía lamentarse, o no podía lamentarse demasiado.

Con un poco de suerte, los pedidos que le quedaban aún por repartir no le llevarían mucho tiempo; uno más, y ya podría alejarse del centro de la ciudad, donde todo era estrés conduciendo, y, sobre todo, aparcando, siempre ojo avizor esquivando a los Municipales -¡Joder con los municipales! Ni un poquito de sensibilidad tienen con los que estamos trabajando. Más vale que vinieran cuando los llamas; que llamas al 112 porque hay una pelea en la calle y parece que el aviso es para que no aparezcan, que da tiempo a que se maten…, y ahora, también ese maldito coche que va por ahí con la cámara sacando fotos a los que están en doble fila… siempre jodiendo al que trabaja… ¡En este país, siempre se jode al que trabaja. Así nos va!-.

Ya estaba en la calle donde debía hacer la entrega y, junto a uno de los garajes, había un hueco, insuficiente para aparcar, pero suficientemente amplio como para permitir que sólo el morro de la furgoneta invadiera la entrada.

-Malo será que, justo ahora, tengan que entrar o salir. No tardo nada -pensó-, si me apuran, hasta caben –y miró de reojo el hueco que quedaba libre, como calculando la medida-. Salió precipitadamente del habitáculo del conductor para cargar el paquete. Recogió la caja de cartón, perfectamente embalada, y comprobó el nombre del destinatario y la dirección. Tan solo el logotipo del remitente orientaba sobre el contenido, la imagen comercial de la franquicia de material deportivo le hizo pensar en la necesidad que tenía él de ir al gimnasio en lugar de cargar con aquel paquete que, como mínimo debía de pesar 10 ó 12 kilos.

–Menos mal que hay ascensor. Qué coño habrán pedido, para que pese tanto…

Que el ascensor estuviera estropeado era, sin duda, un contratiempo, pero, últimamente, las cosas no eran demasiado fáciles, de modo que había llegado al extremo de desconfiar cuando algo salía bien desde el principio. Tragó saliva y, sin permitirse maldecir su suerte, se encaminó escaleras arriba, hacia el quinto piso de un edificio de cinco pisos más ático. El ímpetu de la subida se fue atemperando de manera directamente proporcional al sudor que le corría por la frente, y al puñal que se le venía clavando a la altura del cinturón y que amenazaba con partirlo en dos. Delante de la puerta, esperó un momento para coger resuello y enderezar la figura, y haciendo un nido entre el cuerpo, el muslo y el brazo izquierdos para acoger el paquete, tocó el timbre con la otra mano. Esperó mientras escuchaba acercarse unos pasos desde el interior de la vivienda, que cesaron justo cuando la tapa de la mirilla dejó pasar algo de luz, incluso le pareció oír una respiración detrás de la puerta. Si no fuera porque aquel jodido paquete pesaba demasiado, y el dolor de espalda le estaba matando, hasta se le habría pasado por la cabeza posar sonriente mientras le examinaban al otro lado, pero no estaba de humor. La mujer que apareció lo hizo protegiéndose un poco tras la hoja de la puerta entreabierta. No esperaba ver a una anciana de pelo blanco, como las abuelas de los cuentos, -en el buzón solo había dos nombres, los dos de mujer y con los mismos apellidos, y había pensado en dos hermanas jóvenes y deportistas-, que le sonreía abiertamente y, con un gesto de la mano, le invitaba a pasar y dejar la carga que llevaba. Todavía con dudas, preguntó por el nombre del destinatario, que la anciana confirmó como suyo. Estuvo tentado de preguntar, pero se contuvo, al fin y al cabo, uno debía ser un profesional en todas las circunstancias, y lo suyo era cargar, repartir y callar. Mientras la mujer firmaba la entrega, la escuchó pedirle disculpas por el trastorno involuntario del ascensor.

-¿Quién era?- preguntó otra voz vieja de mujer desde el interior de la vivienda. La puerta se cerró dejándole en el descansillo, por lo que no le pareció una intromisión esperar desde allí a oír la contestación.

-¡Las mancuernas que me compré por Internet! El pobre hombre ha tenido que subir andando…

“¿Me compré?. ¡Me compré…!” se repitió a sí mismo mientras bajaba por las escaleras. “Ha dicho, me compré…”. Si no fuera por ese dolor de espalda que lo estaba matando, hasta se habría reído. Se habría reído a carcajadas.